El virus latente: las raíces del fenómeno Bolsonaro

En Brasil acaba de triunfar en Segunda Vuelta y con diez puntos de diferencia con el segundo un candidato de extrema derecha. Un fenómeno que sorprendería si no hubiera sido precedido por señales, nacionales e internacionales, de que el coloso sudamericano estaba maduro para un viraje reaccionario. Un conjunto de factores que se encontraron en el momento justo y que llevan a Brasil a una senda transitada por muchos otros países en un mundo que se ha  puesto cada vez más impredecible y peligroso.

¿En qué momento se jodió Brasil? Se preguntan muchos alrededor del mundo en un parafraseo de lo señalado sobre Perú en la novela de Mario Vargas Llosa Conversaciones en la Catedral. Como si el resultado de las elecciones fuera una pesadilla de la que se puede despertar pronto.

El 46% de los votos obtenidos por Jair Bolsonaro el 7 de Octubre de 2018, y sobre todo el 55% obtenido en la Segunda Vuelta, resultó un golpe de nocaut para quienes se horrorizan con un parlamentario y militar retirado que hace 27 años gana elecciones sosteniendo las mismas ideas. Legalizar la tortura y pena de muerte para activistas de izquierda y criminales, o sospechosos de serlo. Curar la homosexualidad a golpes. Considerar inferiores a mujeres y afrodescendientes. Esterilizar a los indigentes. Expulsar extranjeros. Encauzar la economía con un plan ultraliberal que aniquile los magros derechos sociales que gozan los trabajadores y, en uno de los países con mas homicidios per cápita del mundo, proponer la venta libre de fusiles, ametralladoras y pistolas para que cualquier hijo de vecino ande armado hasta los dientes.

En 2018 un Presidente homofóbico, misógino, racista, favorable al exterminio social y xenófobo no representa ninguna singularidad.

Si miramos fijamente el fenómeno Bolsonaro, éste puede ser dilucidado por una serie de señales. Algunas locales y otras internacionales. Algunas contemporáneas y otras de larga data, que señalaban la posibilidad de que el quinto país mas poblado del mundo y la octava economía mas grande hiciera un viraje hacia una ultraderecha impredecible. A  la espera de que Bolsonaro asuma, queda para hacer lo que recomendaba el filósofo Baruch Spinoza “no reír, no llorar, sino comprender”.

LA GLOBALIZACIÓN Y LA MAREA REACCIONARIA MUNDIAL

Un fenómeno electoral brasileño no puede ser explicado sin enmarcarlo en un contexto que atraviesa al mismo tiempo a muchos países. Tanto desarrollados como “en vías de desarrollo”.

Y es que en 2018 un Presidente homofóbico, misógino, racista, favorable al exterminio social y xenófobo no representa ninguna singularidad. Al contrario, es la tendencia que se impone en todo el mundo. En Filipinas, el metebala Rodrigo Duterte. En el Mundo Árabe, los islamismos reaccionarios. En Israel, un sionismo cada vez mas supremacista. En Italia, Matteo Salvini y la Liga. En Estados Unidos, Donald Trump. En Hungría, Viktor Orban. Y tantos otros más.

La ultraderecha parece ser el remedio que una parte de los trabajadores del mundo han elegido para resolver las grandes adversidades que los aquejan. Principalmente el malestar frente a la carestía económica y todo lo que se deriva de ello.

Una angustia generalizada frente a a un capitalismo que no se ha repuesto del todo de la crisis del 2008. Y que para recuperarse de la misma ha recurrido a la única forma que tiene para hacerlo: aumentando la tasa de ganancia de las empresas mediante una mayor explotación del trabajo. El porcentaje, mayor o menor, de este ajuste tiene que ver con la correlación de fuerzas en la puja productiva entre patrones y empleados. Empresas que para lograr esto migran a países con una fuerza laboral mas dócil y barata. De esto se trata la internacionalización de capitales o Globalización. Fenómeno intrínseco al modo de producción capitalista y, por lo tanto, irreversible en el largo plazo.

