¿Europa para todos?

La Unión Europea se encuentra entrampada entre su alma neoliberal, que ya no logra dar respuesta a las demandas sociales, y el ascenso de la ultraderecha nacionalista que la combate. Frente a ello, los dirigentes de izquierda y progresistas tienen algo para decir, aunque quizá sea demasiado tarde. 

«Si pierdo solo seis escaños, habré perdido la elección y Jeremy Corbyn se hará cargo de la negociación con Europa». Estas fueron las palabras con las que Theresa May se dirigió a sus conciudadanos el año pasado, días entes de las elecciones a través de un tuit. Perdió 12 escaños y lejos de resignar su cargo, gobierna con los unionistas de Irlanda del Norte. Otro capítulo de su ascenso –y el de la Europa neoliberal– al hoyo.

«No era volver a la paz de 1930, cuando todo estaba gestionado por los ricos y para los ricos». Esto se escucha por voz de un anciano en el documental  “El espíritu del 45” que cuenta cómo los laboristas entendieron el significado de la nueva paz y construyeron el Estado del bienestar en el Reino Unido a partir de las ruinas de la Segunda Guerra y los escombros de la desigualdad.

David Cameron convocó el referéndum del Brexit para sofocar los reclamos del ala euroescéptica de su partido y frenar el avance del UKIP, el partido de Nigel Farage. Consiguió exactamente lo contrario: su salida del Gobierno y la del Reino Unido de Europa. Theresa May intentó con aquellas elecciones anticipadas fortalecerse para liderar un Brexit duro. También fracasó. Es más, el UKIP, que en las anteriores elecciones había obtenido uno de cada ocho votos, ha desaparecido. Todo se pierde, ¿algo se transforma?

Después del Brexit la mayoría de los análisis estaban abocados a cuestionar los datos demoscópicos y el temor a la volatilidad de los mercados. Pocas miradas se detenían en lo esencial: la volatilidad social. Desde ese lugar se alentó el Brexit y desde allí ahora se proyecta la imagen de Jeremy Corbyn.

May obtuvo sus votos en la franja madura del electorado. El triunfo del Brexit, estaba compuesto mayoritariamente por estos votantes. Ocurre que en las elecciones del año pasado los jóvenes sí acudieron a las urnas. Un 40% del voto de Corbyn provino de ciudadanos menores de 25 años y muy pocos de sus sufragios fueron aportados por los mayores de 65 años: solo un 16%. ¿La cuestión demográfica cuenta más que los intereses de clase? Es posible, pero también hay que observar que cada generación está dando respuestas a un problema común: la desigualdad instalada en el corazón del sistema como un factor estructural y no como mero ajuste coyuntural. El voto es volátil porque no encuentra cobijo en ningún relato. Las propuestas son cuentos cortos frente a la gran novela neoliberal. Se diría que incluso hasta las narraciones populistas tienen corto vuelo ante la ausencia de respuestas tangibles a las cuestiones cotidianas.

El voto es volátil porque no encuentra cobijo en ningún relato. Las propuestas son cuentos cortos frente a la gran novela neoliberal.

Corbyn emerge como una posible respuesta, como alguien que se ha enfrentado a sus propios compañeros del laborismo por defender posiciones más avanzadas hacia la izquierda y es posible que sea primer ministro.  Es lo que ha ocurrido en España con Pedro Sánchez, quien ha desbordado a la vieja dirigencia, al aparato partidario, utilizando, curiosamente, el argumento original de Podemos. Hoy gobierna junto a esa agrupación y ha puesto en marcha una paradoja: mientras la derecha se atomiza, la izquierda, por vez primera, se integra. Como en Portugal.

La cuestión está, tanto en el inesperado ascenso de Sánchez con muy breve margen de tiempo –y de maniobra– como en un hipotético gobierno de Corbyn, en qué respuestas darán al electorado ya que solo con indignación no alcanza. Lo señaló Edgar Morin: los indignados hacen críticas justas; denuncian, pero, ¿pueden enunciar?

Afirma Jürgen Habermas que se ha cambiado la pregunta que los países europeos se plantearon en su día: «¿por qué Europa?», para interrogarse ahora si existen razones para abandonar el proyecto que se ha construido hasta aquí, menospreciando incluso los éxitos alcanzados. La división que experimentamos, Brexit mediante y con amenazas latentes como el vínculo continental de Matteo Salvini y Marine Le Pen, una suerte de “internacional populista”, es, según Habermas, producto de la política equivocada que se impulsa ante la crisis.

El ahínco que Bruselas invirtió en su día para que el Reino Unido no abandonara el club fue proporcional a su indiferencia ante la posible salida de Grecia. La zona euro es un área de riesgo social. Hechos como el Brexit y amenazas de la ultraderecha la llevan al límite. Los planes de Corbyn, en el caso que alcancen el poder, existen de momento solo en potencia. Los de Sánchez, también en la medida de que gane las próximas elecciones y desarrolle un plan de carácter inclusivo. Al menos en la senda portuguesa.

Sobre el final del documental de Ken Loach aparece un graffiti pintado en la pared de una ciudad inglesa: «no es país para gente pobre». Esa es la cuestión que urge: perfilar un continente, un mundo, para todos.

Miguel Roig

Miguel Roig

Periodista y escritor. Su último libro es "Conversaciones con Alberto Garzón" (Editorial Turpial, Madrid, 2016). Escribe en El Diario.es y ha sido socio fundador del espacio cultural Hotel Kafka.

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