Un recorrido por la Francia de los chalecos amarillos: entrevista a Jean Jacques Kourliandsky

Francia terminó el 2018 en llamas. El enfrentamiento entre el gobierno de Macron y el movimiento de los chalecos amarillos no solo condicionó el fin de año sino también, muy probablemente, el resto de su mandato. Jean Jacques Kourliandsky, investigador del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (París), fue invitado por el Laboratorio de Políticas Públicas (LPP) para disertar sobre el momento que atraviesa Francia. Dialogó en exclusiva con La Vanguardia.

Como en esas películas de ciencia ficción, donde guerras galácticas amenazan la estabilidad de los planetas, a Júpiter, como es apodado el presidente Macron, le llegó su inevitable descenso. Macron llegó al poder en 2017, venciendo a la candidata de ultraderecha Marine Le Pen, y con un ambicioso programa de reformas listo para ser ejecutado junto con promesas de devolver a Francia y Europa el lugar que el mundo les había quitado. Su precoz estilo monárquico chocó con distintos sectores de la sociedad, que lo catalogaron como un presidente que gobierna para los ricos y las ciudades. Macron, no obstante, se las ingenió para vertir sus reformas. Hasta que llegaron los chalecos amarillos.

Encadenados por el rechazo al impuesto al combustible, el movimiento, denominado así por la prenda obligatoria que todos los vehículos franceses deben cargar, llegaron a los centros urbanos y paralizaron al país. Macron, al principio negado a hacer concesiones, volvió atrás con la medida y ofreció otras para apagar el fuego. El fuego continúa.

Para Kourliandsky, que ubica al movimiento en la “Francia periférica”, esto es una consecuencia inevitable del modo en el que Macron pensó la política. Al no poder ser canalizado por ningún partido político, el movimiento se dirige como un meteorito hacia un sistema político que ya se encontraba fracturado antes de la llegada de Macron.

Entonces, ¿qué está pasando en Francia con los chalecos amarillos?

Un fenómeno de hartazgo colectivo. No fue premeditado, y no hay ningún partido político o sindicato detrás de lo que está pasando. Gente afectada por la decisión del gobierno de aumentar el precio del combustible utilizó a las redes sociales y whatsapp para movilizarse.

“Hay un sentimiento de injusticia fiscal, de transferencia de dinero de los más pobres a los más ricos, exacerbada por las medidas que tomó Macron desde su llegada a la presidencia”.

Hoy ya se habla de un movimiento, una rebelión.

Sí, es una rebelión, si usted quiere. Hay un sentimiento de injusticia fiscal, de transferencia de dinero de los más pobres a los más ricos, exacerbada por las medidas que tomó Macron desde su llegada a la presidencia. Hubo un impuesto a los jubilados, se les quitó la ayuda de vivienda para los estudiantes, se suprimió el impuesto a la fortuna. No pasó nada en su momento. Está pasando ahora, con un impuesto que afecta a una categoría particular de franceses de clase media baja, que el geógrafo Christophe Guilluy llamó la “Francia periférica”. Son gente desplazada social y geográficamente del centro de las ciudades; que viven a cuarenta, cincuenta kilómetros de centros urbanos y que necesitan de un auto para ir al trabajo, llevar los niños a la escuela. El problema de la sociedad francesa, como otras, es que con la globalización esa gente no puede seguir viviendo en las ciudades porque el precio de la vivienda es demasiado alto. Por otra parte, en el lugar a donde van a vivir, esas periferias, no quedan tiendas, porque fueron barridas por los hipermercados, no hay cafés, no hay vida social. Son gente que vive en casas individuales con televisión e internet, con poco espacio territorial. Y no tienen una reivindicación política: tienen reivindicaciones concretas. Es la primera vez que esa gente sale a manifestarse, consiguieron lo que querían sin mediación ninguna.

En relación a eso último, ya hubo medidas que generaron repudio antes, con movilizaciones de colectivos de estudiantes, partidos y sindicatos manifestándose. Macron no tuvo problema en derrotarlos. Ahora el gobierno da vuelta atrás por primera vez. ¿Por qué los chalecos amarillos lo lograron y los anteriores grupos no?

Es un fenómeno que no tiene nada que ver con los cuerpos intermedios. Los partidos políticos fueron debilitados por la victoria de Macron en las elecciones y los sindicatos por los enfrentamientos que ganó el gobierno. La intermediación entre la sociedad y el presidente, no digo que desapareció, pero fue totalmente apartada del juego político. Ya estaba debilitada antes de la elección, pero Macron la debilitó aún más por su política sistemática de tener un contacto directo con el pueblo sin intermediación. Creó un movimiento verticalista, En Marcha, que no se organizó como partido.

¿Esto sería una consecuencia no deseada de cómo Macron pensó la política?  Esa misma sociedad que no encuentra cuerpos intermedios ahora tiene la posibilidad de levantarse, sin depender del juego particular al que responden esos cuerpos.