En el siglo XX, el malestar  de los trabajadores frente al ajuste capitalista podía canalizarse hacia fuerzas que pregonaban una transformación revolucionaria de la sociedad o una reforma radical de la misma. Pero luego de la caída de la URSS en 1989 y frente a la falta de una alternativa anticapitalista creíble, los únicos que quedaron para confrontar, al menos retóricamente, al discurso único liberal fueron movimientos reformistas, antaño radicales que ahora se habían reconciliado con el Capital y que le propusieron a los trabajadores un sueño imposible de sostener: conservar derechos sociales e incluso aumentar el bienestar social sin que esto entre en contradicción con un colosal aumento de la ganancia de las empresas.

A 30 años de la caída del Muro de Berlín, los datos indican que los gobiernos encabezados por este tipo de movimientos políticos fueron esencialmente negligentes, como no podía ser de otra manera, a la hora de cumplirle esta promesa a los trabajadores.

Tanto los gobiernos socialdemócratas europeos, como el llamado ciclo progresista de América Latina de los 2000, ofrecen ese balance general. En el caso de Brasil, los gobiernos del PT encarnaron esta decepción. Y no se explica la victoria de Bolsonaro sin el desengaño con el PT.

Habiendo despertado con resaca de ambos sueños, el  neoliberal y el progresista, y en general castigando mas al segundo, muchos trabajadores han optado por una tercera vía. Una que propone salidas mágicas con olor a pólvora y sangre. Movimientos basados en una mezcla de incorrección política, tradicionalismo y mitología nacionalista, étnica o religiosa. Que reconvierten malestar popular en odio hacia minorías sexuales, religiosas, activistas de izquierda, inmigrantes, drogadictos, o sectores marginales de la clase trabajadora. Pero que además señalan con firmeza lo que liberales, reformistas e izquierdas no han sabido, podido o querido confrontar con eficacia como son el crimen organizado, la descomposición social y la corrupción. Esta última variable es central para entender el detrás de escena del voto a Bolsonaro.

Habiendo despertado con resaca de ambos sueños, el  neoliberal y el progresista, muchos trabajadores han optado por una tercera vía. Una que propone salidas mágicas con olor a pólvora y sangre.

Este ascenso de las derechas radicales en todo el mundo recuerda a muchos a la otra gran ola reaccionaria, la de los ’30 en Europa. Pero aunque resultan en algunos puntos similares, hay dos diferencias sustanciales entre los fascismos del siglo XX y esta nueva camada. Para empezar no tiene la misión de contener ningún ascenso revolucionario. Ya que no ha surgido una propuesta anticapitalista con respaldo popular ni nada cercano a ello. Y además, la base de apoyo de los reaccionarios de hoy no son los sectores medios y las fracciones empresariales mas débiles, sino que se asientan en amplios sectores de la clase trabajadora. Empleados, en mayor o menor medida formales, que temen caer en la marginalidad mas absoluta.

UN DINOSAURIO INVERTEBRADO

Brasil no tenía hasta hace pocos meses un movimiento de ultraderecha estructurado como hay en Europa. Como Alba Dorada en Grecia o Alianza por Alemania. Pero si tiene, y hace varias décadas, una serie de agrupamientos patronales, confesionales y políticos, por fuera de lo partidista (en un país en el que, obviando al PT, al PDT populista y al PSDB liberal, no hay partidos políticos ideológicos a la europea sino clubes y sellos de goma de ideología volátil. Bolsonaro, por ejemplo, fue parte de varios y hasta principios de año cuando copó el Partido Social Liberal no tenía partido propio). Agrupamientos heterogéneos, sumamente reaccionarios, que realizan propuestas concretas para atender problemas concretos y que ocupan espacios que movimientos sindicales y políticos, de base, populares y de izquierda, no han sabido hegemonizar.

PARE DE SUFRIR

Un buen espécimen de esto es el protestantismo, especialmente en lo que respecta a su fracción evangélica y pentecostal. Un movimiento al que se adscriben casi un 30% de los habitantes de un país en el que la religiosidad tiene una gran centralidad política.

Confesiones que han prosperado en el mismo periodo en que Brasil experimentó un sostenido crecimiento poblacional, económico y de una feroz desigualdad social. Los datos desprendidos de los censos nacionales demuestran que entre la población con salarios mas bajos es donde mas crecen los heterogéneos cultos protestantes.

Iglesias que prometen una mejor vida aquí y ahora, y que contienen desde posiciones sumamente conservadoras a hombres y mujeres azotados por la pobreza estructural y la violencia institucional, patronal, criminal y familiar.

Iglesias que difunden entre sus creyentes una ideología política clara. Y es que los cultos protestantes que mas crecen, los pentecostales, son en su mayoría franquicias, o tienen vínculos estrechos con las Iglesias evangélicas que en los Estados Unidos componen el bloque político denominado Christian Right.

Grupos que promueven valores ultra-capitalistas en lo económico y un férreo combate a lo que ellos denominan “Ideología de Género”, o sea quienes luchan en pos de los derechos de minorías sexuales y mujeres. Movimiento que ha resultado hostil a trabajadores que consideran que sus urgencias materiales han sido dejadas de lado por las izquierdas en beneficio de esos grupos. Otro alineamiento cristalino es el geopolítico: para ellos Estados Unidos e Israel son los faros a seguir frente a una Europa que consideran decadente y una América Latina corrida a la izquierda.

Redes que han pasado de las calles a poseer multimedios y a ocupar bancas en varios partidos políticos. La Red Record, segunda cadena televisiva mas vista de Brasil, es propiedad del capitoste de la Iglesia Universal del Señor Edir Macedo, cuyo sobrino Marcelo Crivella es el Alcalde de Río de Janeiro. Esta rama participa, junto a los representantes del agro-negocio y los ex policías, ex militares y lobbistas de las empresas de armamento, en el virtual interbloque conocido como “Biblia, Buey y Bala”. Grupo que será el mas decisivo de la próxima legislatura.

Y pese a que muchos evangélicos decidieron por oportunismo aliarse al PT a principios de los 2000, en esta elección han encontrado un candidato presidencial que representa de manera cabal la forma en que ven la economía, la cultura y la política internacional y cuyo lema es “Dios ante todo”.

 CONSERVADURISMO MILLENNIAL

Este fenómeno de conservadurismo religioso tuvo lo que el sociólogo alemán Max Weber hubiera denominado una “afinidad electiva” con otros agrupamientos que se congregaron en esta elección y que ungieron a Jair Bolsonaro y a su grupo de adeptos como canalizadores de sus anhelos e ilusiones.

Un ejemplo de esto son los cientos de miles de jóvenes habitantes de centros urbanos del centro y sur que se politizaron a través de contenidos multimedia en las redes sociales al calor del malestar social del país.

Un mundo de videos cortos en donde frases altisonantes y apelaciones a la violencia resultan tan reconfortantes para estos jovenes de clase media urbana como lo es el conservadurismo religioso para otros sectores sociales.

Y el vehículo para hacerlo es la brumosa corriente de opinión, reaccionaria cool, denominada “Alt-Right” en la que confluyen el conservadurismo cultural, el macartismo, el desprecio hacia el feminismo, minorías sexuales, religiosas, grupos étnicos marginados, y una fascinación por el ultraliberalismo, con las costumbres mas mainstream de la cultura joven occidental. Un ejemplo es la frecuente promoción que se hace de Bolsonaro en redes y foros de la cultura gamer. En donde se asocia al candidato con los protagonistas de videojuegos de guerra.

Un mundo de videos cortos en donde frases altisonantes y apelaciones a la violencia resultan tan reconfortantes para estos jovenes de clase media urbana como lo es el conservadurismo religioso para otros sectores sociales. No se puede comprender al ascenso de Bolsonaro, quién como sostenían distintos analistas “no tenía ni dinero, ni espacio en la televisión ni aparato partidario” y que por lo tanto no iba a poder crecer electoralmente, sin vislumbrar el activismo en redes, la distribución de fake news, las cadenas de Whatsapp, los videos y las fotos de Instagram, etc. Difusión que tuvo mas de activismo auténtico que de ejército de trolls. Sin negar que pudo haberlos habido.

Y que, gracias a esta militancia, consiguió el crecimiento en las encuestas de Bolsonaro. Lo que a su vez posibilitó la aparición de financistas. Estos millenials conservadores que comenzaron a juntarse de a pocos a través de las redes sociales organizan en la actualidad grandes concentraciones urbanas por toda la República Federativa. Y es un movimiento que empieza a tomar fuerza en toda América Latina.

