Daniel Heymann: ¿Por qué no crece la economía argentina?

El economista Daniel Heymann aporta su perspectiva sobre la situación económica del país. El profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Nacional de La Plata, así como ex Coordinador del Área de Análisis Macroeconómico de la Oficina de CEPAL en Buenos Aires, analiza los puntos más salientes del contexto económico actual en esta entrevista. ¿Cuáles son las razones por las que no crecemos? ¿Es posible detener la inflación? ¿Qué debe hacerse con el tipo de cambio? 

¿Por qué diversos países de la región han logrado estabilizar la macroeconomía, aunque sea en términos básicos, pero en la Argentina eso resulta muy difícil de conseguir?

Si observamos la historia económica de nuestro país, sobre todo de los últimos años, hay elementos recurrentes. Entre ellos, se destaca el de la restricción externa, que es una frase abstracta para algo muy concreto: falta de dólares.

La economía argentina está estancada desde el 2011. Se da un patrón curioso hasta el 2019, en tanto que, los años pares la economía ha crecido y en los impares ha decrecido. Hay un deterioro persistente de la balanza de pagos, es decir de la relación entre ingresos y gastos. Para mantener un nivel de actividad relativamente constante, con estos altibajos anuales, se aumenta persistentemente la brecha entre el ingreso y el gasto. De esta manera, resulta necesario un creciente financiamiento externo para poder mantener el nivel de actividad, pero cuando querés crecer te encontrás con que la disposición para financiar esa brecha se vuelve reticente y hay que parar. En este sentido, la restricción externa es primitiva respecto del déficit fiscal, porque es la restricción del presupuesto de la economía en su conjunto en relación con terceros. El problema fiscal es un problema de un sector de la economía del Estado, vis a vis el resto del mundo y el sector privado. Entonces, es la Argentina respecto del resto del mundo.

La Argentina necesita más del mundo de lo que le puede ofrecer. Eso se asocia a un comportamiento muy pobre de las exportaciones. En el 2011, nosotros exportábamos 84 mil millones de dólares. Estos últimos años, incluyendo el año pasado, solo exportamos alrededor de 60 mil millones de dólares. Hoy en día, o más bien a 2018, el volumen de exportación, sin tener en cuenta los efectos de precios, es menor que en 2005. De manera que, nos quedamos sin capacidad de generar dólares para sostener la demanda de dólares que requiere un nivel de actividad más alto.

Por otro lado, en una situación de estas características, donde la economía no genera los recursos para medianamente llegar a un equilibrio distributivo que sea aceptable o tolerable, se puede sufrir presiones distributivas.

No solo no genera los recursos para que el equilibrio distributivo sea tolerable, sino que, sobre todo, no genera las expectativas de que en el futuro los diferentes sectores vayan a obtener lo que no obtienen en el presente. En consecuencia, esto convierte la conducta en una conducta predatoria: apropiarse de lo que existe porque en el futuro va a haber menos de lo que hay. El mecanismo de financiamiento externo para sostener el gasto por encima de la capacidad de generación de recursos tiene límites muy claros. La disposición de los que ofrecen el financiamiento se da en función de la confianza en las posibilidades del repago. Ahí hay un elemento que condiciona la discusión sobre el futuro y que marca una de las prioridades que implícita o explícitamente se deberá tener en cuenta: la recuperación de un cierto dinamismo de las exportaciones.

Hasta ahora en Argentina las exportaciones han querido decir dos cosas: el precio de las commodities o el precio del dólar. Es decir, ganar competitividad vía devaluación o depender de que el mundo ponga precio a lo que Argentina ofrece. Pero ha contado poco con la capacidad de producir cosas cuyo precio esté en función del valor que se agregue de modo sostenido o constante.

Hace años que se producen fenómenos interesantes en este sentido. El cambio tecnológico en el sector agropecuario impactó de tal manera que la cosecha pasó a exceder los 100 millones de toneladas. El problema es que eso mejoró el volumen, pero no el precio.