Sí. Para ver como piensa la política hay que volver a su victoria del año pasado. Se presentó como alguien que no era de derecha ni de izquierda y dijo que el país necesitaba reformas. Entonces creó un movimiento a partir de internet, llamando a la gente a mandar sus currículums para ser diputados. Los seleccionó a partir de tres criterios que dan cuenta de su visión: los candidatos tenían que ser jóvenes, sin experiencia política y tener una cultura de emprendimiento, de empresa. El resultado: el parlamento actual es el más elitista en la historia de la democracia francesa. Macron pensó a Francia como una empresa, siendo el presidente el director general y los diputados el consejo de administración. Y efectivamente las primeras medidas pasaron por delante de un parlamento que no debatió [Nota del R.: Macron tiene mayoría absoluta en la cámara baja]. Consideraron que el debate parlamentario, presentar enmiendas, retrasa la decisión. De vuelta el concepto de empresa: en el mercado hay que reaccionar inmediatamente. Ese modo de ver la política cortó el diálogo entre los parlamentarios y el pueblo.

Esa visión engendró una respuesta que se manifestó con vehemencia.

Eso tenía que terminar así. Más allá del impuesto a la gasolina, cualquier conflicto social sin intermediación partidaria o sindical tenía que acabar en un enfrentamiento brutal. Y finalmente ganó la calle, o el campo, mejor dicho, porque decidieron cortar las vías de acceso a las ciudades centro para paralizar la actividad económica. Internet permite movilizar, pero no organizar, entonces las manifestaciones que después decidieron montar en las ciudades centro no contaron con estructura de seguridad; entraron grupos violentos, o de ultraizquierda y ultraderecha, que uno puede ver en los vídeos. No había posibilidad de diálogo y negociación. Es un movimiento espontáneo, que no tiene a nadie para negociar.

En redes sociales circuló un panfleto con demandas de los chalecos amarillos. También se dijo que su perfil electoral correspondía mayoritariamente a la ultraderecha.

Eso es imposible. Hay algunos grupos, infiltrados, de ultraderecha y de ultraizquierda, pero no hay organización o representantes. El gobierno intentó negociar en cierto momento, hubo imágenes de un ministro recibiendo a supuestos representantes e inmediatamente fueron desmentidos en internet. Ni los partidos ni los sindicatos ejercieron un papel en las manifestaciones, más allá de que intenten sacar provecho.

¿Cuál puede ser el impacto, entonces, en el sistema político?

Lo que está pasando es muy grave para el futuro democrático del país, en el sentido en el que demuestra que no sirve el sistema político, con sus elecciones, la mediación política y sindical, como existía tradicionalmente. Es una forma de reacción francesa a la crisis, distinta de la de Italia, que se tradujo electoralmente, la de Bélgica, que se tradujo en las tensiones dentro del Estado, y la de España, con sus derivas independentistas. En el caso francés se traduce en un reflujo hacia la política.

“Eso tenía que terminar así. Más allá del impuesto a la gasolina, cualquier conflicto social sin intermediación partidaria o sindical tenía que acabar en un enfrentamiento brutal”.

Dentro de los discursos enunciados por manifestantes se avizora un rechazo hacia Macron, encarnado en el “Macron, dimisión” pero también una furia hacia una larga secuencia de gobiernos. ¿No es también esta una respuesta hacia la fractura social francesa de los años 90?

Efectivamente hay un divorcio creciente entre la gente y la representación política que uno puede notar en las tasas de abstención en las elecciones. En las últimas elecciones europeas hubo un 50% de abstención y Macron fue un presidente electo por el 27% del padrón electoral, que es muy poco. Hubiera tenido que analizar bien este resultado antes de lanzarse en reformas tan brutales.  Pero, como decía, no hubo una reivindicación política más allá de suprimir el impuesto al combustible y, cuando se sumaron jubilados y estudiantes, también otras medidas. Esto es importante, no obstante, porque limita a Macron, que no puede hacer reformas en el futuro. Lo que pasó puede repetirse ante el anuncio de otras reformas. Eso plantea también a otros partidos políticos, de derecha a izquierda, un problema grave como el de recuperar legitimidad para mediar los problemas de la sociedad que no supieron expresar.

¿Puede el gobierno francés apagar el fuego?

La respuesta fue una de emergencia. No podía parar el movimiento porque no había diálogo ni negociación posible y eso tuvo y tiene consecuencias económicas muy fuertes. El fuego va a apagarse por las fiestas de fin de año. Queda por ver lo que pasa en enero, porque muchos que se manifestaron por primera vez y consiguieron un resultado positivo pueden tener la tentación de pedir más cosas.

¿Se rompió la promesa republicana en Francia, la idea de progreso social, de que cada generación va a vivir mejor que la anterior? 

No exactamente en esta forma. En este caso lo que está en juego es la solidaridad territorial, tradicionalmente en el pacto republicano: las regiones ricas ayudan a las regiones pobres; las regiones pobres tienen el mismo derecho a la comunicación telefónica, al agua, a las carreteras, al transporte, que la gente que vive en las ciudades. Hoy vemos una reivindicación de la solidaridad territorial de gente que se siente apartada. Se trata de apelar a esta solidaridad que fue rota junto con el Estado de Bienestar. Europa, que inicialmente era una comunidad protectora, ahora es un espacio de competencia fiscal, social, que es vista como un elemento agravante de la globalización. Las sociedades hoy se encuentran fragmentadas, social y territorialmente.

QUIÉN ES

Jean Jacques Kourliandsky es politólogo y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Bordeaux Montaigne.  Es responsable del observatorio de América Latina de la Fundación Jean Jaurès y profesor e investigador del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS). Ha publicado varios libros y artículos relativos a la política exterior de diversos países latinoamericanos.

Juan Elman

Juan Elman

Periodista especializado en política internacional. Estudiante de Ciencia Política.

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