La idea de que Brasil era un país en donde la televisión ordenaba todo fue sepultada en esta elección. Y se demostró que gran parte de la población no sólo tiene celulares con internet sino que consume política a través de ellos.

UN PROGRESISMO QUE NO PUDO, NO SUPO O NO QUISO

Tal como señalamos antes, no se puede entender el auge de la versión brasileña de esta marea sin dar cuenta de lo que fueron 14 años de gobierno petistas. Partido que llegó al poder con la promesa de traer una era de justicia y dignidad para las grandes masas de trabajadores y pobres de Brasil pero que ha terminado repudiado en la urnas por más de la mitad de la población. Durante los cuatro gobiernos del PT, dos de Lula y dos de Dilma Rousseff, se dieron fuertes mejoras en el nivel socioeconómico de la población pero jamás se logró hacer mella en la extrema pobreza estructural. Mejoras que se explican, más que exclusivamente por buenas políticas del Gobierno, por el hecho de que estos fueron los años en los que América Latina tuvo los precios de materias primas mas altos de la historia.

Además, el del PT fue un gobierno que desde el principio tuvo minoría parlamentaria, y que, por imposibilidad de hacer otra cosa, falta de coraje o negligencia, tuvo durante los 14 años de gobierno la misma política fiscal: ortodoxia liberal pura y dura, mezclada con desarrollismo mercadointernista. Una ortodoxia que ni siquiera forzó las propias posibilidades, estrechas, de reformas progresivas dentro del capitalismo.

Un gobierno que pudo contener a millones de trabajadores marginales que estaban afuera del sistema productivo desde hacía décadas (y que no podían ser empleados por una Industria cada vez menos capaz de competir en el mercado mundial) gracias a una fuerte expansión de los sectores primarios extractivistas. Actividades que engordan las arcas del fisco en épocas de precios altos, pero que dan poco empleo debido a su condición de capital-intensivas.

Es por eso que el gran caballito de batalla del PT fue su política asistencial. Que más que elevar a la clase trabajadora en general sirvió solamente para salvar de la inanición a porciones considerables de la población. Programas que ayudaron a reducir de manera significativa la indigencia y la desnutrición crónica. Pero que no fueron otra cosa que propuestas que el Banco Mundial sostiene desde los años 90. Esto explica cómo pudo ser que los únicos lugares en los que venció Haddad fueran las barriadas mas pauperizadas de las grandes ciudades o en el Nordeste. Región económicamente inviable hace mas de 100 años y que hasta bien entrado el gobierno Lula siempre había votado a políticos de derecha, la cría civil de la última Dictadura Militar.

Con el fin de los precios altos de commodities en 2012, Brasil entró en una profunda recesión de la que aún no ha logrado salir. Una depresión en la que millones de personas que habían salido de la pobreza han vuelto a engrosarla violentamente y la tasa de desocupación se ha duplicado. La política de Dilma frente a esta recesión fue profundizar el ajuste fiscal sobre los trabajadores y recortar los planes asistenciales. Lo que puso a ciertos lugares al límite de una hecatombe social. No obstante lo cual se insistió en esta política con la esperanza de que esto relanzaría el capital brasileño, cosa que hasta ahora no ha funcionado. Ni siquiera con la brutal ley de reforma laboral del sucesor de Dilma, su vicepresidente Michel Temer.

ANTIPETISMO PARA TODOS LOS GUSTOS

Todo esto, a la par que el PT emprendió (por la propia dinámica política brasileña, condimentada hace rato por todo tipos de criminales, lobistas, y trepadores) un camino de corrupción estructural que terminó destapado en la investigación judicial mas grande de América Latina: la Operación Lava Jato. Investigación que dispuso el encarcelamiento de referentes de los todos grandes partidos, especialmente del PT.

Fue en el marco de esta mega-causa que Lula terminó preso en un polémico caso en el que, vista las pruebas disponibles, probablemente haya primado la inquina hacia su figura más que la esperable imparcialidad judicial. Aunque tampoco resulta sencillo soslayar su papel en el complejo entramado de corrupción y capitalismo de amigos que atraviesa a toda la política brasileña.

