Democracia a los ponchazos

Hace 35 años asumía la presidencia Raúl Alfonsín y con él se hacían cuerpo muchas de las expectativas de una ciudadanía abriéndose a la política nuevamente. A través de distintos testimonios intentaremos desentrañar las esperanzas y frustraciones que habitaron ese renacer de la vida democrática y su devenir posterior.  

“Una savia común alimentará la vida de cada uno de los actos del gobierno democrático que hoy se inicia: la rectitud de los procedimientos”, dijo Raúl Alfonsín en su discurso de asunción como presidente. Tamizado el Congreso y sus alrededores por un clima de algarabía cimentado en la recuperación de la democracia, el hombre que había ganado las elecciones 42 días antes advirtió entonces que muchos problemas no podrían resolverse de inmediato, pero aseveró: “hoy ha terminado la inmoralidad pública”.

Bajo el resplandor de aquél alba, la oscuridad y la asfixia se suplieron por jolgorio y esperanza. Entre el 10 de diciembre de 1983 y la última jornada de ese año, se inscribieron 54 niñas con el nombre Alfonsina. Lo paradójico es que el pico histórico de anotaciones con ese apelativo en el registro civil de las personas, según la aplicación de Argentina.gob.ar, fue en 2015: 383 familias bautizaron así a sus bebes el mismo año que Mauricio Macri le ganó la carrera por el sillón de Rivadavia a Daniel Scioli en ballotage.

A 35 años de ese momento inaugural y a pesar de las promesas incumplidas, la pulsión social por la igualdad y la justicia todavía talla y, sea de carambola o por heroicidades cruciales, se impone cuando la arrinconan contra las cuerdas.

Así, no es casual que las principales espadas de Cambiemos, salidas de sus think tanks, cifren su confianza en la eventual revalidación de Mauricio Macri en que hay una generación de argentinos que sólo vivió en democracia. “No conocieron el peronismo previo a la dictadura ni la dictadura”, alegan en la Casa Rosada, y arriesgan que eso los exime del peso de ciertas mochilas ideológicas y cargas políticas. Consultado recientemente por Revista Kamchatka sobre el peligro de que ganen terreno las expresiones más autoritarias tras la desinhibición fascistoide de Jair Bolsonaro, el secretario de Cultura, Pablo Avelluto, señaló que la alianza gobernante “ha sido, es y seguirá siendo un freno del propio sistema”. A su criterio, la conformación de la experiencia política que conduce actualmente el Estado es la garantía para que no aparezcan “figuras que planteen la ruptura con el pacto democrático desde adentro del propio sistema, como pasó en Alemania en 1933”.

Sin embargo, los espectros del pasado dictatorial se pavonean sin empacho detrás de las algaradas verbales de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, o el mismísimo diputado Nicolás Massot, para no mentar los ditirambos reaccionarios de panelistas de TV embrutecidos por Twitter y WhatsApp en iguales proporciones. El caso de Santiago Maldonado, cerrado sin culpables de su desaparición seguida de muerte por un juez que admitió presiones del poder, el encarcelamiento ilegal de la dirigente jujeña Milagro Sala y la saña represiva que despunta cada vez que se le da luz verde a las fuerzas policiales atestiguan por sí solos que la derecha que gobierna no tiene demasiado celo ni apego por algunos pilares fundamentales del derecho.

Por eso, se agigantan figuras como las de Alfonsín e, incluso, destiñen menos otras más cuestionadas, como la de Carlos Menem, que liquidó el poder de los militares aunque se lo sirvió en bandeja al establishment. A partir de entonces, la clase dominante local no necesitó golpear las puertas de los cuarteles para mandar pero gruesos sectores de la población sostienen todavía un consenso básico –también licuado o erosionado con cinismo- alrededor de la frase triunfal acerca de una democracia con la que se come, se educa y se cura. A 35 años de ese momento inaugural y a pesar de las promesas incumplidas, la pulsión social por la igualdad y la justicia todavía talla y, sea de carambola o por heroicidades cruciales, se impone cuando la arrinconan contra las cuerdas.

DESDE LEJOS…

Un calor tórrido bañaba la Ciudad de Buenos Aires mientras Alfonsín se dirigía a los representantes parlamentarios ese sábado en que tomó el bastón de mando. La profesora de Teoría Política de la Facultad de Ciencias Sociales e investigadora del CONICET, Claudia Hilb, vivía en París pero estuvo de visita en Argentina por esas horas. “Recuerdo más el 30 de octubre que el 10 de diciembre de 1983 porque nos juntamos un montón de argentinos en Francia pero, en todo caso, yo estaba muy entusiasmada porque Alfonsín era una muy buena noticia”, le dijo a La Vanguardia Digital la autora de Usos del pasado. Guarda para el oriundo de Chascomús palabras de elogio como “extraordinario” y “relevante”, y destaca de los albores democráticos el trabajo de la Conadep, el Juicio a las Juntas y el Nunca Más.

El ex ministro de Trabajo Carlos Tomada confiesa que estuvo en Plaza de Mayo, a pesar de su origen peronista. Me sentía absolutamente conmovido y no era el único, porque había muchos compañeros de otros partidos y fuerzas”, evoca a la distancia, y agrega por mensajes de audio: “fue un día que guardo entre los inolvidables”.

Las mismas calles y a la misma hora recorría quien sería el decano normalizador de la Facultad de Psicología, Hugo Vezzetti. “Yo voté a Alfonsín y estaba celebrando una nueva promesa y un nuevo ciclo de libertad”, grafica en un intercambio telefónico con este medio. Si bien considera “evidente” que “esas promesas no se cumplieron” y que existe un “lastre fuerte de los fracasos”, subraya que “esa escena está allí y merece ser reactivada”.

El ex juez de la Corte Suprema Raúl Zaffaroni vio el discurso del flamante presidente de la incipiente democracia desde su casa. A la pregunta por la forma en que vivió ese momento, responde por mail que la etapa era compleja y admite que cavilaba internamente sobre si el que acaba de finalizar sería o no el último golpe de estado.

Con menos juventud acumulada, la diputada parlasureña Cecilia “Checha” Merchán tenía 13 años de edad y residía en Villa María pero cuenta que vivió con intensidad esos hechos. Su primera participación había sido 18 meses antes, cuando juntaba chocolates para los soldados que pelearon en la Guerra de Malvinas.

“Yo voté a Alfonsín y estaba celebrando una nueva promesa y un nuevo ciclo de libertad”, grafica Hugo Vezzetti.

Nacida un 17 de octubre, la actriz Marina Glezer acreditaba apenas 3 años y había regresado del exilio con su familia unas semanas antes. “Fue tan lindo volver a casa”, expresa al tiempo que explica que también absorbió el relato de sus padres que versaba sobre el desmantelamiento perpetrado por la miseria planificada de la que hablaba Rodolfo Walsh en su carta abierta a la Junta.

El gobierno de Alfonsín arrancó con audacia también en lo económico, tratando de construir un acuerdo regional para la revisión y discusión de las deudas contraídas durante las dictaduras. La tibieza diplomática de algunos países vecinos y la falta de acumulación política interna para hacerlo solo dejó la iniciativa a medio camino. Desencantados unos y curtidos otros, asistieron por igual -cada uno de los consultados para este artículo desde su propia trayectoria biográfica- al desfiladero por el que caminaba la sociedad.

Zaffaroni, por caso, indica: “la democracia no es algo que se instala de una vez para siempre y ninguna democracia es perfecta, ni siquiera la de los griegos, donde no creo que los esclavos fuesen muy felices”. “La democracia es siempre un proceso, en el que hay avances y retrocesos y, por ende, los retrocesos no me desencantaron nunca, sino que fueron episodios, momentos de crítica y resistencia, para empujar y no de deprimirse”, precisa.

Merchán, en cambio, recoge que comprendió las limitaciones de la democracia en el 89’. “Con la hiperinflación, empezaba a haber hambre en serio entre los compañeros a los que brindábamos alfabetización y yo, sin ir más lejos, vendí todos los libros que traía de mi familia y hasta vendí muebles para sobrevivir”, ilustra antes de asegurar: “la representación política no lograba transformar a fondo lo que necesitábamos”.

Para el presidente del bloque kirchnerista en la Legislatura porteña, el punto de quiebre se dio con “la aparición de los carapintadas y Semana Santa”. Director nacional dentro de la cartera laboral a partir de 1987, a propuesta del gobierno de la UCR y discutido con sus compañeros del peronismo, asocia “los primeros tiempos del gobierno de Alfonsín con las batallas que dieron Néstor Kirchner y Cristina Fernández contra los poderes fácticos”. “Fueron los mismos adversarios que, en otra relación de fuerzas y con otra decisión política, enfrentó el kirchnerismo: FFAA, SRA, Clarín y sectores de la Iglesia”, argumenta, y atribuyó a ambos proyectos políticos “el mismo espíritu emancipatorio, libertario y democrático”.

QUE 35 AÑOS NO ES NADA

A pesar del auge de las mesas redondas para el debate sobre el fascismo en ciernes, Hilb no ve que la democracia esté en peligro: “Es un régimen que no es fácil y siempre corre riesgos por su misma naturaleza”. Pero pone sobre el tapete que “décadas de crecimiento de las desigualdades e inequidades espantosas” funcionan como caldo para aventuras reaccionarias que no encuentra factibles hoy.

En la misma sintonía, Vezzetti supone que no está comprometida “la institucionalidad democrática”, y resalta en ese andarivel que “ha sido importante el protagonismo de los sectores de la sociedad en defensa de los derechos humanos”. “No hay posibilidad de un golpe en formas clásicas”, afirma.

Zaffaroni, no obstante, señala la aparición de un neocolonialismo en las postrimerías del alfonsinismo, aludiendo a lo que el propio padre de la democracia llamaba “putsch económico”. “Ya no se valdrían de las oligarquías locales, como en el golpe de 1930, ni usarían a nuestras fuerzas armadas como ejércitos de autoocupación, como en 1955, 1962, 1966 y 1976 sino que se incubaba una nueva etapa de colonialismo, con tácticas diferentes”, detalla el jurista. Según su mirada, este “colonialismo tardío avanzó, se cargó el final de Alfonsín, se montó sobre los símbolos peronistas con Menem, lo siguió De la Rúa hasta el desastre, y luego vinieron doce años de desarrollo autónomo que ahora se acabaron”.

Ante ese escenario, Merchán confía en “los grados enormes de resistencia” que muestra el pueblo argentino, bajo la escuela de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo pero también de movimientos piqueteros o, al decir suyo, la pelea de Norma Pla y los jubilados en la década del 90’. “Tenemos una historia muy sarpada de luchas que nos nutren y también mucha creatividad, como con la Marea verde, que hace que generaciones de 14 años se enamoren de la vida política tal vez con más intensidad que nosotros con la recuperación democrática porque  conecta directamente con el cuerpo y la identidad.

Hilb no ve que la democracia esté en peligro: “Es un régimen que no es fácil y siempre corre riesgos por su misma naturaleza”.

Al respecto, Glezer llama la atención sobre una oposición debilitada y una sociedad adormecida pero apuesta a la lucha feminista. “La batalla cultural es en la calle pero necesitamos un cambio de paradigma porque esto se puede poner peor”, augura. Galardonada por su papel protagónico en El Polaquito y muy solicitada en su Brasil natal, comparte con Merchán una enfática valoración positiva por la militancia en los movimientos sociales y políticos como garantía de la democracia por la que su familia pugnó siempre.

Más serenos, Hilb y Zaffaroni le ponen fichas al futuro. Para la doctora en Ciencias Sociales, “es una buena cosa que los sectores más reaccionarios se expresen a través de espacios políticos porque, aunque después las elecciones se ganan y se pierden, hay movimientos tectónicos que a veces favorecen a unos u otros y siempre puede volver a cambiar”. “Soy poco afecta a pensar que hay cosas que quedan consolidadas, y sabemos que aproximadamente un 20 por ciento del electorado que fluctúa”, completa.

El ex ministro de la Corte remarca que el antagonismo actual sigue siendo el mismo que se arrastra desde el origen: soberanía o dependencia. Y bajo ese prisma, concede que “siempre hubo avances y retrocesos y, ahora, con las nuevas técnicas comunicacionales, los procónsules de la entrega al colonialismo han aprendido a manejar sus monopolios mediáticos, a distraer con ‘Boca-River’ o con lo que sea, a imponer su agenda de discusiones distractivas, a corromper y debilitar a las oposiciones, a criminalizar a cualquiera que molesta, a  valerse de algún sector judicial para perseguir penalmente a opositores, es decir que se valen de las fallas institucionales y las explotan como nadie se había atrevido a hacerlo antes”. Y aun así, reniega de lecturas fatalistas o apocalípticas.

En consecuencia, los fantasmas que se arropan bajo lo que Tomada cita como “el agravante del reverdecer de posturas xenófobas y discriminatorias” no sorprende por más que preocupe. Puede que escaseen las recetas y parezca que los dueños de todas las cosas entendieron cómo jugar a la democracia, pero 35 pirulos no son tantos y en absoluto habilita a la conclusión definitiva columpiándose sobre una pila de saldos parciales.

Pablo Dipierri

Pablo Dipierri

Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA) y periodista. Editor de la Revista Kamchätka y conductor radial en FM La Patriada.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios