Ciudades del capital

Las dinámicas del capitalismo moderno impactan sobre las ciudades. De las urbes fabriles a las torres con ammenities. De los obreros invisibles a los porteros abriendo las puertas de la terraza con pileta. Y ahora, ¿qué ciudad podremos arrebatarle al sistema?

Durante siglos las ciudades han sido el lugar de la libertad. En la Edad Media, el siervo feudal que pasara un año y un día en una ciudad era considerado un hombre libre, un burgués. Las ciudades vieron pasar a las repúblicas renacentistas de Florencia a Flandes, y las revoluciones del siglo XIX de Manchester a París. El capitalismo borraba el rastro de milenios humanos sobre la tierra: los expulsaba de sus aldeas, disolvía fronteras, achicaba distancias. Pero luego los volvía a territorializar, ya mercantilizados, en la ciudad.

Marshall Berman y José Luis Romero buscaron en las ciudades la cifra de la modernidad. No fue hasta leer el reportaje de Engels sobre Manchester que el joven Marx no encontró un sujeto de carne y hueso para su materialismo histórico. Así llegamos a la “revolución urbana” de Henri Lefebvre: “Solo cuando la política se concrete en la producción y reproducción de la vida urbana como proceso de trabajo fundamental del que surgen impulsos revolucionarios, será posible emprender luchas anticapitalistas capaces de transformar radicalmente la vida cotidiana”.

Pero en algún momento algo cambió. En 1965 Lin Piao, Ministro de Defensa de Mao, amplificaba la experiencia china a todo el orbe: “Mirado el mundo en su conjunto, la América del Norte y la Europa Occidental pueden ser llamadas las “ciudades del mundo” y Asia, África y América Latina, sus “zonas rurales” (…) De modo que la revolución mundial de nuestros días también presenta, en cierto sentido, una situación en que las ciudades se ven rodeadas por el campo”. Por primera vez la ciudad era vista como un enemigo del progreso popular a la vez que como un fenómeno global.

Años después, cuando el capital se transfiguró una vez más, empezó por las ciudades. El “Drop Dead” (“Mueranse”) del presidente Ford a la Nueva York quebrada de 1975, y la Londres tapada de basura por las huelgas de 1978 fueron las señales de que las ciudades ocuparían otro lugar en el nuevo orden de cosas.

EL “NEOLIBERALISMO REALMENTE EXISTENTE”

El capitalismo es un sistema terriblemente inestable que necesita crear contrapesos. Uno de ellos es el espacio, un entorno estable para la circulación del capital. Y la ciudad es el espacio capitalista por excelencia. Desde la Revolución Industrial a la crisis del fordismo, la ciudad ha pasado de espacio de producción a espacio de consumo, para terminar siendo una mercancía en sí misma y, finalmente, una organización para producir más ciudad, para valorizarla y transformarla constantemente. Es la ciudad de la “crisis urbana” de Harvey, del “consumo colectivo” de Castells, de la “renta urbana” de Topalov y la growth machine de Molotch y Logan.

La reestructuración económica de fines de los años ‘70 tomó a las ciudades como laboratorios: desregulación, privatización, segmentación, nuevo consumo. No fueron las fuerzas impersonales del mercado: fue una agenda política diseñada por elites locales que gestionaron a la ciudad ya no como un contenedor de vida social, sino como un valor de mercado.

La reestructuración económica de fines de los años ‘70 tomó a las ciudades como laboratorios: desregulación, privatización, segmentación, nuevo consumo.

Para Neil Brenner, Jamie Peck y Nik Theodore la historia urbana de los últimos 40 años es la historia del “neoliberalismo realmente existente”: una reestructuración capitalista inestable y despareja, operada por ensayo y error, que integra parasitariamente a otras formas sociales anteriores o exteriores al mercado. Una historia que conoce tres fases: una conflictiva de deslocalizaciones y resistencias en los ‘70; otra de racionalización y ordenamiento sobre el libre mercado en los ‘80; y otra reformista en los ‘90, cuando un neoliberalismo de segunda generación debió hacer intervenir al Estado para contener y compensar la especulación que amenazaba con disolver el orden que ella misma había creado. Aquí abajo, ese fue el paso de Cacciatore a Grosso y de ahí a De la Rúa y su perfeccionamiento larretista.

