El corazón y el bolsillo

El consumo fue un pilar fundamental del modelo político y económico kirchnerista, no así para Cambiemos. A pesar de la recesión económica y la inflación creciente, el gobierno sigue contando con cierto margen de acción entre sus votantes con la promesa de no volver al pasado. Por ahora, el corazón le gana al bolsillo. 

Se sabe que a nivel individual el consumo puede ser una gran fuente de satisfacción. No sólo por la posesión y uso del objeto deseado, sino también -en algunas personas- por la pertenencia social o tribal que ese objeto acarrea: un fetichismo, en general, mal ocultado.

A nivel social, el consumo puede ser un importante factor para que un modelo económico concite adhesiones. Pero no es infalible.

Durante algunos años del gobierno anterior, un importante elemento de legitimación de las políticas gubernamentales fue el fomento del consumo. Un arsenal de medidas de todo tipo estuvieron orientadas a impulsar hacia arriba el consumo de los hogares, con la convicción de que ello movería la rueda de la producción, en un modelo virtuoso motorizado por el mercado interno.

Control de precios, subsidios a las tarifas energéticas en los hogares y a los combustibles, sumadas a ciertos controles aduaneros y, al final del ciclo, algunas trabas para comprar dólares “en blanco” -en Argentina, “blanquear tu economía” equivale a “poner trabas”-, tendrían efectos benéficos sobre la masa de consumo. Por otro lado medidas como la AUH o la moratoria previsional lograron dotar a muchos hogares de ingresos fijos de los que anteriormente carecían. En la medida que se “ponía dinero” en los bolsillos más carenciados, con poca o nula capacidad de ahorro, esa parecía ser la jugada maestra en ese esquema de crecimiento económico.

Desde el antimacrismo se decía que un gobierno de Cambiemos atentaría contra nuestra capacidad de consumir, mientras que del otro lado se señalaba que el consumo de la década pasada estaba artificialmente sostenido por el gasto público y que eso había sumergido al país en la ruina.

De hecho, el consumo fue un eje fundamental de la campaña de Scioli y de la llamada “campaña del miedo”. Desde el antimacrismo se decía que un gobierno de Cambiemos atentaría contra nuestra capacidad de consumir, mientras que del otro lado se señalaba que el consumo de la década pasada estaba artificialmente sostenido por el gasto público y que eso había sumergido al país en la ruina. Que muchos sectores estaban consumiendo por encima de sus posibilidades reales y que eso debía ser corregido con urgencia.

En definitiva, todos estábamos de acuerdo en lo que iba a pasar: los precios iban a subir. La única diferencia es que unos lo justificarían considerándolo como algo razonable en ese contexto, mientras que otros dirían que era consecuencia de la identificación del gobierno de Cambiemos con los intereses de las clases altas, los formadores de precios y las empresas a las que muchos miembros del gabinete representan en primera persona.

Pasaron cosas. Ganó Macri y, efectivamente, todos tenían razón. Los precios subieron, cosa que a nadie sorprendió. Ante los hechos consumados, el diagnóstico fue claro: el gobierno soltó la mano de las empresas para aumentar los precios, liberó parcialmente el dólar -lo que generaría impacto sobre algunos otros precios- y retiró los subsidios paulatinamente a gran parte de las empresas de servicios, de modo que esas tarifas aumentaron brutalmente. Como el kirchnerismo no ocultó en ningún momento la existencia de subsidios, las usinas gubernamentales de Cambiemos -portadores de un set de ideas “libremercadistas”- pudieron caracterizar la nueva era como de “precios sincerados”. Ese sinceramiento nos iba a dar los precios tal cual debían ser, es decir sin la injerencia y la distorsión estatal.

Entonces, la discusión que originalmente era sobre un tema económico, nos ofreció una arista que no esperábamos.

El 2001 de la Alianza demostró que el límite de la clase media eran los ahorros y muchos creyeron que 17 años después el límite de la clase media de estos días sería el “consumo cotidiano”. De hecho, las quejas de los cambiemitas durante el kirchnerismo podían habilitar esa línea de pensamiento: se quejaban del cepo al dólar y no dejaban de caracterizar a la “inflación” como uno de los grandes problemas de lo que ellos caracterizaban como “populismo emisionista”.