Los precios no los fijamos nosotros. Los commodities vienen de afuera. Pese a ello, los precios no son particularmente bajos. Son más bajos que los máximos, pero no son malos. Tenemos que encontrar la manera de generar un flujo de demanda de exportaciones. En lo inmediato, el efecto de tipo de cambio es importante, pero a largo plazo hay que deshacerse de ese andador.

Habría que intentar mejorar la imagen en los próximos años para generar un aumento de las exportaciones por efecto precios que dé lugar a aprendizaje, a algunas adaptaciones tecnológicas asociadas con ese efecto, y que a la larga permita que esos flujos de exportaciones se traduzcan en un tipo de cambio a un salario real más alto. Como consecuencia de la inestabilidad macroeconómica, que es parte del juego de la economía que no arranca, nuestra disputa económica se manifiesta en la manera de generar recursos para los distintos sectores. Una de las cosas que se produjo a partir de ello es la dificultad de aumentar el tipo de cambio real sin provocar inflación, recesión y caída del salario. Si vemos la evidencia de los países vecinos como Chile, Perú, Colombia, Uruguay y Brasil, el efecto del tipo de cambio sobre precios es muy moderado. Nosotros tenemos un comportamiento que tiene un elemento de percepción, cuando sube el tipo de cambio esperamos que los precios suban, por lo tanto, se generan comportamientos que van en esa dirección. En cambio, ellos, como otros países, tienen la nominalidad de precios instalada de manera tal que quedan disociados el tipo de cambio y los precios.

Eso se puede apreciar muy bien en el mercado inmobiliario. En Santiago de Chile o en San Pablo los precios de las viviendas no están en dólares, la gente no compra ni vende sus propiedades en esa moneda. La propiedad es lo que simboliza la capacidad de ahorro del ciudadano medio, entonces la cuestión es ahorrar o no en su moneda. Eso no viene de la nada. Es la evidencia empírica razonablemente clara de que el coeficiente de traslado de precio a tipo de cambio es netamente mayor en economías con tradición inflacionaria.

Cuando hablamos del aumento de las exportaciones, de la estabilización macroeconómica que está asociada a la baja de la tasa de inflación, es necesario secuenciar. Todos estamos de acuerdo en que la inflación es un tema que preocupa a todos, más allá de las ideologías, pero hay condiciones para bajar la inflación, no es un acto de voluntad. Si vos tenés un problema fiscal latente o presente, una apreciación cambiaria que en algún momento te fuerza a depreciar y tenés un requerimiento o una política de reducción de subsidios a través de aumento de tarifas, el resultado es la inflación que tenemos.

Tengo la impresión de que el gobierno actual pensó que las dificultades del país eran causadas por el gobierno anterior o por conductas equivalentes a las del gobierno anterior en otros gobiernos preexistentes. Entonces, creyeron que si modificaban esas conductas y, sobre todo, los actores que tomaban decisiones, y que con solo decir que no iban a actuar igual, de esa manera los problemas se iban a diluir. Evidentemente, no era el gobierno anterior. Los problemas de la economía y de la moneda argentina no fueron causados por él, aunque no supieron lidiar bien con ellos y tampoco supieron aprovecharon una ocasión quizás irrepetible para solucionar algunos de los problemas estructurales de la Argentina. Kicillof negaba que la inflación tuviera un componente monetario y Sturzenegger creía que era solo monetario. Ninguno de los dos pudo acertar sobre bases tan ideologizadas. Además, los cambios de expectativas están basados en alguna experiencia. Lo podemos ver en las economías de países cercanos, como Chile y Colombia, donde los procesos duraron años.

“Los problemas de la economía y de la moneda argentina no fueron causados por el gobierno anterior, aunque no supieron lidiar bien con ellos y tampoco aprovecharon una ocasión para solucionar algunos de los problemas estructurales de la Argentina. Kicillof negaba que la inflación tuviera un componente monetario y Sturzenegger creía que era solo monetario. Ninguno de los dos pudo acertar sobre esas bases”.

