Adolfo Pérez Esquivel: “El peor monocultivo es el de las mentes”

El Premio Nobel de la Paz expresa en esta charla con La Vanguardia sus principales preocupaciones actuales, que pasan por las problemáticas ambientales, entendidas como parte de una crisis civilizatoria global. También cuestiona al Gobierno y alienta la necesidad de unirse respetando la diversidad: “Si en este momento no caminamos juntos estamos perdidos”.

El viejo luchador por los derechos humanos, con 82 años encima, sigue recorriendo rumbos, poniéndose en contacto con las distintas problemáticas de los pueblos de la Argentina y el continente. Adolfo Pérez Esquivel brindó días atrás una charla sobre “La educación en la Madre Tierra y como práctica de la libertad”, en el marco de una iniciativa ambiental en la provincia de Entre Ríos. Poco antes, dialogó con La Vanguardia y repasó algunas de sus principales preocupaciones actuales, no sin antes recordar algunas anécdotas de su juventud con Alfredo Palacios, y ya durante la lucha contra la dictadura, con su adorada Alicia Moreau de Justo, cuya inteligencia y humor destaca al evocarla.

El viejo luchador que mereciera en 1980 el Premio Nobel de la Paz por su trabajo en defensa de los Derechos Humanos en América Latina, además de presidir el Consejo Honorario del Servicio Paz y Justicia Latinoamericano (SERPAJ), es titular de la Liga Internacional para los Derechos Humanos y la Liberación de los Pueblos, con base en Milán, Italia, y miembro del Tribunal Permanente de los Pueblos. Desde 2004 forma parte del Jurado Internacional del Premio de Derechos Humanos de Núremberg. Con numerosas distinciones y reconocimientos en todo el mundo, autor de varios libros, artista y escultor, Adolfo sostiene “la mejor educación que podemos brindar a nuestros hijos es una educación liberadora como práctica de la libertad, tener el corazón rebelde frente a las injusticias”.

“El Gobierno actual eligió un camino que no es de diálogo, no es de apertura para el pueblo, es para las grandes corporaciones”.

Comprometido con la cuestión ambiental, cuestiona el desarrollo basado en la explotación de los recursos naturales y de los seres humanos. “Desarrollo no es explotación”, asegura. “No es lo mismo y muchas veces se intenta confundirlos. Debemos preguntarnos qué desarrollo queremos”.

Aunque ve un panorama preocupante en diferentes aspectos, llama a “no dejarse vencer por el derrotismo, hacer caminar la palabra que despierta, en cada ámbito en el que uno trabaje o participe. Es la esperanza lo que nos impulsa a resistir”, asegura.

¿Cómo es su mirada sobre la problemática de los derechos humanos en general en el mundo en que vivimos, con sus avances y retrocesos, cuando se están por cumplir 70 años de la Declaración Universal?

Los derechos humanos son integrales, no es solo lo que tiene que ver con las torturas, o la desaparición de personas, o las cárceles. Y lo digo yo que soy un sobreviviente de esa época. Pero los derechos humanos tienen que ver con el ambiente, la soberanía alimentaria, con la educación, con la salud, es decir que son valores integrales. Los derechos humanos y democracia son valores indivisibles, si se violan los derechos humanos las democracias se debilitan y dejan de ser democracias. Por eso todo esto tiene que ver también con la explotación irracional que se hace de los recursos y bienes naturales. Las organizaciones de derechos humanos deben trabajar para restablecer el equilibrio entre el ser humano y la madre tierra y entre los seres humanos entre sí; y para eso tenemos que ver que somos parte de un todo, que no somos el todo, ni tampoco somos el centro de todo. En el mundo hay hambre, lo que es un crimen, cuando el mundo podría superarlo porque existen las condiciones para hacerlo; el complejo industrial militar gasta millones y millones de dólares y euros en armas, porque para ellos el negocio son las guerras, no la paz. La paz no es tampoco la ausencia del conflicto, la paz es una dinámica permanente de relaciones entre las personas y los pueblos, es cómo nos respetamos y sabemos vivir en la diversidad, y cómo esa diversidad es la que nos lleva a la unidad. Esto es lo importante, cómo vivimos en la diversidad, cómo convivimos en ella. Miremos a la Madre Tierra, a la naturaleza: ella no genera uniformidad, ella nunca generó monocultivos, ella siempre nos brindó la diversidad. Los monocultivos de soja, de pino, de maíz, con los agrotóxicos, con todo lo que contamina no solo el ambiente, sino al ser humano, a todo ser viviente, está haciendo daños irreparables porque rompe la cadena de la biodiversidad. ¿Y cómo restablecemos el equilibrio?, cuando el ser humano a través de la educación, a través de una cultura del medio ambiente, de la paz, tenga en cuenta que tenemos una casa que es común, que la tenemos que cuidar. Si dañamos a la Madre Tierra nos dañamos a nosotros mismos.

¿Y cómo ve a la Argentina actual en lo que tiene que ver con los derechos y en la cuestión ambiental?

Creo que los argentinos estamos fracturados, veo que hay una fragmentación muy grande, ideológica, política, cultural. Pero tenemos que comprender que la diversidad es la gran riqueza de los pueblos, nunca la uniformidad, tenemos que religar, unir, partir de los acuerdos, de aquello que nos identifica, que nos une, y no siempre de las diferencias. Pero los argentinos siempre partimos desde las diferencias, desde aquello que nos enfrenta, nos divide. Creo que muchos deberían volver a la escuela porque se olvidaron de dos cálculos matemáticos: sumar y multiplicar, aprendieron solamente a dividir y a restar. Hay que tratar de recuperar las identidades, los valores, y desde ahí podremos construir. La Argentina es un país maravilloso, yo viajo por el mundo y veo países con mucho menos recursos pero que tienen un gran desarrollo, y lo aclaro: el desarrollo no es explotación, en cambio aquí en la Argentina no hay desarrollo, hay explotación. Entonces nunca se llega a poder desarrollar como debe ser: en libertad. El otro día en una reunión de los equipos nos acordamos de algo que lanzamos hace varios años en Panamá y en toda América Latina: “No matarás ni con hambre ni con balas”. El FMI y la deuda externa matan con hambre y matan con balas. Y ese es el camino que eligió el Gobierno actual, un camino que no es de diálogo, no es de apertura para el pueblo, es para las grandes corporaciones.

“Si en este momento no caminamos juntos estamos perdidos”.

Usted propone entender el desarrollo o el progreso no como mala palabra sino como algo distinto del modelo único que nos ofrecen.

Es que el pensamiento único que nos metieron, yo lo relaciono muchas veces a lo que son los monocultivos. Pero hay monocultivos mucho más peligrosos y contaminantes, como el monocultivo de las mentes. Ese es fatal, es destructivo. Y esto lo impone el pensamiento único. Hay modelos del sistema que son para dominar, no para liberar. Creo que hay que hablar de la educación como práctica de la libertad, porque si no no es educación, es sometimiento. Y esa forma de ver la educación tiene que ver con otra visión que tenemos en la vida. Pero no tengo dudas de que la Argentina tiene muchísimas posibilidades, hay gente muy valiosa, que puede aportar mucho, tanto a la educación como a los medios de comunicación, a la conciencia crítica, a los valores. Pero hay que volver a una educación liberadora, donde el eje central es la conciencia crítica para formar hombres y mujeres para la libertad, porque si no es así, no hay capacidad de amar, qué palabrita terrible, no sobre el amor a aquel que nos ama, sino al amor a nuestro pueblo, a la madre naturaleza, a la relación que tenemos con nuestro pueblo, con nuestra comunidad, solo desde ahí podemos construir otro amanecer para el país. Y la educación tiene un rol central en ese aspecto.

No es mal momento para plantearlo cuando se cumplen 100 años de la Reforma del 18, una de las identidades y valores que quizás vale la pena recuperar, la idea de una educación que forme seres humanos integrales, no profesionales fragmentados.

Así es. Pero el sistema es cruel. Utiliza a la gente para sus intereses. Incluso con cosas que parecen grandes avances, como las tecnologías. Se pensaba que iban a servir para darle más libertad al ser humano, pero se están tragando, engullendo al ser humano, lo están sometiendo. Yo vengo trabajando sobre esto, y una de las cosas que produce el uso actual de la tecnología es la aceleración del tiempo. No tenemos el tiempo que teníamos antes, ahora se están acortando, antes eran décadas, hoy son años, y por ahí son meses. Todo ser tiene su tiempo privativo, pero también el tiempo de la sociedad, y las tecnologías nos van imponiendo sus tiempos. Si una computadora tarda medio segundo más de lo que estamos acostumbrados, nos ponemos nerviosos. Hoy en unas horas estamos en Europa, antes eran tres meses. Entonces hay una aceleración, corremos atrás del tiempo y corremos hacia ningún lado. Por eso es importante plantearse cómo recuperamos el equilibrio, y entonces es importante reencontrarse con el tiempo natural, con los ritmos naturales.

De ahí su insistencia en volver a las fuentes, a la naturaleza, a la Madre Tierra.

Claro. Ella nos enseña todos los días que hay ciclos que deben ser respetados, que hay tiempos. Uno no le puede decir al maíz que crezca más rápido, porque si no se lo fuerza y eso no sirve, no da resultado, o sus resultados terminan generando otro tipo de problemas. Y esto tiene que ver con la vida, con la alimentación. En parte porque somos aquello que comemos: si comemos desastres como la comida chatarra, vamos a terminar con una salud desgraciada, pero si comemos sanamente, de acuerdo a lo que madre naturaleza nos brinda, podremos restablecer ese equilibrio. Hace poco estaba en Chiapas en un congreso sobre “Desarrollo y desarme”. Y allí me encontré con amigos mayas y al contarles que estaba en en San Cristóbal de las Casas, tratando esos temas (“desarrollo y desarme”) ellos me devolvieron la pregunta: “¿Y ustedes qué quieren desarrollar? ¿Más coches, más celulares, más máquinas, más más dinero?”. Yo los conocía desde hace muchos años pero no sabía que en su idioma no existe la palabra desarrollo. Y me dijeron: “Para nosotros existe la palabra equilibrio”. ¡Mirá qué cambio profundo! Equilibrio. Equilibrio con nosotros mismos, con los demás, con la madre tierra, con el cosmos, y cuando logramos ese equilibrio, realmente encontramos la vida y la paz. Ese camino tenemos que transitarlo. Con todo esto nosotros tenemos que hacer caminar la palabra, no una palabra vacía, la palabra es energía. Con una podemos amar y con una palabra podemos destruir y puede ser tan fatal como un arma. Entonces esa palabra que es vida, que nos comunica, nos identifica, que nos comenzamos a recuperar nuestra identidad de ser persona y nuestra relación con la madre tierra. Eso tiene mucho que ver con la educación como práctica de la libertad, porque si no tenemos eso este mundo está perdido. Vemos que los gobernantes, lo vemos en nuestro país, privilegian al capital financiero sobre la vida del pueblo. Precio y valor no son lo mismo, son cosas totalmente distintas. Tenemos que recuperar el valor de las cosas, pero primero tenemos que recuperar nuestros valores, quienes somos, a dónde vamos, qué queremos, cómo compartimos. Tenemos que compartir el pan que alimenta el cuerpo y alimenta al espíritu, y la libertad, porque sin libertad no podemos amar.

“Los argentinos estamos fracturados, ideológica, política y culturalmente. Tenemos que unirnos pero comprendiendo que la diversidad es la gran riqueza de los pueblos”.

Las organizaciones de derechos humanos de la Argentina son un ejemplo en muchos aspectos para cualquier organización del mundo que se dedique a la dignidad humana, no obstante en los últimos años hubo muchas controversias, y muchas tristezas, al atarse varias de ellas a una gestión de Gobierno ¿cree que es posible reconstruir después de eso?        

Posible y difícil. Estamos en eso. Nosotros siempre mantuvimos la independencia de cualquier partido político, y esto nos generó problemas con los otros organismos que tomaron una opción política partidaria, muy sectaria ¿no? Pero siempre tenemos que estar abiertos al diálogo y a la comunicación, para que podamos tener un reencuentro. Yo no le voy a sacar a nadie la tarjeta roja, ni la amarilla, pero sí vamos a tener que aclarar cosas y tratar de caminar juntos. Porque si en este momento no caminamos juntos estamos perdidos. Las organizaciones, los sectores sociales, los partidos políticos tienen que partir de acuerdos a partir de sus identidades, de sus valores, y no de sus intereses o de necesidades de partido, porque entonces estarán fallando.

¿Cómo cree que se pueden vincular esas necesidades de coordinar y relacionarnos con las necesidades sociales, y a la vez con las alternativas productivas que van surgiendo en cada lugar, vinculadas con lo ambiental, con lo sustentable, en el marco de un sistema que no favorece entender, por ejemplo, la cuestión de la alimentación como una prioridad de salud? ¿Lo ve como un camino que nos lleve a acercarnos entre las personas y a cambiar nuestra vinculación con la naturaleza?

Brevemente, yo creo que la soberanía alimentaria, porque de eso estamos hablando ¿verdad?, no está en las grandes corporaciones. Está en apoyar al pequeño y mediano productor rural, a ellos hay que ayudarlos, a que mejoren el tipo de cultivo, el saneamiento natural, de una agricultura orgánica y preservar lo que es la madre tierra, porque si un pequeño productor agrario utiliza los mismos recursos de los grandes con el glifosato, etc, está perdido. Hay que ayudarlo no solo en la producción sino sobre todo en la comercialización, cortando la cadena de intermediarios. Entonces ahí habrá un abaratamiento de la producción y de los transportes, para eso son necesarias las cooperativas. Y tengo claro que no es fácil, pero hay que generar conciencia crítica y valores, es la única forma. Lo que se siembra se recoge, y eso es lo que estamos viendo con los agrotóxicos, o con la megaminería, que es tremenda, que provoca daños irreversibles.

“El eje central de la esperanza es la conciencia crítica para formar hombres y mujeres para la libertad”.

Cuando Bergoglio fue designado Papa usted lo defendió de ciertos ataques, reconociendo que él no tuvo una postura heroica durante la dictadura, pero que tampoco fue cómplice. ¿Qué balance hace de su accionar como jefe mundial de la Iglesia Católica?

Bergoglio en la época de la dictadura era superior de la orden los jesuitas, no tenía el peso de un obispo por ejemplo. Y en los últimos años, yo sabía que había ayudado a gente a salir del país. Y hubo ataques muy duros, negadores, porque tanto el kirchnerismo como Horacio Verbitsky le dieron con un caño, lo menospreciaban. Yo entiendo que está haciendo un trabajo increíble Francisco, para mí es un pastor con olor a oveja, si un pastor no tiene olor a oveja no es pastor. Destaco la encíclica “Laudato si”, que plantea la problemática de la casa común, de la crisis ambiental, con gran profundidad.

La usan incluso ateos… algunos de ellos venían diciendo cosas así desde hace décadas

Claro. No es una encíclica católica, es para todos y todas, la puede utilizar cualquiera. Es un gran documento, que genera conciencia. Y hoy Francisco está llamando a la conciencia, a parar la locura nuclear. Además creo que está haciendo reformas fuertes dentro de la misma Iglesia, tanto que les pidió la renuncia a los obispos chilenos para poder evaluar quién queda y quién no por el grave asunto de la pedofilia, y del mismo modo está haciendo un trabajo de acercamiento de todas las religiones. Es un hombre con un espíritu abierto, ecuménico, que está haciendo un trabajo para la humanidad, no solo para el catolicismo. Y no viene a la Argentina después de cinco años por los hechos, ¿qué va a venir a decir aquí, con la situación de aumento de la pobreza, de la represión?  Creo que Francisco en esto está haciendo un trabajo importante y esperemos que continúe, porque parece tener la voluntad política y espiritual para hacerlo.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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