Avanzado el gobierno de Cambiemos, con su consiguiente aumento de precios, algunos  esperaban la reacción de sus votantes, pero muchos de ellos mostraron una carta que no estaba en el mazo de nadie.

Apareció de parte de los defensores del gobierno de Macri una sorpresiva “ética del pagador” y que -en mi opinión- fue mal leída por muchos de los que se oponen a este gobierno.

Me refiero a la frases tipo “no importa ajustarme, si es el costo a pagar por un gobierno que me guste”, “no importa que aumente todo, pero lo anterior era una farsa”, o la más elocuente y repudiada “pago lo que sea, pero no vuelven más”. Esto quedó resumido, quizá de forma burda, con Alfredo Casero criticando a los que “piden flan”. Y se complejiza cuando vemos que el público al que estaba destinada esta ironía entendió el asunto exactamente al revés.

Creo que es un gran desplazamiento del eje, desde lo económico hacia lo político o lo moral. De esa manera, tenemos que ese sujeto al que se lo corría por el bolsillo, al que se lo consideraba despolitizado y carente de una sensibilidad que fuera más allá de su economía y su bienestar, nos demuestra que en su escala de valores hay cosas que están por encima de su consumo: el “no robar”, “el populismo”, el “favorecer a los que no lo merecen”. Pura subjetividad, pura política.

Para mí es clave anotar que hoy por hoy es la política o la ideología la que le está dando una sobrevida al proyecto (si es que lo hubiera) de Cambiemos. Una política que se impuso a una agenda económica que no deja de dar malas noticias.

No ignoro que la imagen de la corrupción kirchnerista tuvo un fuerte componente de construcción mediática y que el público que cree plenamente en los cuadernos considera que los empresarios corruptos fueron en realidad víctimas de un sistema perverso instrumentado por los Kirchner y De Vido.

Pero volviendo a los debates cotidianos, a los latiguilos de “¡te estaban subsidiando la luz, el gas, el transporte!” creyendo que esos eran argumentos válidos para generar un quiebre en nuestro compañero de trabajo, en el almacén, en el taxi, se recibía como respuesta un “se robaron todo”, que prescinde de los eventuales beneficios obtenidos durante aquellos años. Les hablaron con el bolsillo y contestaron con el corazón: porque allí se ubica la caldera del odio al que los medios arrojan todos los días su leño.

Para mí es clave anotar que hoy por hoy es la política o la ideología la que le está dando una sobrevida al proyecto (si es que lo hubiera) de Cambiemos. Una política que no prescindió de los medios -y sus ficciones, claro está-, pero una política -o un “reflejo discursivo” acerca de ella- al fin. Una política que se impuso a una agenda económica que no deja de dar malas noticias. Pero nadie puede vivir respondiendo a reflejos. Agota y tensiona.

Queda por ver hasta qué punto el macrismo (que ha resultado atractivo para una cierta subjetividad que siente que su malestar económico puede soportarse si el clima social se rige por los valores que se considera correctos) logra sostener esta adhesión. Queda también el dato probable de que muchos de sus adherentes aún conservan cierto poder adquisitivo, probablemente no han sido los más afectados por la dificil situación económica. Conservan sus empleos, buenos ingresos, cierta capacidad de ahorro, mantienen su capacidad de consumo y muchos de ellos ni siquiera se han endeudado. 2001 nos dijo que los ahorros son el límite, pero ahora vemos que quizás lo fueron por la forma traumática en que se presentó la incautación. Quizás el macrismo le coma los ahorros de a poco y en un efecto de “rana hervida” sostengan su apoyo a un gobierno que ha puesto “las cosas en su lugar”, haciéndolas coincidir con el lugar que esos mismos adherentes les habrían adjudicado.

Finalmente, queda para nosotros el desafío de dejar de hablar con el bolsillo y producir argumentos para esos corazones que no nos quieren escuchar.

¿Y si al final era la política?

Pablo Suárez

Pablo Suárez

Licenciado en Historia (UNR). Ha sido docente de EEMPA y en Bachilleratos populares, publica ocasionalmente en los medios gráficos de Rosario. Ha publicado dos libros en solitario; uno de crónicas, "Rosario, ciudad ocupada" (Baltasara editor, 2017) y otro de fútbol "Central de la A a la Zof".

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