Del crucifijo a la pantalla

La religión es un fenómeno social cuya capilaridad resulta indiscutible, a pesar del celebrado proceso de secularización, que se muestra más enunciado que en acto. El cine ha reflejado está capilaridad de múltiples formas, desde representaciones de pasajes bíblicos hasta el uso de metáforas religiosas en clave crítica o irónica.

Uno de los fenómenos históricos más significativos del último siglo es el de la secularización, entendida como la desaparición de los discursos e imágenes religiosas de la esfera pública cotidiana. Este proceso afectó campos tan dispares como la educación, las investigaciones científicas, la noción de democracia y las políticas fiscales. Mientras la discusión sobre la separación del Estado de la Iglesia está más vigente que nunca, el peso de los siglos de omnipresencia religiosa en la cultura popular salpica también distintas formas de entretenimiento actual, con el cine a la cabeza.

Las historias de enviados, crucifixiones y resurrecciones pueblan las pantallas tanto de manera explícita como sugerida. Sin que necesariamente el Hijo de Dios aparezca en escena, son numerosos los filmes que utilizan esquemas narrativos y recursos estéticos fuertemente enraizados en los relatos bíblicos. Es el resultado de la naturalización de un frondoso imaginario difundido a lo largo de siglos de tradición y evangelización. Un universo con el que estamos muy familiarizados, ya que forma parte de nuestra cultura desde mucho antes que los hermanos Lumiere exhibieran su registro de los obreros saliendo de una fábrica a fines del siglo XIX.

Ávidos de que la gente que concurría a misa llenara también las salas, los pioneros del cine no tardaron en tomar la historia de Jesús como favorita para adaptar a la pantalla. Solo durante los primeros cinco años de existencia cinematográfica se rodaron cuatro versiones distintas de la Pasión de Cristo.

Así como dentro del mundo musulmán la representación visual del profeta Mahoma continúa siendo un tabú, el cristianismo primitivo también prohibía la adoración de pinturas y esculturas de temática religiosa. Los primeros profetas consideraban que estas podían distraer la atención del creyente, quien debía centrarse en lo puramente divino. Cuando en el siglo VIII se produjo el enfrentamiento entre los iconoclastas y los partidarios de los íconos religiosos, las discusiones fueron intensas. Como bien señaló el historiador del arte Ernst Gombrich “La Iglesia temía la idolatría, pero dudaba en renunciar a la imagen como medio de comunicación”. El destino quedó sellado cuando el emperador Constantino I se convirtió a la por entonces nueva religión, decisión que desató fuertes enfrentamientos en varios puntos del imperio.  Con el debate finalmente ganado por los iconófilos, las imágenes se propagaron por toda la región. Hay que tener en cuenta que, como la mayoría de las personas no sabían leer latín, el uso de un soporte visual fue fundamental para la difusión del cristianismo. El naciente arte sacro obligó a los artistas a usar una mezcla de creatividad y prudencia para hacer visible lo que hasta ese momento era intangible. Debido a esto los pintores y escultores recurrieron sobre todo a mitos ajenos para darle forma la naciente iconografía cristiana, tomando especialmente patrones del imaginario de la Roma Imperial. Con la difusión del catolicismo por toda Europa el rostro de Cristo perdió sus rasgos más étnicos, volviéndose caucásico en las representaciones. Para la llegada del Renacimiento los feligreses ya habían asimilado la idea de que el Mesías, la Virgen y los demás santos se veían tan europeos como ellos.

Serían motivos más comerciales los que, siglos más tarde, impulsarían la existencia de las primeras cintas religiosas. Ávidos de que la gente que concurría a misa llenara también las salas, los pioneros del cine no tardaron en tomar la historia de Jesús como favorita para adaptar a la pantalla. Solo durante los primeros cinco años de existencia cinematográfica se rodaron cuatro versiones distintas de la Pasión de Cristo. A la hora de la puesta en escena, el nuevo arte no dudó en abrevar en las gigantescas pinturas de las iglesias o en las dolidas escenas de las estampitas de santos populares como soporte estético. Un buen ejemplo de esto es la producción francesa “La Vie et la Passion de Jésus-Christ” (1904) en la que la escena de la Última Cena está directamente basada en la célebre pintura de Leonardo Da Vinci. Este tipo de citas pictóricas se pueden rastrear en gran parte de las películas épicas del periodo clásico. Con el tiempo se desparramarían por todo el cine, aún en aquel que carece por completo de intenciones religiosas.

Al avanzar el periodo mudo, D.W. Griffith, con “Intolerancia” (1916), y Cecil B. DeMille, con “Los diez mandamientos” (1923) y Rey de reyes” (1925), se encargaron de fijar los patrones que caracterizarían al grueso de los filmes basados en los evangelios. Aunque fueron muy criticados desde lo ideológico, ambos realizadores tenían un notable talento para la construcción de escenas visualmente impactantes, muchas veces influenciadas por el arte sacro. Estos films continuaron con la occidentalización del rostro de Jesús, que en la pantalla abandonó los rasgos hebreos en favor de una apariencia más blanca. Este proceso se cerrará con el actor sueco Max Von Sidow interpretando al mesías en “La más grande historia jamás contada” (1965) y los ojos azules del británico Robert Powell en “Jesús de Nazareth” (1977). Esta mini serie de Franco Zeffirelli se transformó en el canon absoluto, con infinitas retransmisiones televisivas que quedaron grabadas a fuego en la memoria de quienes vivieron la época de Pascuas durante el siglo pasado.

