El temperamento de un socialista atípico

La biografía de Alfredo Bravo escrita por Jaime Rosenberg (Homo Sapiens, 2018) intenta reponer una imagen justa del dirigente socialista. Sin caer en la exégesis y en la celebración acrítica, el libro pone de relieve la vida y la obra del “maestro socialista” que dedicó sus días a la lucha por los derechos humanos y la justicia en Argentina.

La realización de biografías políticas de cierta calidad nunca ha resultado sencilla. Dominadas en sus comienzos por los panegíricos y las semblanzas, los retratos de los grandes hombres –póngase el énfasis en la palabra “hombres”– en su mayoría carecían de matices, apelaban a una adjetivación frondosa y tendían a una muy premeditada exaltación del personaje. Por lo general, intentaban resaltar a un personaje para elevarlo al estatus de prócer, ensalzando sus atributos extraordinarios y disimulando sus bajezas más terrenales.

Más aquí en el tiempo, el género biográfico ha permanecido tensionado entre un relativo atractivo editorial (que ha producido más de un best-seller) y cierto desprecio por parte de los historiadores profesionales. Esto ha derivado en una producción copiosa de este tipo de publicaciones, pero desigual en cuanto a su calidad, tanto literaria como historiográfica.

Dejando de lado novelas biográficas, bastante populares por cierto, el género de las biografías políticas –o de políticos– se ha visto desprestigiado en ocasiones por la proliferación de productos de dudosa calidad. Dentro del registro periodístico, se han vuelto comunes las biografías de candidatos y políticos en tiempos curiosamente cercanos a los turnos electorales. Mezcla de operación publicitaria y retrato preciosista, este tipo de material que se distribuye en más que generosas tiradas está condenado a terminar sus días en la innoble mesa de saldos de alguna librería céntrica. Las biografías históricas adolecen de un problema equivalente. Género muy visitado por amateurs de diversa laya, este tipo de textos, por lo general, prometen alumbrar algún aspecto “oculto” del personaje retratado con la intención de desmontar una pretendida versión “canónica” (que en la mayoría de los casos no existe como tal) apelando a una serie de recursos efectistas: teorías conspirativas, un anecdotario de su vida privada, diagnósticos psicológicos retrospectivos, y otra variada gama de banalidades.

Dejando de lado novelas biográficas, bastante populares por cierto, el género de las biografías políticas –o de políticos– se ha visto desprestigiado en ocasiones por la proliferación de productos de dudosa calidad.

Por fortuna para los lectores e interesados existen ejercicios de reconstrucción biográfica más promisorios, sustentados en un trabajo de investigación sólido y una equilibrada presentación de sus autores, sin loas ni demonizaciones. Dentro de los trabajos históricos, podemos destacar la muy interesante colección dirigida por Juan Suriano en editorial Edhasa que ya lleva diez volúmenes publicados sobre distintas figuras. En el campo periodístico, al margen de algunas otras muy logradas, nos abocaremos a la biografía que Jaime Rosemberg le dedicó a la figura de Alfredo Bravo.

UN LIBRO A CONTRACORRIENTE

El libro de Jaime Rosemberg es una rara avis, porque si bien fue pergeñado como un trabajo periodístico y académico (una tesis de Maestría para ser más precisos), se concluyó y publicó como algo más cercano a una investigación histórica, una semblanza histórica. Esto es resultado de que se trató de una investigación de largo aliento, de casi dos décadas, pero con un paréntesis prolongado en el medio. Esta dilatación temporal no sólo alteró el sentido del minucioso trabajo de indagación, sino que fundamentalmente cambió el sentido por el que este personaje en cuestión merecía ser estudiado. Bravo pasó de ser un actor político de relativa gravitación al inicio de esta investigación, a convertirse en una figura histórica, quizá con estatura de prócer para algunos sectores, tras su muerte.

Rosemberg lidia con solvencia con esas dos versiones de su biografiado: la del temperamental político todavía activo y la del militante ejemplar ya cubierto de bronce. Como sabemos, la muerte de una figura pública contribuye a ocluir y mitigar aquellas aristas más controvertidas de su labor y personalidad, dando lugar a semblanzas en exceso halagüeñas y complacientes. Si bien no disimula su simpatía e incluso admiración por el personaje, el autor evita la tentación de convertir el libro en una elegía.

Rosemberg lidia con solvencia con las dos versiones de Alfredo Bravo: la del temperamental político todavía activo y la del militante ejemplar ya cubierto de bronce.

De hecho, gran parte de su tarea -sobre todo en la primera parte del libro- está abocada a dar carnadura a ciertos hitos de la biografía de Bravo que, sin este trabajo de minuciosa reconstrucción, contribuirían a forjar –y de hecho lo hacen– una trayectoria sin claroscuros, plena de gestos heroicos y entrega desinteresada. La vida de Bravo cuenta con muchos de esos elementos reseñables, loables, cargados de épica. Épica que es preciso mitigar si uno no quiere ensayar un simple ejercicio de beatificación póstuma. Está claro que el autor no se conforma con esto, y sus lectores lo apreciamos. Asimismo, tampoco abusa de las anécdotas o notas de color –de las que, por otro lado, el biografiado era muy afecto–, incorporando sólo aquellas que contribuyen a iluminar algún acontecimiento significativo o algún rasgo de la personalidad de Bravo.

En tal sentido, Rosemberg aborda todos los componentes de una vida y una trayectoria para poder construir su propio Alfredo Bravo, uno para muchos quizá desconocido. Una versión que mezcla la vida privada con los asuntos públicos, que reconstruye cada una de sus facetas y las articula unas con otras con precisión: el apasionado tanguero, el joven maestro, el activo sindicalista, el mártir militante por los derechos humanos, el temperamental dirigente socialista. Cada uno de esos estadios en la vida de Bravo, decisivos todos para la construcción de su figura pública, son recuperados por el autor sin priorizar unos por sobre otros y sin ocultar ni disimular aquellos aspectos menos favorecedores al relato encomiástico.

El PERSONAJE

Alfredo Pedro Bravo ya tiene, a esta altura de las cosas, estatura de prócer. O al menos la tiene dentro del marco de las filas del Partido Socialista. En muchos sentidos fue una figura excepcional dentro del socialismo, distinto a la gran mayoría. Fue sindicalista en un partido largamente divorciado con el movimiento obrero, fue militante de los derechos humanos y detenido-desaparecido mientras otros dirigentes se abrazaban a los militares. Su personalidad desbordante y efusiva contrastaba con los modales atildados que históricamente habían caracterizado a gran parte de las figuras partidarias más renombradas.

Además de diputado nacional durante tres períodos y candidato a múltiples cargos, fue artífice, junto a Guillermo Estévez Boero, de la reunificación del Partido Socialista y su primer presidente. Sus credenciales como cofundador de la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA) y dirigente destacado de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), entre otras cosas, le brindaron un prestigio y un reconocimiento al que no accedían otros compañeros de ruta, incluso los más renombrados. Lo que le granjeaba respeto también provocaba, a su vez, resquemores. Eso, sumado a su personalidad “volcánica”, produjo que sus relaciones políticas, incluso las más provechosas y prósperas, fueran tumultuosas e inestables a lo largo de los años.

Bravo fue sindicalista en un partido largamente divorciado con el movimiento obrero, fue militante de los derechos humanos y detenido-desaparecido mientras otros dirigentes se abrazaban a los militares. Su personalidad desbordante y efusiva contrastaba con los modales atildados que históricamente habían caracterizado a gran parte de las figuras partidarias más renombradas.

Alfredo Bravo fue un dirigente político incuestionado en su honestidad y su compromiso, su moralidad pública estuvo siempre fuera de cualquier duda. Tampoco se puede dejar de reconocer su importancia para “lavarle la cara” a un socialismo dividido y desprestigiado y ofrecerle, a través de su propia persona, un candidato con otra proyección. Como diputado, a pesar de no destacarse por sus atributos intelectuales, tuvo una labor importante: su participación siempre fue coherente con una prédica progresista y de izquierda. Sin embargo, resulta difícil caracterizar a Alfredo Bravo como un líder político e, incluso, como un dirigente partidario stricto sensu. Bravo desdeñaba de las instancias orgánicas y de las formalidades. Era más un hombre de “espacios” que de “partido” y su modo de comportarse políticamente le ganó cierto respeto pero también desconfianza, en gran medida por sus exabruptos y arbitrariedades. Su personalidad avasallante, impulsiva y beligerante lo volvieron una figura influyente, pero incapaz de construir vínculos políticos durables. Inclusos sus laderos más cercanos terminaron distanciados de él, a pesar de profesarle un gran afecto y admiración. Las comparaciones que surgen a lo largo del libro son elocuentes: Alfredo Palacios –“el mejor aliado del socialismo”, como lo definió irónicamente Nicolás Repetto–, el Quijote (inmortalizado así en un retrato que le obsequió Roberto Felicetti), y, quizá su último amor político desavenido, la impredecible Elisa Carrió (“La verdad es que son dos almas gemelas” señala Oscar González en uno de los testimonios que ofrece el libro).

Otro aspecto central que Rosemberg incorpora con sutileza (y que contrasta con eficacia con la faceta más conocida de Bravo) es la de algunos aspectos de su vida privada. Su afición por el tango y la vida nocturna, que nunca abandonó, su fanatismo por River Plate, su pertenencia a la masonería, su gusto por los “chistes verdes”, su “machismo”, son datos deslizados por el autor, sin efectismos ni amarillismos a lo largo de todo el libro y que contribuyen a completar un cuadro más exhaustivo, con sus luces y sombras, de la vida de Alfredo Bravo. El autor tensiona así al tanguero y trasnochador que siempre fue con la impoluta imagen de político incorruptible que proyectaba. Propone, con sutileza, la posibilidad de que en él convivieron, quizá con tensiones, una inflexible moral pública y cierta picardía criolla.

Antes de terminar, debo confesar algo: en el año 2003, cursando los últimos años de la secundaria, mi incipiente pero intensa inquietud política me llevó hasta el socialismo, luego de indagar por otras variantes de la izquierda más en boga en aquellos años. Decidí, muy fuera de sintonía con el resto de mis compañeros, forrar mi carpeta escolar con los módicos panfletos de la campaña presidencial del Partido Socialista (que, huelga decir, obtuvo también módicos resultados electorales), incluida la imagen del maestro Bravo. La figura de Alfredo Bravo, entonces candidato a presidente, me impactó. Su biografía y su presencia lo distinguían de todos los candidatos –más de una veintena en esa oportunidad–. Exudaba credibilidad donde sólo cabía el descrédito. Bravo representaba mucho más que su partido – entoncs en plena reconstrucción luego de años de diáspora-. Ofrecía el mejor rostro de la “vieja política”, que combinaba un genuino compromiso democrático con una irreductible convicción ideológica. Pero ya entonces era un héroe solitario, un caballero errante, un líder sin seguidores, un socialista sin corsés partidarios. Bravo fue un político de otro tiempo, un tiempo del que quizá todavía debamos aprender, pero al que, en el mejor de los casos, no debiéramos tratar de volver.

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP). Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es editor de La Vanguardia Digital.

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