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Un país huérfano

La política argentina sigue orbitando en torno a “la grieta”: una división maniquea, pero que todavía ordena los empobrecidos discursos públicos. En un contexto de incertidumbre creciente, esta pauta divisoria comienza a mostrar su debilidad frente a un panorama político y económico cada vez más incierto.

“Se ‘fumaron’, se ‘timbearon’ los mejores momentos de la política económica del mundo”, le brama el Diputado Mario Negri a la bancada kirchnerista. “Dejen de gobernar desde el country”, le espeta Axel Kicillof a Marcos Peña en otro round legislativo. Por si no alcanza, Daniel Scioli y María Eugenia Vidal inauguran otro ring sobre la madre de todas las batallas, la provincia de Buenos Aires. Mafias, corrupción, narcotráfico y desidia alimentan el guión. Nada nuevo. Y, en la categoría “peso pesado”, Mauricio Macri activa –casi por reflejo– el marco agrietado. Previo al debate por el proyecto opositor que propone retrotraer el valor de las tarifas a noviembre de 2017, le exige al peronismo: “No se dejen llevar por las locuras de Cristina Kirchner”. Desde Calafate, la ex presidenta acepta el debate psiquiátrico y devuelve: “Macri dice que sin Cambiemos en el gobierno esta tormenta hubiera terminado como en el 2001… Y pensar que había algunos que decían que la loca era yo”. Crónica de un país estancado en un clivaje neurótico.

La grieta se transformó en simbiosis. Sí, tanto Cambiemos como el kirchnerismo dependen vitalmente del otro. El maniqueísmo dejó de ser un medio, ahora es un fin: la supervivencia. La novedad de este esquema dicotómico es que, entre las urnas del año pasado y el anuncio del FMI de mayo, conoció su techo. Cada uno ya limó lo máximo posible al otro. Se sacaron las capas flotantes (o simpatizantes), solo resisten los núcleos puros y duros. Quedaron aquellos que están más cerca del mantra que del sentido crítico. Según el mainstream demoscópico: un 20-25% para Unidad Ciudadana; un 25-30%, para el oficialismo. Del país partido en dos al país con una mitad polarizada.

La grieta se transformó en simbiosis. Sí, tanto Cambiemos como el kirchnerismo dependen vitalmente del otro. El maniqueísmo dejó de ser un medio, ahora es un fin: la supervivencia.

Cambiemos continúa siendo el eufemismo del antikirchnerismo rabioso. Es la institucionalización de aquel rechazo antropológico que nació en el 2008 con el conflicto agropecuario, creció en el “mano a mano entre el Frente para la Victoria y Clarín” y maduró con las marchas post-Nisman. El macrismo nunca pudo escapar de esa fase comunicacional adversativa y evolucionar hacia una posición dominante, donde pueda calibrar la agenda pública según su prisma ideológico. Todo su arsenal discursivo sigue apuntando a Unidad Ciudadana. Emplea una campaña negativa permanente, que solo se interrumpe (temporal y parcialmente) por las comunicaciones de crisis que encienden las corridas cambiarias, el modelo económico puesto en marcha y, en consecuencia, la ebullición social. Como resume el periodista Martín Rodríguez: la grieta opera como un atajo que le permite al oficialismo ser oposición de la oposición.

Del otro lado del cañón, replica Unidad Ciudadana. Desde el ballotage de 2015, el relato kirchnerista se muestra incapaz de reencuadrar, actualizar y ofrecer una alternativa de gobierno. Permanece anclado en el recuerdo. Se parece más a una nostalgia terca que a un proyecto de país. Su novedad discursiva es la disputa dentro del sistema de partidos. La díada ya no es contra poderes extrapartidarios como el Grupo Clarín, el campo, la oligarquía, el imperialismo, etc. No. Ahora la dialéctica es del alambrado para adentro, contra fuerzas mundanas que van a las urnas. Hay un sistema electoral que, como el año pasado, distingue entre ganadores y perdedores. Pasamos de la batalla cultural a la política agonal.

Hoy, ambas escuderías despliegan contra-relatos más que relatos políticos. Es decir, presentan narrativas con grandes dosis de negatividad (sin un horizonte constructivo y original de país), una limitada capilaridad social (que no les alcanza para ser hegemónicas) y una escasa plasticidad (flexibilidad para adaptarse a los cambios del entorno). Hay un déficit de persuasión, rasgo intrínseco a cualquier historia que aspira a conquistar el sentido ciudadano, en las dos historias. La corrupción (issue típico de la oposición en un sistema político estándar) monopoliza el libreto oficialista; la crisis económica (problemática difícil de comprender sin una historización de medio y, hasta incluso, largo aliento) acapara toda la trama de un movimiento que ocupó la nave estatal doce de los últimos quince años. Macondo, a veces, nos queda chico.

EL PERONISMO LÍRICO Y LOS PARLANTES QUE FALTAN

Abril de 2018, el otoño se despereza. Una vez más: Gualeguaychú, cuna de cónclaves partidarios. En este caso, testigo del nacimiento del autodenominado “peronismo racional”. Massistas, randazzistas y peronistas federales se congregan en esta cita. El objetivo es claro: pavimentar –de una vez por todas– la ancha avenida del medio. División de poderes, gobernabilidad, justicia social y Constitución conforman el marco teórico. Una ofrenda al “Perón del 73”, el león herbívoro. Algunos medios subrayan la sensatez de esta especie discursiva; otros, saturados del hit de la grieta, valoran la voluntad de síntesis. Los empresarios aplauden (desde lejos) este embrión de poder. La CGT se ilusiona con un refugio orgánico. A nadie le hace ruido. Afuera, en el país real, la mayoría ignora el suceso. El círculo rojo es un búnker donde no llega el eco de las masas.

El peronismo lírico suena elegante, pero convoca poco. Su corrección política inhibe cualquier atisbo de épica. Y los movimientos populares se sostienen sobre políticas públicas eficaces, pero también sobre hitos. Hasta el momento, este justicialismo carece de anhelo de trascendencia. No puede salir del “tercerismo” y la “formalidad” que le asigna la grieta. El politólogo Murray Edelman decía que “el lenguaje ambiguo es un signo y facilitador de la negociación”. Bueno, este modelo peronista, por ahora, no se sacó el traje discursivo de mediador. Afilar su vocabulario, determinar su razón histórica y dotar de un principio de esperanza al país, parece ser el trípode que le urge conseguir. Esto le va a brindar un nervio narrativo; un imán que contagie, provoque y lo ayude a superar el estatus de micro-relato que actualmente posee.

Estamos viviendo una anarquía narrativa: caos identitario, desorden semántico, crisis de representación emergente y ausencia de líderes inspiradores.

En el “under político” se mantiene la socialdemocracia doméstica. A esta corriente ideológica, que aglutina al socialismo santafesino, al radicalismo alfonsinista y al GEN de Margarita Stolbizer, todavía le cuesta encontrar ese espacio entre la izquierda y lo posible. Al frente –durante tres mandatos– de Santa Fe, una de las provincias más gravitantes del país, con índices, relativamente, elevados de aprobación, es curioso que el discurso progresista no cuente aún con unos parlantes nacionales para proyectarse. El declive del kirchnerismo, competidor directo por el votante de centroizquierda, le abre una ventana de oportunidad a “la república sensible”. Solidaridad, igualdad y libertad (tanto individual como colectiva), los valores clave para escribir su bestseller y meterse de lleno en el debate mayor.

 ANARQUÍA NARRATIVA

 Dos contra-relatos y dos micro-relatos circulan en el imaginario social. El concepto de “empate hegemónico” de Juan Carlos Portantiero podría definir este momento del país: ninguna fuerza tiene la capacidad para imponer su cosmovisión. La energía                       –comunicacional, política, cultural y social– alcanza solo para vetar el proyecto del adversario. Pero sería demasiado pretencioso. La situación es más desoladora. En realidad, estamos viviendo una anarquía narrativa: caos identitario, desorden semántico, crisis de representación emergente y ausencia de líderes inspiradores. En otras palabras: Argentina adolece de un relato madre que la encauce.

Un relato potente homogeneiza. Sirve para compartir valores, construir un “nosotros”. Nos hace sentir parte de una misma causa, cultura o nación. En un mundo que duda       –cada vez más– de relatos con profundidad histórica y consistencia moral como democracia, derechos humanos y república, este vacío se agudiza. Zygmunt Bauman decía sobre los tiempos que corren: “Hoy únicamente podemos albergar dos certezas: que hay pocas esperanzas de que los sufrimientos que nos produce la incertidumbre actual sean aliviados y que solo nos aguarda más incertidumbre”. Y, como siempre, a los argentinos nos encanta exagerar las modas globales.

 

Gonzalo Sarasqueta

Gonzalo Sarasqueta

Profesor UCA, USAL. Coordinador del Posgrado en Comunicación Política de la UCA. Es Licenciado en Comunicación Social (UNLP), Máster en Periodismo (Universidad de Barcelona/ Columbia University), Máster en Ciencia Política (Universidad Complutense de Madrid) y Doctorando en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid.

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