¿Alguien dijo utopía?

La última utopía argentina está en un cuartito de la calle Humahuaca: es una maqueta de la c de Gyula Kosice. Luego de afirmar en 1944 que “el hombre no ha de terminar en la Tierra“, Kosice se dedicó a maquetar en plexiglás un conjunto de hábitats móviles que estarían suspendidos a mil metros sobre el nivel del mar. Ese proyecto, con el que pretendía resolver la superpoblación y liberar al hombre de la arquitectura tradicional, lo mantuvo ocupado durante los siguientes 20 años. Para entonces ya la palabra “utopía” había sido anatemizada como germen de violencias, despreciada por inútil o llorada inocuamente por la izquierda melancólica. Así renunciamos a toda idea de futuro mientras el capitalismo nunca renunció a sus utopías. Es una buena oportunidad para repensarlas.

EL INSTINTO CONTRA ESTE MUNDO

En el verano de 1922, Lewis Mumford entregó a la imprenta su Historia de las utopías y partió a pasear por Europa. Lo había escrito en seis meses. Con la melange platónico-freudiana que caracterizaría a toda su obra, Mumford distingue a las “utopías de escape”, con las que compensamos idealmente la dura realidad, de las “utopías de reconstrucción”, que establecen las condiciones de nuestra futura liberación.

Son muchos los instintos que nos llevan a imaginar detalladamente mundos mejores: el impulso infantil por el extrañamiento de lo familiar, la pasión banal por los croquis y las enumeraciones, el deseo por destruir todo y empezar de nuevo. Ernst Bloch postuló que existe un oscuro pero omnipresente impulso utópico en cada cosa que hacemos con miras al futuro. Podemos encontrar suplementos utópicos en nuestras prácticas de consumo, incluso en las propias mercancías. Vivimos rodeados de un utopismo material.

REALISMO UTÓPICO

“La utopía lejos de estar en ningún lugar ha estado siempre algún lugar: en Esparta, en la Cristiandad primitiva, en los monasterios, entre los pueblos indígenas del Nuevo Mundo”, dice el historiador Gregory Claeys. En efecto, el impulso utópico no es un ejercicio fantasioso sino una especulación realista que toma experiencias concretas como modelos para utopías practicables. Así, Platon respondió a la crisis de la polis ateniense con una idealización del campamento espartano; Tomás Moro, a la crisis del feudalismo con una idealización de la vida monástica. Christopher Kendrich llega a afirmar que la isla de Utopía combina todos los modos de producción precapitalistas en el esfuerzo de Moro por detener al capitalismo incipiente.

Los utopistas del siglo XVII absorbieron el desarrollo científico de la época para concebir sociedades progresistas y premonitorias. Cristianópolis de Johann Valentin Andreas (1619) tiene edificios de departamentos para parejas jóvenes, lavanderías, igualdad de género en las tareas domésticas y laboratorios a cargo del Estado. La Ciudad del Sol de Tommasso Campanella (1602) cuenta con automóviles y jornadas laborales mínimas gracias a las máquinas. La Nueva Atlántida de Francis Bacon (1624) garantiza el bienestar general mediante la Casa de Salomón, un centro de experimentación científica abocado a “el conocimiento de las causas y secretos movimientos de las cosas, y la ampliación de los límites del imperio humano”.

Los utopistas del siglo XVII absorbieron el desarrollo científico de la época para concebir sociedades progresistas y premonitorias.

Convendría no exagerar el modernismo de estas utopías: Cristianópolis y La Ciudad del Sol son básicamente teocracias; Andreas confiaba en la piedra filosofal para abolir el dinero y Bacon en el “elixir de la vida eterna” para la salud de sus bensalemitas. Todos tenían una noción hermética del conocimiento que terminaría inspirando a masones, illuminati y rosacruces. Aún así, es indiscutible que estas primeras utopías estaban cargadas de futuro y sentido práctico.

VIVIR EN UNA MÁQUINA

La revolución industrial del siglo XIX inspiró a una nueva generación de utopistas. Hombres de acción como Henri de Saint-Simon, Charles Fourier y Robert Owen, decididos a combatir la revolución y domar el cambio tecnológico con ingeniería social. Los tres dejaron su impronta en  funcionarios de Estado, profesores universitarios, cooperativas y sindicatos, y el precedente del falansterio para tantas torres y barrios privados del presente. A Saint-Simon le debemos la primera pastoral tecnocrática: un gobierno mínimo y profesionalizado sin más ideología que la eficacia y el desarrollo tecnológico.

La revolución industrial del siglo XIX inspiró a una nueva generación de utopistas. Hombres de acción como Henri de Saint-Simon, Charles Fourier y Robert Owen, decididos a combatir la revolución y domar el cambio tecnológico con ingeniería social.

A fines de siglo el paroxismo tecnocrático era total. En 1888 Edward Bellamy publicó Mirando hacia atrás 2000-1887, una novela en la que un joven bostoniano despierta en el año 2000 y se encuentra con un mundo ideal que erradicó al individualismo mediante un sistema de producción centralizado en el que todos participan como accionistas de las empresas estatales y como miembros de un ejército de trabajadores con servicio obligatorio por 24 años, so pena de cárcel por no trabajar. Las mujeres pueden optar por la maternidad. En la novela de Bellamy hay coches que vuelan, comedores colectivos, tarjetas de débito, radio, televisión, y poca, muy poca libertad. En menos de un año la novela vendió 400.000 ejemplares solo en Estados Unidos, fue traducida al chino e inspiró movimientos políticos en los cinco continentes.

El colectivismo industrial-militar muchas veces se combinó con el darwinismo y la eugenesia para dar lugar a utopías como Pyrna: una comuna (1875), de Ellis James Davis, o “El niño del falansterio”, de Grant Allen, en las que no se permite vivir a los niños enfermizos. En Vida en Utopía (1890), de John Petzler y Kalomera: historia de una comunidad notable (1911), de W. J. Saunder quienes padecen enfermedades tienen prohibido casarse. Este tipo de utopismo opresivamente moderno pronto generó una reacción de utopías campestres con John Ruskin, William Morris, Herman Melville, W. H. Hudson y W. D. Howells, bucólicas y encantadoras pero solo posibles en la medida en que el imperialismo anexaba territorios enteros sin urbanizar. El contenido potencialmente distópico de las utopías empezaba a hacerse notar.

EL JUICIO DE MUMFORD

Cuarenta años después de publicar su Historia de las utopías, Mumford le agregó un nuevo prólogo en el que repudiaba la disciplina autoritaria de los proyectos utópicos, su negación del crecimiento y la conflictividad humanos. En 1964 profundizó esa crítica en La utopía, la ciudad y la máquina. El modelo de utopía que heredamos de los griegos-afirma Mumford-es básicamente urbano porque ellos a su vez tomaron como modelo a las antiguas ciudades neolíticas de Creta y el Cercano Oriente: residencia de monarquías teocráticas que administraban las vidas de sus súbditos sobre la organización mecánica de la sociedad como un ejército. Este tipo de máquina urbana no resistió la presión espontánea de la comunidad campesina y el mercado, pero ese modelo social cerrado, reglamentado y administrado desde el centro inspiró a todas las utopías siguientes, así como el antihumanismo del siglo XX.

Luego de la segunda guerra mundial, los enclaves y proyectos utópicos quedaron encerrados en la lógica bipolar sin mucho criterio ideológico: Occidente secuestró las granjas cooperativas israelíes; la Unión Soviética hizo otro tanto con varios nacionalismos africanos. La imaginación colectiva se simplificó. El juicio de Mumford participaba de un humor hemisférico para el que la utopía, la ambición prometeica de buena vida, era uno de tantos enemigos de la sociedad abierta.

Luego de la segunda guerra mundial, los enclaves y proyectos utópicos quedaron encerrados en la lógica bipolar sin mucho criterio ideológico: Occidente secuestró las granjas cooperativas israelíes; la Unión Soviética hizo otro tanto con varios nacionalismos africanos.

La caída del comunismo fue la desgracia del pensamiento utópico. El capitalismo, en tanto, pudo captar la libido de las utopías contraculturales y reinventarse en el neoliberalismo. El error de llorar fin de las utopías es seguir buscándolas en la política cuando ahora nacen en el mercado.

DEL CAPITALISMO UTÓPICO A LAS UTOPÍAS CAPITALISTAS

La libertad capitalista no es el enemigo natural del perfeccionismo utopista. En 1978 Pierre Rosanvallon escribió El capitalismo utópico, en el que distingue al capitalismo práctico de otro ideal, fundado en la ética de Adam Smith: una sociedad liberal transparente y autorregulada, y que puede extender a todos por órdenes la confianza en la capacidad espontánea de los individuos para ordenarse. Las pasiones se armonizan solas, la política se funde con la economía, la representación no hace falta, el debate y el conflicto son reemplazados por reglas impersonales de funcionamiento. Este ultraliberalismo potencialmente totalitario fue abrazado por izquierdistas como Godwin y Marx y rechazado por conservadores como Hegel y Burke.

En 1998 Rosanvallon agregó una Introducción al libro en la que advierte que ese capitalismo utópico se acentuó desde los ochentas y que para evitar que la alternativa se coagule alrededor del antiliberalismo era necesario recuperar la política como lo hiciera Hegel. En 2018 podemos decir que eso no pasó. Hoy el mundo se debate entre un antiliberalismo creciente y un capitalismo que sigue proyectando alegremente enclaves utópicos como WeWork, un falansterio 2.0 para que los freelancers ya no distingan su vida del trabajo. O no tan alegres: Douglas Rushkoff observa que los más prometeicos proyectos de la burguesía digital (la colonización de Marte por Elon Musk, el envejecimiento revertido de Peter Thiel o la inmortalización de Ray Kurzweil mediante el upload de su mente a una supercomputadora) apuntan a una sola cosa: huir de este mundo justo antes de que se derritan los polos, se agote la tierra, se difundan las pestes o la bandera de Gilead flamee sobre la Casa Blanca.

