La muralla india

El 1º de enero, en Kerala, un estado sureño de la India, millones de mujeres formaron una muralla de 620 km. Fue para protestar contra la imposibilidad de acceder a Sabarimala, un histórico templo hindú, pese a que la Corte Suprema las había habilitado hace unos meses. El gobierno de Narendra Modi, que busca la reelección en abril, y la oposición se enfrentan al movimiento en las calles. La muralla parece contestarles: no hay vuelta atrás.

No se agarran las manos. Están pegadas, hombro a hombro. Levantan la mano derecha, cierran la palma y el puño se convierte en una lanza. Algunas visten túnicas de colores -rojo, verde, naranja- y llevan un bindi en la frente, el tercer ojo; otras se visten de remera, jeans y zapatillas. Las hay con hijas en brazos, chocando el codo con sus madres y abuelas, y las hay solas. Algunas son de ahí, del estado de Kerala; otras viajan desde el resto de India. Algunas son dueñas de su destino. Otras, muchas, no. Son, según cifras del gobierno estatal y de la prensa india, entre tres y cinco millones de mujeres. Están pegadas y forman un muro de seiscientos veinte kilómetros.

El martes 1º de enero millones de mujeres se reunieron en Kerala, un estado sureño de la India, para protestar contra la exclusión de un templo histórico hindú, Sabarimala, ubicado en esa zona. La demostración llega tres meses después de que la Corte Suprema levantara la prohibición para mujeres en edad menstrual, desde los diez a los cincuenta años. Un fallo que no se cumplía: cada vez que una mujer quiso entrar, grupos religiosos se lo impidieron. Les gritaban, las amenazaban y las golpeaban.

En Sabarimala la prohibición era total. No les importa lo que diga la Corte Suprema. Las instituciones no siempre dependen de lo escrito.

Los grupos se escudan en que Sabarimala, el templo que anualmente recibe cincuenta millones de peregrinantes, es el hogar de Ayyappan, el dios hindú del crecimiento, y que, como este era célibe, admitir a mujeres en edad menstrual resulta una ofensa. En India la menstruación es un tabú: es sinónimo de suciedad, de impureza. La mayoría de los templos no admite a mujeres en los días de menstruación. En Sabarimala la prohibición era total. No les importa lo que diga la Corte Suprema. Las instituciones no siempre dependen de lo escrito.

Bindu Ammini y Kanaka Durga son dos mujeres que promedian los cuarenta años. La primera es una profesora de derecho, con una larga trayectoria en el activismo político. La segunda es una empleada estatal. Ambas se conocieron en Facebook, en un grupo titulado “Cuando el Renacimiento de Kerala entra en Sabarimala”, creado para dar apoyo a las mujeres que quieran ingresar al templo. El 24 de diciembre intentaron entrar, juntas. Se adentraron unos quinientos metros, pero luego una marea de manifestantes las obligó a regresar. No volvieron a sus casas. Se escondieron.

El movimiento conservador que las detuvo ya era grande para ese entonces, y siguió creciendo. Cuenta con el apoyo de los partidos más poderosos del país, el Partido Popular Indio, actualmente en el gobierno, y el Partido del Congreso. Está integrado mayoritariamente por hombres, aunque también se divisan mujeres.

Para contrarrestar la violencia de los grupos religiosos, la coalición gobernante en Kerala, el Frente Democrático de Izquierdas, encabezado por el comunismo, que apoya la decisión de la Corte, encadenó la protesta del primero de enero. Voluntarios de más de ciento setenta organizaciones sociales ayudaron al gobierno. La convocatoria fue un éxito.

Al día siguiente, durante la madrugada del miércoles, Bindu Ammini y Kanaka Durga entraron a Samarinala escoltadas por la policía. Fueron las primeras mujeres en décadas en entrar al templo.

Durante ese día los grupos religiosos volvieron a la carga. Arrojaron piedras a civiles, chocaron con la policía y destrozaron las calles de la zona. Murió un activista y varios otros resultaron heridos. Después de que las dos mujeres entraron, los que se hacen llamar devotos pidieron cerrar el templo para “purificarlo”.

El jueves, otra mujer entró a Sabarimala. Fue la tercera.

Seguirán entrando.

En abril hay elecciones en el país. Narendra Modi, el Primer Ministro, adherente al nacionalismo hindú, busca la reelección, para nada asegurada. “Es una cuestión de tradición, no de igualdad de género” dijo Modi para justificar a los “devotos”. Se dice “tradición”, pero significa “en unos meses hay elecciones y para ganar tengo que activar a mi base religiosa”. Como un susurro en el cuello mientras te levantás de la mesa: no es personal.

Según un estudio de la revista científica The Lancet, el 40% de los suicidios femeninos en el mundo corresponden a India, la tasa más alta del mundo. Una abrumadora mayoría de esas mujeres que se suicidan lo hacen entre los 15 y los 39 años.

Según un estudio de Reuters, India es el país del mundo más inseguro para la mujer. Todos los días se registran más de cien casos de violencia sexual contra las mujeres, muchas de ellas niñas. Según un estudio de la revista científica The Lancet, el 40% de los suicidios femeninos en el mundo corresponden a India, la tasa más alta del mundo. Una abrumadora mayoría de esas mujeres que se suicidan lo hacen entre los 15 y los 39 años; además de la violencia doméstica, los principales motivos son la maternidad temprana y los matrimonios arreglados. Casi la mitad de las mujeres que se casan lo hacen antes de los 18 años, según Unicef, la mayoría arreglados previamente por las familias. Si bien nada de esto se ampara en la ley o en la Constitución, que profesa la igualdad de género y condena las prácticas que atenten contra la “dignidad de la mujer”, forma parte de la cultura del país. Son instituciones.

Ese martes primero de enero hacía calor en Kerala. Un periodista de India Today, de bigote oscuro y tupido, poderoso, se pasea por la muralla de mujeres con la camisa arremangada, buscando entrevistadas que puedan hablar inglés. Una mujer que no supera los veinticinco, con lentes, pelo recogido, remera violeta y mochila en la espalda, un look que un observador a más de quince mil kilómetros de distancia podría catalogar como urbano, le dice que las mujeres que están ahí no piensan todas igual, tienen vidas muy diferentes y vienen desde lugares diversos, pero que esta iniciativa las ha unido detrás del mismo objetivo. Que todas están de acuerdo en no volver atrás, en mirar hacia adelante.

Ante la desigualdad, una muralla. Ante la injusticia, una muralla. Ante el dolor, una muralla. Literal y metafóricamente.

Juan Elman

Juan Elman

Periodista especializado en política internacional. Estudiante de Ciencia Política.

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