Ciudadanos: el liberalismo que no fue

Una de las subtramas más apasionantes del episodio de la moción de censura al ex presidente español Mariano Rajoy, es el giro brutal en la disputa entre el Partido Socialista y Ciudadanos por ocupar el lugar de “partido liberal moderno”. La jugada de Sánchez arroja a Ciudadanos al rincón de la derecha, a disputarse los votos con el perro viejo del Partido Popular. Ha conseguido descentrarlos.

Desde la aparición de Ciudadanos – el partido naranja liderado por Albert Rivera- en la política española, buena parte de la izquierda se ha empeñado en denunciar que su semblante de partido moderado, centrista y liberal, oculta en realidad posiciones de derecha pura o incluso de extrema derecha. Hasta ahora esto siempre me había parecido una exageración identitaria de la izquierda a la que le viene muy mal un contrincante matizado y moderado; una izquierda cuya épica magullada se nutre desde hace décadas de confundir liberalismo con fascismo. Para “defender” a Rivera de estas exageraciones izquierdistas, para mí bastaba con decir: “no te equivoques, en Ciudadanos son liberales, no son fascistas”. Pero desde los acontecimientos de las últimas semanas, esta defensa se ha vuelto difícil, no porque el discurso de Rivera durante los debates de la moción de censura fuera fascista (que no lo fue), sino porque fue sorprendente y cristalinamente antiliberal.

La postura de Albert Rivera frente a la moción de censura a Mariano Rajoy fue sorprendentemente antiliberal.

En sus Consideraciones sobre el gobierno representativo, John Stuart Mill escribía: “Que la minoría debe ceder ante la mayoría; que el número más pequeño debe someterse al más grande, es una idea con la que estamos familiarizados. Y de acuerdo con ella, los hombres piensan que no necesitan ya hacer uso de su inteligencia; no se les ocurre que pueda haber un término medio entre permitir que la minoría sea igualmente poderosa que la mayoría, y eliminar completamente a la minoría”

Me resulta imposible no ver dibujado al Rivera de los debates de la moción de censura en estas palabras de John Stuart Mill en 1861 ¿No fue Rivera durante la moción de censura justo uno de esos hombres que, rozando con la palma de la mano la ansiada mayoría “piensa que ya no necesita hacer uso de la inteligencia…”? En efecto, su convicción fundamental para deslegitimar el posible nuevo gobierno de Sánchez era la “eliminación completa” de las minorías nacionalistas en el parlamento español. No dejó de repetir que la moción estaba viciada porque contaba con el voto de estas minorías tóxicas, que él no tocaría ni con un palo. Su llamado a elecciones era la exigencia de alguien que no tolera el juego constitucional que incluye (en su debida proporción, como proponía Mill) a las minorías parlamentarias, cuyo voto representa a millones de ciudadanos, también “españoles”. El párrafo que cito se encuentra en un capítulo que Mill tituló, explícitamente, “De la verdadera democracia y de la falsa: representación de todos y representación de sólo la mayoría”, en el que señalaba a la “tiranía de las mayorías” como el mayor peligro de las democracias representativas cuando no están bien diseñadas. Para Mill, un clásico de clásicos del liberalismo inglés, el peso proporcional pero efectivo de las minorías en las acciones de gobierno es signo de “verdadera” democracia, mientras que su exclusión, la ausencia de peso real de sus votos, es la marca indeleble de la tiranía de las mayorías, la falsa democracia.

No traigo a Mill en este artículo con un espíritu normativo, sino para poner de relieve el notable viraje de Ciudadanos en el eje verdadera/falsa democracia. Hace solo dos años, Ciudadanos podría haber usado este texto (con toda la razón) para justificar su propia postura de crítica al bipartidismo puro como falsa democracia. Así, en el frustrado intento de investidura de Pedro Sánchez en 2016, Ciudadanos justificaba su apoyo de entonces al socialista precisamente en los principios del pactismo y en la necesidad de tejer alianzas plurales en democracia. Entonces Rivera no dejaba de evocar a los padres de la transición y su capacidad de “tender la mano” al que piensa distinto para encontrar los puntos comunes. Pero ante su propio crecimiento en las encuestas, y ante el éxito electoral de su táctica frentista en Cataluña, Rivera fue abandonando esta tendencia liberal pluralista, hasta llegar a convertirse durante la moción de censura (¿sin darse cuenta?) en un adalid del antiparlamentarismo y del desprecio a los procedimientos constitucionales frente a la legitimación única (rigurosamente populista) del voto de las mayorías en las urnas. No otra cosa manifestaba su obsesión con el llamado a elecciones y a la necesidad de que sea “la gente” con su voto la que consagre al nuevo gobierno.

Rivera fue abandonando la tendencia liberal pluralista, hasta llegar a convertirse durante la moción de censura en un adalid del antiparlamentarismo y del desprecio a los procedimientos constitucionales.

Frente a la política de bloques mayoritarios inamovibles, el PSOE había elegido ya, de la mano de Miquel Iceta, una táctica pluralista en Cataluña, asumiendo que la única solución posible era la ruptura de bloques y la creación de alianzas heterogéneas que incluyeran partidos nacionalistas y “constitucionalistas”. Fue en realidad esa estrategia pluralista perdedora en Cataluña la que convalidó (o hizo natural) la postura liberal (en el sentido de Mill) de Sánchez para tejer su exitosa moción de censura en el parlamento español.

Se dirá que tanto la posición de Ciudadanos como la del PSOE se pueden explicar por pura táctica electoralista: a Ciudadanos “le convenía” (o eso creía) el anti pluralismo en la moción y a Sánchez “no le quedaba más remedio” que el pluralismo para llegar al gobierno. El prestigio del analista político suele residir en su capacidad para “desnudar” la táctica disfrazada de convicción. Sin embargo, creo que la tendencia y la viabilidad de unas tácticas frente a otras indican algo más profundo de la posición original, de las “raíces” de cada partido en la lucha política. Quizás un partido cuyo origen es el españolismo como reacción a los excesos del nacionalismo catalán sólo puede juguetear apenas por un tiempo con el centro liberal, mientras que un partido acostumbrado a gobernar en medio de la más frondosa heterogeneidad tenga la táctica pluralista como un reflejo adquirido. Quizás el centro político (el lugar liberal) no sea un imposible punto medio entre la izquierda y la derecha, sino el centro de una circunferencia en la que se colocan todas las sensibilidades políticas. Un punto en el cuál sólo pueda permanecer un partido que tenga la aptitud real para pactar con todas las minorías parlamentarias, obligado por supuesto, para lograrlo, a no dejar de usar nunca la inteligencia.

Santiago Gerchunoff

Santiago Gerchunoff

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Es colaborador en la sección de cultura del periódico digital El Español. En twitter es @sangerchu.

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