Extrañando a Isaac Rabin

La biografía titulada “Soldado, líder, estadista”, escrita por Itamar Rabinovich, describe con lucidez la trayectoria de un símbolo del Estado judío, desde su nacimiento en 1922 en la Jerusalén bajo mandato británico, hasta su muerte a manos de un joven ultraortodoxo en 1995, cuyos tres tiros por la espalda no sólo terminaron con una vida de película, sino además con buena parte de las esperanzas de un Israel “normal”, en paz con sus vecinos.

“Estos días se habla mucho de qué hubiera pasado si este hombre o aquel otro hubiera seguido entre nosotros […] Eso es irrelevante: siempre viviremos bajo la ley de la espada”. Las declaraciones del derechista primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, dichas en octubre de 2015 ante la Knésset (parlamento) contenían acaso una mezcla de desprecio larvado y envidia. Tenían, que duda cabe, un hombre en mente: Isaac Rabin, el primer ministro asesinado veinte años antes, y cuya imagen y recuerdo permanecían inalterables en buena parte de la sociedad israelí, que entonces –y aún hoy– extraña al líder laborista y sus últimos tres años de gestión, en los que arriesgó el capital político acumulado para lograr la paz con sus vecinos árabes, y terminó pagando con su vida aquellos titánicos esfuerzos, que significaron –además– una revolución personal impresionante.

De todo eso y mucho más habla la biografía de Rabin, titulada Soldado, líder, estadista, y escrita por Itamar Rabinovich, político y diplomático que trabajó junto al ex primer ministro de Israel y estuvo a cargo de las nada sencillas negociaciones con Siria. Sin poder ser del todo objetivo, Rabinovich describe con lucidez la trayectoria de un símbolo del Estado judío, desde su nacimiento en la Jerusalén bajo mandato británico en 1922, hasta su muerte a manos del joven ultraortodoxo Igal Amir, en la plaza principal de Tel Aviv, aquella fatídica noche de noviembre de 1995.

“Le decían traidor. Si ser traidor es pedir una Israel normal, ¡traicionen!”, gritó el cantante Aviv Geffen a la multitud en la conmemoración de un nuevo aniversario de la violenta muerte de Rabin.

Y esos tres tiros por la espalda que Amir disparó –sin que la seguridad del primer ministro atinara a defenderlo– no sólo terminaron con una vida de película, sino además con buena parte de las esperanzas de un Israel “normal”, en paz con sus vecinos y no, como hoy, obligado a defenderse hasta los dientes para poder seguir subsistiendo como Estado.

“Le decían traidor. Si ser traidor es pedir una Israel normal, ¡traicionen!”, gritó el cantante Aviv Geffen a la multitud en la conmemoración de un nuevo aniversario de la violenta muerte de Rabin, en la plaza dónde murió, y que hoy lleva su nombre. En el mismo acto, el público –unas veinte mil personas, muchos de ellos jóvenes– abuchearon a Tzaji Hanegbi, ministro del gabinete de Netanyahu, quien llegó para decir su discurso y homenajear al líder.

Geffen y muchos de los presentes recordaban –como también lo recuerda Rabinovich en su libro–que el propio Netanyahu había liderado un acto de protesta en Jerusalén contra las concesiones territoriales que por finales de 1995 proponían acentuar Rabin y su canciller Shimon Peres a cambio de la paz total con Siria y la Autoridad Nacional Palestina.  Los manifestantes gritaban entonces “muerte a Rabin”, y algunos de ellos portaban una pancarta del líder laborista con uniforme de las SS nazis. A diferencia de otros líderes del partido Likud, que se retiraron de la manifestación para no avalar lo que estaba sucediendo, Netanyahu dio su discurso sin condenar a los violentos.

Al  margen de su dura crítica al Likud, Rabinovich se extiende durante el libro en la larguísima trayectoria de Rabin, casi en paralelo con la historia del Estado judío.

Allí aparecen, nítidos, los primeros años de Rabin, en lo que en aquel momento era la Palestina gobernada por los británicos. Su alistamiento, a los 19 años, en el Palmaj (unidades hebreas de choque) marca el inicio de una carrera militar que se extendería por varias décadas, y que incluiría el combate interno contra los británicos, la guerra por la independencia de Israel y, claro está, la Guerra de los Seis Días de 1967, en las que fue una de las caras de la resonante victoria del Estado hebreo sobre todos los ejércitos árabes. La conquista de los altos del Golán a Siria, los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania, Jerusalén y el Sinaí a Egipto enfervorizaron a los israelíes, aunque Rabin no se mostraba tan contento y ponía reparos éticos. “Es posible que el pueblo judío no esté educado para sentir la alegría de la conquista y la victoria, por eso la recibimos con sentimientos encontrados”, afirmaba en uno de sus discursos posteriores a la victoria militar, mientras muchos elogiaban el “poderío militar” de Israel. El suyo fue todo un anticipo de lo que el conflicto con los palestinos traería de desgraciado para la vida de Israel, una ocupación que ya lleva más de medio siglo sin solución a la vista.

Rabin fue un exitoso embajador en Estados Unidos (1968-1974); primer ministro por primera vez y en tiempos turbulentos entre 1974 y 1977 y ministro de Defensa en los ochenta, cuando la Intifada (rebelión) convirtió a los palestinos en un enemigo organizado y con recursos económicos para darle batalla a Israel en los territorios ocupados.

“Es posible que el pueblo judío no esté educado para sentir la alegría de la conquista y la victoria, por eso la recibimos con sentimientos encontrados”, afirmaba en uno de sus discursos posteriores a la victoria militar, mientras muchos elogiaban el “poderío militar” de Israel.

Convivió en su extensa trayectoria con figuras de la talla de David Ben Gurión, Golda Meir o Moshé Dayán, símbolos de la Israel socialista forjada en 1948 por inmigrantes de Rusia y Polonia, a quienes se le sumaron –antes y después– otros inmigrantes, que nutrieron las nuevas generaciones de “sabras”, nacidos en Israel.

Pero su verdadero salto cualitativo (y su cambio de postura) llegó en los noventa, cuando volvió a asumir como primer ministro. Entonces el soldado (eficiente, duro, pragmático) se convirtió en un promotor de la paz en el Medio Oriente, aún con dificultades para ponerse de acuerdo con sus vecinos, y con no menos dificultades para sostener una débil mayoría en el parlamento que le permitiera avanzar en los acuerdos. Logró, junto a Peres, su aliado y rival eterno, la paz con Jordania, el acuerdo de principios con el líder de la OLP Yasser Arafat por Palestina, y el retorno de Israel al comercio con una veintena de países que hasta allí eran considerados enemigos.

Hasta que Amir, un fanático extremista, encarnó el sentir de una minoría que veía en Rabin a un traidor, al que algún rabino ortodoxo “autorizó” a  eliminar. Con ese asesinato, según refuerza Rabinovich, el país que Rabin representó durante tanto tiempo (el de los pioneros, los kibutz socialistas, el hogar-refugio para miles de perseguidos y sobrevivientes del Holocausto) entró en una fase diferente, un país consolidado pero siempre en tensión, en el que las utopías de la paz hoy parecen más lejanas que nunca.

Jaime Rosemberg

Jaime Rosemberg

Periodista político en el diario La Nación. Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA) y Máster en Periodismo (UTDT). Conductor del programa “La Que Se Nos Viene”, por FM Milenium. Autor de "Un maestro socialista" (Homo Sapiens, 2018).

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