" /> Andrea Greppi: “La participación no es ni más ni menos de izquierdas que la representación” – La Vanguardia Digital | La Vanguardia Digital

Andrea Greppi: “La participación no es ni más ni menos de izquierdas que la representación”

En su libro “Teatrocracia” (Trotta, 2016), Andrea Greppi asume la nada fácil tarea de defender la representación política y colocarla en el centro del problema democrático contemporáneo. Sobre esas cuestiones de acuciante actualidad conversamos con él. 

Me encontré con los trabajos de Andrea Greppi un poco por casualidad, interesado por su tesis doctoral acerca de la obra política del célebre intelectual italiano Norberto Bobbio. Siguiendo una agenda de raíz bobbiana, Greppi (que es español, a pesar de la resonancia italiana de su nombre, apellido e intereses académicos) ha analizado diversos aspectos teóricos y prácticos de la democracia, en una época en que la confianza en su supervivencia y buena salud empieza a agrietarse. Su obra académica, que circula entre la teoría política y la teoría del derecho, ha reflexionado sobre esas cuestiones de acuciante actualidad, sin temor a arriesgarse en sus premisas y conclusiones.

En uno de sus últimos trabajos, Teatrocracia (Trotta, 2016), el autor encara el problema el problema de la democracia desde un lugar atípico, asumiendo el rol, para nada cómodo, de defensor y apologista de la representación política. En ese libro, breve pero sumamente provocador, Greppi pone en el centro la necesidad de la representación política para la salud de la democracia contemporánea, cuestiona las salidas facilistas a los problemas ciertos que esta relación encarna y propone, no sin cierto escepticismo, algunas líneas propositivas al respecto. Sobre estos temas y algunas otras cuestiones subyacentes, el autor conversó con La Vanguardia.

“La tensión entre el ideal representativo, en cualquiera de sus variantes, y la realidad de una democracias que representan cada vez menos y de forma más ambigua o distorsionada, resulta difícilmente asumible”.

La representación política aparece como uno de los problemas centrales de la política contemporánea y, al mismo tiempo, uno de los más acuciantes ¿a qué considerás que se debe esta centralidad?

Sin duda es un tema central, un cruce de caminos, para la teoría y también para la práctica democrática. Y esto es así porque los contorno de la representación democrática, tanto en la teoría como en la práctica, son extraordinariamente resbaladizos. En la confrontación política cotidiana, la referencia a quién representa realmente aparece recurrentemente, pero por lo general de forma imprecisa. Más que otra cosa, es la primera expresión de malestar: “estos políticos no nos representan”; “la representación es una farsa”. Al mismo tiempo, todo el mundo, o casi, entiende que la representación es necesaria. El lamento por la mala representación ―la infrarrepresentación o la representación errónea: misrepresentation― suele traducirse en la reivindicación de una representación distinta. Pero mucho más complicado es saber qué cosa se entiende por una buena representación, una representación que esté a la altura de lo que nos esperamos de ella. Es curioso observar cómo la imprecisión se extiende a la discusión académica sobre el asunto. Politólogos y juristas merodean el asunto y, a menudo, se enredan en lugares comunes.

La centralidad de la que hablas, por otra parte, se explica también porque se trata de un asunto absolutamente transversal, que recorre a lo largo y a lo ancho la historia del pensamiento filosófico y religioso de Occidente. Por lo que se refiere a la política, no hay soberanía sin representación de algo o de alguien, humano o sobrehumano. Es el reverso de la medalla. La noción de representación es igualmente determinante para aclarar de qué hablamos cuando hablamos de religión, del arte, de epistemología… Pero si la representación ha pasado a estar hoy en el centro del debate público es porque ha acabado convirtiéndose ―y no podía ser de otra manera― en una pieza fundamental en el debate sobre la vigencia o el colapso del pacto social que ha estado en la base del proceso que ha llevado constitucionalismo democrático, en el arco histórico que se extiende, con avances y retrocesos de todo tipo, desde las revoluciones liberales y democráticas hasta los últimos compases del siglo pasado. De esto es de lo que estamos hablando finalmente cuando nos preguntamos si, y en qué sentido o bajo qué condiciones nos representan o no nos representan.

