Midas en el Caribe

Venezuela está sumida en una crisis política, económica y social sin precedentes. Su enorme reserva de petróleo parece ser una maldición más que una ventaja, dado que la vuelve foco de los intereses en pugna de las grandes potencias. 

Dotada de la mayor reserva de petróleo del planeta, Venezuela parece acosada por el mal de Midas, aquel personaje mitológico que, puesto que todo lo que tocaba se convertía en oro, falleció de inanición al no poder asir alimento. Del mismo modo, los supermercados vacíos del país caribeño parecen reflejar, paradójicamente, su abundancia de recursos.

El conflicto venezolano está pasando por una fase candente, desde que el choque entre poderes (Judicial y Ejecutivo contra el Legislativo) culminó en el desconocimiento mutuo: ahora hay un parlamento con ejecutivo propio, movida que carece absolutamente de asidero jurídico, y un ejecutivo que se ha convertido, en las formas, en una dictadura, pues no reconoce ningún congreso.

Ambos sectores en pugna cuentan con algún tipo de apoyo internacional, pero difícilmente sea la comunidad de naciones quien le encuentre una solución al conflicto. Más bien se especula con la posibilidad de una intervención armada de parte de Washington, que dice no descartarla, pero las autoridades rusas declaran que ante dicha eventualidad apoyarían militarmente a Maduro. Sin embargo, éste no es el futuro más probable dada la experiencia siria, donde Moscú logró proteger efectivamente a Bashar al-Assad. Es por ello que Estados Unidos debe pensarlo bastante antes de arriesgarse de nuevo.

Si descartamos una resolución del conflicto por la fuerza, queda esperar su continuación, o su eventual superación por medios que hoy resultan difíciles de imaginar.

Venezuela parece acosada por el mal de Midas, aquel personaje mitológico que, puesto que todo lo que tocaba se convertía en oro, falleció de inanición al no poder asir alimento.

Es fundamental comprender que ni los estadounidenses ni los rusos están movilizados por un interés genuino en el bienestar del pueblo venezolano. Lo que pretenden es llevar agua para su molino. Si no, ¿por qué estadounidenses y europeos no toman medidas contra otros gobiernos que sin dudas cabe calificar de regímenes totalitarios, como lo son las monarquías absolutistas del Golfo Pérsico, algunas de las cuales no dudaron en años recientes en aplastar militarmente manifestaciones de descontento? Y si no, ¿por qué rusos y chinos callan sobre la persecución a la oposición venezolana, o sobre el control militar de PDVSA y el encarcelamiento de su anterior dirigencia civil? Lo cierto es que unos y otros tienen un doble interés en influir en Venezuela: geopolítico y económico.

Desde el punto de vista geopolítico, es una gran cosa para Rusia vencer a la doctrina Monroe -que rezaba “América para los (norte)americanos”- en un país más grande que Cuba. En la misma medida, es una afrenta para Washington.

En lo económico, está en juego la participación en la extracción de petróleo en la Franja del Orinoco. Pero hay que tener en cuenta que, si bien se trata de la mayor reserva de oro negro del mundo, su calidad es baja (tiene una viscosidad muy elevada, lo que dificulta su extracción). Esto parece quedar confirmado si observamos la gráfica de producción, donde vemos que en ningún momento se pudo recuperar los niveles de 1998 o 2001, cuando dicho reservorio no era explotado. Así, es aún menos probable que Estados Unidos vaya a invertir en una guerra por ese recurso.

Sin embargo, ese petróleo sí existe y de su explotación participan tanto empresas rusas como norteamericanas. Pero aquellas (especialmente Rosneft) han tendido a recibir un trato preferencial de parte del gobierno bolivariano últimamente, lo que tal vez ha motivado el contragolpe de Trump de reconocer a Guaidó como presidente (la Asamblea que él preside se manifestó en contra de dichos contratos). Está claro que hay una puja.

También es fundamental entender que los militares apoyan a Maduro, y que su control directo de la mayor parte de la economía deja en claro quiénes tienen el poder real. Trump no ha dejado de convocar a un alzamiento, “como sucedió otras veces en América Latina”, pero en Venezuela no parece haber, por el momento, militares liberales, son todos chavistas. Es ésta otra gran peculiaridad, o paradoja, de Venezuela: los militares son de izquierda o, más bien, dicen serlo.

Ahora bien, en el gráfico sobre la producción venezolana se destaca (además de la caída durante la huelga de 2003) la gran merma acontecida en los últimos tres años. Dicha baja, en un contexto en que el precio del barril no se encuentra en un punto particularmente elevado, es catastrófica para el funcionamiento del país, ya que dicho sector representa el 90% de las exportaciones y la mitad del PBI. Buena parte de la escasez de bienes, la pobreza y la emigración se explican por este factor.

Y no resulta descabellado relacionarlo con la aparición de las primeras sanciones norteamericanas, que datan de marzo de 2015, las que impiden a Caracas el acceso al nivel de crédito requerido para operar el yacimiento de crudo extra pesado. Lamentablemente, el “remedio” no ha hecho más que exacerbar la enfermedad. Esto no significa de ninguna manera justificar al gobierno chavista: uno no debiera enfrentarse al “Imperio” si no cuenta con los medios.

Es dudoso que la gran polarización interna, así como el descarnado interés extranjero y la tremenda situación económica produzcan algo distinto a lo que vienen generando.

No sólo el PBI cae abruptamente, sino que Venezuela está endeudada, tanto en dólares, con el bloque occidental, como en barriles de petróleo, que debe entregar a Rusia, China e India, por lo que la situación es muy delicada.

De hecho, Caracas ha perdido un juicio contra una minera canadiense que fue expropiada de sus activos en el país caribeño, la que ha obtenido como compensación activos de Citgo, la distribuidora que PDVSA posee en Estados Unidos. Esto tal vez abre la vía para que diversos tenedores de deuda soberana en default pidan más embargos sobre la misma y que, finalmente, Venezuela se quede sin la que hoy es su principal fuente de dólares frescos. Rosneft tiene deuda venezolana con Citgo como garantía, y su actitud ante un eventual desguace de la compañía puede ser relevante.

Lamentablemente, por último, es dudoso que la gran polarización interna, así como el descarnado interés extranjero y la tremenda situación económica produzcan algo distinto a lo que vienen generando.

Como fuere, cualquier principio de solución sólo puede y debe partir del pueblo venezolano. La situación es realmente grave, pero si no se promueven soluciones pacíficas, el horizonte puede resultar todavía más oscuro.

Christian Gebauer

Christian Gebauer

Profesor de Filosofía y analista internacional.

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