Una cuarta fase sería la globalización urbana del nuevo siglo. El proceso productivo se mundializó, en detrimento de las viejas regiones industriales como Detroit o Villa Constitución, y muchas actividades se retrajeron a los grandes centros urbanos. Son las “ciudades globales” de Saskia Sassen: mercados de capitales y servicios sobre los que se apoya la globalización. Para Neil Smith las “economías urbanas” suponen casi una superación de la industrialización sobre una nueva matriz: un mercado laboral informal de migrantes y una valoración récord del suelo producto del caos urbano que entorpece la movilidad diaria y fragmenta al espacio, disparando el precio de las zonas más accesibles. No por nada, concluye Smith, la punta de lanza de las nuevas economías urbanas son aquellas que ya nacieron sin una experiencia keynesiana previa, sobre todo en Asia, y no las viejas ciudades fordistas como Londres y Nueva York que debieron adaptarse.

GENTRIFICACIÓN

En 1964 la geógrafa Ruth Glass estudiaba la renovación de las viviendas de Islington, al norte de Londres, y notó que la clase trabajadora estaba siendo desplazada por profesionales de clase media alta. Llamó “gentrificación” a ese fenómeno. Veinte años después, Roslyn Deutsche y Cara Ryan estudiaron el mismo proceso en Nueva York. Aquí la crisis urbana de los ‘70 había operado cambios más dramáticos y profundos.

Gentrificación pasó a ser “una operación de mercado dirigida a revalorizar los centros urbanos por medio de la entrada de nuevos habitantes de rentas más altas”. Para Neil Smith ya no es un fenómeno aislado sino una estrategia urbana a nivel global que tiene a los estados como agente de mercado, con políticas de valoración selectiva mediante el reciclado residencial de viejos espacios de trabajo y, sobre todo, la culture-led regeneration: eventos e instituciones culturales que atraen inversiones y mejoran el entorno urbano.

En 1964 la geógrafa Ruth Glass estudiaba la renovación de las viviendas de Islington, al norte de Londres, y notó que la clase trabajadora estaba siendo desplazada por profesionales de clase media alta. Llamó “gentrificación” a ese fenómeno.

El componente cultural del nuevo capitalismo urbano había sido detectado por Deutsche y Ryan: la gentrificación del Soho neoyorkino partía del supuesto de que la producción artística provocaba un aumento inmediato en el valor de las propiedades. La “clase creativa urbana” pronto tuvo sus apologetas, como Richard Florida, para quien la mezcla de talento, tecnología y tolerancia de ciertas zonas atrae a los productores posfordistas de bienes inmateriales y con ellos la inversión. Si bien la “teoría de la clase creativa” tiene sus críticos, como Martha Rosler o el mismo Jamie Peck, el trabajo de Florida logró lavarle la cara a la gentrificación al pasar el foco de interés desde la clase desplazada a la clase gentrificadora.

En su reseña del Savage Messiah de Laura Oldfield Ford, Mark Fisher llora la Cool Britannia gentrificada de Tony Blair: una anodina ciudad de negocios diseñada por las industrias creativas, “que demanda que siempre parezcamos ocupados, incluso si no hay trabajo que hacer”. La sociología de la tristeza de Fisher no encuentra más solución que la hauntología (“Vagaba a través de Londres asediada por los fantasmas de las raves, las escenas anarco-punk y las subculturas híbridas”), pero acierta en entender a la gentrificación como borramiento que deja restos.

¿HAY GENTRIFICACIÓN EN AMÉRICA LATINA?

América Latina es la región más urbanizada del mundo (80% de la población) y la más desigual, una combinación que tienta a buscar gentrificación en sus desordenadas megalópolis. Es la propuesta de Ernesto López-Morales, Hyun Bang Shin y Loretta Lees: descentrar el concepto y tratar de aplicarlo a nuestra región. En definitiva, las “ciudades globales” conocen procesos que atraviesan océanos. En efecto, hay una “reurbanización clasista” del centro de la Ciudad de México y de barrios como Santa Isabel en Santiago de Chile, Flamengo y Barra de Tijuca en Río de Janeiro. Un proceso motorizado por la financiarización del real state, políticas de desarrollo selectivas, disciplinamiento policial de barrios pobres y el “retorno al Centro” de una clase de profesionales jóvenes impulsados por los crecientes problemas de movilidad e infraestructura en la periferia.

Este último dato nos remite a un problema más viejo y concreto de las ciudades latinoamericanas: la segregación. Son las dificultades de acceso a servicios, empezando por el transporte, las que hacen a ciertos espacios más deseables que otros. Por eso, Marcelo Corti minimiza la gentrificación latinoamericana: “ese fenómeno no trasciende en la región a unos pocos barrios bien ubicados en algunas ciudades. No es de extrañar, cuando la masa crítica de pobreza torna difícil que sectores tan extensos de población puedan ser erradicados por métodos de mercado”. Mientras persistan la aglomeración, la falta de servicios y las dificultades de acceso a la vivienda, el riesgo de que arquitect@s y psicólog@s se muden a Lugano o Villa 31 y arrastren con sí inversiones ABC1 no sólo parece lejano sino incluso deseable.

Son las dificultades de acceso a servicios, empezando por el transporte, las que hacen a ciertos espacios más deseables que otros.

Con todo, es evidente que tanto la segregación como la gentrificación delimitan un nuevo anclaje de clase que ya no es laboral sino espacial: vivir lejos reduce las oportunidades, la dispersión encarece la vida, la diferencia entre ser propietario o inquilino condiciona cualquier proyecto vital tanto o más que el ingreso. Más aún en Argentina con un mercado de alquileres totalmente desregulado. Se trata de una lucha de clases espaciales que ya tiene sus soldados. Es precisamente esa capacidad de resistencia vecinal latinoamericana, en especial argentina, la que limita la posibilidad de una gentrificación y abre el horizonte a un poscapitalismo urbano que concilie la modernización con la igualdad.

Hoy las 300 grandes metrópolis del mundo concentran el 67% del crecimiento del PBI global. Aquí y allá, la ciudad del siglo XXI es un capitalismo por derecho propio, con su economía, sus crisis y su lucha de clases. La pregunta es dónde quedó el mundo del trabajo.

A LA SOMBRA DE LAS TORRES

Pese a su aura de modernidad, las torres ya tienen 60 años de vida porteña. Fueron incluídas en el Código Urbano en 1957 y tuvieron como laboratorio el barrio de Belgrano. Su consagración llegó con el Código de Planeamiento Urbano de 1977, que premió las construcciones de perímetro libre. Casi un camino paralelo al de sus primos provincianos, los barrios privados, con los que comparten el mismo estigma que los relaciona con la guetificación social y los caprichos de los nuevos ricos.

Fronteras urbanas: los mundos sociales de las torres de Buenos Aires, la tesis doctoral de la etnóloga Eleonora Elguezabal editada por Café de las ciudades, estudia el fenómeno de las torres por fuera de los prejuicios y el esencialismo, tratando de captar sus fallas, ambigüedades y heterogeneidades. Con estudio de campo (la autora residió en dos torres), entrevistas y un lenguaje claro y riguroso, Elguezabal va diseccionando a las torres: no son resultado de la gentrificación sino de la regeneración de espacios ya valorizados; no son un criterio de valoración residencial suficiente, su localización pesa más; no son tanto un modelo edilicio como organizacional que depende de un costoso mantenimiento material y social, un “trabajo de enclave” constante y de resultado variable: una torre puede dejar de ser reconocida como tal si no es capaz de sostener ni esa organización ni un perfil de habitantes jóvenes, prósperos y solteros.

La labilidad del concepto “torre” se hizo evidente durante los conflictos vecinales de principios del dos mil que supuestamente enfrentaron a los barrios contra “las torres de los nuevos ricos” cuando en realidad movilizaban a vecinos con recursos suficientes como para hacerse oír ante la política y los medios contra cualquier edificio de altura, ergo contra la densificación de los barrios tradicionales de Buenos Aires. La lucha de clases espaciales es engañosa.

LUCHA DE CLASES EN LAS TORRES

El segundo aporte de Elguezabal es su estudio de la organización interna de las torres bajo la premisa de que “los espacios residenciales son también lugares de trabajo”. El trabajo de enclave de una torre demanda tareas permanentes de una compleja jerarquía de empleados que van desde los intendentes de edificios y vigiladores a los “gremios” encargados de la limpieza y el mantenimiento.

Elguezabal detecta que la vigilancia privada de los edificios no previene delitos externos sino que custodia el orden interno, garantizando que los gremios trabajen sin hacerse notar, separados espacialmente de los habitantes. Esa frontera social marca divisiones de clase hacia arriba y hacia abajo. Hacia arriba, la diferencia entre los “nuevos ricos”, interesados en despersonalizar las relaciones y reforzar una distancia social que sienten porosa, y los “viejos ricos”, interesados en crear relaciones de dependencia personal con los trabajadores. Hacia abajo, la diferencia entre los gremios, tercerizados y mal pagados, y los encargados y vigiladores, interesados en diferenciarse de los gremios ante los gremios mismos y los habitantes, aunque difícilmente lo logran.

La vigilancia privada de los edificios no previene delitos externos sino que custodia el orden interno, garantizando que los gremios trabajen sin hacerse notar.

Toda esa cascada de desprecios se ve tensada por las changas que hacen los gremios en las torres por fuera de sus tareas. Mientras a los viejos ricos les interesa ese servicio personal, para los nuevos vulnera las fronteras del enclave y buscan prohibirlas. Las changas aparecen como una forma de saltear las fronteras sociales de las torres pero Elguezabal observa que se trata de una resistencia conservadora, que no cuestiona los fundamentos de las desigualdades y que reproduce las jerarquías: los propios gremios se dividen entre los que saben agarrar changas y los que no.

En 2008 Loïc Wacquant señalaba la doble desaparición de la clase trabajadora: de la esfera pública y de la investigación social. Y llamaba estudiar la gentrificación desde la “(de)formación histórica del proletariado posindustrial”. El libro de Elguezabal no solo toma ese desafío sino que contribuye a explicar esa desaparición: “Se trata, más precisamente, de hacer invisibles a las clases populares allí adentro, para asegurar a los habitantes la apropiación absoluta del espacio”.

LA CLASE INVISIBLE

Hace dos años que vivo en una torre con amenities. Los conflictos entre los vecinos, sus aspiraciones y paranoias, y el casi imposible mantenimiento financiero del edificio me hicieron sentir más de una vez como un personaje de la novela High-rise de J.G. Ballard. Publicada en plena crisis urbana de 1975, High-rise imagina una torre lecorbussiana en la que los conflictos entre los habitantes (divididos entre white collars, profesionales jóvenes, y ricos) escala en violencia hasta llevarlos a todos a uno de esos estados de naturaleza en plena modernidad típicos de Ballard. Sin embargo, en la lucha de clases según Ballard hay un ausente.

El hombre invisible es un cuento de G.K. Chesterton de la serie del padre Brown publicado en 1911. En él, un millonario fabricante de robots domésticos es asesinado en su departamento de la torre Mansiones Himalaya. Ni el portero, ni el encargado, ni el policía ven entrar a nadie, aunque hay huellas en el vestíbulo. El padre Brown descubre que fue el cartero, un hombre “mentalmente invisible” para los demás: “Supongamos-ejemplifica Brown-que una dama le dice a otra, en una casa de campo: ‘¿Hay alguien contigo?’, la dama no responde: ‘Sí, el mayordomo, la criada y demás’, aunque la criada esté en la habitación. Contesta: ‘No hay nadie con nosotros’ con lo que se refiere a que no hay nadie de aquellos en quien uno piensa”.

La invisibilidad mental del cartero, la criada y el mayordomo es la invisibilidad de los empleados de limpieza que circulan en silencio por cualquier torre: la invisibilidad social del nuevo trabajo urbano.

La invisibilidad mental del cartero, la criada y el mayordomo es la invisibilidad de los empleados de limpieza que circulan en silencio por cualquier torre: la invisibilidad social del nuevo trabajo urbano que estudia Elguezabal. Es la fantasmagoría del trabajo que hace posibles a las torres como espacios residenciales y laborales a la vez, y a la ciudad neoliberal como sistema capitalista en sí. Y es la fantasmagoría, los restos del borramiento social, que debe capturar cualquier organización popular que quiera enfrentar al “neoliberalismo realmente existente” de las nuevas economías urbanas para que las ciudades sigan siendo el espacio de la libertad.

 

Alejandro Galliano

Alejandro Galliano

Licenciado en Historia y periodista. Es co-editor de Panamá Revista y colaborador de revista Crisis. Se desempeña como dibujante bajo el seudónimo de Bruno Bauer. En twitter es @bauerbrun.

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