El fantasma Venezuela

Una parte importante de los progresismos latinoamericanos –sobre todo los sectores “nacional populares”– tiene dificultades para pararse frente a la compleja realidad de Venezuela, con sus derivas autoritarias y una crisis que no ofrece salida. La coyuntura regional, atravesada por el fantasma venezolano, ¿no obliga a repensar el conflicto? ¿pueden decir algo quienes se situaron históricamente en apoyo al chavismo? ¿es posible una mirada critica que escape de las posiciones binarias y engañosas? 

Iván Duque, el candidato uribista vencedor de la elección colombiana, desenfundó. “A los colombianos hay que hablarles con mucha claridad de lo que ocurre en Venezuela”. Y cumplió. Duque sacó a relucir el caso venezolano, trazando una frontera entre quienes se oponen a Maduro y quienes, según él, desean llevar a Colombia por el mismo camino. El blanco fue el progresista Gustavo Petro, el máximo rival a derrotar. Petro había evitado pronunciarse sobre Venezuela al inicio de la contienda. Sin embargo, terminó cediendo. Calificó al gobierno de Maduro como una “dictadura insostenible”. La demonización y etiqueta de “castrochavista” que lo persigue desde el anuncio de su candidatura no impidió que Petro accediera a la segunda vuelta. Pero es probable que le haya quitado votos de terceras fuerzas (principalmente los de Sergio Fajardo) en el balotaje.

El fantasma también merodea los estudios de televisión. La realidad venezolana suele interpretarse a través del mismo lente, donde uno ataca y otro se defiende. La frase de cabecera pocas veces varía: «¿Ah sí, por qué no te vas a Venezuela a ver cómo viven?». La Unión Soviética y Cuba ya forman parte del universo vintage. Hoy el “Gran Otro” del liberalismo latinoamericano se llama Venezuela.

Venezuela ya no es sólo un país: es también parte de la conversación cotidiana. Los conservadores suelen enrostrarle a los progresistas el presente venezolano. Actúan, en muchos casos, como si se tratase de una demostración de tesis: “¡Miren a dónde nos quieren llevar!”.  A su vez, las respuestas de una parte significativa de la izquierda han contribuido a agrandar el fantasma. Estas oscilan entre las simplificaciones engañosas, las miradas conspirativas y el mero silencio. Y si bien la utilización por parte de sectores conservadores puede tomar el carácter de un fantasma, la realidad que hoy atraviesan millones de venezolanos no tiene nada de fantasmática. Una crisis humanitaria, con alarmantes cifras de pobreza infantil, un sistema de salud que se derrumba y una economía en terapia intensiva se combinan con medidas autoritarias por parte del oficialismo. La crisis política, económica y social de Venezuela no sólo se ha profundizado, sino que por ahora no tiene solución a la vista.

La Unión Soviética y Cuba ya forman parte del universo vintage. Hoy el “Gran Otro” del liberalismo latinoamericano se llama Venezuela.

Los sectores progresistas deberían repensar el conflicto venezolano. Una mirada crítica no solo es necesaria: puede ser una oportunidad para salir de la posición en la que se encuentran.

DESNUDAR AL FANTASMA 

Para aquellos que piensan la política en términos de paquetes -asociando al populismo con la corrupción y la mala gestión-, Venezuela siempre fue la marca distintiva, el lugar de origen y destino que le atribuyeron a los nuevos progresismos de la región. El fantasma no es nuevo. Pero cuando la crisis se hizo evidente en el 2015, la intensidad del conflicto pasó a un primer plano.

“El fantasma siempre ha surgido en procesos electorales, pero desde la crisis este adquiere otro matiz. El cuestionamiento a los sectores progresistas excede lo ideológico y los coloca al límite a la hora de respaldar el manejo de la conflictividad interna y las elecciones de legitimidad dudosa” explica a La Vanguardia Paulina Recalde, directora de la consultora Perfiles de Opinión de Ecuador.

Venezuela es, según los sectores que apuntan con el dedo, la prueba viviente. El gran ejemplo histórico que hoy confirma su teoría. Son los mismos que enuncian frases del tipo «Quieren que nuestro país sea Venezuela», para aquellos que transitan la contienda electoral, o «Íbamos rumbo a eso» para los que ya completaron la hazaña y hoy deben gobernar con la ayuda de espejos. No se trata únicamente de simplificaciones: son, además, afirmaciones falsas. Explicar la situación de Venezuela implica entender el rol que juegan otros actores involucrados, no sólo el de Nicolás Maduro. La complejidad de sus Fuerzas Armadas y su vinculación con la política difiere radicalmente a la de otros países de la región. El papel que ha cumplido una parte de la oposición, oscilando entre la participación democrática y el llamado a la acción directa como en el 2002, también es distinguible de la oposición de otros países como Bolivia, Ecuador y Argentina. La estructura económica de Venezuela, con escasa diversificación y alta dependencia de importaciones, significa otro punto de distancia.

Desmarcarse de esas narrativas aparece como una necesidad para las voces progresistas, que también deben preguntarse si es conveniente asociar a todos los que piden por Venezuela con los sectores que únicamente lo utilizan como munición política contra sus rivales. O que el árbol no tape al bosque.

LA RESISTENCIA

Venezuela fue, durante más de una década, la piedra angular del proceso de integración regional que persiguieron distintas fuerzas progresistas de la región. No sólo por sus medidas relacionadas al control de su economía y a los mecanismos de democracia directa, sino también porque desde ahí emanaba con más fuerza la narrativa de la necesidad y oportunidad de lo que esos sectores denominaron “Patria Grande”.

Por un lado, es entendible la incomodidad que supone el conflicto venezolano para las fuerzas progresistas, en especial porque la crítica más fuerte proviene de los sectores que esa narrativa -o contrarrelato- identificaba como enemigos. El rechazo a la avanzada de Estados Unidos, la Organización de Estados Americanos (OEA) y distintos organismos financieros estructuraba en gran medida ese acercamiento. No es menor el temor a quedar “pegado” a esas perspectivas, que siempre observaron con recelo el proceso de integración.

Pero los argumentos que hoy se utilizan para defender a Nicolás Maduro no son capaces de salir de esa incomodidad. Muchas veces terminan negando el problema. Con eso favorecen a las voces que ellos mismos planeaban combatir, que aparecen como la única mirada crítica.

Una de las defensas que se escuchan por parte de sectores de la izquierda es que lo que sucede en Venezuela es parte de un proceso revolucionario. Eso es discutible. El país, durante las gestiones de Chávez y Maduro, no ha alterado su estructura económica de modo que asegure algún horizonte diferente al que vemos hoy. Se observa un severo proceso de desindustrialización, con una fuerte dependencia en el flujo de importaciones y que no ha modificado las condiciones de acumulación de capital. Como sostiene el economista venezolano Manuel Sutherland, “El proceso bolivariano ha sido más bien una variante de las políticas económicas que derivan del llamado «rentismo petrolero», que ya se habían experimentado en el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez”. Para Sutherland, de formación marxista, el fuerte componente ideológico del discurso chavista, junto con su dimensión política, confunde a los analistas que creen observar un proceso revolucionario en la economía venezolana. Hoy el país no puede aprovechar la suba de los precios del petróleo dado los niveles altísimos de desinversión que, combinados con una brutal hiperinflación, nublan por completo el panorama.

Una de las defensas que se escuchan por parte de sectores de la izquierda es que lo que sucede en Venezuela es parte de un proceso revolucionario. Eso es discutible. El país, durante las gestiones de Chávez y Maduro, no ha alterado su estructura económica de modo que asegure algún horizonte diferente al que vemos hoy.

El sector del progresismo que elige defender a Venezuela se atrinchera en la resistencia y lanza manotazos a los blancos de siempre. Se acusa a Estados Unidos de sabotear la economía venezolana como lo hizo con Cuba. Esta comparación es errada: si bien las sanciones al país bolivariano se incrementaron en el último tiempo, Estados Unidos sigue siendo el principal cliente en materia de importación y exportación, pese a la insistencia de aquellos que confunden comercio y política. Lo cierto es que hoy Venezuela está más cerca de Nicaragua -a manos de un gobierno que gracias a la violencia política y  la corrupción ha borrado todas las huellas de la revolución sandinista- que de Cuba. Comparten, además de varias medidas de corte represivo, un presente que no ofrece salida alguna al atolladero.

Un buen ejemplo del clima que se respira fue la última Asamblea Constituyente, colmada de oficialistas. Un proceso constituyente suele estar acompañado de un discurso refundador o una serie de reformas a lograr en el futuro. Ésta, en cambio, estuvo más enfocada en la necesidad de poner un paréntesis al conflicto que en un horizonte o nueva fase de la Revolución Bolivariana.

Otro argumento gira en torno al apoyo popular que hoy mantiene Maduro, que ha triunfado en las últimas elecciones regionales y presidenciales. Este supuesto también es discutible. No sólo por los números oficiales, que indican que en la última elección Maduro mantiene el mismo nivel de apoyo que en las legislativas del 2015, cuando arrasó la oposición; con casi tres millones de votos menos que en la Constituyente y un nivel de abstención que supera el 50% de los votos, muy lejos del promedio durante el chavismo, aunque entendible en plena crisis política. A pesar de los números, la presión que ejercen sobre los empleados públicos y la aparición de mecanismos de control como el Carnet de la Patria, que regula el acceso a bienes de necesidad básica, demuestra que es cada vez más difícil sostener que el oficialismo cuenta con el apoyo popular, aunque la oposición no logre capitalizarlo.

¿Qué sucede cuando la revolución se queda sin horizonte y apoyo popular? ¿Justifica su enemigo y pasado común a los modos que ese mismo proyecto se proponía extinguir?

ESQUIRLAS DE FIN DE CICLO

Para Esteban de Gori, doctor en Ciencias Sociales, la mirada crítica es necesaria, pero entendiendo el origen de la incomodidad. “El progresismo latinoamericano tiene, a partir de la recuperación democrática, un relectura y reapropiación de cierto liberalismo político, sobre todo en materia de Derechos Humanos y Civiles que colisiona con algunas de las medidas tomadas por el chavismo. El vínculo con el mundo militar y la democracia plebiscitaria, la estética y los actores del chavismo generan incomodidad en ese progresismo” señala a La Vanguardia.

Es importante que el progresismo no se olvide de esas banderas que forjaron su identidad, sobre todo para protegerlas. Son, al fin y al cabo, mucho más potentes que la apelación al enemigo o a un pasado de gloria. No debería olvidarse del axioma que ellos volvieron a instalar: que los derechos humanos son, por definición, para todos y en todo momento. Y valen también en países donde gobierna gente que nos gusta (o nos gustaba).

Los derechos humanos son, por definición, para todos y en todo momento. Y valen también en países donde gobierna gente que nos gusta (o gustaba).

No todos han caído en la trampa binaria o el silencio. El escenario aparece más complicado para las fuerzas que se identificaban con el chavismo, aunque también se encuentran distanciamientos de algunas de ellas. Para Recalde, es en la separación entre el proyecto de Chávez y el presente de Maduro donde reside una posibilidad de desmarcarse: “Es entender los distintos momentos del proyecto venezolano, entendiendo que Maduro nunca fue Chávez, pero no en términos de liderazgo sino de fases. Si tú las distingues, es posible hacer una lectura más saludable de lo que fue el proyecto venezolano y entender que lo que está pasando en este momento no significa marcar distancia con lo que significó el chavismo en ese entonces, con la articulación de la Patria Grande”. Esa es la línea que han seguido varios de los llamados “Chavistas críticos”, que apoyaban a Chávez y hoy aborrecen a Maduro.

La coyuntura regional hace difícil que una relectura del conflicto aparezca en forma de bloque, dada la erosión del ciclo progresista. “Probablemente sea más viable la aparición de lecturas críticas desde abajo, de los intelectuales, las organizaciones sociales. Esta lectura va a tener que de algún modo presionar, subir” agrega Recalde. Una respuesta en forma de bloque en el poder ya no es posible. Pero si se aspira a una eventual reedificación, la cuestión venezolana debería figurar en la agenda.

Hay dos motivos urgentes que sostienen esa afirmación. En primer lugar, las iniciativas regionales que hoy tienen lugar no prometen una solución para los venezolanos. El aislamiento y la aplicación de sanciones sólo amenazan con más pobreza y violencia. Vale, entonces, ensayar una solución que se aleje de la postura binaria. Por otro lado, las imágenes que llegan desde Venezuela, con las interminables colas para conseguir alimentos y la lucha cotidiana de la ciudadanía, son un dispositivo demasiado potente para regalarle al adversario. La importancia y significado del conflicto aparecen en cada una de las elecciones en la región, con dividendos claros para los que se dedican a levantar el dedo.

El conflicto venezolano requiere una respuesta a la altura por parte de los progresismos que, hasta ahora, han optado por la defensa cerrada o por el silencio. La situación del país, con sus características autoritarias y sus derivas violentas, precisa algo más que un discurso ideológico que solo ve conspiraciones externas e intentos permanentes de agotar una “revolución” ya muy discutida. Una discusión rica entre sectores diversos del progresismo y de la izquierda quizás pueda comenzar a alumbrar una salida posible.

 

Juan Elman

Juan Elman

Periodista especializado en política internacional. Estudiante de Ciencia Política.

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