Segunda vuelta en Colombia: ¿crónica de un triunfo anunciado?

Este domingo se dirime la segunda vuelta electoral en Colombia. El escenario muestra la persistencia de un uribismo aparentemente incólume, pero, también, la emergencia de un polo progresista novedoso. 

Los resultados de las elecciones presidenciales que tuvieron lugar en Colombia el pasado 27 de mayo de 2018 dieron como ganador a Iván Duque, candidato del partido Centro Democrático, agrupación política liderada por el ex presidente Álvaro Uribe Vélez. Frente al 39,1% de los electores que conquistó Duque, el segundo lugar, con el 25,1% de los votos, correspondió a Gustavo Petro, ex miembro de la guerrilla M-19, alcalde de Bogotá entre los años 2012 y 2015, y quien hoy lidera la coalición “Colombia Humana”. Ambos son los aspirantes a la Presidencia de Colombia en la segunda vuelta electoral que se desarrollará el próximo domingo 17 de junio.

Como se ha venido difundiendo en distintos medios tanto colombianos como internacionales, es indiscutible que Duque y Petro se encuentran en las antípodas políticas uno respecto del otro. Por un lado, el apoyo de grandes personalidades conservadoras y de ultra-derecha a su campaña ubican a Duque como un candidato cuyas propuestas de gobierno se abocan a temas como la “defensa de la familia”, la lucha militar contra el narcotráfico y, en particular, contra las agrupaciones armadas al margen de la ley, especialmente contra las disidencias guerrilleras de las desmovilizadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y los combatientes del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Esto va acompañado, además, por la repetida demanda por parte de Duque de revisar y modificar los tratados de La Habana que gestaron la paz entre las FARC y el Gobierno de Colombia, aduciendo que aquellos dieron vía libre para la impunidad y la no reparación de las víctimas de la guerrilla.

Enfrente, Petro logró traducir en millones de votos las intervenciones masivas que realizó en las principales plazas públicas del país. Así, el “fenómeno Petro” –como se le conoció mediáticamente a su meteórica y exitosa campaña- logró conglomerar una parte de la izquierda colombiana gracias a sus propuestas de mantener los ya mencionados acuerdos de La Habana, mejorar el sistema de salud –en su mayoría privado- y poner en vigencia una educación superior pública y gratuita (en Colombia, debe recordarse, ninguna institución universitaria ofrece estudios totalmente gratuitos).

Se podría decir que las decisiones de Uribe han determinado en gran medida las contiendas electorales en la última década. La figura del ex mandatario cuenta con un núcleo fuerte de apoyo electoral, como lo confirma la victoria de Duque en primera vuelta, pero también arrastra una imagen salpicada de escándalos.

A primera vista, podría parecer claro que el enfrentamiento entre ambos candidatos es una disputa típica entre sectores progresistas y reaccionarios, como otras que ha habido en América Latina. Sin embargo, en la segunda vuelta de este domingo están en juego otras variables que exceden por mucho las consignas maniqueas que han desbordado el escenario político colombiano durante estas casi tres semanas (“izquierda moderna versus derecha feudal”, “orden y seguridad contra el castrochavismo”, etc.). Ciertamente, durante los pasados meses de campaña, el candidato Duque fue retratado por sus detractores como un títere político más de los que ya ha ungido en otras oportunidades Álvaro Uribe, tras ser impedido él mismo de lanzarse nuevamente al ruedo electoral. Recordemos que el primero de aquellos candidato fue el ex ministro de agricultura del uribismo, Andrés Felipe Arias, y, posteriormente, el actual presidente Juan Manuel Santos, quien más tarde se desmarcó de la órbita uribista. Para las elecciones de 2014, el escogido por Uribe fue Oscar Iván Zuluaga, un ex diputado que intentó sin suerte derrocar al converso Santos.

Se podría decir que las decisiones de Uribe han determinado en gran medida las contiendas electorales en la última década. La figura del ex mandatario cuenta con un núcleo fuerte de apoyo electoral, como lo confirma la victoria de Duque en primera vuelta, pero también arrastra una imagen salpicada de escándalos. Uribe estuvo involucrado en cuestiones tan graves como la existencia de vínculos entre su círculo político más cercano y el paramilitarismo, la realización de escuchas telefónicas a periodistas opositores y jueces de la República durante sus dos mandatos (2002-2010), o sus nexos con la realización sistemática de ejecuciones extrajudiciales –también conocidos como “Falsos Positivos”- con la intención de inflar los resultados en su lucha contra la insurgencia, por tan solo mencionar algunas. A lo anterior se le suma la férrea oposición de su partido político (Centro Democrático) a las negociaciones de paz entre el gobierno de Santos y las FARC. Esto ha sido capitalizado por Uribe y sus allegados políticos, entre otras razones, por la ausencia de una reconciliación real entre la insurgencia desmovilizada y la población civil. Esta grieta quedó plasmada en el rotundo fracaso del famoso “plebiscito sobre los acuerdo de paz” de octubre de 2016, y que significó un duro revés para el gobierno de Santos.

En este sentido, la vigencia de Uribe en la política colombiana es explicable solo si se tiene en cuenta la reciente torsión de la “exterioridad constitutiva” de su corriente política, o sea, quién o quiénes representan la otredad del uribismo. En un primer momento -desde 2002-, la lucha militar a gran escala contra las FARC y el ELN fue tanto el foco de acción de los gobiernos del ex presidente como también su motor electoral, todo esto vigente hasta la llegada de los acuerdos de La Habana. En la actualidad, en cambio, el rol que otrora ocupaba la insurgencia está ahora representado por una Venezuela inmersa en una crisis política, económica y humanitaria –y de donde han llegado al territorio colombiano cientos de miles de migrantes-. Para decirlo sin ambages, el miedo al “castrochavismo” le ha servido al uribismo como forma de descalificar a sus opositores (incluso, uno de los lemas de campaña de Duque decía “No quiero vivir como venezolano”).

