Escenas del neoliberalismo en China

En un momento en el que el neoliberalismo se reconfigura ante la crisis social y política, China parece contener los elementos con el que el capitalismo occidental puede intentar gobernar sus sociedades. A continuación un vistazo a algunos de esos rasgos.

Este diciembre se cumplieron 40 años de las reformas económicas de Deng Xiaoping en China. Anteriores a Thatcher y Reagan, fueron éstas las que formatearon al neoliberalismo que vemos hoy en su madurez. Una de las diferencias entre el liberalismo clásico y el neoliberalismo es que mientras que para el primero el mercado es algo dado que sólo hay que liberar, para el segundo es un artificio que el Estado debe crear y conservar. Para los chinos, que nunca conocieron el liberalismo,  queda perfectamente claro que el mercado, el capitalismo mismo, es un producto del Estado.

El neoliberalismo es uno y tres a la vez. Bajo un mismo programa y espíritu caben el momento destructivo de los ‘70 y ‘80 y el momento progresista de los ‘90, que entró en crisis entre los atentados de 2001 y el crack financiero de 2008. Esa crisis parió al tercer neoliberalismo, que hoy avanza contra al legado cultural del momento progresista: el multiculturalismo, la política del goce, todo lo que el capitalismo absorbió de la contracultura de los ‘60. Este neoliberalismo tardío madura su divorcio ya no sólo de la democracia, sino del liberalismo mismo. Y el capitalismo antiliberal chino parece contener los rasgo del futuro que le espera a Occidente.

A continuación, unas viñetas sueltas de ese gran Otro que nos refleja.

LA CURVA DE RENDIMIENTO MARGINAL DECRECIENTE

El capitalismo chino empezó por los márgenes. En 1978 el sistema de comunas rurales fue desmantelado. Más adelante, se crearon zonas especiales para inversiones extranjeras directas. Para 1984 China tenía una economía dual, mitad privada, mitad estatal, que crecía a un 8% anual. En 1987 comenzó la privatización de empresas estatales, en 1993 se proclamó la “Economía socialista de mercado”, en 1999 se legalizó la propiedad privada y en 2001 la OMC reconoció a China como economía de mercado.

En 1987 comenzó la privatización de empresas estatales, en 1993 se proclamó la “Economía socialista de mercado”, en 1999 se legalizó la propiedad privada y en 2001 la OMC reconoció a China como economía de mercado.

Desde entonces, según Dinny McMahon, autor de China’s Great Wall of Debt: Shadow Banks, Ghost Cities, Massive Loans and the End of the Chinese Miracle, la economía china vivió de inversiones de deuda en infraestructura. Luego de la crisis de 2008, el gobierno chino decidió mantener la actividad emitiendo bonos. La ratio deuda-PBI pasó de 160% a 260% en 2016, al tiempo que también creció la deuda privada en relación al ahorro. En esa carrera loca, China no puede enfriar su economía.

La raíz del problema para McMahon es el sistema político, a la vez todopoderoso y descentralizado. Los funcionarios chinos disponen de los recursos y son promovidos según el crecimiento económico que logren. Así, se endeudan, gastan, especulan con la tierra y fomentan distorsiones financieras que en cualquier otro país terminarían en una bancarrota. La información económica es opaca o directamente falsa, las empresas zombies proliferan sin que nadie decida cerrarlas. La mano de obra barata que proveían sus 114 millones de migrantes desprovistos de derechos por el sistema de empadronamiento hokou ya no es tan barata, ni en sus márgenes.

En tal escenario, McMahon prevé una inminente crisis china. No será un crack espectacular sino el comienzo de una larga etapa de crecimiento lento, encapsulada en las fronteras de China. El Presidente Xi Jinping es consciente de esa curva de decrecimiento y se propone reformar la economía, depurando al sistema financiero y fomentando la innovación tecnológica. Dos puntos que el libro de McMahon omite explícitamente, aunque reconoce que el plan de innovación tecnológica Made in China 2025 es la fuente del conflicto con Trump.

LA IDEOLOGÍA CHINA

¿Cómo afectará la desaceleración a un país endémicamente optimista (80% de los chinos piensan que sus hijos van a vivir mejor que ellos, vs. el 60% de los norteamericanos que piensan que van a vivir peor)? Difícil que derribe a un PCCh que sobrevivió a cosas peores, pero sin duda afectará la política. El proyecto de Xi es atajar la curva apostando a la hegemonía internacional y a un update ideológico.

Es difícil que la desaceleración derribe a un Partido Comunista que sobrevivió a cosas peores, pero sin duda afectará la política. El proyecto de Xi es atajar la curva apostando a la hegemonía internacional y a un update ideológico.

Un artículo reciente señala que el Estado chino, desde Sun Yatsen en adelante, siempre fue ideológico. Hoy el software del aparato estatal chino es el «Pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas para una nueva era», un artefacto que combina citas de Mao, principios confusianos, nacionalismo y eficientismo. Elaborado por un ejército de académicos subsidiados para ordenar los discursos de Xi y difundido por el programa televisivo Makesi shi duide (“Marx tenía razón”), sostiene que China «se puso de pie» bajo Mao, «se enriqueció» bajo Deng y se «vuelve poderosa» bajo Xi, triunfando allí donde han fracasado el estalinismo del siglo XX y el neoliberalismo del XXI y evitando el desorden de la democracia liberal, palpable en la emergencia de tantos “populismos”.

Roland Lew señaló que desde los días de Mao el comunismo chino se transformó en un nacionalismo modernizador en manos de una dirigencia flexible, educada en el riesgo de desborde permanente. Lejos de las peroratas de Castro o la sobreactuación de Yeltsin, Deng y los suyos avanzaron hacia el capitalismo con una política de experimentación y gradualismo. El neo maoísmo de Xi es un mero reseteo ideológico para reforzar la autoridad estatal y refinar la imagen global del país y su particular sistema. Curiosamente, convive tanto con una sociedad suspicaz a las fórmulas maoístas, como con verdaderos grupos marxistas y aún maoístas, severamente reprimidos por el gobierno.

LA POSREVOLUCIÓN FUE TELEVISADA

No será el primer reseteo ideológico de China. En 1995 el Presidente Jiang Zemin propuso acompañar el control político del PCCh con productos culturales más ricos, alegres y creativos que captaran el favor de la sociedad. El eje de ese poder blando fue la CCTV, la cadena televisiva estatal de China, sus telenovelas históricas, sitcoms pedagógicas y la divulgación de un confusianismo rayano en la autoayuda. Y la “ilustración”, el curioso concepto bajo el cual los periodistas de la CCTV trataron de educar en la ciudadanía sin esparcir el pesimismo con malas noticias, buscando un equilibrio entre las presiones del Estado y las del público. Si bien hubo buenos experimentos de investigación periodística, incluso un programa feminista, no resistieron la censura.

En 1995 el Presidente Jiang Zemin propuso acompañar el control político del PCCh con productos culturales más ricos, alegres y creativos que captaran el favor de la sociedad. El eje de ese poder blando fue la CCTV, la cadena televisiva estatal de China, sus telenovelas históricas, sitcoms pedagógicas y la divulgación de un confusianismo rayano en la autoayuda.

El poder blando falló: en 2003 la información que circulaba en internet dejó en evidencia la pésima cobertura televisiva del brote de SARS. En 2009 un incendio en el bizarro edificio del canal oficial motivó burlas y festejos en las redes sociales. El director debió renunciar. En 2012 una nueva ronda de batalla cultural barrió con numerosos programas de impronta occidentalista. Aún así, la CCTV sigue fijando la agenda pública.

La lógica del liberalismo digital confía en que internet acabe con el monopolio estatal de la información. En el año 2000, Bill Clinton dijo que el intento chino de controlar la red era inútil, no iban a poder con ella. Todo cambió al año siguiente, cuando Silicon Valley extendió al mundo un modelo de negocios y control social fundado en bases de datos y algoritmos. En ese nuevo mundo, China cuenta con ventajas: pactó con sus gigantes como Weibo o Baidu libertad económica total a cambio de acceso a los datos y control ideológico de los contenidos. No habrá Cambridge Analytica que perturbe la paz en China porque el propio Estado hace ese trabajo.

LA DICTADURA DIGITAL

En julio de este año, China publicó su plan 2030 para el desarrollo de la inteligencia artificial, con un presupuesto de 5 mil millones de dólares. Ya en 2013 China había producido más investigaciones sobre deep learning que Estados Unidos. Cuenta con el principal insumo que necesita esa industria: millones y millones de usuarios cuyos datos son captados por plataformas como WeChat, que permite socializar, jugar, pagar las cuentas, reservar pasajes, etc. Por otro lado, el gobierno estableció bases de datos de «crédito social» que eventualmente podrían calificar el crédito, la salud, la conducta y la lealtad política de todos los ciudadanos chinos.

La ventaja comparativa de la aceleración tecnológica china es no tener que dar explicaciones. En sólo meses, pasaron de clonar monos a modificar genéticamente humanos, y ya la prensa local se pregunta cuánto tardarán en clonarlos.

Un ítem particularmente preciado por el gobierno es la tecnología de reconocimiento facial. Un sistema desarrollado por la Universidad de Tsinghua permite reconocer un rostro en 3 segundos con un grado de precisión de entre el 60% y el 88%. China ya piensa aplicar la tecnología para la policía, las compañías de seguro y hasta el sistema educativo, además de haber transformado a la región de Xinjiang en un laboratorio de vigilancia doméstica.

El Wall Street Journal se pregunta si no estamos ante una dictadura digital. Foreign Policy sostiene que la apuesta china por la big data es un intento por superar la opacidad de la información para el propio gobierno, que poco sabe de su enorme y poceado país librado a las fuerzas del mercado.

El Wall Street Journal se pregunta si no estamos ante una dictadura digital. Foreign Policy sostiene que la apuesta china por la big data es un intento por superar la opacidad de la información para el propio gobierno

Mientras tanto, en la sociedad china la brecha digital se agranda. Y es imposible dejar de preguntarse qué efecto tendría la robotización del trabajo de una nación desigual y gigantesca. Entre los pliegues de Beijing, un cuento de Hao Jingfang de 2012, imagina una ciudad automatizada y plegable dividida en tres castas. Los habitantes de cada pliegue son dormidos mediante drogas durante el tiempo que no les toca hacer uso de la ciudad. Hacia el final, un personaje explica: “Este nivel de automatización es indispensable si queremos que crezca nuestra economía. Así alcanzamos a Europa y Estados Unidos. El problema es: ahora que hemos sacado a la gente tanto del campo como de las fábricas, ¿qué vamos a hacer con ella? En Europa optaron por una reducción generalizada de la jornada laboral, lo que incrementó para todo el mundo las oportunidades de conseguir empleo. Pero esto merma la vitalidad de la economía. La solución óptima pasa por reducir el tiempo que se dedica a vivir un determinado segmento de la población y averiguar la manera de mantenerlo ocupado”.

EL CONSUMO COMO TRABAJO

Si para la ciencia ficción china la aceleración capitalista hará de los bullshit jobs una política de Estado; para John Osburg, ya hizo del consumo un trabajo. Los bienes de lujo aceitan las redes clientelares entre funcionarios y empresarios que todavía dependen del Estado para acceder al capital y las licencias de negocios.

El lujo chino es menos una búsqueda de distinción a lo Bourdieu que una esforzada mueca social llena riesgos y ansiedad por pertenecer a la élite, dependiente de las precarias percepciones  de los otros. “En este contexto, el consumo se vuelve altamente convencional y ritualizado. Las actividades propias del ocio, como beber un determinado whisky o cantar karaoke, más que placenteras, son consideradas explícitamente como una forma de trabajo, una actividad alienada”.

El consumo alienado y ansioso pronto se llena de sentido político. Empezando por el nacionalismo: consumidores “que, para orgullo de la nación china, se levantan contra poderosas compañías extranjeras que se llevan contentos su plata mientras miran con desprecio al consumidor chino”. En 2002, un hombre cansado de reclamar por fallas en su Mercedes Benz, lo arrastró por las calles atado a un búfalo y  destruyó a mazazos.

El consumo alienado y ansioso pronto se llena de sentido político. Empezando por el nacionalismo: consumidores “que, para orgullo de la nación china, se levantan contra poderosas compañías extranjeras que se llevan contentos su plata mientras miran con desprecio al consumidor chino”.

El consumo también es visto como otro vicio de xiangjiao (“banana”, cómo se llama a los chinos occidentalizados por ser amarillos por fuera pero blancos por dentro). Para llenar el vacío espiritual y dotar de una orientación positiva a su consumo, muchos empresarios chinos empezaron a buscar un sistema de creencias como la religión, el golf, el coleccionismo, los viajes. Mientras tanto, la Biblia sigue banneada en los sitios de e-commerce.

La reciente campaña anticorrupción de Xi impuso una nueva austeridad: los banquetes oficiales se limitan a “cuatro platos y una sopa”, muchos restaurantes y marcas de lujo venden menos. Para Osburg, el efecto neto de estas tendencias será el cierre de las redes clientelares en algo menos parecido a una burguesía corrupta que a una aristocracia por nacimiento.

CUERPOS QUE IMPORTAN

En abril de este año, Real Bodies, una exposición australiana de cuerpos embalsamados, fue acusada de usar cadáveres de presos chinos. Pesaba el antecedente de 2016, cuando organismos de derechos humanos denunciaron el tráfico de órganos de esos mismos prisioneros.

