¿Persuadir o adoctrinar?

¿Qué hacer con los votantes de Macri que hoy están decepcionados? Para algunos hay que adoctrinarlos y exhibirles su “error” pasado, plantearles que votaron “contra los intereses del pueblo”, mostrarles “la verdad” para conducirlos al “buen voto”. Para otros, hay que acercarse a ellos y escuchar la parte de verdad que tienen, persuadirlos en una conversación democrática en la que los puntos de vista se acerquen de manera real.

Recientemente han aparecido notas y comentarios, surgidos desde sectores opositores al gobierno, en los que se llama a la oposición –especialmente al kirchnerismo y al peronismo– a elaborar argumentos sólidos y persuasivos para llegar a los posibles votantes decepcionados del macrismo y a los indecisos. La hipótesis que subyace a estos textos es que el kirchnerismo no ha sabido acercarse a esos sectores, y que ha adoptado una actitud de soberbia y desprecio frente al votante macrista (que, como se escucha decir entre la militancia e incluso entre la dirigencia, “votó contra sí mismo”, se dejó manipular por los medios de comunicación y no supo apreciar los logros del gobierno anterior). Incluso algún dirigente kirchnerista llegó a decir, con tono condescendiente, que había que hacer un “indulto generalizado” para los votantes de Macri, vehiculizando en ese enunciado todo un compendio de presupuestos concernientes, sobre todo, a la posición de enunciación de su autor –que es, además una posición epistemológica.

¿Desde qué lugar de saber es posiblesostener una postura de este tipo? Indudablemente, se trata de una posición en la que, en primer lugar, la verdad es una, y, en segundo lugar, es una verdad evidente y conocida al menos para aquellos que están en una posición adecuada (y por lo tanto privilegiada) para conocerla. Es, como dice Claude Lefort, una característica del “movimientismo” que el líder -que se presupone dotado del saber- y sus seguidores conozcan el movimiento de la historia y puedan incluso anticipar el desarrollo de ese movimiento: “Yo te avisé, esto iba a terminar mal”, se dice, como si la historia fuera teleológica y pudiera preverse, con solo conocer a los actores y sus intenciones (“son los mismos de siempre”), y como si solo algunos estuvieran en condiciones de comprenderla.

Algunos sectores de la militancia y de la dirigencia política (principalmente kirchnerista), afirma que el pueblo “votó contra sí mismo”, se dejó manipular por los medios de comunicación y no supo apreciar los logros del gobierno anterior.

A tan solo ocho meses de una elección clave es una buena noticia que se vuelva a poner el foco en el poder de la persuasión y en la necesidad de acercar posiciones con aquellos que o bien no adhieren al propio punto de vista opositor al macrismo o bien están indecisos. No obstante, para no continuar reproduciendo los clichés y los presupuestos incluidos en la posición epistemológica descrita más arriba, conviene recordar algunos puntos acerca del arte de la persuasión tal como este fue descrito por los maestros griegos y romanos.

Resulta fundamental tener presente es que, si bien la retórica aristotélica ha sido leída en ocasiones como una mera tékhne que provee una nomenclatura de argumentos para lograr el asentimiento del adversario a la propia tesis, en verdad la persuasión no es una técnica aséptica y neutral de acumulación de “buenos” argumentos de los que dispone en stock, como respuestas automáticas que se sacan de un cajón para rebatir las posturas ajenas: es una práctica intersubjetiva que modifica al que encara la empresa persuasiva y al blanco de esa empresa. No se sale igual de ese acto, y hay que estar dispuesto a asumir esa transformación que es, sobre todo, una revisión de los propios argumentos.

Es evidente que toda tarea persuasiva se da en el marco de un conflicto y de una diferencia, de una quæstio, que es a la vez un problema y una pregunta, es decir que la quæstio no tiene una única respuesta sino que está abierta a lecturas diversas. Pero, así como hay un problema, hay también un suelo común, una doxa en la cual se apoya toda actividad argumentativa y que permite, por caso, coincidir con el adversario en que ese debate vale la pena ser dado y en que ambas partes tienen argumentos atendibles (de otro modo, ¿para qué siquiera intentar persuadir y no simplemente imponer el propio punto de vista por la fuerza?).

Es una buena noticia que se vuelva a poner el foco en el poder de la persuasión y en la necesidad de acercar posiciones con aquellos que o bien no adhieren al propio punto de vista opositor al macrismo o bien están indecisos.

Es lo que la retórica latina llamaba in utramque partem: para persuadir hay que conocer muy bien los argumentos del otro, casi mejor que los propios, y considerarlos atendibles, dignos de escucha y portadores de algún tipo de verdad. En ese marco, ¿cómo podría no inmutarse el propio punto de vista? Si se saliera inmune de semejante empresa, en la que el persuasor se esfuerza por atender la verdad inscripta en los argumentos de su adversario y por encontrar respuestas atendibles también para él, es que en vez de persuadir se estaba adoctrinando: para adoctrinar, para enseñar o revelar la verdad refutando los argumentos del otro sin atender a sus razones, basta con considerar, como decíamos al inicio, que la verdad es una y es conocida –al menos para uno mismo–. Para persuadir, en cambio, hace falta partir de un presupuesto radicalmente opuesto: la verdad no es una sola y posiblemente no la conozcamos completamente, es probable que en el otro haya una porción de verdad y por lo tanto debemos estar dispuestos a construirla intersubjetivamente. Si hay una, esa es la única ética del discurso político en una sociedad democrática.

 

 

 

 

 

 

Sol Montero

Sol Montero

Socióloga, Doctora en Letras, especialista en análisis del discurso político. Investigadora del CONICET y profesora en la Universidad Nacional de San Martín. En twitter es @monteraux

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