No disparen sobre Walter Rathenau

¿Podemos leer la historia de la economía argentina desde las lecciones de Walter Rathenau? ¿Qué tiene que decirnos el economista socialista asesinado por ultranacionalistas a los que Hitler les levantó un monumento? Una lectura de la historia económica argentina a partir de sus conceptos.

“Aquel día me hallaba ya en Westerland, donde cientos y cientos de veraneantes se bañaban alegremente en la playa. También tocaba una banda de música, como el día en que anunciaron el asesinato de Francisco Fernando, ante gente de vacaciones, despreocupada, cuando los vendedores de periódicos entraron corriendo en el paseo como albatros blancos y gritando: «¡Walther Rathenau, asesinado!» . Estalló el pánico y todo el imperio se estremeció. El marco cayó en picado y no se detuvo en su caída hasta que alcanzó la fantástica y terrorífica cifra de billones. Fue entonces cuando empezó el auténtico aquelarre de la inflación (…)”

Stefan Zweig, El mundo de ayer

I

Walter Rathenau, nació en 1867 en el seno de la burguesía industrial alemana, que a fines del siglo XIX ya había robado la posición de vanguardia tecnológica a los británicos. Logró su Doctorado en Física en la Universidad de Estrasburgo y, después de unos breves trabajos de ingeniero, se sumó, a los 32 años, a la gerencia de la Allgemeine Elektricitäts-Gesellschaft (AEG), fundada por su padre en 1883 y asimilada por la francesa Elextrolux en 1996, dedicada a la emblemática industria eletroquímica. Allí desarrolló, a la sombra de su fallecido hemano mayor, una notable capacidad de gerencia y liderazgo.

Rathenau también había estudiado filosofía y desarrolló tempranamente una capacidad distintiva: captar la esencia del proceso social de producción de riquezas y de las instituciones que la hacen posible. Comprendió que la sociedad alemana podía aspirar una organización económica capaz de combinar: propiedad privada y libre empresa con negociación corporativa, acuerdo de clases y justicia social. Una aspiración revolucionaria frente al abismo al que Europa se asomaba en la primera posguerra.

Comprendió que la sociedad alemana podía aspirar una organización económica capaz de combinar: propiedad privada y libre empresa con negociación corporativa, acuerdo de clases y justicia social. Una aspiración revolucionaria frente al abismo al que Europa se asomaba en la primera posguerra.

La condición para este proyecto ya no es novedosa: una extendida solidaridad cultural y política entre los diferentes grupos sociales (y territorios) sustentada en la identificación con una comunidad política lo suficientemente fuerte, tal que de fortaleza a los compromisos asumidos y legitimidad al Estado que habrá de custodiarlos y coordinarlos, bajo una orientación estratégica de mediano y largo plazo. Es decir, el encuentro pacífico de los alemanes, no de los alemanes abstractos e individuales, sino de los diferentes grupos o clases con intereses incluso opuestos, que pueden ser conciliados bajo la condición alemana, aquella que permite un reconocimiento entre desiguales.

Ya en la gerencia de AEG, Rathenau mantuvo estrechas relaciones con el mundo de la política y el gobierno. Durante la Primera Guerra Mundial influenció sobre Ministerio de Guerra para formar una cartera que maneje las cadenas de suministro la cual fue puesta a su cargo y desde la cual administró los conflictos inherentes a la lucha de los intereses particulares de industriales y comerciantes, en un contexto de guerra.

Inmediatamente después de la Primera Gran Guerra su vida política pasa a ser central y determinante, tanto para él como para Alemania. En 1919 Rathenau publica La Triple Revolución. El nuevo Estado. La nueva Sociedad, y participa de la fundación del Partido Democrático Alemán (DDP, por sus siglas en Alemán), el cual contó entre su afiliados a figuras como Max Weber o Thomas Mann. Pero fundamentalmente Rathenau constituye una de las figuras centrales de la experiencia de gobierno de coalición en la República de Weimar liderado por Friedrich Ebert Stiftung como Presidente (1919-1925).

Dicha coalición parlamentaria reunió a los partidos que apoyaban el orden institucional democrático, es decir, al Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD, por sus siglas en Alemán), el Partido del Centro (Católico) y al DDP, agregando entre ellos más del 76% de los votos parlamentarios. Esta coalición lideró el último intento serio de construir una Alemania que pueda conciliar democracia política, economía coordinada y justicia social, es decir, el manejo de los conflictos entre diferentes grupos internos, así como también la relación de Alemania con el resto de los países occidentales. Walter Rathenau sintetizó la posibilidad de este proyecto político, es decir, la esperanza de aquellos que no sólo veían los peligros totalitarios surgidos inmediatamente después de la Primera Guerra, sino que también estaban convencidos y habían concebido una utopía realista, es decir, posible, a la que podemos denominar como democracia social.

