Al borde del abismo: la advertencia de Guterres

“Nos estamos acercando al borde del abismo”: la advertencia realizada por la máxima autoridad de las Naciones Unidas es un llamado de atención casi desesperado sobre la indiferencia general ante lo que –sin tremendismo alguno– aparece como la antesala de un desastre a escala mundial.

“Nos estamos acercando al borde del abismo. Si no cambiamos la dirección de aquí a 2020 corremos el riesgo de cruzar el umbral en el que podemos evitar el cambio climático desbocado. Habría consecuencias desastrosas para los seres humanos y todos los sistemas naturales que nos sostienen”.

Estas palabras no son las de un militante ambientalista desbocado ni de un profeta apocalíptico. Las pronunció Antonio Guterres, secretario general de las Naciones Unidas hace ya algunos meses. El informe del GEO-6 (Perspectivas del Medio Ambiente Mundial), conocido en marzo, redobla la gravedad de la advertencia.

Guterres había dicho también: “Lo que hace que sea alarmante es que nos lo advirtieron. Los científicos llevan décadas diciéndonoslo. Una y otra vez. Demasiados líderes se han negado a escuchar. Muy pocos han actuado con el enfoque que demandan los científicos. Estamos viendo los resultados. Nos estamos acercando a los peores escenarios que predijeron los científicos”.

El reporte del GEO-6 habla, como Guterres, de la inminencia de un colapso ambiental.

Guterres: “Lo que hace que sea alarmante es que nos lo advirtieron. Los científicos llevan décadas diciéndonoslo. Una y otra vez. Demasiados líderes se han negado a escuchar”.

EL UMBRAL

El máximo dirigente del organismo multilateral parece haber tomado conciencia de la gravedad del asunto a partir de los informes elaborados durante los últimos cinco años por centenares de científicos y expertos de más de 70 países. Esos reportes indican que si no se toman medidas drásticas ahora mismo, en las próximas décadas se producirán transformaciones globales de enorme impacto, que acarrearían (quizás en menos de medio siglo) la destrucción de ecosistemas, el fin de muchas especies y un colapso alimentario para la humanidad, que llevaría a la muerte segura de millones de personas en los diferentes continentes, pero especialmente en Asia y África.

Las palabras de Guterres son de octubre del año pasado, y en ellas advertía que en 2020 podremos estar cruzando el umbral de irreversibilidad del cambio climático. Cruzar el umbral no significa que los escenarios catastróficos se producirán el año que viene, sino que ya no podríamos hacer demasiado para impedirlo. Hasta hace poco tiempo el año clave era 2030: el informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC) especificaba que para ese año deben disminuir las emisiones de dióxido de carbono (CO2) en un 45%, es decir casi a la mitad.

Guterres recordó que cuando los líderes mundiales firmaron el Acuerdo de París sobre el cambio climático en abril de 2016, se comprometieron a detener el ascenso de temperatura y a trabajar para mantener ese aumento lo más cerca posible de los 1,5 grados. Esa era la modesta aspiración comprometida en el Acuerdo. Pero según los informes, vamos camino a un incremento de 3 grados, el doble de lo que se esperaba. El titular de la ONU insiste en que es posible poner freno a las emisiones de carbono que calificó en un tuit como “suicidas”. Para eso es necesario reemplazar la producción de energía con energía limpia hidroeléctrica, solar y eólica. Casi nada: toda la producción de energía está en juego. “Tendremos que repensar cómo calentaremos, enfriaremos y alumbraremos nuestros edificios para que desperdiciemos menos energía”, dijo Guterres. Para favorecer la transición, el secretario general de las Naciones Unidas propone acabar con los subsidios a las energías procedentes de combustibles fósiles y tasarlas, mientras se ponen en marcha incentivos a las renovables e impuestos para quienes producen las emisiones.

PROBLEMA DE OTROS

Pero ¿cómo frenar la maquinaria mundial que depende de petróleo, gas y carbón? Parece imposible. Sin embargo varios países comenzaron a hacerlo hace ya varios años. En ciertos casos a causa de la necesidad: algunas de esas naciones poseen escasos recursos en gas, petróleo o carbón y por eso apostaron hace tiempo a sustituir su matriz de energía. El problema global es el que sigue en pie: para lograr en 2030, es decir dentro de apenas diez años, que las emisiones de CO2  se reduzcan a la mitad, habría que comenzar ya mismo a reemplazar la matriz de producción de energía basada en hidrocarburos, principal causante del problema.