Trama en la que varios de sus compañeros de partido se enriquecieron personalmente y en la que estuvieron involucrados en mayor o menor medida prácticamente todos los principales partidos. Fuerzas que terminaron bastante salpicadas: el liberal PSDB, el “atrapatodo” alquilado al mejor postor PMDB y el derechista conservador DEM (el heredero de la dictadura).

Pese a lo que el sentido común indica, ni Lula ni su partido fueron tan hegemónicos en lo que respecta a la opinión pública como se suele describir.

Este escándalo y la presión de tener que completar el ajuste para salir de la crisis en medio de un Gobierno sumamente desacreditado llevo a que muchos partidos (desde la derecha a la centroizquierda) que hasta ese momento habían formado parte del rosquero “presidencialismo de coalición”, rompieran con el PT e iniciaran un veloz juicio político al Gobierno de Dilma Roussef. Impeachment sostenido por empresarios aliados al gobierno hasta hacía cinco minutos, pero también por amplios sectores medios y empresariales que siempre habían sido antipetistas.

Hay que recordar que, pese a la modosidad del PT, hubo desde el comienzo un amplio sector de la sociedad brasileña, aguijonada por sectores dominantes, que nunca ocultó un profundo odio de clase, con notas de anticomunismo, hacia éste. Y también rememorar el hecho de que, pese a lo que el sentido común indica, ni Lula ni su partido fueron tan hegemónicos en lo que respecta a la opinión pública como se suele describir. Sobre todo el segundo, que nunca pudo superar los males endémicos del sistema de partidos de Brasil, fragmentado e inestable.

En las cuatro elecciones seguidas en las que accedieron a la Presidencia lo hicieron siempre en segunda vuelta. Podemos comparar esta dificultad para solidificar el poder con un Bolsonaro que quedó a poco de ganar en primera vuelta. O las dos elecciones con casi el 60% de Fernando Henrique Cardoso en 1994 y 1998, para comprender la razón por la que el Petismo nunca estuvo ni cerca de tener una hegemonía política en el país.

Este Antipetismo, que fue sólido incluso en momentos de boom económico, ganó vigor cuando sumó, por izquierda, a grandes sectores descontentos y dispuestos a protestar. Esta mayoría de trabajadores, otrora votantes de Dilma, tomaron las calles para reclamar en contra de un ajuste fiscal que coincidía con derroches faraónicos en el marco del Mundial de Fútbol de 2014. Y que se unió a un sector cada vez mas importante de las clases medias mineiras, cariocas, paulistas, y del Sur rico de Brasil. Las que se organizaron por derecha y que, al reclamo en contra del ajuste y la corrupción, le sumaron el una importante dosis de “macartismo”.

El protagonista de la política contemporánea latinoamericana y brasileña será por un largo tiempo el Lava Jato. Una operación que muchos ven como una conspiración de EEUU para perjudicar al capital brasileño y chino (por la inserción del gigante asiático en Brasil) pero que ha sido lo suficientemente profunda, encarcelando a grandes empresarios e integrantes de la camarilla política de todas las fracciones, como para que sean innegables tanto la veracidad de gran parte de lo destapado, como su aporte a la hora de sacar a la luz un problema endémico: la corrupción estructural.

Una investigación que implosionó al descompuesto sistema político brasileño y que condujo a amplios sectores del electorado brasileño a cabrearse con los partidos que solía votar. Sectores que terminaron recurriendo, pese al intento de las clases dominantes por instalar al candidato del PSDB Geraldo Alckmin, a una salida que nadie tomaba en serio: el capitán retirado del Ejército Jair Messias Bolsonaro. Quién pasó a la fama nacional en 1999 por reclamar públicamente el regreso de la tortura, el magnicidio del presidente Fernando Cardoso y “completar la misión iniciada por la Dictadura y eliminar 30 mil personas”.

LOS THACTCHERIANOS TROPICALES

Una característica propia del bolsonarismo y que difiere de la mayoría de los movimientos que forman parte de la marea reaccionaria global es su crítica al populismo y la alianza de este con el sector mas dinámico y ultraliberal del empresariado brasileño: especialmente el capital financiero. Esta alianza que suele llevar como insignia a la fallecida premiere británica Margaret Thatcher no es una alianza planificada como los cultores de teorías conspirativas suelen sostener: o sea, un plan secreto del capital mundial para derrocar gobiernos populares e imponer férreos gobiernos fascistizantes. Teoría que resulta atractiva a simple vista pero que se da de bruces con varios hechos de la realidad. Por ejemplo que The Economist, publicación liberal por excelencia, no solo ataca duramente a Bolsonaro y a todo tipo de reaccionarios de su tipo, sino que se la pasó elogiando a Lula durante casi una década.

Lo que este ascenso demuestra es que, frente a la falta de otra salida creíble,  ciudadanos desesperados se volcaron a estas derechas duras y el mercado.

En cambio, lo que este ascenso demuestra es que, frente a la falta de otra salida creíble,  ciudadanos desesperados se volcaron a estas derechas duras y el mercado, que se rige por la fría racionalidad instrumental (y no por valores liberal-humanistas) tuvo que resignar su deseo de imponer a un candidato que nunca subió en las encuestas, y apoyar a otro, impredecible, con respaldo popular y que coincidía con los financieros en su visión de la economía. Sobre todo porque apoyar al PT les resultaba imposible. Sea por dogmatismo ideológico, o por considerarlo incapaz de ejecutar el ajuste necesario. Es aquí que entra en la ecuación el popular columnista Paulo Guedes y futuro Ministro de Hacienda de Bolsonaro. Un conocido consultor económico, fanático de la apertura de los mercados y enemigo público de todo tipo de derechos laborales. Que debido a la fuerte dependencia e imbricación con el Estado del (desarrollista) empresariado brasileño, nunca había sido considerado para el cargo.

A VIOLÊNCIA NÃO TEM FIM

De todos los factores, uno de los mas importantes para comprender la victoria en Segunda Vuelta de Jair Bolsonaro es la brutal ola de crimen callejero que experimenta Brasil desde hace décadas. Pero que luego de seis años de recesión y recortes sociales se ha intensificado a niveles alarmantes. Con un gobierno corrupto e ilegítimo y un sistema de partidos políticos descompuesto.

Frente a esto se da la militarización de ciertos territorios y un inédito retorno de la violencia política urbana. Que en zonas rurales persiste hace décadas.

Brasil es uno de los países más desiguales y estratificados del mundo desde hace por lo menos 50 años. Su miseria, generalizada que llega a niveles africanos en el Nordeste y en algunas barriadas de los centros urbanos, convive al mismo tiempo con grados de desarrollo económico y social superiores a los de países ricos, especialmente en las capitales del centro y sur del país. Grandes urbes en las que esta dualidad, miseria estilo Calcuta y riqueza tipo Beverly Hills, conviven muchas veces a unos pocos metros de distancia. Un ejemplo tragicómico de esto es que debido a la alta tasa de delito y al atiborrado tránsito, San Pablo es el ciudad del mundo con mas helicópteros per cápita.

Grandes urbes en las que esta dualidad, miseria estilo Calcuta y riqueza tipo Beverly Hills, conviven muchas veces a unos pocos metros de distancia.

Tal como señalan numerosos criminólogos, es precisamente esta combinación de pobreza extrema y riqueza extrema la principal raíz de una violencia criminal multicausal. Los datos hablan solos: 17 de las 50 ciudades mas violentas del mundo son brasileñas. Un listado que tiene solo un país no americano (Sudáfrica), 4 ciudades estadounidenses y, por ejemplo, ninguna de Medio Oriente. La heterogénea América Latina es precisamente la mas dispar de las regiones del mundo. Aunque comparte barrio con los Estados Unidos, el país que mas armas vende en el mundo y que mas drogas consume.

Las estadísticas exponen indicios impactantes. Como por ejemplo que Brasil fue el cuarto país del mundo con mas homicidios per cápita de los  años 80. Década en la que el milagro económico brasileño (que en décadas previas había señalado la posibilidad que el coloso sudamericano se convierta en un país desarrollado) empezó a desbarrancarse.

Criminalidad que es posibilitada por una vasta trama de corrupción, tanto a nivel político y judicial como, sobre todo, policial.

Fenómeno que se agravó por el boom en los ‘80 del consumo de drogas duras por parte de clases medias y altas. Las que nunca sufrieron el peligro de que sus hogares sean invadidos por grupos de asalto de la Policía.

Y la solución proporcionada por el Estado frente al auge del crimen ha sido siempre la misma: “meter bala” y hacer correr ríos de sangre en las barriadas. Con excepción de algunas políticas sociales implementadas en el gobierno Lula, pero que fueron incapaces de perdurar en el tiempo.

Y es que en todo el país son incontables las masacres policiales urbanas. Chacinas que se acumulan en el acervo histórico hace décadas. A veces en operativos legales y muchas veces asaltos clandestinos. Matanzas que han tenido un relativo apoyo popular, como señalan distintas encuestas, y un tratamiento ambiguo por los medios de comunicación masivos.

Las estructuras represivas en Brasil, heredadas de la Dictadura Militar, no solo no han sido desmontadas sino que por el contrario han sido reforzadas. En este caso como fuerza de control social frente a millones de afrodescendientes que para el Estado representan mas una población sobrante que otra cosa. Y los 14 años de gobiernos progresistas no fueron la excepción a esto. No sólo porque fueron los primeros en enviar militares a pacificar las favelas en democracia y operativizaron muchas invasiones violentas a las barriadas. Sino por la relativa impunidad de los policías asesinos que han sido raramente condenados. Impunidad que comparten con los verdugos de la Dictadura. Y pese a que el sentido común considera esta violencia institucional un remedio frente al flagelo de la criminalidad, todos los datos indican lo contrario. No sólo porque no han contribuido a reducirla, sino porque es ejecutada por fuerzas enlazadas hasta el hueso con los delincuentes. Con oficiales de todas las jerarquías en la nómina de grandes grupos criminales como son el Comando Vermelho de Río de Janeiro y el Primeiro Comando Da Capital de San Pablo. Frente a los cuales los sectores honestos de la política, la judicatura y las propias policías tienen poco poder de fuego. Y es que detrás de las bandas hay dirigentes políticos y grupos financieros que protegen, distribuyen las mercancías ilegales, lavan el dinero y abastecen de armas a los criminales.

Este último un fenomenal negocio en el que participa por el ejemplo un sector del Ejército. Prestigioss en una sociedad que no condenó moralmente a una Dictadura relativamente blanda y larga en comparación a las otras. Y con la que pactaron todos los partidos.

Y si consideramos que una de las empresas de armamento mas grandes del mundo es la brasileña Taurus, la propuesta del Bloque da Bala de liberar la venta de fusiles, pistolas y ametralladoras empieza a tener sentido. Pese que en ningún lado redujo la violencia criminal sino todo lo contrario.

Sumado a esto ha regresado la violencia política urbana. Como se evidenció en el asesinato de Marielle Franco, vereadora municipal de izquierda. Ejecutada a la par que el corrupto Michel Temer decidía militarizar la ciudad.

Lo que coincide con un alza de la violencia homofóbica, racista y machista, de uso de la simbología nazi y otras muestras de intolerancia inéditas en el país. Intolerancia que más ha sido repudiada en manifestaciones callejeras, más ha crecido en las encuestas el ex militar.

Es por eso que Bolsonaro no necesita contar un aparato callejero como el que tenían los nazis para cumplir sus amenazas de aniquilamiento social. Tiene un amplio respaldo popular para hacerlo. Respaldo que desconoce que ese tipo de políticas nunca sirvieron para reducir el delitos.

Una red muy aceitada que tiene tantos parlamentarios propios que se los puede considerar un subgrupo en el Congreso. Y que pueden servir de columna vertebral de un sistema represivo nacional. Todo bajo el mando de un hombre que llamó a “barrer con los rojos” en un acto proselitista hace pocos días.

En caso de que Bolsonaro cumpla con las promesas que tanto entusiasmaron a sus votantes, las perspectivas son lúgubres. Una corporación imbricada con fracciones del crimen organizado y con un nivel de saña feroz hacia las clases populares, tendrá vía libre para llevar la violencia social a niveles nunca antes vistos en el Brasil democrático. Ante esta situación, México y su guerra contra el narco son un espejo que adelanta. Situación que debería llevar a la reflexión a quienes, por acción u omisión, crearon las bases para que un país como Brasil caiga en manos sumamente inquietantes. En lo que podría transformarse en una tormenta perfecta.

Martín Paolucci

Martín Paolucci

Periodista y analista internacional.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios