Los ojos de la criada

La última película de Alfonso Cuarón puso en el centro, una vez más, la profunda desigualdad que atraviesan las vidas de las empleadas domésticas. Personaje muchas veces oculto y menospreciado, ha sido reflejado en el cine atravesado por la tensión entre la invisibilidad y la ubicuidad. 

En el año 2014 se viralizó un video que provocó una fuerte indignación pública en México. Allí, Adriana Rodríguez de Altamirano, una dama de buena posición, decidió grabar la humillación a la que sometió a su empleada doméstica al descubrir que se llevaba un sobrante de comida, mientras su esposo se sumaba al maltrato fuera de cámara. Cuando la patrona compartió lo filmado en Facebook, buscando aleccionar a su criada públicamente, resultó todo lo contrario a lo que buscaba, recibiendo críticas y burlas de todo tipo. Pero lo más importante que logró este hecho es evidenciar las desigualdades existentes en dicho país, sirviendo de prueba de que muchos poderosos aprovechan toda oportunidad que les permita demostrar su posición superior frente a alguien más débil. Se trata de conductas naturalizadas que se repiten globalmente.

El hogar en el que creció Alfonso Cuarón, perteneciente a la misma clase social de la señora distinguida del video, es la base para la acción central de su película Roma. Usando un deslumbrante blanco y negro, el realizador usó los recuerdos de su infancia en el  barrio Colonia Roma de la capital mexicana para ofrecer el film más personal de su carrera. Cuarón no oculta su origen burgués, señalando que “gran parte de mi familia estaba ubicada muy a la derecha y odiaba a los estudiantes que protestaban en esa época“, en alusión a los turbulentos hechos políticos de 1971 que sirven de marco histórico para la narración. Esta descripción del ambiente ideológico de su hogar acentúa las diferencias existentes entre los dueños de casa y Cleopatra Gutiérrez, la criada de sangre indígena que se erige como el centro la historia. Esa distancia no logra evitar que entre Sofía, la patrona cuyo matrimonio se desmorona, y la futura madre soltera Cleo se conforme una implícita hermandad femenina. Con pocas frases y miradas queda claro que los lazos de género son -o parecen ser- más fuertes que las barreras de clase.

Ese otro que trabaja dentro de los muros de la burguesía no suele tener una mirada propia. El humilde retratado como un personaje pasivo molesta menos que aquel que decide ponerse en acción frente a la desigualdad.

Pero existen aspectos de Roma que despiertan ciertas suspicacias. Varios críticos apuntaron que, si bien el guion destaca la sensibilidad, tranquilidad y tolerancia de la joven empleada nativa de Oaxaca, nunca se adentra en sus opiniones sobre la agitada realidad de la época o en los motivos por los que no desea visitar su lugar de nacimiento. Este problema de representación es compartido por otros films que tienen al trabajo doméstico como punto central. Ese otro que trabaja dentro de los muros de la burguesía no suele tener una mirada propia, idealizando lo que The New Yorker describió como “la nobleza silenciosa de los pobres que trabajan, un círculo de demagogia que muchos realizadores comparten con las audiencias del cine-arte”. El humilde retratado como un personaje pasivo molesta menos que aquel que decide ponerse en acción frente a la desigualdad.

En el año 2011 se estrenó The Help, película que narra cómo un grupo de criadas negras ayudan a una joven periodista blanca a escribir un libro sobre las inequidades raciales del Mississippi de los ’60. Aquí la narración de los hechos pone su centro en las mujeres oprimidas, aunque con una estética más industrial. Skeeter, la decidida protagonista interpretada por Emma Stone, señala como Margaret Mitchell (autora de Lo que el viento se llevó) siempre idealizó el figura de la “Mammy”, como se llama al estereotipo de la criada negra simpática y cariñosa a pesar de su ignorancia. “Pero a la Mammy nunca nadie le preguntó cómo se sentía al respecto” afirma la combativa muchacha. Gran sorpresa se llevó la directora y guionista Tate Taylor cuando se enteró que la Association of Black Women Historians consideraba que su película distorsionaba las experiencias de las trabajadoras domésticas de color. Se trata de un tema complejo, en el que no alcanzan solo las buenas intenciones.

Detrás de palabras como “servidumbre”, “personal doméstico”, “empleada” o “niñera” se esconden algunas de las ocupaciones con mayor carga de significación social de la historia. Quienes ejercen estos empleos son mucho más que personas contratadas para llevar adelante las tareas del hogar de personas que se encuentran en una mejor posición económica. Representan un punto de contacto entre quienes sueñan con una vida mejor y aquellos que, desde una posición de prosperidad, logran delegar esas rutinas cotidianas que consideran tediosas o poco dignas. El área de coincidencia entre las distintas clases sociales produce un escenario ideal para situaciones dramáticas que disparan todo tipo de lecturas.

Durante la era del cine clásico estos personajes ocupaban un lugar silencioso detrás de los pudientes protagonistas, como testigos mudos de la acción en la pantalla. Aquellos melodramas que contaban las tribulaciones románticas de la burguesía habrían tenido un giro más que interesante si los sirvientes le hubieran quitado de las manos el infaltable teléfono blanco a la diva de turno, solo para detallarle sus muchos más urgentes problemas.  En este periodo la mujer siempre tuvo un lugar menos afortunado, ya que a los sirvientes masculinos al menos se les permitían observaciones irónicas y hasta algún peso dramático en ciertos géneros. No es casual que las historias de suspenso, por ejemplo, transformaran a la expresión “el asesino es el mayordomo” en un cliché casi humorístico. Como una caricatura de la realidad, dentro de la ficción se colaba el mismo impulso automático de culpar al sirviente de toda irregularidad que se daba en los lujosos caserones del viejo cine industrial.

Como una caricatura de la realidad, dentro de la ficción se colaba el mismo impulso automático de culpar al sirviente de toda irregularidad que se daba en los lujosos caserones del viejo cine industrial.

La idea de que el personal doméstico puede constituir una amenaza se acrecentó luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando las estructuras sociales empezaron a ser cuestionadas mientras las clases altas veían crecer su temor a perder su posición. En los años ’60, Inglaterra, país con una rica historia de mayordomos y amas de llaves al servicio de la comodidad aristocrática, produjo películas particularmente siniestras sobre el tema. En The Servant,  Joseph Losey retrató el deterioro psíquico al que es empujado el dueño de casa al ser seducido y manipulado por un ambiguo sirviente, magníficamente interpretado por Dirk Bogarde. Por esos años también se estrena The Nanny, historia en la cual una niñera aparentemente aplicada despierta oscuras sospechas en un niño conflictivo al que nadie le cree, mientras la familia se hunde en una inexorable decadencia. Incluso una película tan mainstream como Mary Poppins, con su chispeante estilo Disney, retrata a una empleada que nada tiene de sumisa al hacerse cargo de las tareas del hogar.

Luis Buñuel supo aprovechar la posición ambivalente de la servidumbre para realizar en Francia Diario de una camarera, uno de sus mejores films. El personaje del título, al que le pone el cuerpo Jeanne Moreau, es testigo privilegiado de la hipocresía, los ocultamientos y las perversiones de la familia para la que trabaja, algo de lo que sabe sacar provecho. El director ya había mostrado su desdén por la burguesía y preferencia por los empleados en su obra maestra El ángel exterminador, donde el personal doméstico abandona a tiempo la casona en la que los aristócratas quedarán misteriosamente encerrados. Pero quizás la construcción más tensa de un escenario de rebelión contra los amos sea el que filmó Claude Chabrol en La Ceremonia (1995), cuyo guion no da demasiadas explicaciones sobre el brutal final, empujando al espectador a sacar sus propias conclusiones. Chabrol solía referirse irónicamente al film como “la última película marxista”.

Pero quienes sirven a los que más tienen rara vez reaccionan contra sus empleadores, una decisión sensata contra la que es imposible hacer juicio alguno. En la producción chilena La nana, Raquel, una mucama que lleva más de 20 años trabajando para la misma familia, se siente amenazada cuando nuevas empleadas son entrevistadas para empezar a trabajar junto a ella. Temiendo ser reemplazada intenta boicotear las tareas de cada nueva compañera, empresa que la llevará a descubrir una seguridad interna que ignoraba poseer. El miedo a perder el trabajo es uno de los más universales que existen, por lo que la conducta de Raquel es más que comprensible. Si reemplazamos cada uno de los escenarios aquí descriptos por el del lugar al que asistimos a trabajar a diario descubriremos que tenemos mucho en común con esos personajes que sufren y sueñan. En el fondo todos miramos el mundo a través de los ojos de la criada.

Luis Alberto Pescara

Luis Alberto Pescara

Licenciado en Comunicación Social (UNC) y guionista (SICA), periodista y redactor.

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