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A cien años de la Revolución de las Conciencias

“Los dolores que quedan

son las libertades que faltan”.

Del Manifiesto Liminar, junio de 1918.

 

“Menos de tres de cada cien universitarios

argentinos proviene de los sectores

desfavorecidos de la sociedad”.

(SITEAL, sobre la base de la Encuesta Permanente

de Hogares de la República Argentina, 2000)

La inspiración del movimiento reformista, que a su modo se inscribe en la mejor tradición humanista heredera de la Revolución Francesa, insta cada tanto a las generaciones que la redescubren, a replantear los conceptos de lo instituido. El filón provechoso de la Reforma cada tanto renace, convocando al desafío de pensarlo con nuevos contenidos y adaptaciones, invitando a pensar nuevas estrategias para avanzar en una sociedad más libre, más igualitaria, más humana, en la que el poder, la riqueza y la cultura estén efectivamente en manos de toda la sociedad.

DE MAYO DEL 68 A JUNIO DEL 18

Suele mencionarse un paralelismo con el Mayo Francés de 1968, que medio siglo después de la Reforma reactualizó varias de sus consignas, como la famosa “Prohibido Prohibir”, surgida de la pluma de Deodoro Roca. Cincuenta años después del estallido cordobés, el Mayo Francés de 1968 muestra la aparición de la juventud mediante una presencia explosiva en los países del Primer Mundo. Paradójicamente, la mayor reacción contra “lo establecido” eclosiona allí donde la prosperidad económica pareció haber llegado a un estatus inagotable de bienestar y confort, pero también de inequidades inocultables, mientras del otro lado del muro, lo que alguna vez fue la promesa de una nueva forma de organización social se revelaba como un nuevo tipo de zarismo, el imperio soviético, y empezaba a crujir por todos lados. En occidente, libertad sin igualdades; en el llamado “socialismo real”, igualdad sin libertades.

En ese contexto se produce el estallido de los jóvenes del 68, desafiando los límites de las democracias capitalistas, pero también los esquemas de los libritos de marxismo-leninismo-stalinismo de la Academia de Ciencias de la URSS.

Los jóvenes del 68, como los del 18 a su manera, reinstalaron a las generaciones juveniles en la agenda contemporánea de su respectiva época. Muchos de los temas surgidos de allí forman parte de las prioridades políticas de nuestros tiempos: el cuidado del medio ambiente, las formas de representación democrática, los métodos educativos no represivos, el respeto y la tolerancia a la diversidad en todos los órdenes, los derechos sexuales y reproductivos, la necesidad del desarme y la abolición de las armas (nucleares y de todo tipo), la búsqueda de una convivencia armónica con la naturaleza, el derecho a disfrutar, la importancia de la cultura…

Si los reformistas del 18 pedían intervenir en el gobierno de la Universidad, los revolucionarios del 68 en cambio, pedían como primera reivindicación, que se les permitiera intervenir en los dormitorios de la mujeres en las universidades. Y no es broma, así era. Pero la ironía puede ser engañosa: en épocas de pacatería, de mojigatería, de hipocresía –que han sido dejadas atrás aunque no del todo– ese tipo de reivindicaciones eran, también, radicales, transgresoras, disruptivas, revolucionarias en suma. Porque como ya sabemos, lo personal es político.

Los del 18 soñaban una genuina democracia americana (algunos agregaban “indoamericana”) basada en el imperio de la opinión pública y social, en un estado cooperativo cuyo himno fuera la solidaridad, sin analfabetismo, sin servidumbres y donde la riqueza no resultara objeto de apropiación privada.

Así como los jóvenes del Junio Cordobés de 1918 recibieron el respaldo de algunos de los intelectuales y figuras públicas más destacadas de su época (tales como Lugones, Palacios o Korn), los del Mayo Francés de 1968 también tuvieron los suyos: Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Herbert Marcuse fueron defensores e inspiradores del movimiento.

Los puntos en común no se limitan a estas circunstancias externas o a la notable coincidencia entre la frase más famosa de los jóvenes rebeldes parisinos y una de las consignas más logradas de Deodoro Roca en los años de la Reforma: “Prohibido prohibir”. La coincidencia principal es la idea que subyace en ambas rebeliones: aquella que sugiere que de la transformación de las universidades surgirá la recomposición de la sociedad, obviamente más justa, más solidaria, más igualitaria.

Los del 18 soñaban una genuina democracia americana (algunos agregaban “indoamericana”) basada en el imperio de la opinión pública y social, en un estado cooperativo cuyo himno fuera la solidaridad, sin analfabetismo, sin servidumbres y donde la riqueza no resultara objeto de apropiación privada. El derecho a soñar, a ser felices e iguales. Los del 68, quizás con menos “orden”, hablaban de los mismos temas, pero adecuados a su época.

Hay diferencias, también: al contrario del 68, cuyo filón fue enriqueciendo la vida política democrática posterior en los países europeos, en nuestros pagos pese a ser incorporado por la programática profunda de buena parte de la construcción política posterior, aún no se ha terminado de desenvolver el extraordinario legado de la Reforma del 18, en buena medida por las interrupciones al orden institucional, que frustraron la evolución previsible de aquel movimiento definido por Mariátegui como “el hecho cultural más importante del siglo en América Latina”; pero también por la olímpica indiferencia del “establishment” cultural y académico.

LAS TRES BANDERAS, HOY

La Reforma de 1918 muestra tres grandes perspectivas conceptuales, tres grandes campos de ideas:

  • “la modernización”, que no se agotaba en adecuar la Universidad de la época a los avances de entonces sino, centralmente, ponerla al alcance de todas las clases sociales: lo arcaico era la universidad para pocos. Lo moderno, la universidad gratuita y abierta al pueblo;
  • la democratización de la educación superior, a través de la incorporación del estudiante como “demos”;
  • su proyección política y social –como dice el Manifiesto Liminar– contra toda dominación que encadene tanto los cuerpos como las almas, con miras a una sociedad con mayores niveles de libertad e igualdad.

Son innegables los impactos de la Reforma en esos tres campos: en los planes de estudio que llevaron a la Universidad argentina a ser modelo continental, a la cifra récord para un país de habla hispana: tres premios Nobel en ciencias, entre otros logros; en la democratización, un modelo avanzado de gobierno de la universidad, y además el acceso a ella por parte de las clases medias; y en la relación con la sociedad, una Universidad activa, atenta, influyente no solo en la provisión de dirigentes sino también de planes y herramientas de desarrollo.

¿Cómo se expresan o se traducen, en la actualidad, esas tres grandes banderas reformistas? En numerosos desafíos que aparecen en esos mismos tres planos. Veamos.

Los jóvenes del 68, como los del 18 a su manera, reinstalaron a las generaciones juveniles en la agenda contemporánea de su respectiva época. Muchos de los temas surgidos de allí forman parte de las prioridades políticas de nuestros tiempos.

En el primer plano aparece como prioritaria la incorporación en los planes de estudio, o más bien en toda la vida académica, de la mirada ambiental como respuesta a un cambio epistémico, de época, que ya ha comenzado y que se hace cargo de la crisis de la civilización actual basada en el uso de recursos no renovables, en relaciones que aun no se basan en los derechos humanos (patriarcado y otras formas de dominación) y que debe integrar los diferentes saberes.

En el seguno plano, que discuta sobre la democratización que falta, sobre la base de dos aspectos: primero el de la inconclusa masificación de la educación superior. Aun estamos lejos de conseguir que se efectivice el acceso de las clases bajas a la universidad. Es un hecho que entre los graduados del nivel superior, solamente el 2,5% pertenece a los dos quintiles más bajos socioeconómicamente según ingreso per capita familiar (IPCF). Dicho de otro modo: menos de tres de cada cien universitarios argentinos proviene de los sectores desfavorecidos. En otro aspecto, se trata de la discusión sobre el gobierno de la Universidad, que no debería obviar una discusión relativamente reciente pero cada vez más demandada en la vida real de nuestras sociedades, al ritmo de su mayor complejidad y pluralidad: quiénes deciden en una democracia profunda, los límites de la democracia realmente existente y las posibilidades de avanzar hacia mecanismos decisorios colectivos que se hagan cargo del principio democrático por excelencia: aquello que nos afectará a todos, debe ser decidido con la participación de todos los afectados.

En el tercer plano, el compromiso con la transformación de los modos de organización de la vida comunitaria, la cuestión social, la relación entre las personas, el acceso a los bienes comunes, que hoy requiere una mirada humanista y global, basada en la adhesión a la perspectiva que entiende que los derechos de las personas son indisolubles de los derechos de la especie, y a su vez los derechos de la especie lo son respecto de la naturaleza.

POR QUÉ NO

El desarrollo de estos ítems requeriría una extensión y dedicación que excede con creces el alcance de esta publicación. No obstante, estas líneas insinúan los desafíos que –en mi opinión– un pensamiento consecuente con la Reforma debería plantearse imperativamente en el siglo XXI.

La utopía de la Reforma de 1918 nunca fue mejor expresada que por Darcy Ribeiro: “La masificación tiene como principal ventaja abrir conductos por los cuales se haga pasar en algún tiempo futuro a todas las fuerzas de trabajo por los bancos universitarios. Llegará un tiempo en cada hombre y mujer necesitarán de una capacitación de nivel superior, no sólo para ubicarse en la sociedad como productores activos, sino para hacerse herederos de un amplio patrimonio cultural común vuelto accesible a toda la humanidad sólo por esta vía, suplantando la división actual de la cultura con un contenido erudito y un contenido vulgar, se hará la incorporación de todos los seres humanos en la civilización de sus tiempos”.

A un siglo de la Reforma y a medio siglo del Mayo Francés, el ejercicio sintético y comparativo que realizamos aquí, así como la formulación somera de algunos de los principales desafíos del presente, quizás abran espacios de intervención colectiva para que también estas épocas tengan su propia “revolución en las conciencias” que sacuda las que aún están adormiladas y nos ayuden a todos a acceder a esa república de libres e iguales que soñaron los jóvenes de ayer tanto en Córdoba como en París y, junto a ellos, millones de otros jóvenes de todo el mundo, que se resisten a aceptar que las cosas sean para siempre como son, retomando aquella frase de George Bernard Shaw: “Algunas personas miran al mundo y se preguntan: ¿Por qué? Pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo: ¿por qué no?”

 

* Este texto forma parte de “1918: La Revolución de las conciencias y otros textos reformistas”, de Américo Schvartzman (Editorial El Miércoles, 2018)

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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