Rathenau ocupó, primero, el cargo de Ministro de Reconstrucción y luego el decisivo lugar de Ministro de Asuntos Exteriores, donde se negociarían las condiciones para el cumplimiento de los cargos de reparaciones tras la guerra. Dos instancias centrales, particularmente la segunda, en donde se puso a prueba la capacidad de resistir las presiones totalitarias. Rathenau era criticado tanto por su orientación social como, simultáneamente, por su convicción de incorporar a Alemania al orden internacional, lo que suponía una solución acordada con los vencedores. El resultado es conocido. Rathenau es asesinado el 24 de junio de 1922. Dos oficiales ligados a organizaciones ultra nacionalistas, que ya habían adoptado como regla la violencia política, lo balean y hacen volar con una granada.

Desde el final de la Primera Guerra, la inflación había sido la válvula de escape de una fuerte puja distributiva, es decir, el resultado inmediato de una economía apoyada en un conflicto social y político no resuelto. Pero si la inflación alta es el resultado del conflicto en el marco de un orden institucional pacífico, la hiperinflación es el resultado inmediato de la ruptura del orden institucional mismo. La muerte de Rathenau en junio significó, precisamente, la muerte del orden institucional y el dólar pasó en julio, de 17 972 a 350 000 marcos. Había llegado la hiperinflación en Alemania que se extendería hasta finales de 1923.

Desde el final de la Primera Guerra, la inflación había sido la válvula de escape de una fuerte puja distributiva, es decir, el resultado inmediato de una economía apoyada en un conflicto social y político no resuelto.

Con Rathenau muere la posibilidad de una Alemania en paz, en concordia, en la unidad de sus diferencias. Muere la democracia política, las libertades civiles, la posibilidad de una economía coordinada y la justicia social. Alemania se desliza por un tobogán empinado hacia la ruptura de las instituciones democráticas, la radicalización de la violencia, el enfrentamiento interno y el quiebre con el orden pacífico internacional abriendo camino a los preparativos para una nueva gran guerra. Hitler, en 1933, montó un monumento a los asesinos de Walter Rathenau.

II

Argentina es, precisamente, un país contencioso, abiertamente conflictivo, en donde la disputa entre grupos, clases y territorios, se combina con la persistencia de un orden institucional siempre amenazado, frágil y débil, pero persistente. Persistente hasta la obstinación, es decir, con enormes dificultades para lograr reformas institucionales progresivas, incluso luego de crisis que aparentan, muy en la superficie, las vísperas del deceso.

Esta particular circunstancia, se remonta hasta las guerras posrevolucionarias entre las Provincias, y distingue al país austral del resto de la naciones americanas, agregando en cada etapa una nueva capa al cada vez más complejo conflicto económico, social y territorial. Por qué debería sorprender que, desde mediados del siglo XX, cuando los obreros industriales ingresan plenamente en la disputa social, económica y política, la Argentina presente una persistente inflación que pudo oscilar entre el 20% y el 30% hasta 1975. No debería sorprender a nadie, pero lo sigue haciendo.

Sin embargo, en 1975 el sistema realmente mostró un cambio cualitativo, y entró en un período diferente donde el conflicto se agudizó hasta nuevos límites. La muerte de Juan Domingo Perón abrió esta etapa novedosa en la que la radicalidad y la violencia política se volverían sistemáticas e incluso prácticas estatales. La triple A y el Rodrigazo vinieron juntas y trajeorn consigo un nivel de inflación inédito del 200%. Se hizo presente el “auténtico aquelarre de la hiperinflación”.

En 1976 se produjo la ruptura definitiva. La larga noche, implicó el quiebre del orden democrático y la violación por parte del Estado de derechos humanos, pero al mismo tiempo la Argentina se hundió como nunca en su historia en el endeudamiento externo masivo, y asumió un programa de aceleradas las reformas liberales y financieras. Argentina no perdió una guerra mundial, pero quedó endeudada hasta límites insostenibles que agregarán a la conflictividad interna un crítico frente externo. Nada de todo esto alentó un proceso de acumulación de capital a escala nacional sino que, por el contrario, se dio el marco perfecto para un proceso de fuga de capitales masivo.

En la dictadura, la Argentina quedó endeudada hasta límites insostenibles que agregarán a la conflictividad interna un crítico frente externo. Fue el marco perfecto para un proceso de fuga de capitales masivo.

El resultado de este quiebre institucional fue otro salto hiperinflacionario que, entre 1976 y 1982, acumuló un incremento de los precios del 517 823%.

Con la recuperación de la democracia y la llegada de Raúl Alfonsín a la presidencia se produjo un verdadero intento de recomposición de la unidad nacional, la consolidación de un sistema político democrático parlamentario y una economía coordinada y negociada entre diferentes grupos, clases y territorios. Pero fracasó estrepitosamente tanto interna como externamente. El conflicto interno no pudo ser contenido, ni el capital ni el trabajo acordaron un régimen económico estabilizado, así como también la deuda y las relaciones internacionales colocaron a la Argentina bajo condicionamientos no sostenibles. El resultado fue, directamente, la precipitación al vacío, es decir, a la crisis hiperinflacionaria más profunda de nuestra historia acumulando, entre 1983 y 1990, un 83 894 307%.

Por definición, la crisis hiperinflacionaria implica que las instituciones de coordinación económica en Argentina fueran arrasadas, es decir, que prácticamente desaparecieran. Qué sentido tiene una negociación paritaria con una hiperinflación?. La tabula rasa provocada por la crisis generó las condiciones para la aplicación radical del programa de máxima de la tradición económica liberal en Argentina: un nuevo ciclo de endeudamiento externo, apreciación cambiaria, severo ajuste fiscal y monetario y desarticulación de la trama del estado en sus diferentes niveles.

Ello, como no podía ser de otra manera, inauguró una nueva modalidad de la crisis en Argentina: la crisis recesiva reemplazó a la hiperinflacionaria, y la tasa de desempleo, la pobreza y la indigencia se elevaron a niveles nunca vistos: 25% en la primera, 50% en la segunda, 30% en la tercera. Una verdadera calamidad social y económica. Una versión grotesca del reganomics la estrategia que Regan llevó a cabo a comienzos de los ’80 para doblegar el capitalismo coordinado del New Deal construido tras la crisis de 1929.

Sin embargo, en Argentina no rigen las normas del capitalismo norteamericano. Aquí la organicidad espontánea y a nivel molecular, es más profunda de lo que están dispuestos a aceptar las élites académicas que rigen el pensamiento político y económico a ambas costas del atlántico norte. Se produjo una inesperada recomposición política, económica y territorial apoyada en un gobierno de unidad nacional (con base en la PBA) articulado por Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín, que logró un consenso político lo suficientemente sólido como para sustentar una renegociación de los compromisos internacionales, la fijación de un tipo de cambio real competitivo, la mejora paulatina de los salarios reales en pesos, la vuelta de la política fiscal anti cíclica y la restauración de ciertas instituciones básicas de coordinación económica

El capitalismo argentino volvió en sí y aprovechó un salto exportador inédito basado en la expansión del paquete tecnológico de la soja OGM y una mejora extraordinaria de los términos de intercambio. En la gestión de Néstor Kirchner, que mantuvo la estrategia general construida por Duhalde y Alfonsín, se produjo un período relativamente extenso de crecimiento y con mejora significativa en las condiciones económica de la población aunque, sin embargo, era evidente la dificultad institucional y política para construir una estrategia de desarrollo más ambiciosa que pudiese proyectarse a futuro y en condiciones menos favorables, es decir, de estar en condiciones de resistir el mediano plazo donde los dólares escasean.

En la gestión de Néstor Kirchner, que mantuvo la estrategia general construida por Duhalde y Alfonsín, se produjo un período relativamente extenso de crecimiento y con mejora significativa en las condiciones económica de la población.

Con el correr de las gestiones kircheristas fue ganando centralidad la política social y de transferencias y la apreciación real del tipo de cambio, incluso en un contexto posterior de caída de los términos de intercambio. En este contexto, salvo por esfuerzos aislados y poco influyentes, las posibilidades de construcción de un programa económico estratégico de mediano plazo quedaron sepultadas.

El esquema de política económica comenzó a funciona consumiendo los dólares acumulados, las pujas sobre la divisa comenzaron a ceñir la estrategia económica y a marcar un camino de fuerte aislamiento y centralización por parte del gobierno. Fueron rompiéndose uno a uno los puentes con el capital, con el trabajo, con las provincias. El esmerilado gobierno encontró que su columna vertebral económica era, en los hechos, la administración de la oferta de divisas y del comercio sin orientación estratégica. Paradójica y probablemente con el disgusto de muchos funcionarios de primera línea, la figura de Guillermo Moreno era la que sintetizaba el núcleo real de la política económica del gobierno de Cristina Fernández.

Paradójica y probablemente con el disgusto de muchos funcionarios de primera línea, la figura de Guillermo Moreno era la que sintetizaba el núcleo real de la política económica del gobierno de Cristina Fernández.

Mauricio Macri no fue ninguna excepción histórica, no supuso nada novedoso en la historia reciente de nuestro derrotero económico. Por el contrario, más allá de las expectativas que despertó inicialmente en ciertos intelectuales liberal progresistas, este se desarrolló como una repetición burlona del circulo vicioso de la política del liberalismo económico argentino: un período de irresponsabilidad financiera basado en el endeudamiento externo masivo, dólar barato y estable, tasas de interés altas y libertad comercial, llevaron en dos años (tiempo récord) nuevamente a la Argentina a una posición de debilidad internacional comparable a la acumulada al final de la dictadura. La posición internacional de la Argentina a comienzos de 2018 fue la de un quiebre total. A nivel externo con salidas de capitales y un endeudamiento largamente superior a las capacidades de pago en divisa, y a nivel interno con una economía estancada orientada a la especulación financiera.