Se trata de un proceso que exige la continuidad de algunas políticas, lo que supone consensos de gobierno a gobierno respecto de que hay cosas que no se van a volver a hacer. Sin embargo, en las fuerzas políticas argentinas no parece existir tal acuerdo básico. Además, uno podría pensar que el tema de la restricción externa era un problema que estaba identificado, diagnosticado y teorizado hace mucho tiempo. ¿Por qué a pesar de que todos saben que ahí hay algo no se puede desarmar lo que lo provoca?

Hay una recurrencia de crisis externa cada diez años aproximadamente. En los últimos años, la restricción externa hace que se toque techo muy rápido. En parte, hay también una circularidad porque esencialmente esas crisis, de una manera u otra, manifiestan que la restricción externa era más fuerte de lo esperado. Es decir, se eleva el nivel de gasto por encima de lo sostenible. Entones, hemos estado reiteradamente tanteando hasta excedernos y luego tuvimos que achicar. Volvimos a empezar, volvimos a pasarnos: con la tablita cambiaria de Martínez de Hoz, con la convertibilidad y sucede ahora. Hace cien años era muy claro el lugar que la Argentina ocupaba en el mundo en términos económicos, pero desde el 30 hasta la actualidad no es así.

A la Argentina agroexportadora la siguió una época razonablemente lograda de sustitución de importaciones. A fin de los 70 ese modelo dejó de funcionar y desde ese momento nadie ha encontrado otro modelo de desarrollo que permita satisfacer la expectativa de los sectores internos, tanto del mundo del trabajo en términos de ingreso como el mundo del capital en términos de renta, y, a la vez, generar un modo de estar en el mundo que haga sostenible la satisfacción de esas expectativas.

No se puede encarar el mediano o largo plazo sin pasar por la coyuntura porque es lo inmediato. Al mismo tiempo, no es posible centrarse solamente en administrar la coyuntura sin pensar en el mediano y largo plazo. En un momento como este, en el que estamos en el día a día, vale pensar hacia adelante. En la reflexión hacia el futuro es fundamental pensar cuál es el patrón productivo que nosotros vamos a tratar de buscar para contrarrestar la restricción externa.

Hay un consenso bastante importante entre los economistas acerca del peso de la restricción externa y del problema que Gerchunoff identificó como los tipos de cambio, de sustentabilidad social y económica. Pero no veo tales consensos en relación con el patrón de desarrollo. Observando con distancia la historia económica de la Argentina, ¿cuál es el modelo de desarrollo posible?

Mirando la Argentina es necesario tener en cuenta distintas variables y las disyuntivas que éstas implican. Tal vez se necesite un tipo de cambio real más alto. Hacerlo es problemático y si se lo toma como la base del crecimiento a la larga también es un problema. Pues la cuestión del salario real es importante, pero no es lo único a lo que hay que prestar atención, también hay que secuenciar medidas y manejar disyuntivas. El conflicto reside en cómo llegar a un acuerdo en este punto.

Además, otro tema importante es el de la coordinación de los actores.

Allí hay una especie de circularidad. “A” hace una alianza con “B” si sabe que va a ganar en el futuro, en tal caso está dispuesto a entrar en el juego. Sin embargo, aparecen ciertas cuestiones básicas que vale la pena poner sobre la mesa, que no necesariamente son parte de una discusión electoral. Marina Dal Poggetto dice siempre que los problemas de la macroeconomía son tales que si no hay algunos acuerdos básicos no se pueden resolver y esos acuerdos no pueden establecerse en un clima político de polarización y confrontación. Es decir, tiene que haber un ambiente de cooperación entre actores relevantes para poder acordar cinco cuestiones, de contenido general, no específico.

¿Un modelo de desarrollo significa apostar a unos sectores con recursos públicos, generar condiciones institucionales para que los actores tomen decisiones, o es un mix entre la regulación y la inducción y la libertad de los mercados? ¿Los mercados tienen la visión de futuro y la capacidad de coordinarse para ser sostenibles a mediano plazo o es el Estado el que puede organizar esto?

