Por amor al orden

¿Llegó la hora de un kirchnerismo moderado? ¿La fórmula Fernández-Fernández logra conjugar la entrega militante a Cristina con la moderación que pide buena parte de la sociedad?

El video en el que Cristina Fernández de Kirchner anuncia la candidatura de Alberto Fernández ofrece un diagnostico de la crisis actual: se trata de una crisis terminal, extrema, límite. Una crisis que se equipara a la del 2001 por su impacto económico y social. Ya no se trata de una crisis meramente económica (como parecía ser el diagnostico en 2017) ni moral (tal como parece plantear el gobierno al hablar del “alma de la Argentina”). Según la ex presidenta, la crisis actual amerita decisiones extraordinarias. Hobbesianamente, Cristina propone que cualquier orden es mejor que el desorden: hay que reorganizar la comunidad. “Nuestro pueblo (…) necesita gestos y hechos concretos que den certeza y seguridad a una unidad que comience a ordenarles la vida. Una unidad que comience a ordenarles la vida que con tanta perversidad este gobierno les desordenó en solo algo más de tres años”.

Hobbesianamente, Cristina propone que cualquier orden es mejor que el desorden: hay que reorganizar la comunidad.

Ese orden debe ser orientado desde la política hacia la sociedad y no al revés, aunque es innegable que ­–tal vez por la propia incidencia de Alberto Fernández­– la propuesta de orden de Cristina es una propuesta fundada en hipótesis informadas sobre la sociedad que pretende formatear: después del desconcierto de 2015, el kirchnerismo parece haber escuchado algunos mensajes de la “sociedad”. El pedido de moderación es, quizás, el más importante de ellos.

El pedido de moderación convive, sin embargo, con otro humor social: el del amor y la entrega intensa que se vio, sin ir más lejos, en la presentación del libro de Cristina en el predio de La Rural hace tan solo 10 días. Es la misma entrega que seguramente se manifiestará en las calles de Comodoro Py el martes, cuando se presente ante la justicia en calidad de acusada. Cristina es objeto de amores y de odios intensos, y también de pedidos de moderación.

A esa demanda, la ex presidenta reaccionó con un gesto de prudencia. Se corrió al centro, se mostró moderada, suave y aplacada. Y, además, pareció señalar con su dedo a Alberto Fernández como el artífice de esa moderación. Aparentemente, esa fue su función desde que se acercó al Instituto Patria: serenar a Cristina, aplacar a las fieras, moderar la euforia. Si Cristina es la madre de dragones, Alberto es el domador de leones.

Aparentemente, la función de Alberto Fernández desde que se acercó al Instituto Patria fue serenar a Cristina, aplacar a las fieras, moderar la euforia. Si Cristina es la madre de dragones, Alberto es el domador de leones.

El video del anuncio está eminentemente dirigido a los propios: en lo que aparece como un último acto de enunciación desde la posición de líder de la oposición, la voz de Cristina explica, suave pero enfática, que ella misma “le pidió a Alberto Fernández” llevar adelante la fórmula presidencial. Cristina justifica las razones de su decisión, pide comprensión y apoyo, porque la excepcionalidad de la crisis requiere tomar decisiones igualmente extraordinarias. El llamado a “deponer ambiciones y vanidades personales” también corre para la militancia: dejar de lado los fanatismos, los propósitos maximalistas y aceptar el desafío de la hora, aunque suponga ceder poder, decisiones o protagonismo.

Si por un lado no conviene subrayar únicamente el aspecto “decisionista” del anuncio (el “le pedí”) tampoco es productivo abordar el discurso como un renunciamiento histórico. No solo porque Cristina efectivamente participa de la fórmula presidencial (a diferencia de Evita en 1951) sino, sobre todo, porque este debe ser leído como un desplazamiento enunciativo: a partir de ahora, Cristina no protagonizará la campaña y, de ser juzgada, no lo será en carácter de “candidata presidencial” sino de ciudadana, una ciudadana “responsable”, tal como se define en el video. Cristina no va a regalarles a sus adversarios la foto de la candidata presidencial victimizada en los estrados judiciales.

En una Argentina dividida y en crisis terminal, lo que está en juego, según el diagnóstico de Cristina Kirchner, no es otra cosa que la estabilidad y el orden. El espíritu de esa dislocación radical de los horizontes mínimos de certeza a la que se enfrentaron Menem en 1989 y Kirchner en 2003 circunda el clima político actual: quizás todavía no se trate de una desestructuración total, pero si de una desorganización de la vida cotidiana producto de una economía en ruinas, de una pesadísima deuda y de la amenaza de un conflicto permanente.

En efecto, la cuestión de la estabilidad política supone necesariamente pensar en el estatuto del conflicto político: es cierto, sin conflicto no hay política, pero ¿qué tipo de conflicto y qué grado de conflicto es tolerable? Este es también un problema de eficacia: ¿como gestionar “prudentemente” el conflicto político en democracias polarizadas?

Dice Rousseau que “no hay gobierno tan sujeto a las guerras civiles y a las agitaciones intestinas como el democrático o popular, a causa de que tampoco hay ninguno que tienda tan continuamente a cambiar de forma, ni que exija más vigilancia y valor para sostenerse”. De allí la necesidad de una religión civil o de una profesión de fe puramente civil, entendida como un conjunto de sentimientos de sociabilidad que hacen a la condición de ciudadanos y súbditos. Se trata de principios de consenso, de una mentalidad ampliada que provee un sentido común capaz de trascender las divisiones. No son pocos los autores preocupados por el debilitamiento de las democracias contemporáneas. Para muchos, este empieza por la erosión de los principios mínimos de tolerancia y convivencia: la democracia, dicen, es el régimen del conflicto pero también el de la la convivencia serena que garantiza el transcurrir del espíritu democrático como un humor afable, suave, regular. El mal no es banal, es intenso, parecen decir los autores. En Sobre la Tiranía: Veinte lecciones que aprender del siglo XX, Timothy Snyder dice en la lección número 12: “Haga contacto visual y charla casual”, “cuando los amigos, colegas o conocidos miran para otro lado o cruzan la calle para evitar el contacto, teman”.

Cristina pareció dar, en los últimos días, pruebas de pragmatismo y prudencia. Esto no significa necesariamente una vocación por el acuerdismo vacío que busque el “justo medio”: no hay justicia equidistante en los pactos.

Si el conflicto no es afín a la moderación, el orden político puede, en cambio, ir de la mano de una forma propiamente política y virtuosa de la moderación, que es la prudencia, en tanto arte de dirigir las acciones y las decisiones. Cristina pareció dar, en los últimos días, pruebas de pragmatismo y prudencia. Esto no significa necesariamente una vocación por el acuerdismo vacío que busque el “justo medio”: no hay justicia equidistante en los pactos, pero estos sí pueden ser justos en un sentido político, en la medida en que trazan fronteras. Todos los actores políticos parecen pedir un pacto: en la Feria del Libro, Cristina habló de la necesidad de un “pacto ciudadano”, mientras que Macri y Lavagna habían postulado, días antes, 10 puntos de acuerdos fundamentales.

El sábado Cristina volvió a enunciar la necesidad de un acuerdo amplio, vasto y generoso, menos orientado a ganar elecciones que a gobernar un país en crisis, entendiendo gobernar como la capacidad de “tomar decisiones que sean comprendidas, aceptadas y compartidas por la gran mayoría”, y como la aptitud para cumplir las promesas. Para lograr esa tarea parece ser preciso encauzar con prudencia las pasiones e intensidades políticas hacia una profunda vocación de orden y organización de la vida, un orden direccionado desde el corazón de la política hacia la sociedad y hacia la política misma.

Sol Montero

Sol Montero

Socióloga, Doctora en Letras, especialista en análisis del discurso político. Investigadora del CONICET y profesora en la Universidad Nacional de San Martín. En twitter es @monteraux

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