Es importante resaltar que las campañas electorales de la primera vuelta estuvieron marcadas por un panorama de fragmentación muy difícil de sortear para los opositores al uribismo. En efecto, la diferencia entre los candidatos Petro y Sergio Fajardo fue menor al 2% (casi unos 400.000 votos): éste último, matemático, ex alcalde de Medellín y antiguo gobernador de Antioquia alcanzó el 23,7% del apoyo electoral[i]. Estos resultados fueron posibles gracias a la “Coalición Colombia”: una alianza entre el propio movimiento de Fajardo, el partido político de izquierda Polo Democrático Alternativo y el Partido Alianza Verde. Dicha coalición logró capturar el voto de quienes, a pesar de estar en contra de Uribe, ven a Petro como un candidato peligroso: consideran que su gobierno en la alcaldía de Bogotá fue turbulento y que su discursividad resulta rimbombante, propia de un demagogo. Con ello, sin dudas, han buscado caracterizar a Petro como un líder imprevisible y arbitrario. Por su parte, los seguidores de Petro le han endilgado a Fajardo ser un líder de “extremo centro”, “tibio”, con una inusitada pretensión de neutralidad frente a las problemáticas sociales y económicas más urgentes de la realidad colombiana (esto, sin hablar de los supuestos vínculos con el paramilitarismo que se le atribuyen al matemático durante su gestión en Medellín).

No obstante lo anterior, la relación entre estos dos candidatos, con más afinidad de divergencia, es lo único que aporta cierta cuota de incertidumbre a la segunda vuelta presidencial que se celebrará en estos días, dada la abrumadora ventaja que Duque obtuvo frente a sus adversarios, incluido Petro. En primer lugar, a pocos días después de los comicios del mes pasado, Fajardo reafirmó que, si bien sus seguidores eran “libres” electoralmente, él votaría en blanco la segunda vuelta. Esta decisión no es ingenua, ya que tiene como objetivo conservar el electorado conquistado en vistas a los próximos comicios regionales que se realizarán en 2019. En un contexto en el cual el voto en blanco parece significar –además de un rechazo explícito a los dos candidatos- un apoyo indirecto a la victoria del uribismo, la postura de Fajardo podría considerarse como beneficiosa para su coalición pero perjudicial para el país.

Es innegable la persistencia en Colombia de un electorado bastante adicto a las políticas de seguridad, orden y tradición que encarna sin tapujos el uribismo. Sin lugar a dudas: la victoria de Duque significaría el peor de los escenarios futuros para las fuerzas y movimientos progresistas de Colombia.

Esta posición de Fajardo, sin embargo, ha sido contradicha por varios miembros de su “Coalición Colombia”. Personajes importantes del Partido Verde -como el ex alcalde de Bogotá Antanas Mockus y el ex miembro del M-19 Antonio Navarro Wolf-, algunos integrantes del Polo Democrático Alternativo e, incluso, la misma candidata vicepresidencial de Fajardo, Claudia López, han decidido respaldar la candidatura de Petro. Todo esto sucede mientras el uribismo lograba establecer importantes alianzas con el derrotado candidato Germán Vargas Lleras y con líderes destacados del Partido Liberal, puntualmente con el ex mandatario César Gaviria; alianzas, valga decirse, que significan un fuerte respaldo del tradicional establishment colombiano al candidato ungido por Uribe.

En síntesis, más allá del panorama electoral y de los resultados del próximo domingo, lo cierto es que los comicios de este año han evidenciado cambios sustanciales en la historia política colombiana reciente. Por ejemplo, no es menor la imagen, que circuló por todos los medios, en la que el ex Comandante en Jefe de las FARC, Rodrigo Londoño (alias “Timochenko”), depositaba su voto en las urnas, algo impensada no hace mucho tiempo atrás.  Asimismo, el resultado obtenido por Petro y Fajardo atenúa la tradicional imagen  de una Colombia nítidamente “de derecha”, abriendo una brecha para la consolidación de un polo progresista todavía fragmentado.

Con todo, es innegable la persistencia en Colombia de un electorado bastante adicto a las políticas de seguridad, orden y tradición que encarna sin tapujos el uribismo. Sin lugar a dudas: la victoria de Duque significaría el peor de los escenarios futuros para las fuerzas y movimientos progresistas de Colombia. Según éstos, es deseable que la opción de un supuesto “mal menor” no nuble el juicio de los votantes, obliterando la fuerte impronta regresiva que tiene el uribismo en términos sociales, y los empue al reconfortante y simbólico voto en blanco.

Frente a este panorama, la victoria de Petro resulta improbable. Empero, como sabemos, en política no hay certezas absolutas. Como lo advirtió Hannah Arendt, es en el campo de la “infinita improbabilidad” en el que surge el milagro, esto es, la irrupción de algo que no se podía esperar. Está por verse, entonces, si este domingo lo inesperado tiene lugar en los comicios colombianos. En otras palabras, si el milagro para las fuerzas progresistas colombianas se produce.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[i] Por su parte, el ex vicepresidente de Juan Manuel Santos –quien parecía contar con toda la maquinaria política posible-, Germán Vargas Lleras (7,3%), y el candidato del Partido Liberal, Humberto de la Calle (2,1%) quedaron en un lugar bastante marginal de los comicios.

Cristian Acosta Olaya

Cristian Acosta Olaya

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia y Magister en Ciencia Política (IDAES-UNSAM). Doctorando en Ciencias Sociales (CONICET-UBA).

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