Creo que es un mix. Hacia los años 80 estaba en la CEPAL y vino una delegación japonesa a charlar sobre economía argentina. Nos preguntaron cómo iba a crecer la economía, les dijimos que estábamos en un proceso de estabilización, lo que iba a alargar el horizonte de decisiones, aparecerían oportunidades que generarían dinamismo que, al mismo tiempo, generarían otras nuevas oportunidades. En síntesis, un proceso acumulativo. La respuesta de los japoneses fue que era muy interesante pero, más allá de eso, nos preguntaron qué era lo que iba a producir la Argentina. Dijimos que esas oportunidades serían descubiertas en un marco de búsqueda, de estabilidad de instituciones. A lo que respondieron lo mismo. Es lo que llamamos “la pregunta japonesa.”

¿Cómo ves la situación y qué ves para este año y el próximo?

Estamos en un mundo de horizontes mínimos, así son las crisis. En la Argentina una desestabilización cambiaria sabemos que es extremadamente costosa. Por eso tenemos lo que tenemos, medios más bien simples. Creo que es importante ir tanteando la posibilidad de no frenar demasiado la demanda agregada y el nivel de actividad. No solo por una cuestión de cuidar la estabilidad cambiaria constantemente, sino porque en algún punto hay que mirar el conjunto, es decir, el nivel de actividad, el cambio real, el salario real y la tasa de inflación. No se puede tomar una sola variable. Si el nivel de actividad es bajo, como lo vemos en estos días, se resiente la recaudación y si eso sucede la cuestión fiscal es problemática. En consecuencia, es más difícil acomodar la política monetaria.

“Si el nivel de actividad es bajo, como lo vemos en estos días, se resiente la recaudación y si eso sucede la cuestión fiscal es problemática”.

También sabemos que, si el nivel de actividad aumenta considerablemente, la restricción externa vuelve a pesar…

Por eso hay que cuidar la estabilidad cambiaria. En 2007 tuvimos 30 mil millones de dólares de déficit en cuenta corriente. En 2018, si bien a fin de año por la caída de importaciones se empezó a corregir, estuvimos más o menos en ese número. Este año va a ser más bajo, pero no vamos a llegar al equilibrio en la cuenta corriente. La restricción externa la vamos a tener que cuidar. Ahora, la cuestión es qué cosas pesan más. Yo no creo que se pueda hacer política macroeconómica, la idea de que se va a hacer política macroeconómica con objetivos únicos me parece que no funciona, hay que hacer manejo de objetivos distintos. Entonces, dentro de ese combo te podés preocupar por la estabilidad diaria pero cuidando el nivel de actividad, no solo porque sea importante a efectos del empleo, los ingresos, etc., sino porque te ayuda a la estabilidad macroeconómica misma.

 

QUIÉN ES

Daniel Heymann es Licenciado en Economía y en Ciencias Físicas en la Universidad de Buenos Aires y Ph.D. en Economía en la Universidad de California, Los Angeles. Es Profesor Titular de Economía en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de La Plata, y Profesor Invitado en la Universidad de San Andrés. Actualmente desempeña el cargo de Director del IIEP-BAIRES (Instituto Interdisciplinario de Economía Política de Buenos Aires), dependiente de UBA-Conicet. Entre 1987 y 2010 fue Coordinador del Área de Análisis Macroeconómico de la Oficina de CEPAL en Buenos Aires. Es miembro titular de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue Presidente de la Asociación Argentina de Economía Política (AAEP) entre 2008 y 2010. Ganó el Premio Fundación Konex 1996 a las mejores figuras de la década en Humanidades: diploma al mérito en el área de Teoría Económica.

 

Esta entrevista es una transcripción parcial y editada de la nota realizada en el programa radial El Zorro y el Erizo.

Transcripción y edición: Dámaris Gamboa

Alejandro Katz

Alejandro Katz

Ensayista y editor, fundador de Katz Editores. Estudió Lengua y Literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Desde 1992 es profesor en la Universidad de Buenos Aires. Ha sido consultor del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc) y de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Es conductor del programa de radio "El zorro y el erizo" por Radio Nacional.

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