Toda nuestra vida actual, toda la civilización humana contemporánea, está basada en esa matriz. Y si bien las tecnologías para sustituirla están disponibles desde hace mucho tiempo (las primeras plantas de energía solar se fabricaron hace más de un siglo) y se han expandido enormemente, los avances concretos son casi insignificantes a escala global. Siguen siendo un puñado los países que apostaron a reemplazar parcial o totalmente su matriz energética: Finlandia, Escocia, Suecia, Costa Rica, Uruguay, Dinamarca…

Europa es a la vez la principal causante original del problema, al descubrir y potenciar la forma de producción energética que utiliza toda la humanidad, y el modo de vida que genera el derroche de recursos. Pero es también la región más avanzada en energías renovables. Aún así, la energía renovable representa solo el 3,48% del total de la energía producida en Europa.

Es cierto que las energías renovables han crecido en los últimos años en todo el planeta. Pero el ritmo de ese crecimiento es demasiado lento y al mismo tiempo se incrementan los esfuerzos para seguir produciendo energía mediante combustibles fósiles: de eso se trata el fracking. Las dirigencias no parecen comprender la gravedad del asunto: como depredadores sin consciencia, se sigue apostando a exprimir al subsuelo de petróleo, gas y carbón hasta que ya estemos en el abismo del que habla Guterres. Y literalmente eso puede empezar ocurrir mucho antes de que se terminen las reservas de combustibles fósiles.

Para que en apenas diez años las emisiones de CO2 se reduzcan a la mitad, habría que comenzar ya mismo a reemplazar la matriz de producción de energía basada en hidrocarburos, principal causante del problema.

No es problema de otros: en nuestra Argentina, la casi totalidad de la dirigencia política, social y económica se llena la boca hablando de Vaca Muerta –el gran reservorio de petróleo y gas al que apostaron tanto el gobierno anterior como el actual– a la que ven como la salvación futura, sin comprender que ahí mismo reside la cuestión. Se festeja que hay reservas para alrededor de 200 años, y no se registra que mucho antes de que se agoten, estaremos enfrentando problemas de una severidad que no parecemos comprender.

A la vez, es una actitud que está lejos de ser incomprensible: ¿por qué deberíamos ser nosotros quienes despreciemos semejante recurso, cuando Donald Trump, el dirigente máximo de uno de los dos países líderes en emitir gases de efecto invernadero –China y los EEUU suman casi el 44% de la emisión mundial de CO2– considera al cambio climático como una cuestión de creencia?

LA ADVERTENCIA DE GUTERRES

Antonio Guterres, el socialista portugués que desde 2017 lidera la organización multilateral, estudió fisica e ingeniería. Tiene 70 años y fue primer ministro de su país, presidente de la Internacional Socialista y alto comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados.

“Estoy pidiendo liderazgo de los científicos y empresarios, y de la gente en todo el mundo. Lo que hace falta es liderazgo y ambición para hacer lo que es necesario. Lo que hace que sea alarmante es que nos lo advirtieron. Los científicos llevan décadas diciéndonoslo. Una y otra vez. Demasiados líderes se han negado a escuchar. Muy pocos han actuado con el enfoque que demandan los científicos. Estamos viendo los resultados. Nos estamos acercando a los peores escenarios que predijeron los científicos. Las naciones más ricas del mundo tienen la mayor responsabilidad de la crisis climática, pero los efectos los sienten en primer lugar y en su peor forma las naciones más pobres y las comunidades más vulnerables. Ya vemos esta injusticia en el ciclo incesante y creciente de sequías extremas y tormentas cada vez más poderosas. Hay tecnologías prometedoras esperando estar operativas: combustibles limpios, materiales de construcción alternativos, baterías mejores y avances en la agricultura y el uso de la tierra. Estas y otras innovaciones juegan un papel importante en reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, para que podamos alcanzar los objetivos de París e impulsar la ambición que se necesita con urgencia. Si no cambiamos la dirección de aquí a 2020 corremos el riesgo de cruzar el umbral en el que podemos evitar el cambio climático desbocado. Habría consecuencias desastrosas para los seres humanos y todos los sistemas naturales que nos sostienen. Hagamos que se tomen decisiones transformadoras en parlamentos y despachos de todo el mundo. Tengamos altura de miras, formemos coaliciones y hagamos que nuestros lideres escuchen y entiendan que no hay más tiempo que perder. La ferocidad de los incendios y olas de calor de este verano nos han mostrado que el mundo está cambiando ante nuestros ojos. Nos estamos acercando al borde del abismo. No es demasiado tarde para cambiar de rumbo, pero cada día que pasa significa que el mundo se calienta un poco más y que se eleva el costo de nuestra falta de actuación. Cada día que no actuamos es un día que estamos más cerca de un destino que ninguno de nosotros queremos. Un destino que se extenderá en generaciones en el daño hecho a la humanidad y a la vida en la tierra. Nuestro destino está en nuestras manos. El mundo cuenta con que estemos a la altura del desafío antes de que sea demasiado tarde”.

NO HAY MÁS TIEMPO QUE PERDER

El informe del IPCC asegura que los gobiernos de todo el mundo deben hacer “cambios rápidos, de largo alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad” para evitar el desastre. Según Joyce Msuya, directora ejecutiva de ONU Medio Ambiente: “Nos encontramos en una encrucijada. ¿Continuamos por nuestra ruta actual, que nos llevará a un futuro sombrío, o escogemos el camino del desarrollo sostenible? Esa es la elección que deben hacer nuestros líderes políticos, ahora”.

La sexta edición del reporte Perspectivas del Medio Ambiente Mundial (GEO-6, por sus siglas en inglés), renueva las advertencias y sugiere caminos de solución. Los datos que incluye son tan alarmantes como cada año: un tercio exacto de los alimentos del mundo (33%) se desperdicia y más de la mitad de esos residuos (56%) se genera en los países industrializados, mientras cada año llegan a los océanos 8 millones de toneladas de residuos plásticos.

“Se está acabando el tiempo para prevenir los efectos irreversibles y peligrosos del cambio climático. A menos que se reduzcan radicalmente las emisiones de gases de efecto invernadero, el mundo está en vías de superar el umbral de temperatura establecido en el Acuerdo de París (…). Ello hace que el cambio climático tenga repercusiones ambientales, sociales, de salud y económicas de alcance mundial”, se lee en la página 10 del informe.

Cruzar el umbral en 2020 no significa que los escenarios catastróficos se producirán el año que viene, sino que ya no podríamos hacer demasiado para impedirlos.

De acuerdo con los autores, se requieren intervenciones políticas a gran escala, abordando sistemas completos –como la energía, los alimentos y los residuos–, en lugar de concentrarse en problemas específicos como la contaminación del agua.

“El informe del GEO-6 muestra que ya existen políticas y tecnologías para diseñar nuevas vías de desarrollo que eviten los riesgos, y produzcan salud y prosperidad para todas las personas”, dijeron Joyeeta Gupta y Paul Ekins, corresponsables del reporte. “Lo que hace falta es la decisión de los líderes públicos, empresariales y políticos que se aferran a modelos obsoletos de producción y desarrollo. Lo que falta es la voluntad para implementar políticas y tecnologías a una velocidad y una escala suficientes”, indicaron.

En ese contexto de suma cero, donde cada país cuida su propia quinta con una miopía general alarmante, el reclamo de Guterres tiene una repercusión tan escasa que resulta más alarmante que el reclamo mismo. La indiferencia generalizada ante su advertencia es desesperante. Paradójicamente, el sitio oficial de las Naciones Unidas no le da la relevancia que merece: ni siquiera se lo publica completo. Cuando en realidad debería ser un grito en titulares catástrofe: ¡Despierten, es el secretario general de las Naciones Unidas diciendo que vamos hacia un desastre y que no hay más tiempo que perder!

¿Llegará a tiempo esa advertencia o veremos en las próximas décadas concretarse el escenario catastrófico, y como siempre, serán las principales víctimas las comunidades más vulnerables de la humanidad, entre las que –fuera de toda duda– está incluida la abrumadora mayoría de la población argentina?

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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