Hoy el mundo se debate entre un antiliberalismo creciente y un capitalismo que sigue proyectando alegremente enclaves utópicos como WeWork, un falansterio 2.0 para que los freelancers ya no distingan su vida del trabajo.

La tragedia es que ya no se trata de un capitalismo utópico que transforme a la sociedad, sino de utopías capitalistas desarticuladas, enclaves que nos excluyen. Mientras tanto, seguimos paralizados, temerosos de pensar ya no una utopía sino el mero futuro, so pena de caer bajo el juicio de Mumford y sonar totalitarios.

UTOPÍAS DESPUÉS DEL FUTURO

Vivimos en una época análoga a los años anteriores al socialismo utópico: un acelerado desarrollo material que no va acompañado por ideas alternativas de futuro. Para Fredric Jameson la colonización del futuro por el capital nos obliga a pensar utópicamente. Solo la perturbación utópica, es decir la meditación representativa sobre la diferencia radical, nos permitiría recuperar algún sentido político de futuro o, al menos por la negativa, hacernos más conscientes de nuestro aprisionamiento mental.

Ahora bien ¿es posible imaginar algo tan distinto a lo conocido, romper la tesis de incognoscibilidad? ¿Dónde encontrar una literatura utópica capaz de reclamar el absoluto y a la vez ser representable y deseable, de convencer?

En Arqueologías del futuro, Jameson ensaya una respuesta invirtiendo el postulado de Darko Suvin: el utopismo posible hoy es la ciencia ficción. Si para György Lukács la novela histórica que expresó la cosmovisión burguesa entró en decadencia a partir de Flaubert, para Jameson es porque a partir de allí la posta la tomó la ciencia ficción. Primero Verne, luego Burroughs y Amazing stories, finalmente la sci fi sociológica y especulativa de los ‘60 prepararon a los lectores para el impacto del futuro como experiencia diaria, extrañaron al presente como el pasado de algo por venir.

¿Es posible imaginar algo tan distinto a lo conocido, romper la tesis de incognoscibilidad? ¿Dónde encontrar una literatura utópica capaz de reclamar el absoluto y a la vez ser representable y deseable, de convencer?

Pero Jameson sabe que desde Ballard en adelante la ciencia ficción solo pudo dramatizar nuestra incapacidad de pensar el futuro. Las redes ciberpunks están más cerca de las metautopías autonomistas de Robert Nozick que del gusto de Jameson. Sin embargo, esta ilusión utópica descentralizada del neoliberalismo también puede servirnos. Sólo tenemos que apelar a Friedman, no Milton sino Yona: el arquitecto húngaro que, 25 años antes que Bruno Latour y Manuel DeLanda, concibió a la sociedad como redes de personas y cosas en sus Utopías realizables de 1975. Para Friedman esas redes son necesariamente cortas, por lo que concibe un archipiélago de utopías urbanas incomunicadas entre sí. Para Jameson, esos enclaves utópicos diversos podrían federarse dentro de una infraestructura global planificada.

Para nosotros, hijos del neoliberalismo, esa infraestructura global es el capitalismo. Desde el Mediterráneo de Fernand Braudel hasta la internet, muchas veces el mercado fue la infraestructura para federar los enclaves más diversos. Podemos valernos de él para articular lo folk y lo prometeico, la política territorial con una idea de futuro. El realismo utópico de Claeys nos enseñó a trabajar con lo que hay, “reapropiarlo como un modo de concebir un futuro realizable. Funciona como un mapa para evitar los resultados menos deseables y alcanzar los mejores”. Disputar los enclaves utópicos del capitalismo y generar los propios sin miedo a su alcance, son formas concretas de abrir un futuro abstracto. Y por fin retomar el plan del viejo Gyula: “La premisa es liberar al ser humano de toda atadura. Esta transformación adelantada por la ciencia y la tecnología, nos hace pensar que no es una audacia infiltrarse e investigar lo absoluto, a través de lo posible, a partir de una deliberada interacción imaginativa y en cadena. Una imaginación transindividual y sin metas prefijadas de antemano”.

 

 

Alejandro Galliano

Alejandro Galliano

Licenciado en Historia y periodista. Es co-editor de Panamá Revista y colaborador de revista Crisis. Se desempeña como dibujante bajo el seudónimo de Bruno Bauer. En twitter es @bauerbrun.

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