Los invasores del fin del mundo

En 1946, llevaron a Tierra del Fuego 20 castores de Canadá con la idea de fomentar la industria peletera. Ahora, casi 80 años después, sin predadores y con inmensos bosques deshabitados para ellos, se han multiplicado hasta llegar a superar los 100 mil y convertirse en una verdadera plaga.

El castor construye por instinto diques para inundar todo y hace su madriguera en el medio del lago artificial que crea y así busca protegerse de unos predadores que en realidad no tiene en Tierra del Fuego. Esa inundación mata el bosque, porque los árboles patagónicos, lenga, guindo y ñire, son mucho menos resistentes que los de Canadá, la patria natural del castor: no la soportan y van muriendo.

Además, el roedor corta los árboles que sobreviven a la inundación para hacer más fuerte su dique y más grande su lago. Los árboles de ribera del hemisferio norte, como sauces o álamos, rebrotan si son cortados por un castor. Las lengas, los ñires y los coigües, especies autóctonas, evolucionaron sin este roedor y mueren si las cortan. Su crecimiento es además muchísimo más lento: para alcanzar los 15 metros una lenga necesita entre 80 y 100 años de vida. Un castor tarda tan solo unos días en derribar este árbol y, en el caso de ejemplares jóvenes, con troncos de entre 20 y 30 centímetros de diámetro, son suficientes unas pocas horas de trabajo con sus afilados dientes.

Estos animales hermosos, herbívoros y mitificados por los dibujos animados, encontraron un hábitat ideal: es el clima que necesitan, pero sin los predadores que merodeaban en su zona de origen.

Los castores ya han destruido en Tierra del Fuego una zona equiparable a dos veces la ciudad de Buenos Aires, unas 30.000 hectáreas. Esto pasa cuando se introducen especies exóticas en ambientes vulnerables como el de los bosques patagónicos, uno de los más australes del mundo.

Los castores ya han destruido en Tierra del Fuego una zona equiparable a dos veces la ciudad de Buenos Aires.

CASTOR CANADENSIS

Los castores son roedores semiacuáticos que tienen cuatro incisivos de un color naranja protegidos con un esmalte que los endurece para poder roer los troncos de los árboles. El “sistema” de trabajo de los castores es roer el tronco del árbol por una esquina hasta que lo derriba, luego lo trocea, lo usa para alimentarse y para construir sus diques. Además, los dientes de los castores nunca dejan de crecer por lo que deben estar usándolos todo el tiempo. Si no lo hacen, los dientes superiores podrían crecer tanto que llegarían hasta la mandíbula inferior, atravesándola.

Sus comunidades familiares tienen entre 5 y 6 miembros, generalmente compuestas por una pareja y sus crías. Llegan a vivir entre 10 y 12 años; pesan unos 20 a 25 kilos y miden alrededor de 1,20 metros de longitud.

Actualmente estos animales están fuera de control y ya no solo están en el Parque Nacional de Tierra de Fuego, si no que se ven hasta en las ciudades. La ironía de todo esto es que se introdujo una especie en un hábitat que no era el suyo, para obtener un rédito económico, creando una industria peletera en la zona. Pero el castor, para poder sobrevivir en Ushuaia, ha modificado su piel y ya no sirve para la peletería. Sin predadores y con inmensos bosques deshabitados para ellos, se han multiplicado hasta llegar a los 100.000 o 150.000. Es imposible saber la cifra exacta. Están por todas partes, pero la mayor parte del territorio es inaccesible.

No solo matan a los árboles. También cambia el suelo y el agua, que acumula sedimentos. Afecta a peces e invertebrados e incluso altera zonas que se utilizan para el agua potable de Ushuaia.

Hay investigadores que señalan la presencia del castor como el impacto más grande generado sobre los bosques andino-patagónicos en la etapa geológica actual.

CONTROL DE POBLACIÓN

Desde hace más de un año, con financiación del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF) y apoyo de la FAO (la organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), un grupo de siete cazadores se mete en el bosque a buscarlos. A las zonas más inaccesibles van en helicóptero. Pero no es fácil. Erio Curto, director de fauna y biodiversidad de Tierra del Fuego, no duda: “Ojalá pudiéramos acabar con todos. Pero no es la idea ahora. Hemos elegido siete zonas para ver cuánto costaría y qué efectos tendría eliminarlos por completo de Tierra del Fuego. La preocupación es que siguen subiendo y ya han cruzado al continente. Podrían extenderse por toda la Patagonia”.

Irónicamente, el castor, para sobrevivir en la zona, modificó su piel y ya no sirve para la peletería.

En este año, los tramperos han logrado matar un millar y despejar seis de las siete zonas elegidas. “En cuatro días podemos liberar el entorno de un dique. Suele ser una familia de unos ocho miembros. Ellos siempre se mueven por los mismos senderos. Ahí colocamos las trampas”, cuenta Fernando Encinas, uno de los cazadores, armado con los artilugios de hierro y acero para atraparlos y una tablet especial muy resistente que envía toda la información de cada animal cazado para tener controlado todo el territorio. Allí los tramperos tienen un mapa detallado de las zonas identificadas por satélite como posibles lagos artificiales creados por castores.

Encinas, que no responde a la imagen de cazador tradicional sino a la de naturalista fascinado por el bosque, cuenta admirado que el castor es tan adaptable que está haciendo lagunas en la estepa, algo que solo ha sucedido en este lugar del mundo. Con una pequeña pendiente le alcanza. Mejora el diseño de su dique y aprende sobre la marcha. “Son auténticos ingenieros”, explica maravillado. Pero precisamente por eso cree que hay que eliminarlos, porque su capacidad de destrucción es enorme si no tienen predadores. Y aquí no existen. Más arriba, en Neuquén, sí hay pumas, y por eso tal vez no hayan logrado subir por toda la Patagonia. Pero en esta isla del fin del mundo, destino de viajes míticos y salida de los cruceros a la Antártida, la plaga de castores se ha hecho insoportable. Su eliminación, con apoyo de la ONU, ha tenido algunas resistencias, pero el mundo conservacionista la respalda. La prioridad ahora es salvar este paraíso patagónico.

 

En base a El País / Anden27 / La Nación

Mario Rovina

Mario Rovina

Guardaparque egresado de la Universidad Nacional de Misiones. Fotografo de aves y especialista en ambiente. Integra la Cooperativa de Comunicadores El Miércoles.

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