A esto se suma que todo intento de análisis del ideal representativo se mueve hoy en un campo minado. En esta fase, hemos tomado conciencia ―o deberíamos haber tomado conciencia― de que el conjunto de condiciones objetivas sobre las que se asentaba el paradigma representativo de la democracia moderna han empezado a disolverse. O quizá a estas alturas se hayan disuelto ya y no tengamos ya entre manos nada más que sus restos. Me refiero a una serie de elementos, de sobra conocidos, que proporcionan el marco de referencia de una soberanía representativa: la dimensión territorial o funcional desde la que operaban los agentes representativos, la homogeneidad identitaria o de intereses de los sujetos representados, la autonomía de las agencias que reclaman legitimidad obrar en nombre y por cuenta de otros. Otro tanto puede decirse de los instrumentos mediante los que se articulaba la acción representativa: los partidos y los parlamentos, para empezar, pero, en general, todos los procedimientos diseñados en su día para asegurar la accountability de los mandatarios respecto de los mandantes, incluyendo el mecanismo electoral. Hay un desfase que no puede ser considerado, sin caer en una grave distorsión, como coyuntural o transitorio. El postulado implícito en buena parte de la teoría democrática de la segunda mitad del siglo pasado era que la celebración de elecciones libres y competitivas era un instrumento fiable para asegurar la alternancia y la renovación de las élites políticas conforme a las preferencias de los electores… ¿Podemos hoy seriamente seguir manteniendo una afirmación semejante a escala local y, sobre todo, global?

En estas condiciones, lo extraño sería que no se hablara de representación. Debería hablarse mucho más, incluso, de lo que se está haciendo en nuestros días. En la academia y fuera. La tensión entre el ideal representativo, en cualquiera de sus variantes, y la realidad de una democracias que representan cada vez menos y de forma más ambigua o distorsionada, resulta difícilmente asumible.

Una mirada ingenua del concepto de representación presume la posibilidad de un vínculo transparente entre las demandas de los representados y la acción de los representantes, a ello oponés la idea de “Teatrocracia” ¿Qué implica este concepto? ¿Cuál es la importancia de la “puesta en escena” dentro del vínculo representativo? ¿Cómo se diferencia de la visión “ingenua”?

‘Teatrocracia’ es un término antiguo. Como se sabe, viene de Platón. Y resulta que en Platón no era precisamente un término elogioso. La idea de ‘teatrocracia’ ilustraba las peores degeneraciones de la polis democrática. Empecé a darle vueltas al argumento platónico hace ya unos años y no he conseguido todavía desenredarme. Al principio, pensaba recurrir a él simplemente como una provocación para los ingenuos ―inconscientemente platónicos― que creen estar diciendo algo importante cuando denuncian, habitualmente con notable énfasis, la ‘teatralidad’ de la vida pública. El punto es este: no se sabe bien a qué la contraponen. Ellos recelan de la farsa, de la pantomima, de la doblez de los actores, pero no saben exactamente por qué recelan. Difícilmente se comprometen, en sus filípicas, con una noción tan enrevesada como la de ‘transparencia’. Para hacerlo deberían dejar de ser ingenuos, porque la transparencia está lejos de ser ―valga el juego de palabras― transparente. Pero para dejar de ser ingenuos, y seguir cifrando el horizonte de legitimidad de la democracia en la transparencia, mucho me temo que los esclarecidos adversarios de la teatrocracia tienen que acabar comprometiéndose con los aspectos más antipáticos ―y más abiertamente antidemocráticos― del pensamiento platónico. En definitiva, la apelación a alguna forma de transparencia o de inmediatez, o incluso de autenticidad, a estas alturas, no puede hacerse sino de forma extremadamente cautelosa. Demasiada agua ha corrido bajo los puentes de la filosofía contemporánea para no darse cuenta de que ningún sujeto se construye nunca de forma transparente, por así decir, cara a cara con su verdad, con la verdad de su deseo.

Más allá de la provocación, que a alguien le parecerá descontada, o pasada de fecha, la insistencia en la teatrocracia ―en la estructura dramática de la publicidad democrática― sirve a mi juicio como llamada de atención sobre la complejidad de los mecanismos comunicativos que sostienen ―¿sostenían?― la dimensión representativa del proceso político. O también, visto de otra manera, como advertencia para prestar la máxima atención posible a las complicaciones y mutaciones de ese componente. Frente a la agotada doctrina de la representación que ha llegado hasta nosotros, y en un nuevo contexto, caracterizado por el giro deliberativo que ha tomado pie en la teoría política contemporánea, la reivindicación de la componente teatral de la democracia equivale a recordar la doble dimensión en la que se desarrolla cualquier proceso de representación: por un lado, un elemento autoritativo, en función del cual el acto del representante y sus consecuencias pueden ser imputados a otro sujeto distinto; y, por otro lado, un elemento representacional, en virtud de la cual se reconoce la existencia de alguna clase de semejanza o correspondencia entre el representante y el representado, entre el original y la copia.

No hay nada nuevo, en principio, en esta reivindicación. Es posible rastrearla ―aunque este es un trabajo pendiente, de enormes dimensiones― en la doctrina moderna de la representación política, que nada tenía de ingenuo al respecto. Creo, sin embargo, que no es inocente recordar esta doble dimensión precisamente ahora, en el momento en que nos toca lidiar con el evidente e irreparable desbordamiento de lo que bien puede denominarse el concepto estándar de representación. En este contexto de debate, la referencia al valor de la puesta en escena o a la teatralidad de las representaciones del poder político pone en juego aspectos muy fundamentales de la credibilidad y, por consiguiente, de la aceptación de las distintas formas de dominación. Es en este mismo nivel, a la vez estético y político, donde se sitúa además la dimensión performativa del proceso político, en el momento en que la representación modifica el horizonte de posibilidades y expectativas de la acción. Son aspectos cruciales para entender cómo funcionan ―y cómo y por qué dejan de funcionar― los mecanismos de la representación política, especialmente una vez que hemos descubierto el carácter “endógeno” de las preferencias políticas, esto es, dicho de la forma más sencilla, una vez que hemos comprendido que las demandas, expectativas, deseos de los ciudadanos no externas e independientes al proceso político, no vienen dadas como un punto de referencia externo a la democracia, como una realidad dada en la mente de los ciudadanos que el sistema ―según el esquema del original y la copia― se limita a reflejar; las preferencias, por el contrario, se forman y se transforman sobre la marcha, retrospectivamente y proyectivamente, en cada una de las sucesivas etapas del proceso representativo.

No es éste, como podría parecer, una disquisición meramente académica. Sólo desde una perspectiva ampliada, como ésta, es posible dar cuenta del carácter sistémico de los procesos de representación, esto es, más allá del momento paradigmático de las elecciones y los partidos, de cómo las múltiples instancias políticas y sociales, administrativas y mediáticas, etcétera, intervienen en la formación de nuestras representaciones del campo político.

“La tecnocracia, mucho me temo, es algo más que una vía. Tengo la impresión de que se ha convertido en el sentido común de la política contemporánea”.

Una de las respuestas a la crisis de representación que aparece con más fuerza en estos tiempos es la vía “tecnocrática”, que se justifica en base a la magnitud de las responsabilidades de gobierno, por lo general ininteligibles para la ciudadanía, en un mundo capitalista cada vez más complejo ¿Es la globalización capitalista la principal amenaza a la democracia representativa? ¿La política todavía tiene algo que decir al respecto?

La tecnocracia, mucho me temo, es algo más que una vía. Tengo la impresión de que se ha convertido en el sentido común de la política contemporánea. Está en todos lados cuando pensamos en lo que significa organizar la convivencia, gobernar. Y sus implicaciones son, como sugieres acertadamente, radicalmente incompatibles ―no con la ‘representación’ como tal, sino― con cualquier versión admisible de ‘representación democrática’. Como es sabido, no toda representación es democrática, pero este hilo nos llevaría lejos de tu inquietud. El problema es que no resulta en absoluto obvio de qué manera podemos escapar al callejón sin salida de la tecnocracia, y si vamos a querer hacerlo y por qué.

Me refiero, de nuevo, a un determinado contexto, como el presente, donde la gobernanza de sectores cruciales de la vida pública está escapando ―¿ha escapado ya?― al control efectivo de las instancias representativas tanto de gobierno como de control. Hablo de cualquier sector de la acción de gobierno, desde la regulación de los transportes y las comunicaciones al comercio, desde el mercado financiero a la política industrial, desde la innovación científica a la energía, desde la seguridad alimentaria a la gestión sanitaria. La creencia en el carácter puramente técnico de la intervención responsable en cualquiera de estas materias es la fuerza que mueve tanto la orientación hacia el gobierno de los técnicos, como hacia la integración supranacional. En este, los representantes, si es que los hay, se da por sentado que ni pueden ni saben cómo intervenir. Y por tanto, y por extensión, los interesados tampoco. Eso que el siglo pasado se identificaba como una posibilidad o, al revés, como desviación del ideal democrático, se manifiesta hoy como un ‘desajuste estructural’ y un ‘cambio de escala’ radical entre los lugares y los ritmos de la representación y las dinámicas de toma de decisiones. ¿Qué papel juega, o podría jugar, en este contexto la representación? ¿Podemos todavía rescatarla o, por el contrario, no tenemos más remedio que la de rendirnos a la farsa, pues tal como están las cosas el juego de la representación no puede valer más que como instrumento para la gestión del consenso?

No veo cómo podría hablarse seriamente de los problemas de la democracia, en este momento, sin entrar en este nivel de discusión. Si el auto-gobierno de nuestras sociedades pasa por lo que sucede en el nivel de los instrumentos para la formación de la voluntad colectiva, entonces es inevitable tomar constancia de que así es cómo están las cosas. Y esto obliga, en general, a repensar los marcos conceptuales desde los que pensamos de las relaciones entre saber y poder. Difícilmente puede haber una formación genuina de la opinión que sea ajena a las limitaciones del conocimiento disponibles. Viceversa, difícilmente puede hoy en día legitimarse el saber de los expertos sin una legitimación democrática de sus limitaciones epistémicas, de sus cegueras y sus sesgos. Es un asunto complejo y que merecería un desarrollo mucho más extenso de lo que puede hacerse aquí. Las soluciones unívocas y convencionales, basadas en una diferenciación categórica entre la representación de la mera opinión y la representación del conocimiento puramente científico, difícilmente salen indemnes si se las somete a la prueba de la experiencia. Y este es, en sentido amplio, un problema absolutamente político. Necesitamos demarcar el terreno en el que operan los cientos y los miles de agencias administrativas que mueven, en cualquiera país, los resortes nuestras sociedades y que necesitan apelar a alguna fuente de legitimación. No caben soluciones simples. De un lado, sería absurdo pretender democratizar la ciencia, en el sentido de quien afirman que un comité partidista o distribuido en cuotas tendría mayores probabilidades de acertar en sus decisiones de las que tendría un comité de expertos a la hora de resolver el problema de cualquier cuestión relativa a la política sanitaria, a la regulación bancaria, a la transición energética, etcétera. Viceversa, no es admisible que sean las instituciones científicas las que tengan siempre y en todo caso la última palabra a la hora de establecer la frontera entra las soluciones admisibles e inadmisibles, porque ―a diferencia de la auto-percepción de muchos tecnócratas― no hay decisión en las materias políticamente sensibles que no esté sujeta a valoraciones mucho más amplias, y no puramente técnicas, de los costes, los riesgos, los efectos colaterales, las prioridades y las alternativas.

El juego de la mediación representativa se vuelve interesante en las zonas grises, como herramienta para gestionar la ignorancia, la ceguera, la parcialidad dogmática en la que se encierran los puntos de vista…

Sin embargo, también cuestionás la respuesta por “izquierda” al dilema representativo, la que se rige por el ideal de la “democracia directa”. Da la impresión que, si bien puede ser deseable más instancias de participación directa de la ciudadanía, éstas no resuelven el problema representativo. ¿Acordás con esta idea? ¿La democracia directa es una utopía productiva o más bien una coartada que erosiona la de por sí dificultosa vía representativa?

Permíteme, en este punto, una provocación, que no tengo espacio para argumentar: la participación no es ni más ni menos de izquierdas que la representación. No sólo, la democracia directa no es ni más ni menos democrática que la democracia representativa. Nos movemos en un terreno minado de sobrentendidos y de malentendidos. De hecho, la alternativa entre democracia directa y democracia representativa está lejos de tener la más mínima utilidad explicativa. No hay participación sin representación y la representación no se sostiene sin participación. Se trata de precisar cómo, dónde y quiénes participan y representan. Sólo en el momento en que especificamos esas condiciones es posible evaluar qué hay de derechas y de izquierdas en cada uno de los distintos arreglos institucionales.

Otra cosa es que, sobre el trasfondo de la revolución de las tecnologías de la información, se avanzado mucho en la exploración de las potencialidades de la participación. Si se quiere decir así, en nuestro contexto se dan condiciones extremadamente propicias para incrementar los espacios de participación y, al mismo tiempo, para distorsionarlos y vaciarlos de contenido. Y esto es así porque, como ya bien sabemos, y desde la izquierda debería resultar claro, participación y democracia no son sinónimos, de la misma manera que representación y democracia tampoco lo son. Si a la salida del control de seguridad del aeropuerto “votamos” sobre el nivel de satisfacción con el servicio recibido, no estamos ejerciendo un derecho democrático, ni tanto menos estamos haciendo avanzar la causa de la izquierda. Por supuesto, la participación en la adopción de determinadas decisiones y en determinados entornos desfavorecidos puede significar un avance en términos de reconocimiento de la dignidad de los más débiles y también en términos de movilización social. Pero este resultado no es en absoluto automático, como demuestra ―tanto en la fase ascendente del proceso como, más tarde, en la fase descendente― el proceso de Porto Alegre, en Brasil. La valoración de las distintas instancias participativas, de sus potenciales y de sus fracasos, debe tener en cuenta una visión de conjunto de ―por decirlo a la manera de Habermas― los procesos de formación de la opinión y la voluntad.

Así pues, lo que pueda haber de izquierdas o de derechas en esta discusión tiene que ver ―a mi juicio― no tanto con el balance entre más participación y menos representación, o viceversa, más representación y menos participación, sino con la transformación en sentido igualitario de los contextos de decisión. Dicho de la forma más sencilla, lo que nos interesa es saber dónde se discute y se decide sobre qué cosas, conforme al principio ―este sí― radicalmente igualitario de que las decisiones tienen que ser tomadas por todas y cada una de las personas afectadas. Y aquí tenemos por delante, en tiempos de globalización, un maravilloso desafío para adecuar los tiempos y los espacios de la agencia pública a los ajustes de escala que están produciéndose en la economía y en la sociedad, pero también en los flujos de comunicación. Si las escalas no coinciden, ni la participación ni la representación pueden ser democráticas. Al contrario, modificar los marcos geográficos y temporales de decisión para lograr que su actuación esté sujeta a mecanismos efectivos de participación, donde tengan cabida las razones de todos, es un objetivo que debería ocupar un lugar destacado en la agenda política de la izquierda. El objetivo es que todos los afectados decidan y que lo hagan en condiciones de igualdad, es decir, reflexivamente, con conocimiento de causa.

Dicho de otra forma: frente al auge de la derecha populista, que invoca formas plebiscitarias de participación, la izquierda no puede limitarse a predicar su (presunta) superioridad moral que se manifestaría espontáneamente cuando el pueblo es llamado a la participación directa. Al revés, lo que le corresponde a la izquierda es intentar desactivar la involución plebiscitaria del discurso público y del imaginario que la sostiene. ¿Cómo se hace eso? No con propaganda, es mi impresión, sino poniendo en escena una mejor representación de los intereses de todos. También en este sentido, la cuestión de las representaciones es determinante.

“No hay participación sin representación y la representación no se sostiene sin participación. Se trata de precisar cómo, dónde y quiénes participan y representan”.

La crisis democrática parece hoy haber tomado nuevos visos, a la apatía reinante se le sumó un ostensible giro a la derecha, incluso extrema, del electorado en gran parte del mundo. ¿Cómo se hace una nueva apología de la representación en este escenario? ¿Cuál creés que son los principales desafíos de las fuerzas progresistas frente a este panorama?

Si queremos jugar el juego de la representación creo que tenemos que asumir el riesgo de que el escenario se vea ocupado por aquellos actores que son considerados “representativos” por quienes les votan. A menudo me siento incómodo cuando, incluso entre gente que me resulta cercana, en España, en Italia, en Europa, me llega el lamento por el auge de las derechas. Las derechas ―este sería la posición tácitamente asumida― “no representan aquello que el pueblo quiere se vea representado”. Frente a esta actitud, mi reacción es pensar que el evidente desplazamiento hacia las derechas de grandes masas electorales, incluso en democracias con un incuestionable pedigree, es representativo de aspectos muy arraigados en el horizonte cultural que nos rodea. Considero, y en esto me temo que estoy en minoría, que no hay nada que lamentar en este movimiento. No hay nada malo en el hecho de que salgan a la luz. El problema está en otro lado, en los factores que determinan ese movimiento. Mejor abrir los ojos y saber a qué nos enfrentamos.

Este es también el punto de una apología de la representación. Independientemente del interés que pueda tener una reconstrucción genealógica ―¡o arqueológica!― de la representación democrática, de lo que se trata es volver a recordar, una vez más, cuál es el sentido y la utilidad de la expresión pública de las razones. Nosotros los demócratas, como incorregibles progresistas, estamos convencidos de que los malos argumentos, los argumentos inconsistentes, los argumentos contradictorios no se sostienen, no duran, acaban siendo derrotados bajo la presión de los hechos y los principios compartidos. Ésa es la virtud de la opinión pública. Y este es el momento para ver si queremos confirmar, o preferimos abandonar, nuestras convicciones. Estoy convencido de que el desplazamiento hacia la derecha de grandes porciones del electorado, y de la propia agenda de discusión pública, desde los años en que se extendió la epidemia neoliberal y neo-con, está basado en pésimos argumentos. Y creo además que la representación de esos argumentos ―la obligación de retratarse en público, kantianamente— acabará poniendo en evidencia sus inconsistencias y contradicciones. Por supuesto, sé perfectamente que esta creencia mía en las virtudes terapéuticas de la conversación pública debe ser contrastada con el hecho masivo de la manipulación de las representaciones y, a través de ellas, de la opinión de los ciudadanos representados. Pero es que ése es el juego. La creencia de las fuerzas progresistas es que este mecanismo, aunque sea defectuoso, acaba funcionando. Es más, nuestra creencia es que no existen atajos, que todo intento por intervenir en el juego del diálogo, orientándolo en la dirección “correcta”, acaba teniendo efectos perversos. De hecho, los mecanismos institucionales de la representación pueden ser descritos como el sistema más sofisticado que nunca hemos tenido para discriminar entre razones por las que merece la pena comprometerse y razones falsas. Que luego esta función pueda verse desvirtuada no es razón para abandonar el proyecto.

Y con respecto a la otra cuestión que mencionas, tengo la sensación de que, a diferencia de lo que podía pasar en una época que ya no es la nuestra, cuando la apatía era reflejo del bienestar, hoy la apatía ya no es solamente reflejo del bienestar, que por miedo o por frustración se traduce automáticamente en apoyo populista a las nuevas derechas. En el deslizamiento entre actitudes políticas e antipolíticas influyen factores más complejos, como sucede por ejemplo en Italia y en Francia cuando se analizan los desplazamientos que han tenido lugar en los caladeros electorales de las nuevas derechas. Frente a estas dinámicas quiero creer que está naciendo una forma distinta de apatía ―la apatía de la impotencia― en la que se reconocen quienes han dejado de buscar activamente una tierra prometida y, simplemente, han ido quedando descolgados de los movimientos, de un signo u otro. Podríamos llamarla la apatía de la impotencia, que expresa la fuerza de quienes han perdido el tren. Un éxodo que aparece como el correlato de la precariedad, que se contrapone a dinámicas que resultan ajenas, que se han vuelto incomprensibles. Me pregunto si esta tendencia puede representarse, y cómo.

Otro elemento decisivo, que no deja de manifestar cambios y transformaciones, que afecta al vínculo de representación política son las redes sociales ¿Cómo afectan éstas a la relación entre representantes y representados? ¿Se debe repensar el concepto de Teatrocracia ante estas novedades de la arena pública?

Tiendo a ser moderadamente escéptico no respecto de la tecnología, sino respecto de sus usos políticos. Con afán positivista, alimentado por viejas lealtades progresistas, hace unos años, muchos influyentes politólogos y sociólogos quisieron ver en las nuevas formas y lenguajes de la participación y la protesta social que circulan en la red ―de Seattle a Occupy, de las ‘Primaveras árabes’ a los flash-mobs― la prueba empírica de que algo había cambiado en las formas de participación política. La presencia y la performatividad de las asambleas adquiría una consistencia que no podía imaginarse en otras épocas. Pero no es ahí donde está el punto más relevante. Los efectos en el largo plazo de la penetración de las tecnologías en la vida pública son mucho menos llamativos. Como no lo está tampoco en el hecho de que esas mismas tecnologías que hacen posible la participación instantánea puedan impulsar ―y seguramente lo harán― un auténtico salto cualitativo en la pesadilla orwelliana del control total: se supone que mediante anónimos servidores esteparios sería posible manipular la conciencia de los votantes de Trump o de los independentistas catalanes. Pero, de nuevo, no es esto lo más importante.

Tengo la sensación de que todo este análisis sobre las modalidades de la movilización y la selección de la información está, por así decir, parcialmente desenfocado. Si la tecnología influye en la democracia no es por la información que llega a nuestras pantallas, o por lo que los algoritmos dicen de nosotros, o por lo que pasa o deja de pasar cuando mostramos nuestras preferencias con un click, sino por la transformación brutal de los tiempos y los espacios en los que se desarrollan los procesos de socialización política. La democracia, cuando funcionaba, o en la medida en que funcionaba, lo hacía con un determinado ritmo. La democracia requería tiempo y espacio. Y porque administraba el tiempo tenía la capacidad para penetrar y, por tanto, orientar ―¡con sus representaciones!― las esferas más profundas, e informales, del discurso público. Democracia era lo que sucedía cuando se hablaba de política, cuando se cuestionaban las reglas del juego, cuando se reivindicaban los derechos ante el legislador o el juez que no los reconocía, cuando se impugnaba la acción de gobierno, o cuando se lamentaba su inacción. Pues bien, lo que cambia con la revolución tecnológica que estamos viviendo son los espacios y los tiempos en los que se habla de política. Con una imagen que me parece extremadamente ilustrativa, Habermas describía el espacio de la esfera pública como la caja de resonancia de las demandas y las expectativas que provienen desde fuera, desde el ámbito de la comunicación informal. Pues bien, las nuevas tecnologías transforman la acústica de la caja, promoviendo en algunos casos ―e impidiendo en otros muchos― la reverberación de los armónicos que deberían poder llegar a los oídos del público. En este terreno tan delicado, una mayor cantidad de información circulante y acumulada ―inabarcables cantidades de datos, que sólo medimos en terabytes― no se traduce necesariamente en una mejor comunicación. También en política, la conversación cotidiana, la interacción básica, con sus falsedades y malentendidos, con su ‘teatro’, es fundamental para la formación del ciudadano.

“Si la tecnología influye en la democracia no es por la información que llega a nuestras pantallas, o por lo que los algoritmos dicen de nosotros, o por lo que pasa o deja de pasar cuando mostramos nuestras preferencias con un click, sino por la transformación brutal de los tiempos y los espacios en los que se desarrollan los procesos de socialización política”.

En tu libro observabas como uno de los desafíos más urgentes de la democracia tenía que ver con la multiplicación de demandas particulares que no lograban articularse entre sí, como por ejemplo el feminismo. Algunas respuestas teóricas y políticas han pensado esto en términos de hegemonía e, incluso, de populismo. ¿Coincidís con este tipo de respuestas? ¿La democracia liberal ha encontrado un límite definitivo para procesar estas demandas o todavía se podría regenerar?

La dificultad para articular demandas es ya, en el presente, y será de aquí en adelante, en el futuro, un problema fundamental al que se enfrente cualquier régimen político que quiera alcanzar el objetivo de la estabilidad. No sólo. En una sociedad democrática, los procesos de articulación de las demandas adquieren connotaciones peculiares y deben satisfacer condiciones extraordinariamente exigentes. En síntesis, y la cuestión necesitaría un desarrollo mucho más extenso, diría que no puede darse articulación sin reflexividad. Por eso, para nosotros, para los demócratas, la integración de las demandas es un objetivo todavía más difícil de alcanzar que para nuestros adversarios.

Como digo, este asunto nos obligaría a recorrer y precisar en términos históricos las raíces ideológicas y culturales que se asocian al uso reciente de los términos ‘hegemonía’ y ‘populismo’. Y no voy a detenerme en eso en este momento. Basten algunas pinceladas. Entienden los populistas que la representación es el mecanismo que produce la unidad, haciendo coincidir la voluntad de una parte con el interés del todo. El representante no refleja ni reproduce, sino que, atendiendo a otro tipo de mandato, se postula como guía, como punto de identificación, como instancia de homogeneización de una diferencia que, por hipótesis, permanece abierta. La representación resulta ser entonces el momento de la totalización, de la investidura.

La cuestión, a mi juicio, es que no es este el único camino para entender la gramática de la integración y la representación de demandas particulares. Con el debido respeto por la diferencia ontológica, mi impresión es que hay otras vías mucho más fascinantes para reconstruir la praxis comunicativa por la que se orientan las relaciones entre el actor que representa, el espectador que observa, el objeto, el texto, el público, etc. Y no veo por qué se supone en ciertos ámbitos de discusión que estas otras lecturas son menos radicales, o menos profundas filosóficamente. Valga aquí, una vez más, la analogía teatral. No hace falta suponer que la representación lograda ―sobre el escenario o en el lienzo, igual que desde la tribuna política― tenga que aportar necesariamente un sentido existencial al acto comunicativo, como soñaban los románticos. Las buenas representaciones funcionan de otra manera. De un tiempo a esta parte estoy fascinado por la riqueza con que el último Diderot, frente a Rousseau, describía, por un lado, el desdoblamiento irónico del actor genial que es capaz de representar todos los estados y todas las emociones; y, por otro, el distanciamiento crítico del intérprete que reconstruye activamente ―en diálogo consigo mismo y con el público― el significado de la obra representada. El populista dirá que esta reconstrucción de la pragmática de la acción representativa también está construida sobre una metafísica, tan relevante desde el punto de vista ontológico como cualquier otra. Puede ser ―¡cómo no!― pero el caso es que se trata de una metafísica que se encuentra sistemáticamente expuesta al cuestionamiento de sus certezas, no tanto desde la implacable ―y en el fondo caricaturesca― mirada del Sobrino de Rameau, sino desde la del autor que está, como Diderot, mueve a cada página los hilos de la representación y desde la del espectador que es capaz de leer entre las líneas del texto. Así funciona también ―esta sería mi hipótesis― la pragmática de la representación democrática.

El resultado de esta segunda manera de ver los procesos de integración política poco tiene que ver con la doctrina populista de la representación y su pulsión totalizadora. Una manera distinta de explicar por qué hacemos representaciones, qué hacemos con ellas, cómo circulan en los intercambios comunicativos, como se entretejen en el lenguaje que empleamos, reflexivamente, para pensarnos a nosotros mismos y para pensar el mundo que nos rodea. Se replicará que, con los tiempos que corren, renunciando a la dimensión simbólica o mítica de la representación, la democracia está destinada al fracaso: no conseguirá nunca congregar subjetividades fragmentadas y heterogéneas, generando momentos de auténtica solidaridad. La democracia liberal ―¿qué otra cosa puede ser la democracia si no liberal?― se hundirá porque no será capaz de producir la unidad del “pueblo”. Pero ¿estamos seguros de que necesitamos la unidad a toda costa? ¿Es ese el último recurso que nos queda para que la izquierda pueda levantar cabeza? Yo creo que no. Y creo que necesitamos acreditar la pulsión por la unidad porque, en los tiempos que corren, ni siquiera lo deseamos del todo. La integración sólo es atractiva si se mantiene de forma provisional, fragmentaria, resbaladiza. Por eso, no veo qué motivo tenemos para regodearnos en la nostalgia totalizadora. ¿Acaso no podemos pasar sin ella? Tanto más, si de lo que se trata es de ocupar espacios en la batalla política. Está por ver que, en el día a día, las totalizaciones resulten beneficiosas para los más débiles…

“La integración sólo es atractiva si se mantiene de forma provisional, fragmentaria, resbaladiza. Por eso, no veo qué motivo tenemos para regodearnos en la nostalgia totalizadora”.

Los discursos securitarios y xenófobos han demostrado una capacidad insospechada para conseguir apoyos electorales ¿Han logrado a su manera vencer la fragmentación de demandas particulares de un modo inesperado? ¿Cuáles son los desafíos de las izquierdas para enfrentar este tipo de discursos que, llegado el caso, podría tener efectos perniciosos para la convivencia democrática?

Tiendo a pensar ―seguramente por deformación profesional― que los discursos securitarios y xenófobos que abarrotan la agenda política y mediática no deberían interpretarse literalmente: su producción y consumo no responde a las motivaciones que se hacen explícitas, sino a otras distintas. Leo esos discursos como manifestaciones reactivas de algo que siempre está en otro lado y que, por lo general, no encuentra un nombre más preciso para salir a la luz. Su fuerza está en su capacidad para tocar directamente, sin mediaciones, la fibra más sensible, la que suscita la emoción más fuerte: si atendemos a Hobbes, la fibra del miedo. Y es de ahí, en las fibras, donde encontramos también la clave para desenmascarar lo que está en juego. Ganar elecciones podría ser uno de esos fines que, en el corto plazo, alimentan los discursos securitarios y xenófobos. Pero, en el largo plazo, no es sólo eso. Hay mucho más, que queda latente, y que tiene que ver con la gestión de la precariedad y de la violencia latente en sociedades que son cada vez más injustas, porque son sociedades en las que se ha perdido todo horizonte de futuro. Lo que creo, en definitiva, es que nuestra respuesta frente al discurso securitario y xenófobo, para ser efectiva, debería apuntar directamente a esos segundos fines que quedan silenciados y que están relacionados con la imperiosa necesidad ―por parte de muchos, pero frente a las mayorías― de desviar la atención, de bloquear percepción de la creciente desigualdad en el reparto de las oportunidades y de los riesgos, de enturbiar las señales que muestran cómo el bienestar de unos pocos y la promesa de ascenso social de todos los demás tiene los pies de barro. El marco del miedo a pequeña escala funciona como placebo frente a un miedo mucho más grande e incontrolable.

Pero la formulación de tu pregunta me da pie todavía para volver a una cuestión anterior y añadir que la respuesta de izquierdas a la fragmentación del discurso público pasa por impugnar los mecanismos argumentales que le permiten a la derecha capitalizar promesas falsas, bajo el marco cognitivo de unidad frente a la diferencia. La respuesta de las izquierdas a la fragmentación ―de los intereses, de las expectativas, de la conciencia del sujeto contemporáneo― no puede estar en producir una nueva unidad ficticia, en la esperanza en que pueda llegar a imponerse, como piensan los populistas de izquierdas, mediante la producción de narrativas compensatorias que adulteren los equilibrios emotivos. Una estrategia como esa sería simétrica a la que está siguiendo la derecha. No es ese nuestro camino. Pero probablemente, en esta respuesta, estoy yendo más lejos de lo que quisiera. Confieso que tengo dificultad para pensar la izquierda al singular.

QUIÉN ES

Andrea Greppi es Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Derecho por la Universidad Carlos III. Profesor Titular de la Universidad Carlos III. Autor de Teoría e ideología en el pensamiento de Norberto Bobbio (1998), en esta misma Editorial ha publicado Concepciones de la democracia en el pensamiento político contemporáneo (2006) y La democracia y su contrario. Representación, separación de poderes y opinión pública (2012) y ha colaborado en las obras Lecturas de la sociedad civil (2007), Derecho y memoria histórica (2008) y Garantismo. Estudios sobre el pensamiento jurídico de Luigi Ferrajoli (2009).

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP) y Magíster en Ciencias Sociales (UNLP). Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es editor de La Vanguardia Digital.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios