El conurbano no existe

El conurbano bonaerense es una noción construida desde afuera y que engloba a una heterogeneidad de territorios, identidades locales y realidades sociales divergentes. El conurbano no existe, pero, de todas formas, encarna uno de los desafíos políticos más significativos de nuestro país. 

Contestar a quienes reducen al conurbano a cualquiera de sus partes puede ser algo inútil. Todo intento de refutación que se sostenga en alguna metonimia dará como resultado la misma ontología: “el conurbano no es La Matanza, es mi barrio”. No. Tal vez lo que subyace es un problema cultural: da la sensación de que esa metonimia es una respuesta a quienes creen que cruzar la General Paz es una expedición a territorio comanche, o a una pretendida contracultura —también porteña y esencialista— que cree que habita en el conurba una versión vernácula del buen salvaje rousseauniano, un buen cabeza que expresa lo auténticamente popular.

Tanto la reducción como la metonimia son actos performativos, que como sostuvo Gabriel Kessler en su prólogo a El Gran Buenos Aires, cimentan “una identificación del conurbano construida desde afuera”. Estamos frente a una denominación ex post, tan necesaria para el estado, la academia y la estadística como impostada para Twitter. Ahora bien, puede saberse lo que no es el conurbano: ni Un gallo para Esculapio ni un pastiche de bucolismo y nostalgia. ¿Qué es realmente? Arriesguemos una respuesta: algo inexistente. Hay argumentos.

Puede saberse lo que no es el conurbano: ni Un gallo para Esculapio ni un pastiche de bucolismo y nostalgia.

ROMPECABEZAS SUPERPUESTOS

Un cuarto de la población del país reside alrededor de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ese es tal vez un principio de realidad que se distorsiona con los criterios usados para delimitar a esta mancha urbana: por ejemplo, mientras que el Gran Buenos Aires se compone de la capital y veinticuatro municipios, el Área Metropolitana de Buenos Aires abarca treinta y cuatro más la Ciudad.

El resultado es que, a falta de un único criterio administrativo, se está frente a una serie de puzzles que se superponen y no siempre encajan: un distrito puede compartir una región sanitaria con unos y un departamento judicial con otros. Lo más arbitrario se ve a la hora de votar: distritos urbanos como Vicente López o Lanús comparten sección electoral —para elegir legisladores provinciales— con otros rurales, como General Las Heras o Lobos.

Más arbitrario aún es hablar de cordones. Este artificio consiste de una serie de anillos que se definen por su proximidad a la capital. De este modo, Avellaneda vendría a ser similar a Caseros o Martínez; Bernal lo mismo que Padua, Casanova o Victoria. Frente a ello, la división en zonas —norte, sur y oeste— se acerca un poco más a lo real, aunque es maximalista. Quizás lo apropiado sería hablar de corredores: hay que pensar en los ramales de ferrocarril o en algunas vías de acceso como Pavón, Camino General Belgrano o el Alto.

LA MITOSIS MUNICIPAL

Otro argumento está en la historia. El origen y desarrollo de los partidos —lo realmente existente— pueden comprenderse como algo similar a la reproducción celular. Sinteticemos: hasta 1821 estos territorios dependían del Cabildo de Buenos Aires, que delegaba la autoridad en un Alcalde de Hermandad y un comandante militar. Un año después ésta recayó en los jueces de paz. A la formación del estado nacional, cuarenta años después, le sobrevino una sedimentación legislativa que delineó contornos y funciones municipales.

El resultado es que, a falta de un único criterio administrativo, se está frente a una serie de puzzles que se superponen y no siempre encajan.

Así, comenzaba la fundación de nuevos partidos: Lomas de Zamora en 1861; San Martín, Merlo y Moreno en 1864; Quilmes y Las Conchas —desde 1952 Tigre— en 1865; Almirante Brown en 1873. La Ley Orgánica Municipal de 1876 y la Ley Orgánica de las Municipalidades de 1886 reconocen cierta autonomía: las autoridades municipales —encabezadas por un Intendente Presidente— pasaron a ser elegidas por el voto popular.

Con la consolidación de la factoría pampeana —luego con la industrialización sustitutiva— se inició un proceso de expansión, en términos económicos y demográficos, que justificó el resto de las mitosis municipales: 1889, 1891, 1895, 1905, 1913, 1944, 1959, 1960. Algunas de las más recientes, de 1994, fueron la consecuencia de una interna peronista: los menemistas Juan Carlos Rousselot y Luis Ortega desafiaban proyecto reeleccionista de Duhalde desde Morón y General Sarmiento, respectivamente. La partición del último megamunicipio fue controvertida: todavía hay quienes dicen que “a San Miguel le quedó el comercio, a Malvinas Argentinas la industria y a José C. Paz los pobres”.

Al anudar los datos se ve que todo municipio fue creado a partir de algo previamente existente. Por otro lado, esto consumó una macrocefalia argentina que el gobernador Domingo Mercante reconocería luego. Pero aunque su decreto 70/48 advertía sobre la necesidad de una política urbanística, pasó a la historia por ser la la raíz de los malentendidos al señalar como “Gran Buenos Aires” a un área cuyas fronteras se redefinen con el paso de los años.

EL CONURBANO ES EL OTRO

Un tercer argumento —tal vez el de más peso— a favor de la inexistencia del conurbano tiene que ver con la percepción de los de diez millones de habitantes en cuestión. El lector puede hacer la prueba del gentilicio: preguntar a cinco o diez personas del otro lado de la General Paz y el Riachuelo de dónde se consideran. Las respuestas más probable serán localidades como Grand Bourg o Temperley; aunque no faltarán aquellos que se reconocen ciudadanos de un distrito. Es poco probable que alguien conteste “soy de zona sur” o “soy del oeste”. Lo que nunca se encontrará es alguien que conteste con naturalidad “soy del conurbano”.

¿Qué quiere decirse con esto? Siguiendo a Kessler, que el gentilicio conurbano es algo construido desde el exterior. Su consecuencia es la traducción en ideas estigmatizantes —algunos hablaron del “homo conurbanensis”, algo así como una mirada centro-periferia asumida en buena parte del país—, o en visiones estetizadas del estilo “La Matanza, capital nacional del peronismo” que no hacen más que reproducir el mismo prejuicio: lo que Juan José Amondarain define como “Congo Urbano”.

Esta pretensión de performatividad rara vez es asumida por los otros que habitan el crisol de localidades. Bienvenido sea: porque no existe el Gran Buenos Aires como totalidad indiferenciada, hay que desechar este discurso orientalista adaptado.

Porque no existe el Gran Buenos Aires como totalidad indiferenciada, hay que desechar este discurso orientalista adaptado.

CONURBANOS

Sostenemos que el conurbano no existe: la historia municipal y la autopercepción de los habitantes lleva a concluir que efectivamente existen partidos, a pesar de que los sucesivos criterios de administración metropolitana compliquen la aproximación. Sin embargo, en la medida en que la Argentina sea un país hipertrofiado la tentación a pensar y hablar de conurbano persistirá.

¿Cómo comprender, entonces, con términos propios? Puede ser útil la idea de conurbanos: implica dejar de pensar al conurbano como una otredad para hacerlo como un pluriverso diferenciado. Los corredores mencionados arriba sirven para hacerse esta idea. También sirve pensar que algunos municipios son hermanados por pertenencias comunes: San Martín y Tres de Febrero, Quilmes y Berazategui, la cancha de Tigre como monumento tigrense y sanfernandino.

¿Cómo traducir lo dicho en acción productiva? Hay que pensar en términos de desarrollo: los conurbanos son un territorio desigual, fragmentado. Con enclaves de marginalidad y riqueza: la Argentina es un país orientado a la exportación y no al empleo, no incluye a todos y está sujeto al consumo. Precisa que sus habitantes se agolpen en las urbes. Por esa razón urge vincular a los conurbanos con el resto del país: reducir la macrocefalia, ¿apostar a —Martín Rodríguez dixit— una “desconurbanización”?

Eso ya es una tarea política: como escribió Rodrigo Zarazaga en el prólogo a Conurbano Infinito, se precisan liderazgos “que no sólo atiendan a lo electoral, a lo que conviene en el corto plazo para ganar una elección, sino que también busquen la transformación de largo plazo”. Un buen comienzo es retomar la advertencia de Mercante hace setenta años y asumir que si de una buena vez no se establece una idea, una dirección, un plan regulador, la cosa puede terminar de irse al carajo.

Agustín Cesio

Agustín Cesio

Periodista y analista político. Editor de Bunker.

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