Adiós vieja guardia, bienvenido nuevo PSOE

Los convulsionados días que vive el PSOE, entre el triunfo de Pedro Sánchez y la muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba, parecen ser los albores de una nueva época. El ocaso de un modo de pensar y hacer la política  contrasta con el resurgir de un partido en un contexto que solo prometía adversidad.

El PSOE, vive tiempos interesantes. El partido ha cumplido 140 años y es uno de los superviviente de la golpeada socialdemocracia europea, uno quizá inesperado, más aún tras el cimbronazo que implicó la crisis de 2008 para el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. El triunfo electoral del pasado 28 de abril le dio al socialismo un total de 123 diputados, lo que representa un incremento de 38 con respecto a la elección de 2016, y, al mismo tiempo, una base suficiente para aspirar a formar gobierno más temprano que tarde. Un partido renacido de sus cenizas, bajo un liderazgo consolidado, que, además, ha visto a sus enemigos desangrarse. Las aves de rapiña que aguardaban el deceso para hacerse de los restos del PSOE se han convertido de victimarios a víctimas, el socialismo antes que ser el depredador querrá ser la ambulancia de esos convalecientes.

Unos días después, y en medio de las rondas de entrevistas con los líderes opositores, el PSOE amaneció con una noticia tan conmovedora como inesperada, Alfredo Pérez Rubalcaba –ex Secretario General del partido, Ministro, Diputado y un largo etcétera– había sido víctima de un ictus y su estado era crítico, el silencio primó ante un panorama que era a todas luces desalentador. A los pocos días, tras una breve pero publicitada agonía, falleció a los 67 años. Durante estos días desfilaron por su internación las figuras más renombradas del socialismo, incluidos los tres presidentes de gobierno. Su deceso, por otro lado, produjo una catarata de semblanzas y reconocimientos de todo orden, incluido el de su más íntimo rival, Mariano Rajoy. La muerte de Rubalcaba, imprevista por cierto, acentuó la sensación de que el PSOE está en tránsito, a la refundación electoral se le suma la muerte como metáfora cruel del fin de un ciclo.

PEDRO SÁNCHEZ Y EL NUEVO PSOE

Pedro Sánchez es un sobreviviente por sobre todas las cosas, lo han dado por muerto tantas veces como las que ha resucitado, paradójicamente, con más fuerza e ímpetu que antes. Hoy el socialismo español vuelve a ser la primera fuerza, quizá no con la fortaleza de otrora, en un sistema político más fragmentado e inestable que el que alumbró la transición democrática posfranquista.  Un partido que ha aprendido a sobrevivir bajo el liderazgo de un hombre que solo sabe sobrevivir.

El contundente triunfo en las elecciones generales por parte del socialismo representa el primer logro de Sánchez sin asteriscos ni peros. La contundencia de la victoria lo consolida como líder y lo deja muy bien posicionado para aspirar a la presidencia de no mediar ningún imprevisto. Su consagración definitiva ponen en valor la sucesión de acontecimientos –más desordenados y fortuitos de los que el relato teleológico seguramente sentenciará– que lo condujeron hasta allí. Primero, su primer y fallido liderazgo al frente del partido, sus sucesivas derrotas electorales, su investidura malograda, su negativa a avalar mediante abstención la reelección de Mariano Rajoy, el golpe interno que forzó su renuncia a la secretaría general y a su acta como diputado. Luego, su lanzamiento a competir en las internas de su partido desde el ostracismo, la campaña de movilización interna que motivó, su triunfo contundente con prácticamente todo el aparato partidario en contra. Finalmente, la jugada maestra que le permitió, sobre la base de una exigua bancada, promover con éxito una moción de censura que puso fin a siete años de gobierno del Partido Popular y ser electo presidente. Su último movimiento, tan intempestivo como incierto, fue convocar elecciones inmediatamente después de no lograr aprobar los presupuestos del Estado, el  resultado de esta decisión está a la vista.

Sánchez es un líder que se ha crecido desde la subestimación, se le han cuestionado sus dotes intelectuales, sus credenciales partidarias, su superficialidad, su estilo elusivo, incluso su narcisismo. Fue víctima de los improperios de propios y extraños, no fue una figura particularmente apreciada en el campamento socialdemócrata, se lo valoraba soso y poco brillante. Curiosamente puede que sus detractores estén en lo cierto, quizá Pedro Sánchez adolezca de muchas de esas virtudes, pero, evidencia empírica mediante, parece que no son importantes, o al menos no decisivas, para la política. El líder socialista, por el contrario, mostró unas increíbles dotes políticas, una conjunción casi perfecta de fortuna y virtud, de prudencia y arrojo, de oportunismo y principismo, de convicción y responsabilidad.

Pedro Sánchez es un sobreviviente por sobre todas las cosas, lo han dado por muerto tantas veces como las que ha resucitado, paradójicamente, con más fuerza e ímpetu que antes.

Sus rivales, prontos para el agravio, han quedado desahuciados frente a la contundencia de los resultados. Los vociferantes adalides de la tríada derechista han obtenido resultados por debajo de sus expectativas, su españolismo inflamado y sus improperios sacudieron la modorra al votante progresista apático. Sánchez aprovechó, no sin asumir riesgos, la polarización precipitada por la amenaza separatista catalana para ir corriendo a sus rivales a la derecha, el Valle de los Caídos sirvió de señuelo perfecto para que sus adversarios asumieran los ropajes del franquismo redivivo y el ascenso de Vox hizo el resto. Las elecciones en Andalucía, que habían representado una señal de alerta para el PSOE, terminaron siendo una bendición para Sánchez, dio carnadura concreta a la amenaza derechista radicalizada para atraer a los votantes indecisos y, de paso, dio el golpe de gracia a su rival interna más enconada, Susana Díaz.

El juego para la investidura está abierto, Sánchez tiene la iniciativa y un abanico de opciones variadas, cada una más o menos probable. La opción de un acuerdo con Ciudadanos, que parecía la predilecta del Sánchez en el turno electoral anterior, hoy parece sepultada por el apresurado cordón sanitario fijado por Albert Rivera contra el PSOE, quizá previendo un mejor resultado electoral de las derechas, y por el cántico, no pasible de interpretaciones, de la militancia socialista: “Con Rivera no”. Parece más probable hoy una coalición de izquierdas para consagrar a Sánchez como presidente, con Podemos y el apoyo o la abstención de algunos de los bloques regionales. La fórmula portuguesa, vedette del momento para los progresistas del mundo, es enarbolada por Pablo Iglesias para lograr un acuerdo con los socialistas que, finalmente, le ofrezcan la posibilidad de formar parte de un gobierno. El líder de Podemos abandonó la tesis del sorpasso más por la contundencia de los resultados que por la reflexión política, la crisis interna de su fuerza lo han llevado a una moderación inusitada y, a raíz de ella, deponer la beligerancia contra los otrora odiados socialistas. El PSOE ve con simpatía la propuesta de Podemos, pero asume la formula portuguesa de forma mucho más taxativa y literal que su pelilargo aliado. En Portugal, como espera Sánchez, el Partido Socialista cuenta con el apoyo de las izquierdas en el parlamento, pero no comparte con ellas el gobierno. Sobre ese terreno se darán las negociaciones.

ALFREDO PÉREZ RUBALCABA, EL ADIÓS A LA VIEJA GUARDIA

La muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba ha tomado a todos por sorpresa. Si bien estaba apartado de la política pública desde hacía algunos años, Rubalcaba representaba un ejemplar de molde de la vieja política socialista, esa que se alumbrara bajo el carisma imperecedero de Felipe González y el férreo puño de hierro de Alfonso Guerra, una política de liderazgos territoriales, bipartidismo y parlamentarismo dialoguista. Fue pilar político de los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero, el cerebro y brazo ejecutor de un presidente bienintencionado, pero sin brillanteces ni reflejos. También fue su heredero forzoso tras el descalabro que produjo la crisis económica, el piloto de tormentas que tuvo sobre sus espaldas la responsabilidad de que el naufragio partidario tuviera las menores víctimas posibles.

21 años diputado, ministro de Educación y de Interior, vicepresidente, secretario general del PSOE, candidato a presidente, jefe de la oposición. Un todoterreno de la política, apreciado por sus compañeros y rivales, aunque la muerte contribuye siempre a teñir las leyendas de color rosa y a mitigar los viejos enconos en favor de la solemnidad. Rubalcaba fue sobre todo un negociador, un hombre de los pasillos y los corrillos, un político inteligente y persuasivo. Su hito político, sin lugar a dudas, fue y será la trabajosa negociación que tuvo como resultado el cese de hostilidades con la agrupación armada ETA, tras años de conflictos y con un saldo de muertos y heridos que dañaron en más de un sentido a la joven democracia española. El rol de Rubalcaba fue fundamental y así será recordado: como el que negociaba hasta con los que no querían negociar.

Rubalcaba fue sobre todo un negociador, un hombre de los pasillos y los corrillos, un político inteligente y persuasivo.

Su papel en los últimos años, tras las estrepitosas derrotas electorales del socialismo frente al PP, ha quedado en un cono de sombra. Si bien había anunciado su retiro de la política y su retorno a la actividad universitaria, en la que se desempeñaba como profesor en el Departamento de Química Orgánica de la Universidad Complutense de Madrid, se mantuvo siempre como un operador en las sombras, como muchos de los veteranos del PSOE, conflictuados con su pérdida de protagonismo.  De la política nadie se retira, celebra la máxima que retumba en los pasillos del partido más que centenario.

Como muchos, o más bien casi todos, de los políticos de la vieja guardia felipista, Pérez Rubalcaba fue un duro opositor del liderazgo de Pedro Sánchez, en particular cuando empezó a dar señales de rebeldía y criterio propio. Muchos atribuyeron a Rubalcaba, en su calidad de consejero del grupo Prisa, las andanadas de críticas y descalificaciones que desde el diario El País lanzaban contra Sánchez diariamente cuando este no se atuvo, primero, a propiciar la abstención en favor del PP y, luego, a deponer su candidatura en el PSOE en favor de la preferida por todos, Susana Díaz. Menos deslenguado que Alfonso Guerra y más perfil bajo que Felipe González, Rubalcaba lanzaba dardos envenenados hacia el díscolo Sánchez que, a pesar de todos los indicios, no claudicaba. El último desencuentro se dio cuando Sánchez le ofreció, no hace mucho tiempo atrás, la candidatura como alcalde de Madrid y lo rechazó por “cuestiones personales”.

La muerte de Pérez Rubalcaba representa quizá más que ninguna –con excepción quizá cuando ocurra la de Felipe González– el fin de una era en el socialismo español, en particular, y en la política española, en general. Para Sánchez representa la oportunidad para reconciliarse definitivamente con ese pasado partidario y con esa vieja guardia que tanto lo ha combatido, apalancarse, sin beneficio de inventario, en la nutrida historia de un partido que supo ser mayoría y hoy, con matices, intenta volver a serlo. El modo de concretar esa reconciliación será para Sánchez más sencilla que cualquier conciliábulo en reclamo de bendiciones por parte de los dinosaurios, y la muerte de Rubalcaba será su coartada. Podrá, sin temor a demostrar debilidad, despedir con honores de Estado a un político de su partido que no hizo más que combatirlo. La despedida de este hombre de la gran política le servirá a Sánchez para suturar al PSOE por dentro y dar así el paso decisivo para que se vuelva a sentir un partido de gobierno, pero con mayúsculas.

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP) y Magíster en Ciencias Sociales (UNLP). Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es editor de La Vanguardia Digital.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios