Melancolía de izquierda, fantasmas del futuro

El tiempo no pasa, se acumula. A nuestras espaldas van quedando pedazos de lo que fue el futuro mientras el pasado crece y nos acecha.  Para los que creemos en el progreso colectivo ese es un espectáculo que entristece y paraliza. La edición argentina de Fantasmas de mi vida (Caja Negra, 2018), una colección de artículos pensados para los males ingleses, puede ayudarnos en esta hora de derrota sudamericana a salir de la melancolía política y reinventar el futuro sobre la fuerza de esas ruinas.

EL SUICIDADO DE LA SOCIEDAD

Mark Fisher se hizo conocido internacionalmente por Realismo capitalista, editado en 2009. En 2014 publicó Ghosts of my life y en febrero de 2017 salió The Weird and the Eerie. Dos semanas después Fisher se ahorcaba en su casa de Sufolk.

Mientras tanto, Caja Negra estaba traduciendo Ghosts… La muerte del autor resignificó la edición argentina: al imperativo de restarle localismo (fueron suprimidos 12 capítulos “demasiado británicos” de la edición original, entre ellos uno excelente sobre el escándalo de Jimmy Saville), se le sumó el de evitar que el libro fuera leído como una larga carta de suicidio, máxime si el subtítulo es “Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos”.

Desde Realismo capitalista, Fisher venía sosteniendo que la depresión es un problema sociopolítico, no individual. Una bandera que su mujer honró al responsabilizar al sistema de salud local por el abandono de su marido. En Ghosts… el tema vuelve de manera autorreferencial y la edición argentina lo refuerza agregando 9 artículos nuevos sobre malestar mental e identidad de clase. Es otro libro. Una de esas adiciones es el desgarrador “Bueno para nada” que cierra el volumen, en el que Fisher denuncia la estrategia de “responsabilización” de las clases altas para culpar a los trabajadores por sus males.

Aquí comienzan los problemas de la lectura argentina de Fisher: ¿cuánto del malestar de una sociedad superyoica como la inglesa, disciplinada por 30 (o 300) años de austeridad puede extrapolarse a una sociedad elloica como la argentina, que sufre las políticas de austeridad hace apenas 3 y que en cada década demostró capacidad para rebasar cualquier orden? ¿cuánto de lo pensado en el meridiano 0 del capitalismo es válido en esta periferia de otoño a 28 grados y movilización permanente?  

La respuesta son los fantasmas.

SER Y NO SER

Hauntologie es un juego de palabras entre haunt (fantasma) y ontologie que Derrida pergeñó en Espectros de Marx para definir aquello que está ausente y presente, que actúa sin existir, sea porque ya desapareció, sea porque aún no aparece. El concepto tuvo éxito en los estudios culturales anglosajones merced a su afinidad con las imprecisiones del pensamiento posestructuralista y al predominio de imágenes sin cuerpo de la era massmediatica.

Simon Reynolds lo usó muy libremente para definir a una actitud musical que, a su entender, podría conjurar la retromania del pop actual. Martin Jay encuentra fantasmagoría en esa hendija de una conciencia colectiva que es el trauma. Sabemos de eso: de Mariano Moreno a la ESMA, del Perón embalsamado a la AMIA, nuestra historia es pródiga en muertos sin sepultura y fantasmas que no dejan la casa. Roger Luckhurst, en cambio, critica el clisé de la espectralidad por chato, ahistórico y melancólico. El mismo Fisher confiesa que le atrae más el concepto que el resbaladizo pensamiento derrideano.

Lo cierto es que a partir de los ‘80 la cultura popular se llenó de fantasmas. Desde Poltergeist a Sexto Sentido y el terror japonés, pasando por Beloved de Toni Morrison, entre los serial killers de los ‘70 y los zombis del nuevo siglo, fueron fantasmas los que acompañaron la muerte de la vieja sociedad fordista. La obsesión victoriana por los espíritus vuelve en plena posmodernidad, quizás como reflejo de un capitalismo que, al decir de Piketty, recuperó la dinámica de la belle epoque: aceleración tecnológica y desigualdad social.

La obsesión victoriana por los espíritus vuelve en plena posmodernidad. Es el reflejo de un capitalismo que recupera la dinámica de la belle epoque: aceleración tecnológica y desigualdad social.

María del Pilar Blanco y Esther Peeren llegan a hablar de una “espectropolítica” que reconstruya a los sujetos pasibles de ser borrados o marginalizados, fantasmas potenciales de la sociedad y el mercado marchando silenciosamente al basurero de la Historia, pero cuya ausencia ocupa un lugar. Esas ausencias (la clase obrera, el futuro, la modernidad) son los temas de Fisher. Y los nuestros.

LA CLASE AUSENTE

¿Cuál será el sujeto de la izquierda cuando el trabajo termine de extinguirse en una fuente de malestar sin identidad? ¿Qué quedará además de “la calma desesperación de un mundo completamente dominado por el trabajo, especialmente para aquellos que no lo tienen”? Desde que en 1980 André Gorz saludó a la desindustrialización como una emancipación que daría lugar a una “no-clase de neoproletarios”, mucha agua corrió bajo el puente del Sujeto, desde el miserabilismo hasta el giro new age del último Foucault, pasando por las agarradas entre Butler, Laclau y Zizek.

¿Cuál será el sujeto de la izquierda cuando el trabajo termine de extinguirse en una fuente de malestar sin identidad?

Para Fisher no hay vueltas: hay que volver a lo que quede de la clase trabajadora, reconstruirla con el material disponible. Fisher juega a ser el Lukács de los chavs de Owen Jones, solo que construye su epistemología de clase con bilis negra: “El resentimiento es un sentimiento más marxista que los celos y la envidia”. Es el antídoto contra el “popismo”, la apropiación de lo más festivo y descerebrado de la cultura popular por parte de las élites como invitación al conformismo de los pobres: Macri bailando cumbia en Casa Rosada mientras nos pide que vivamos con menos.

Asumiendo que no es una pasión con buena prensa, Fisher señala que el problema es el resentimiento negado, pero afrontarlo evita la afirmación inconsciente de la propia inferioridad. Es la impotencia irreflexiva que no abandona ni siquiera a los que (por ahora) pudimos escapar de nuestro destino de clase, y que somos legión en América Latina gracias al ensanchamiento populista de la clase media. Para Fisher la soledad del desclasado es productiva porque le permite ver por afuera la situación del resto de su clase, su sometimiento a los valores de la elite. Y ver nuestras cadenas, concluye spinozianamente, ya es parte de la libertad.

LA DESINTEGRACIÓN DEL PROLETARIADO

En el impresionante ensayo que introduce y bautiza al libro, Fisher recorre la desmaterialización del proletariado siguiendo su huella en la música: de la vergüenza del pasado obrero que acecha en Ghosts, (Japan, 1982) a la disolución aceleracionista en la tecnología en Ghosts of my life (Goldie, 1993) para llegar a la alteridad andrógina y multicultural de Tricky y, fracasado ese proyecto, la fantasmagoría de Burial: los sonidos de la fiesta suburbana que ya terminó.

De la clase trabajadora tal como la conocimos puede que no quede nada, sólo fantasmas. Si es que no fue siempre así: desde los nibelungos de Wagner a las costureras de Awada, la clase obrera permanece oculta, dispersa, espectral. Según Peter Hitchcock, el “Uníos” del Manifiesto Comunista era la conminación a que el proletariado fantasmal encarnase en algo. Pero esa falta, esa oquedad, es productiva: romper las identidades, dice Fisher, permite disolver el aparato clasificatorio del liberalismo realmente existente.

De la clase trabajadora tal como la conocimos puede que no quede nada, sólo fantasmas.

También es cierto que la desintegración del proletariado deja vacío un nido que, entre 1889 y 1968, la izquierda consagró como dueño del futuro. Hoy ese horizonte apenas tiene lugar para la perorata ramplona y conformista de un Steven Pinker.

DESPUÉS DEL FUTURO, LA MELANCOLÍA

Podemos jugar con la teoría hipocrática de los humores para pintar el arco político del capitalismo tardío. El liberalismo global oscila entre la sangre del mercado y la flema de la política (tranquila, bon vivant, simpática aunque sin empatía). La alt right es más bien colérica (perseverante, rápida, grandilocuente, extrovertida, individualista). Y la izquierda es melancólica: inquieta, reflexiva, inestable, ansiosa, se olvida de su entorno y se distrae fácilmente. El fin de fiesta populista en América Latina, con todas sus variables desde el desastre de Venezuela y Brasil a las retiradas más o menos ordenadas de Chile y Argentina, parece alumbrar a todos los movimientos populares con la adictiva media luz de la tristeza.

Fisher era un crítico de la melancolía de izquierda como veneración paralizante y reaccionaria de reliquias revolucionarias y/o socialdemócratas. En el capítulo sobre Joy Division, señala que el humor de esta época no es la melancolía sino la depresión: la melancolía sin placer, monocroma y glacial, propia del realismo capitalista que aplaca toda iniciativa.

El trasfondo de la depresión colectiva para Fisher es la cancelación del futuro. La derrota del movimiento obrero a fines de los ‘70 extendió el desánimo; las nuevas condiciones de vida nos cansan y sobreestimulan a la vez. La cultura se agota, ya no es capaz de imaginar nuevos horizontes sino que se enrosca en un juego de citas retro que terminan cancelando toda temporalidad: el futurismo hoy es sólo otro estilo.

El trasfondo de la depresión colectiva para Fisher es la cancelación del futuro.

Hace un tiempo el algoritmo de Spotify me trajo Little Fluffy Clouds. No pude evitar una sonrisa al escucharlo: la primera vez que escuché ese tema, a mediados de los ‘90, esa era “la música del futuro”. Pronto la ironía mutó en terror: veinte años después ese tema seguía sonando como el futuro. Nuestra referencia de lo que debe ser el futuro parece anclada en el pasado. Aquí abajo, en Argentina, la percepción del futuro se obtura además por la incapacidad del mismo capitalismo para garantizar algún desarrollo que vaya más allá de un par de enclaves o el saqueo del stop and go.

En su ensayo sobre la melancolía de izquierda, Enzo Traverso señala que en la dicotomía entre la Historia, objetiva y universal, y la Memoria, subjetiva y fragmentada, el marxismo siempre apostó por la primera. Pero una vez que fue expulsado de la Historia no tuvo herramientas para transformarse en Memoria y sobrevino la melancolía. Fisher parece proponer a la fantasmagoría como un tercer nivel de temporalidad. Una instancia que mantiene activo aquello que ya no existe en la Historia ni quisimos guardar en la Memoria. En definitiva, los izquierdistas hace años que nos comportamos como cazafantasmas, buscando la presencia intersticial de algo que la mayoría da por muerto. Y la voz de ultratumba de Fisher nos señala en dónde buscar.

EL SONIDO DE LA MÚSICA

“Los cambios fundamentales en la organización de la sociedad siempre son presagiados por la música”. Fantasmas de mi vida manifiesta, como ningún otro libro de Fisher, su pasión e inteligencia para escuchar música. Para Fisher el pop expresó situaciones históricas concretas tanto como posiciones políticas por venir. Si la psicodelia y la música disco abrieron un horizonte de expectativas emancipador, para la época de The Jam la massmediatización del pop permitió externalizar la frustración y el bloqueo de la juventud, evitar que se encapsulen como problemas privados.

El oído depresivo de Fisher lo lleva a detectar en el hip hop el endurecimiento afectivo del realismo capitalista (“los raperos se expresan como mercancías autoconscientes”); y en el nuevo dance internacional de Beyoncé y Kate Perry, la tristeza oculta del placer inmediato, de la fiesta como trabajo.

Pero su objeto musical favorito es la hauntología: más que un estilo, una sensibilidad común a diversos músicos que expresan y conjuran la cancelación del futuro manipulando restos sonoros de viejos futurismos. Entre el plunderphonics y el ambient, artistas como Belbury Poly recrean el fantasma de aquello que verdaderamente preocupa a Fisher: el modernismo popular.

EL FANTASMA DE LA MODERNIDAD

El fracaso del proyecto de Stuart Hall en conectar a la política de izquierda con la cultura popular, para Fisher no sólo marcó la suerte de la primera sino que también impidió el desarrollo de un modernismo popular que democratizara a las vanguardias y su proyección futurista. A partir de ese fracaso, dice Fisher, fue fácil para el capitalismo capturar la líbido colectiva y reconducirla al neoliberalismo. Fue entonces cuando la modernidad terminó y el futuro se cerró. “El periodo 2003-2014 es el peor para la cultura popular desde 1950”. El modernismo de Fisher contiene mucho del conservadurismo de Adorno: la cultura se muere porque no suena la música que les gusta.

La lección de Fisher que nos importa es que no es el pasado comunista, socialdemócrata o populista lo que hay que anhelar, sino la promesa popular de futuro que portaban. Desde el Proyecto BIO de los años ‘60 para lanzar cápsulas al espacio desde La Rioja hasta Los Encargados sonando en una amarillenta tarde de los ´80 en Canal 9, son muchos los bolsones de modernidad popular que tenemos a nuestras espaldas. Son los fantasmas de un anhelo de progreso, de modernidad y bienestar, de este país, al decir de Martín Rodríguez, sobrepensado pero subejecutado.

No es el pasado comunista, socialdemócrata o populista lo que hay que anhelar, sino la promesa popular de futuro que portaban

La buena nueva es que nuestra enfermedad puede ser nuestra fuerza. El stop and go que no nos deja progresar es el síntoma de una sociedad que no se disciplina, que vive eternamente en esa época prethatcherista de capitalismo bloqueado e irreverencia colectiva que Fisher añora. Pero esa insumisión no parece tener más horizonte de expectativas que defenderse y sobrevivir, o soñar con los fantasmas de un pasado dorado. Si acelerar al sistema hasta hacerlo colapsar no parece una opción realista; si nuestro país, al decir de Hernán Vanoli, consume tecnología sin pensarla, captar la dimensión fantasmagórica del anhelo de progreso puede permitir inyectárselo a la rebelión permanente de nuestra región, sacarla del letargo ludita y abrir por izquierda el futuro que el capitalismo periférico parece negarnos.

Alejandro Galliano

Alejandro Galliano

Licenciado en Historia y periodista. Es co-editor de Panamá Revista y colaborador de revista Crisis. Se desempeña como dibujante bajo el seudónimo de Bruno Bauer. En twitter es @bauerbrun.

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