Pero todo canon tiene excepciones, con producciones más audaces que empiezan a estrenarse partir de la década del 60’. “El Evangelio según San Mateo” (1965) de Pier Paolo Passollini supone una versión marxista de la historia, estéticamente despojada pero lo suficientemente espiritual como para ser premiada por la International Catholic Film Office. Por su parte, la voracidad de la música pop también se acercaría a la pasión bíblica, llevando a la pantalla el musical de Webber & Rice “Jesucristo Superstar”  (1974). Estos intentos de humanizar al Mesías pueden entenderse como la respuesta de la industria al Concilio Vaticano de 1962, el cual buscó modernizar muchos de los ritos y valores del catolicismo. Igualmente la Santa Sede siguió reacia a ciertas versiones heterodoxas de los evangelios, como ocurrió cuando los Monty Python estrenaron “La vida de Brian en 1979 y sus miembros debieron someterse a tediosas entrevistas para explicar su parodia sobre las escrituras. Aún mayor fue la polémica suscitada por “La última tentación de Cristo” (1988) de Martín Scorsese, que incluyó amenazas y movilizaciones. En la vereda de enfrente podemos ubicar a los cultos evangélicos, que apoyaron con entusiasmo la lectura casi gore de Mel Gibson en “The Passion of the Christ” (2004).

Pero el calvario cristiano puede aparecer en una película sin necesidad de incluir la figura del hijo de Dios. En este sentido la última escena de “Roma ciudad abierta” (1945) de Roberto Rossellini está llena de connotaciones bíblicas, remplazando los centuriones romanos por soldados fascistas. Carl Thodor Dreyer también planteó la posibilidad de la trascendencia luego del sufrimiento y la persecución, tema cristiano por excelencia. En “La Pasión de Juana de Arco” (1928) el realizador danés retrata la figura de la heroína de Orleans, su proceso y ejecución, repitiendo varios de los patrones del relato religioso, logrando una de las grandes obras maestras de todos los tiempos. Incluso Luis Buñuel, un reconocido ateo, inundó de referencias cristianas películas como “Nazarín”, “Viridiana” y “La Vía Láctea”, aunque con un fin moralmente opuesto.

Pero el ejemplo más reciente de parábola mesiánica lo constituye la Trilogía Matrix, que no solo recurre a la inevitable figura de “el enviado”, si no que desde el nombre de sus personajes (como ocurre con Trinity) ya da pistas de que su estética cyberpunk es solo un envoltorio para hablar de temas más importantes.

En varios de estos títulos aparece el mito de la segunda venida del Mesías, una idea cristiana que reaparece camuflada numerosas veces en el cine, especialmente en las películas de género. El guionista de “El día que paralizaron la tierra” (1952) de Robert Wise reconoció que el extraterrestre Klaatu que viene a advertir a la raza humana sobre su extinción es una versión en clave sci-fi del Cristo de los evangelios. En esta línea también pueden interpretarse los extraterrestres bondadosos que pueblan la filmografía de Steven Spielberg. Por otro lado, los paisajes desérticos del western albergaron varias veces la historia del justiciero errante y desconocido que llega a una población para modificar profundamente las vidas de sus habitantes, desapareciendo luego misteriosamente. Basta recordar el clásico “Shane, el desconocido” (1952) que ejerció una fuerte influencia en Clint Eastwood a la hora de realizar “El jinete pálido” (1985). Allí el actor y director interpreta a un personaje similar al de la historia original, llamar haciéndose llamar “el predicador”.  Pero el ejemplo más reciente de parábola mesiánica lo constituye la Trilogía Matrix, que no solo recurre a la inevitable figura de “el enviado” ya mencionada, si no que desde el nombre de sus personajes (como ocurre con Trinity) ya da pistas de que su estética cyberpunk es solo un envoltorio para hablar de temas más importantes.

El teólogo Rudolph Otto acuñó el término numinoso para designar a todo evento o imagen que enfrenta a un individuo a lo divino, poniéndolo “en presencia de aquello que es un misterio inexplicable que está en lo alto, más allá de todas las criaturas”. En un mundo secular como en el que vivimos esta idea parece anticuada, sin embargo ese sentimiento apabullante excede la retórica religiosa. Andrei Tarkovsky, un realizador tan creyente como talentoso, sostenía que atravesamos un periodo de ceguera espiritual y que el arte es lo único que puede permitirnos cierto acercamiento a la Verdad. En consonancia con esta visión, el director ruso concluyó su obra maestra “Andrei Rublev” (1966) con las tomas a todo color de los íconos religiosos pintados por el protagonista. Son obras fascinantes, que intimidan por su belleza, aunque uno no sea una persona de fe.  Hoy, al igual que los feligreses medievales, seguimos creyendo en la fuerza de las imágenes, buscando la existencia de algo más detrás de ellas. Completamente desencantados, todavía rastreamos milagros en los fotogramas del cine como quien busca mensajes ocultos en la cúpula de una catedral.

Luis Alberto Pescara

Luis Alberto Pescara

Licenciado en Comunicación Social (UNC) y guionista (SICA), periodista y redactor.

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