La lógica del capital invadió los cuerpos chinos de la forma más grosera. En los años ‘90 se expandió el mercado de la sangre humana en China. La mercantilización del sistema de salud fomentó el negocio de los derivados del plasma, como la albúmina, de moda entre pacientes críticos o terminales. Del otro lado de la jeringa, campesinos necesitados de dinero comenzaron a donar sangre sin considerar daños ni riesgos. Pronto el sida trepó a cifras africanas. El mercado de esperma, en cambio, sigue otros criterios: los donantes deben ser comunistas convencidos.

Una lectura más luminosa de la política de los cuerpos es la de El sexo en China, el libro de Elaine Jeffreys y Haiquing Yu editado en 2016. El libro nos pasea por las plazas a las que acuden padres y madres con fotos de sus hijos únicos para tratar de casarlos ventajosamente, los matrimonios entre homosexuales y lesbianas para diluir sospechas, así como los divorcios falsos para eludir al fisco, y una comunidad homosexual de 40 millones de chinos surcada por el clasismo, donde el viejo término comunista tongzhi (camarada) distingue al respetable gay urbano del pobre campesino homosexual que debe migrar kilómetros en busca de libertad.

Lejos de censurarla, el Estado chino gestiona la sexualidad: la Ley de Matrimonio de 1950, la precoz iniciación sexual durante la movilización juvenil de la Revolución cultural,  e incluso la política del hijo único de 1979 que liberó a las mujeres de la crianza de una familia extensa y rompió el vínculo entre sexo y procreación.

La hipótesis de las autoras es que, lejos de censurarla, el Estado chino gestiona la sexualidad: la Ley de Matrimonio de 1950, la precoz iniciación sexual durante la movilización juvenil de la Revolución cultural,  e incluso la política del hijo único de 1979 que liberó a las mujeres de la crianza de una familia extensa y rompió el vínculo entre sexo y procreación. Hoy el PCCh debate si legalizar la prostitución, promueve campañas para que las familias campesinas acepten a una hija única y blanquea la homosexualidad en afiches de prevención del VIH repudiados por los transeúntes. Un Estado sexualmente a la izquierda de su sociedad.

FANTASMAS DE CHINA

China disfruta de una exterioridad interna para Occidente: compra nuestra comida, nos vende su tecnología, sus emigrantes circulan por nuestras calles; sin embargo, sigue siendo el país lejano, raro y cruel que maravilló por siglos a Europa. Demasiado poderoso para ser pintoresco, demasiado incómodo para ser ejemplo de nada, demasiado capitalista para las reglas del capitalismo primermundista.

En 1843 Marx señaló que todos los atributos negativos que la sociedad atribuía a los judíos eran los rasgos que el capitalismo se negaba a reconocer en sí mismo. Es probable que el interés morboso de Occidente por China busque su propia caricatura. Ya no se trata sólo de la exterioridad interna de China en nuestra vida sino de la interioridad externa de China como un fantasma de nuestra sociedad: el crecimiento económico y la movilidad social que Occidente ya no puede recuperar, pero también la plebeyización estúpida, el falseamiento de la esfera pública, el consumo alienado, la ridículas formas de espiritualidad, la gestión de los cuerpos y sus goces, el control tecnológico de la vida.

Es inevitable ver a China sin sentir que condensa y distorsiona los procesos de modernización occidentales, acelera los tiempos de nuestra querida civilización para mostrarnos un espejo deforme pero sumamente nítido de ella. Y en esa aceleración también podemos ver un futuro posible: un gigantesco Estado que sostiene a un mercado recesivo cerrando el juego político, graduando con un arsenal de nuevas tecnologías diferentes márgenes para el consumo y el goce de sus gobernados, sujetos deseantes aislados de toda participación cívica. El riesgo no es que China se adueñe del mundo, sino que el mundo se apropie del modelo chino para controlar a la sociedad neoliberal ingobernable.

Es inevitable ver a China sin sentir que condensa y distorsiona los procesos de modernización occidentales, acelera los tiempos de nuestra querida civilización para mostrarnos un espejo deforme pero sumamente nítido de ella.

Este diciembre de 2018 cumplo 40 años en este planeta. Una vida mediocre en un mundo de mierda. Pero el único que conozco, y el inevitable punto de partida de todo lo que haga o intente hacer, inclusive cambiar al mundo. Si el mundo se siniza y contiene su base neoliberal en una superestructura soberanista, cualquier proyecto emancipador deberá partir de las condiciones subversivas que contiene el propio neoliberalismo social para hacer de la ingobernabilidad, que tan bien conocemos aquí abajo, un sistema más vivible.

Alejandro Galliano

Alejandro Galliano

Licenciado en Historia y periodista. Es co-editor de Panamá Revista y colaborador de revista Crisis. Se desempeña como dibujante bajo el seudónimo de Bruno Bauer. En twitter es @bauerbrun.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios