Iván Maiski y la Muerte Roja

Un libro de reciente aparición relata la vida del Embajador de la Unión Soviética en Londres durante los tiempos de Stalin. Ex menchevique y amigo de los fabianos ingleses, fue fiel tanto a Stalin como a su vida burguesa y a su amistad con Winston Churchill. Iván Maiski fue un hombre político del siglo XX, el de las intrigas, el espionaje, y las causas heróicas.

Iván Maiski burló a la Parca, y su diario es- entre muchas otras cosas que es- un relato de cómo lo hizo. A priori, este “pequeño judío”-como lo llamaba in absentia el encargado del Foreign Office durante la Guerra, Anthony Eden- tenia todos los números para no sobrevivir en la lotería del terror estalinista: pasado menchevique, universitario, cosmopolita, culto, admirador de la cultura europea, amigo de Bernard Shaw, Beatrice Webb y H.G. Wells; un retrato-robot de un hombre de la intelligentsia de izquierdas de las primeras décadas del siglo XX. Maiski se sumó al bolchevismo “tarde”, durante la Guerra Civil posterior a la Revolución de Octubre, para no irse nunca más. Su exilio previo durante el zarismo en la capital inglesa- y la red de contactos que armó en esa estadía, en una de sus características típicas: Iván Maisky tuvo, siempre, muchos y de lo más variados amigos- le sirvió como ticket de regreso. En aquel momento, la revolución contra las cuerdas necesitaba reconstruir su relación con el mundo occidental,  y en 1932 fue nombrado embajador soviético ante el Rey Jorge V, primo del malogrado Zar ruso Romanov. Un judío comunista en la corte de la aristocracia más aristócrata del universo. Y el comienzo de sus Diarios.

Maiski se sumó al bolchevismo “tarde”, durante la Guerra Civil posterior a la Revolución de Octubre, para no irse nunca más.

La misión política de Maiski quedó clara casi desde el comienzo. El ascenso irrefrenable del fascismo en Europa, enemigo jurado y declarado del bolchevismo, representaba el principal peligro externo al que debía enfrentarse la joven Revolución rusa, por entonces en pleno proceso de reconversión económica y política. Para consolidar su poder, Stalin necesitaba algo que sentía que desde el triunfo de Hitler en 1933 comenzaba a escasearle: tiempo. Tiempo para hacer de la vieja rusa agrícola una potencia industrial, tiempo para construir una maquina de guerra acorde al desafío alemán, tiempo para consolidar su poder dictatorial sobre sus colegas comunistas primero y sobre el resto de las almas rusas después. El trabajo de Maiski en la embajada londinense coincide con la estalinización de la vida y el desencadenamiento del gran Terror, de las purgas y de los Juicios de Moscú, las herramientas que Stalin utilizó para forjar con sangre la maquinaria de su nuevo Estado. Noche tras noche caen detenidos todos los miembros de la vieja guardia bolchevique y compañeros de Lenin: los revolucionarios de la ultima hora cargándose a los de la primera, en una nueva edición del tradicional drama de la Revolución.

Y Maiski sobrevive. Sobrevive sin traicionar y sin traicionarse, lo que hace de su caso único y excepcional. El embajador de Stalin lleva la deliciosa y bella vida de un cosmopolita burgués de izquierdas con notables amigos en la derecha, como Winston Churchill. Inventa una nueva versión de la diplomacia pública, escribe en diarios, habla con periodistas y artistas, establece una red de contactos e información cuya telaraña se extiende por toda Gran Bretaña. Todas sus acciones y operaciones políticas llevan su sello personal, casi la firma de un artista: desde su apoyo incondicional a la República española hasta el diseño del tinglado siempre volátil de la relación anglo-rusa. ¿Como lo hace? El boxeo de Maiski tiene la fineza y la rapidez del peso pluma, y su “método” se basa en la evidencia. A sabiendas de la imposibilidad de burlar el ojo vigilante de la policía secreta de Stalin, Maiski se esconde en público, en una versión política de “La Carta Robada” de Edgar Allan Poe. Sabe que cuanto mas famoso, conectado y célebre sea en el Oeste, mas difícil de “desaparecer” será en el Este. En sus informes a Stalin muchas veces omite y miente, sí; pero lo hace con una singular habilidad, atribuyendo sus propias ideas a sus interlocutores británicos ( “Lloyd George opina que una alianza con la URSS es a la vez correcta e inevitable..”) en una comprensión cabal del rechazo instintivo que el estalinismo tiene contra los “libres pensadores” y las iniciativas políticas individuales. El objetivo de la politica maiskiana es nítido, claro y sostenido: reestructurar la triple alianza de la Primera Guerra entre Inglaterra, Francia y la Unión Soviética para aislar y sofocar el peligro hitleriano. Hasta tal punto se “casará” con esta política que su cargo y quizás su vida empiezan a depender de su éxito; esto explica tanto su rechazo a la estrategia del “apaciguamiento” a Hitler por parte del Primer Ministro Chamberlain como su alianza con el entonces opositor Winston Churchill. Entre el ’39 y el ’41, los años que transcurren entre el pacto germano-soviético y el ataque nazi a la URSS, Maiski cree perecer. Moscú le “interviene” la embajada con representantes de la nueva burocracia estalinista, jóvenes, fanáticos, perfectamente leales y perfectamente inútiles, pero el Embajador se las arregla para neutralizarlos. A fines de 1943 se le acaba la suerte, o la misión: el fin de la guerra que se aproxima es también la precuela de la próxima Guerra Fria, en la cual Stalin supone -y quizás supone bien- que Maiski ya no tendrá ningún valor. Y en el ’43 termina también su diario, que logra la hazaña de mantenernos en la tensión y la intriga sobre hechos que sin embargo ya sabemos como terminan.

El embajador de Stalin lleva la deliciosa y bella vida de un cosmopolita burgués de izquierdas con notables amigos en la derecha, como Winston Churchill.

En Moscú es ignorado y degradado a tareas inferiores. Maiski pasa algunos años en prisión y es sometido al trato humillante y vejatorio que siempre conlleva el despoder político en el socialismo real, pero sobrevive para ser años después perdonado y rehabilitado. Maiski triunfa en su larguísimo juego de truco contra la Muerte Roja. Su biografía puede leerse como un canto a las inmensas posibilidades creativas de la imaginación política, incluso en el peor de los contextos: en el fondo, y pese a la fraseología revolucionaria, no debe existir un peor ecosistema para a la verdadera actividad política que el estalinismo, en donde política solo puede hacer uno solo. El Uno. Por eso, su desafío a Stalin consiste en arrogarse la potestad de ejercer la actividad prohibida: Maiski hace política pisando siempre la línea del Gulag, Maiski hace política en una baldosa.

Pablo Touzon

Pablo Touzon

Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ha cursado estudios internacionales en la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). Es editor de Panamá Revista.

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