Un león sin selva: sobre izquierda democrática, hegemonía y la cuestión electoral

La izquierda democrática vive una época de retroceso, fragmentación y crisis. Reflexionar en el marco una política con vocación hegemónica, crítica de las urgencias electorales, parece un buen disparador para intentar frenar esa debacle. 

En una entrevista reciente en La Vanguardia, Ramón Cotarelo respondía que “La situación de las izquierdas es la de siempre: calamitosa. Sus discrepancias son muy profundas y, en realidad, irreconciliables porque afectan a su estatus epistemológico y axiológico”. Este diagnóstico pesimista permite interrogarnos si en efecto el destino de las izquierdas es el de la atomización o si, por el contrario, es posible pensar una izquierda democrática con capacidad hegemónica.

La obra de Ernesto Laclau ha sido muy discutida en los últimos años. Detractores y seguidores coinciden en que su influencia ha sido fortísima, tanto para pensar ciertos regímenes políticos latinoamericanos cuanto experiencias europeas como Podemos o Syriza. Pareciera incluso que La Razón Populista (2005) se transformó en una suerte de Manual de Instrucciones para hacer política. Nuestra postura es crítica respecto de concebir ese texto como Manual de Instrucciones. En verdad, no creemos en la posibilidad de un Manual así en absoluto. También somos críticos de la forma en que algunos de los postulados de Laclau son “puestos en acto” en la lucha política cotidiana. La finalidad de esta crítica es recolocar en el debate del socialismo democrático la idea de hegemonía en sentido pluralista y, si se nos permite, no necesariamente populista.

Ganar elecciones no supone “hacer” hegemonía. Capacidad hegemónica implica representar más de lo que se es, lo cual equivale —como ya dijimos— a desparticularizarse. Es lo contrario del encierro en la cárcel de las propias convicciones.  

Hegemonía ha sido un concepto históricamente muy discutido, no sólo en el marxismo. Su uso hoy es común en múltiples ámbitos. Ya no es propiedad del marxismo, ni del mundo universitario. Lo que hicieron Laclau y Mouffe en el decisivo Hegemonía y estrategia socialista (1985) fue renovar el concepto de hegemonía de Gramsci. Esa reconceptualización desechaba la idea de un fundamento último para pensar la constitución de solidaridades colectivas (identidades). Ya no cabía pensar “la clase” como sujeto fundamental de la emancipación. Ningún sujeto histórico a priori era el encargado de asumir la tarea política de la igualdad.

Esta forma de concebir la hegemonía implica que las identidades se constituyen de manera relacional, o sea, son un producto político y no el resultado de una inmanencia. Resulta imposible entonces prever cuál de los significantes en danza, cuál de las diferencias en juego va a construir identidad. De allí deriva una idea crucial para nuestro argumento: la contingencia radical. Toda totalidad, todo “nosotros” y todo “ellos”, será siempre una construcción política necesaria pero precaria, esto es, constitutiva pero contingente. Nada es para siempre y nada viene desde siempre.

Un buen ejemplo de hegemonía puede verse en el discurso de Alfonsín durante la transición democrática argentina. Alfonsín acuñó una frase que hoy ya forma parte del sentido común de la democracia argentina: “Con la democracia se come, se cura y se educa”. Democracia es, para decirlo rápido, el significante que se vacía de sentido particular (ya no es sólo un conjunto de procedimientos para elegir gobernantes) y pasa a simbolizar el camino del bienestar (comer), el del respeto por la vida (ya no nos matan los dictadores militares), el del progreso (la educación como movilidad social). Democracia pasa así a articular unas diferencias que exceden el espacio particular que el propio Alfonsín representaba. Democracia, como significante, se fue vaciando de contenido particular para representar un espacio de sentido cada vez más vasto.

Ahora bien, si allí hubo hegemonía no se debió a la existencia de un sujeto hiperracional, dotado de un master plan con una fórmula o una receta, que se sentó y dijo “hagamos hegemonía”. Hegemonía es un proceso contingente, precario, que se da en un contexto simbólico singular y que no está bajo el gobierno de nadie. Hegemonía es un efecto. De hecho, aquello que el discurso de Alfonsín forjó lo vimos mucho después. Tampoco hablamos de espontaneísmo puro, desde luego. No negamos la voluntad política. Lo que criticamos es la idea de que es posible operativizar un marco teórico (en este caso, la hegemonía de Mouffe y Laclau) hasta el punto de suponer que lo político es gobernable con una alquimia definida en un laboratorio de marketing y comunicación política.

Hegemonía es un proceso contingente, precario, que se da en un contexto simbólico singular y que no está bajo el gobierno de nadie. Hegemonía es un efecto.

El concepto de hegemonía es analítico más que operativo. Por eso cuando se cree que hay que “hacer” hegemonía, cuando se la concibe como un  artefacto más que como un efecto, se confunde lo analítico con lo operativo. El significante vacío, la frontera política, el nosotros y el ellos, la dislocación, el pluralismo; en definitiva, lo político y la hegemonía, son herramientas analíticas para dar cuenta de un objeto, no para fabricarlo. Es cierto que proveen un saber de lo político a tener en cuenta en la acción política, pero es un saber mínimo, precisamente porque se trata de lógicas más que de contenidos. No es posible “salir a lo social” a cazar el significante vacío, ni identificar de antemano cuál será exitoso, aunque sepamos analíticamente que uno lo será. Por eso quien proclame una bipartición política de lo social —“allá están los malos, acá estamos los buenos y nuestra diferencia es irreconciliable”— no se vuelve ni populista ni hegemonista, como diría Gerardo Aboy Carlés, sino sólo alguien que proclama una frontera política. Su efecto, su capacidad de construir aquello que desea, depende de múltiples y vidriosos factores, entre ellos el efecto del lenguaje en un momento y un contexto particulares e irrepetibles.

De lo contrario, no podría haber habido hegemonía hasta que no se hubiera construido el concepto. Más aún, cabría afirmar que en el propio plano operativo, en el desarrollo de la lucha política cotidiana, no es del todo seguro que resulte útil obrar explicitando un significante vacío. Tal cosa sucede impersonalmente en el imaginario político, no en la literalidad de la voz de un enunciador privilegiado. No hay enunciador privilegiado porque lo radicalmente contingente es la performatividad del lenguaje. Así, es el propio enunciador quien genera transformaciones al nombrar el mundo, lo cual impide que lo articulado sea tratado como piezas con formas definidas a priori que habría que encajar. La articulación misma cambia el contenido de lo articulado. La hegemonía no es por tanto un nivel más alto de armonía, sino que está siempre atravesada por la transformación y la tensión de sus elementos.

Hasta tal punto la hegemonía se desdobla en un plano operativo y otro analítico que las premisas de este último no tienen por qué darse en aquel. En efecto, si la teoría de la hegemonía parte de la contingencia e infundamentación de lo político, la hegemonía en el plano operativo puede darse a partir de la creencia en la objetividad y necesidad de unos valores. De hecho, es lo que más habitualmente ha ocurrido en toda la historia de Occidente. Por eso podemos captar a través de la teoría de la hegemonía que nuestra tradición, la occidental, es esencialista. ¿Acaso no fue la teleología marxista-leninista la que dotó al movimiento obrero y comunista de su potencia movilizadora durante gran parte del siglo XX, precisamente por la certeza que otorgaba a sus militantes que la historia estuviera de su lado? ¿Acaso no es la fe en las leyes del mercado lo que otorga al neoliberalismo la base de una superioridad científica frente a otras concepciones, condenadas a aparecer como experimentos u ocurrencias carentes de seriedad? ¿No ha jugado ningún papel la idea de Pueblo auténtico y homogéneo como única encarnación de la Nacionalidad en los discursos nacional-populares?

La distinción de dos planos de la hegemonía, el operativo y el analítico, remite en definitiva a su categoría matriz: lo político. Por ello, cabe distinguir un plano de lo político como actividad y otro como conocimiento, precisamente porque para actuar políticamente no hace falta ser politólogo —siempre que esto representara la política como conocimiento—. Porque lo político no es una ciencia exacta, sino un arte. Más precisamente, el de la frónesis. La frónesis alude al problema de cómo hacer efectivos ciertos valores en contextos diferentes. No es lo mismo, por caso, construir justicia social en países periféricos que en los países centrales. El objetivo es el mismo, pero los medios variarán y, así, también el modo de efectivización. Lo político, como tal, requiere el auxilio del conocimiento científico-técnico, pero éste —Weber nos lo enseñó— no proporciona la respuesta final: qué debemos hacer, cómo debemos vivir colectivamente. Lo político debe inventar esa respuesta.

Volvamos entonces a nuestro interrogante inicial. ¿Es posible pensar una izquierda democrática con capacidad hegemónica? ¿Qué significa pensar eso? Significa, en primera instancia, escapar del racionalismo del laboratorio comunicacional; matizar el valor de las encuestas y de los focus groups; y recuperar la necesidad de discusión pública plural en torno a los ejes que se buscan representar. En segunda instancia, pero no por ello menos importante, significa poner un hiato entre lo político y lo electoral. Ganar elecciones no supone “hacer” hegemonía. Capacidad hegemónica implica representar más de lo que se es, lo cual equivale —como ya dijimos— a desparticularizarse. Es lo contrario del encierro en la cárcel de las propias convicciones. Significa ampliar el campo de acción también por sentido de la responsabilidad hacia la causa que se persigue, que no puede ser encorsetada en ninguna interpretación particular, salvo a costa de limitarla. Eso puede traducirse o no en votos al corto plazo. Pero, para nosotros, el hecho no son los votos, sino la pretensión de no ser una identidad particular que simplemente apela a la propia calidad moral para convencer. En definitiva, se trata —como reza la jerga futbolera— de “no ganar a cualquier precio”, porque como decía Maquiavelo una cosa es el poder y otra la gloria. Y no porque la segunda no suponga el primero. Por supuesto, no hacemos apología de la ingenuidad. No decimos —otra vez en jerga futbolera— que lo importante es jugar “lindo” y que el resultado no importa. Se trata de jugar bien y de ganar, aunque lleve tiempo. La victoria (y la derrota) regulan el juego, pero lo electoral es sólo una dimensión más de la victoria. Ésta consiste en ganar en capacidad hegemónica, no en llegar al gobierno.

La izquierda socialista y democrática es un león sin selva, un animal sin hábitat. Hegemonía es construir ese hábitat, no es construir a la persona de carne y hueso que pueda llegar a ganar.

¿Qué significa jugar bien? Jugar bien supone para nosotros articular, lo cual implica que todos vamos a dejar de ser lo que éramos antes de la articulación. Significa pensar en construir una identidad transformadora antes que “cazar” al candidato o “descubrir” el significante para vaciar en un tubo de ensayo gramático. Significa asumir que lo político no es un tablero, sino más bien una arena, y que allí las intuiciones y la Fortuna tienen un rol fundamental. Significa, al contrario de lo que dice Cotarelo, partir de que es posible una izquierda socialista y democrática con capacidad hegemónica.

Y por último implica también que una tarea aún de más largo plazo es construir una hegemonía pluralista, entendida como aquella que —a contrapelo de la tradición occidental— asume y no oculta la infundamentación que su posición tiene en términos de objetividad. Cabe pensar que la concepción de la hegemonía como algo que se “hace” está epistemológicamente vinculada esa noción tan occidental de que “los hechos sociales son cosas” que, por tanto, pueden manipularse o ser fabricados.

La izquierda socialista y democrática es un león sin selva, un animal sin hábitat. Hegemonía es construir ese hábitat, no es construir a la persona de carne y hueso que pueda llegar a ganar. Jugar bien, al fin y al cabo, es aceptar que se puede ganar o perder en las urnas pero no resignar nunca la pretensión de representar un espacio cada vez más vasto. Lo electoral es, las más de las veces, efímero. Una identidad no.

Javier Franzé y Julián Melo

Javier Franzé y Julián Melo

Javier Franzé es Doctor en Ciencia Política. Docente e investigador en la Universidad Complutense de Madrid. Julián Melo es LICENCIADO EN CIENCIAS POLÍTICAS Y DOCTOR EN CIENCIAS SOCIALES (UBA). INVESTIGADOR ADJUNTO DEL CONICET (IDAES-UNSAM) Y DOCENTE DE LA UNSAM.

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