Las finanzas globales dieron la espalda al gobierno de Mauricio Macri y precipitaron una realineación internacional basada en un acuerdo con en el FMI y Washington, quienes ganaron posiciones en América Latina con el triunfo de Bolsonaro en Brasil. El inaudito préstamo de 57 000 millones de dólares otorgado por el organismo, exigió un ajuste fiscal y monetario severo que condujo a una crisis recesiva cuyo momento más álgido probablemente estemos atravesando ahora mismo, pero que proyecta una posibilidad abismal a futuro: ¿puede la Argentina reunir en un mismo momento rasgos de una crisis hiperinflacionaria y recesiva a la vez? ¿No es esta la consecuencia más probable de una estrategia de profundización del ajuste?

Las finanzas globales dieron la espalda al gobierno de Mauricio Macri y precipitaron una realineación internacional basada en un acuerdo con en el FMI y Washington, quienes ganaron posiciones en América Latina con el triunfo de Bolsonaro en Brasil.

De hecho, es posible. Si el conflicto político e institucional interno y/o externo fuese lo suficientemente profundo, de modo tal que se quiebren las reglas tacitas que median los acuerdos económicos internos, la tasa de inflación se incrementaría con intensidad ya que la moneda simplemente tiende a desaparecer. Mientras que si la estrategia económica se basa en una retracción fiscal agresiva la recesión se convertiría rápidamente en depresión y la tasa de desempleo se incrementaría significativamente. Una situación de esta naturaleza envía a la mitad de la población completamente fuera del sistema social de producción a bregar por la subsistencia en una economía no monetaria, el trueque, mientras que la otra mitad se precipita en la locura de la indexación acelerada.

Desde mediados de los ’70 del siglo pasado, las instituciones económicas argentinas están heridas, la radicalidad de programas económicos unilaterales se ha desarrollado sin limitaciones alimentando la conflictividad y, en consecuencia, existe la posibilidad de que nos enfrentemos nuevamente a una ruptura institucional hiperinflacionaria, inclusive en un contexto depresivo.

Sin embargo, esta situación es percibida por la población que, paulatinamente, va retaceando el apoyo a las expresiones políticas incapaces de tender un puente entre los grupos socioeconómicos  locales y acuerdos internacionales sostenibles. Más específicamente un tercio creciente de la población ya lo ha entendido y observa con preocupación esta situación y de algún modo ello se manifestará en las elecciones presidenciales.

Dependerá de múltiples imponderables para que ese tercio se convierta, efectivamente, en una mayoría triunfante en una segunda vuelta, y pueda comenzar a dejar atrás el pasado de programas unilaterales y radicalizados.

Finalmente, incluso con todas estas condiciones alcanzadas, si el nuevo gobierno no logra un acuerdo diferente con Washington y el FMI, sus posibilidades se estrecharían notablemente. Si el FMI pretende hacer cumplir con total rigor el irresponsable acuerdo firmado por el actual gobierno entonces la Argentina se vería ante la peor disyuntiva: la crisis hiperinflacionaria / recesiva o el default. El proceso de volverá imprevisible así como sus consecuencias económicas, dado que la restricción externa se nos impondría con todo el rigor en el cortísimo plazo.

Todos los escenarios compulsivos o unilaterales no tienen puerto, acaban a la deriva. Sólo el acuerdo económico, social y político puede poner a la Argentina en una senda de crecimiento compatible con su restricción externa e inserta inteligentemente en las relaciones económicas internacionales. De hecho, esta idea económica fundamental, está sedimentando en la forma de un consenso económico mínimo que atraviesa diferente expresiones políticas. Desde economistas liberales hasta nacionalistas, pasando por desarrollistas o estructuralistas, convergen en la aceptación de esta premisa: acuerdo económico y social, cumplimiento de la restricción externa, inserción inteligente en el mundo y política fiscal para estabilizar el ciclo económico.

En todo caso, la democracia social en la Argentina tiene su oportunidad, como no puede ser de otro modo, frente a la urgencia. Las condiciones históricas se han desarrollado con tanta intensidad que ha quedado patente la polaridad política entre conflicto/ruptura/crisis y la posibilidad de la concordia de diferente clases y territorios en un proyecto común, económico y político estratégico de mediano plazo.

Ignacio Trucco

Ignacio Trucco

Licenciado (UNL) y Doctor en Economía UNR. Docente de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional del Litoral (UNL). Miembro del Grupo de Economistas Progresistas.

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