Que sea ley, más temprano que tarde

Seis apuntes sobre este miércoles histórico, gracias al cual –a pesar de nuestro Senado– éste ya es un país un poco mejor.

1. Soy varón, por lo tanto nunca aborté, nunca tuve que compaginar toda la estrategia de la mentira para poder interrumpir un embarazo que no había deseado. Soy papá de tres hijas y ciudadano de un país cuya estructura jurídica considera que el aborto no es delito solo en un par de casos, decididos arbitrariamente y por varones. Me parece inadmisible que agonicen mujeres pobres por algo que cualquier otra mujer con los recursos necesarios puede hacer con total seguridad. Creo que la fórmula “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir” es inobjetable. Y que la interrupción del embarazo debe ser un recurso legal, gratuito y seguro, con contención integral y el cuidado de la persona que toma la decisión.

2. Vivo en una ciudad mediana, donde conviven menos de 100.000 personas. Durante décadas, aquí todo el mundo sabía con quién hacerse un aborto de manera segura, aunque por supuesto no era legal ni gratuito. En el hospital regional se registran en la actualidad no menos de 112 mujeres que llegan con abortos incompletos (datos de 2017), de los cuales muchos son inducidos, aunque, al ser ilegal, no se sabe con precisión cuántos. El coordinador de la carrera de Medicina en la Facultad de Ciencias de la Salud asegura que son muchos más. Autor de una tesis sobre abortos inducidos en la zona, sostiene que hace más de una década que se modificó la modalidad: el Oxaprost cambió todo. Ya no hay perchas ni agujas de tejer. Pero muchas mujeres no saben cómo usarlo y eso produce que centenares de casos terminen en el hospital con graves complicaciones de salud: “Cuadros hemorrágicos, anemias, anemias graves, a veces hipertensión, todas secundarias al mal uso de esa medicación…”, describe el médico Tenreyro. Por otro lado está el precio del misoprostol: en farmacia se consigue a 3.500 pesos (“con receta archivada” me aclara el farmacéutico). En 2007 costaba menos de 50 dólares. Hoy cuesta 120. El negocio está ahí, aunque haya pavotes émulos del padre Pepe que siguen diciendo que el imperialismo y las multinacionales están detrás de la legalización del aborto y aunque el mapa mundial los desmienta: casi todos los del norte tienen aborto legal, casi todos los del sur tienen distintas formas de aborto clandestino. Había sido flojo el imperialismo: nos impone planes económicos, modelos productivos, enfrentamientos armados, productos culturales, pero logra imponer el aborto más que en sus propios países. E impacta leer los editoriales del antiimperialista diario La Nación sosteniendo esa misma burrada: “Nos preguntamos”, dice el diario de la familia Mitre, “si no debemos encender las alarmas ante quienes pretenden imponernos ideologías que nos son ajenas y que condicionan nuestro futuro mucho más que cualquier préstamo internacional”.

La fórmula “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir” es inobjetable.

3. No hay izquierda o derecha frente al aborto. Si se toma con seriedad al padre Pepe y a otros eminentes pensadores de la izquierda católica, el aborto vendría a ser algo así como el plan maestro de la sinarquía internacional que aspira a esterilizar a las hembras del Tercer Mundo y casar a los machos entre ellos para que no se reproduzcan. En su perspectiva, parece que si somos muchos acá en el sur, podremos enfrentar con más fuerza al imperialismo. Vaya a saber qué imaginan. Quizás futuras batallas al estilo de las Cruzadas, entre ejércitos de a pie. Su delirio evidencia que, en este país de grietas, lejos está de ser una sola. Para ellos nada cambió desde que ya hace cuatro décadas atrás Eduardo Galeano escribiera en Las venas abiertas… que “[…] en América Latina resulta más higiénico y eficaz matar a los guerrilleros en los úteros que en las sierras o en las calles”. Tampoco les importa nada que Galeano rectificara esa mirada: “¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo?” A ese Galeano no lo leyeron. Quizás se vendió al imperialismo.

4. Cada persona avanza a su ritmo. Les tomará más o menos tiempo, pero lograrán entender que el derecho a decidir si se quiere ser madre es de cada mujer. Porque es eso lo que se discute. No la vida de los embriones, que en verdad no les interesa. (Si así fuera, hace rato que organizarían campañas y marchas contra la píldora “del día después” –donde ya hay embrión– o contra la fertilización asistida –hay 20.000 embriones congelados en el país, y nadie sabe qué hacer con eso-). Muchas personas que se oponían al uso de anticonceptivos concebían a la homosexualidad como enfermedad o perversión, se escandalizaban ante la educación sexual, querían que la gente no pudiera divorciarse, hoy aceptan con naturalidad el divorcio (e incluso se divorcian), aceptan la necesidad de la educación sexual (o al menos ya no dicen en público que es “obra del Demonio” o que “debe enseñarse en cada casa”), toleran a las personas gay (o al menos ya no se animan a afirmar en el almacén que “hay que matarlos a todos”) y aceptan la anticoncepción (e incluso usan preservativos y píldoras). Como pasó en cada uno de los casos anteriores, que haya una ley ayudará a que lo entiendan un poco más rápido.

5. Se me ocurre que se oponen al aborto legal porque saben que después viene la separación del Estado de cualquier religión. Así como se oponían al divorcio porque intuían que después venía el aborto legal. Lo que no se esperaban fue el matrimonio gay. Lo que no saben, lo que no sospechan, es todo lo otro que viene. Y menos sospechan cuánto nos entusiasma todo lo que viene, todo lo que nadie hoy sabe o puede imaginar. Las nuevas generaciones y las mujeres lo hicieron. Mostraron que no hay que pedir permiso a nadie para empujar los cambios, y que cuando se prioriza una estrategia se puede acordar hasta con los pensamientos más diametralmente opuestos para llevarla adelante sin por eso perder coherencia ni dignidad. Sororidad, la llaman a esa estrategia. Conviene estudiar ese fenómeno. Sería deseable aprender de ellas, para aplicarlo a otras desigualdades, a otras injusticias, a otras inequidades. Pensarlo en cada rubro que uno imagina (ambiente, impuestos, pueblos originarios, universidad) abre un abismo de excitantes desafíos. ¿Por qué no? ¿Es pensable, soñable, que los distintos sectores de la educación superior –por tomar solo uno de los rubros– se planteen una estrategia común no solo para resistir al ajuste sino para pensar cómo lograr que el año próximo haya en sus claustros una presencia uno o dos puntos porcentuales mayor que la actual de personas provenientes de los quintiles más bajos según ingreso per cápita? ¿O para discutir cuántos pobres efectivamente egresan de nuestras universidades públicas y gratuitas se seguirá esperando el próximo embate de la derecha?

Quizás no hoy, pero será. Lo hicieron las mujeres. Y es una dicha vivir estos momentos y acompañar esa transformación social.

6.  Gracias a las mujeres que luchan éste ya es un país un poquito mejor. Es tan claro que las nuevas generaciones ya triunfaron en este impresionante camino de su propia “revolución de las conciencias”, que hasta Susana Giménez y Marcelo Tinelli se manifiestan públicamente en favor de legalizar. Ya está. Es inexorable. Si no es hoy, será mañana. Así como no tengo ninguna duda de que nadie tiene derecho a interferir en las decisiones de otra persona sobre su propio cuerpo, tampoco las tengo respecto de que la sociedad estaba preparada desde hace años para discutirlo, como ha quedado claro en estos días. Hoy les pregunté a mis alumnas de Derechos Humanos, futuras profesoras de Nivel Inicial, cuántas de ellas habían cambiado de opinión desde que comenzó el debate social, a inicios de este año, y cuántas carecían de posición y la habían formado en ese proceso. Se alzaron la mayoría de las manos. Algunas de ellas con pañuelos verdes, casi todas convencidas de que es necesario despenalizar. Por todo eso será, inexorablemente, ley. Quizás no hoy, pero será. Lo hicieron las mujeres. Y es una dicha vivir estos momentos y acompañar esa transformación social. Es emocionante saber, sentir, que ahora en la plaza de los Congresos, están mis hijas, están mis compañeras de militancia en el socialismo, Julia, Vero, Lara, Luisa, están mis compañeras periodistas de El Miércoles y de La Vanguardia, como Clara, Ana y Lula, están referentes éticas, como Norita, artísticas como Anita, entre las que uno ha elegido a lo largo de los años, y están ahí empujando, haciendo que éste sea un país un poquito mejor. Que sea ley. Más temprano que tarde.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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