Cambio de gobierno en España: la esperanza de un nuevo comienzo

España tiene un nuevo gobierno. El triunfo de la moción de censura presentada por los socialistas ratifica la nueva fisonomía de su sistema político y su definitiva europeización. El desafío de un gobierno progresista de conseguir estabilidad en tiempos de fragmentación. 

España ya es Europa. A consecuencia de la dictadura franquista, España vivió con retraso los procesos europeos de la segunda posguerra. El 1945 europeo tocó tierra española en 1977-1978, con la Transición. Allí empezó a consolidarse el modelo de democracia social, con Estado de Bienestar, que en Europa ya sufría turbulencias tras la crisis petrolera de 1973, bien aprovechada por los neoliberales. España pudo edificar su Estado benefactor gracias a los fondos de ayuda europeos y eximirse así durante décadas de los problemas de Europa.

Pero al final España recobró el tiempo perdido. La crisis de 2008 la hizo confluir definitivamente con Europa. Y ahora España tiene los mismos problemas que el resto del Viejo Continente. Por tanto, se enfrenta a dos cuestiones clave: la dificultad de la vía socialdemócrata por efecto de la globalización neoliberal, y la consiguiente crisis del sistema de partidos. A esto hay que sumarle problemas históricos, específicos del país, como la cuestión nacional, manifiesta en la aspiración de casi la mitad de los catalanes a independizarse.

La caída del gobierno conservador de Rajoy, precipitada por la financiación ilegal del partido confirmada por la sentencia del caso Gürtel, expresa esto. El nuevo gobierno del socialista Sánchez jugará su suerte a la capacidad de la izquierda de imaginar nuevos modos de construir bienestar e igualdad en medio de la crisis del Estado nacional soberano, otrora pilar del Welfare. Pero también en cómo aborde la cuestión catalana.

La política española se italianizó, que es al fin un modo de latinoamericanizarse. La sólida rutina institucionalista dejó paso a un escenario más complejo, de equilibrios partidarios inestables, que pone en juego todo el tiempo muchas más cosas.

A consecuencia de la crisis de 2008, que en España se superpuso con el agotamiento del modelo de política cupular de la Transición, el sistema de partidos se fragmentó. El antiguo bipartidismo tuvo que aceptar inesperados inquilinos: a la izquierda, Podemos se instaló en el jardín del PSOE; a la derecha, Ciudadanos se acomodó en el sillón del Partido Popular. La política española se italianizó, que es al fin un modo de latinoamericanizarse. La sólida rutina institucionalista dejó paso a un escenario más complejo, de equilibrios partidarios inestables, que pone en juego todo el tiempo muchas más cosas. La moción de censura ha demostrado que lo institucional es capaz de canalizar la turbulencia. La izquierda no debería verlo como puro transformismo, sino aprovechar las posibilidades abiertas para construir hegemonía. Las instituciones generan un formato, pero no escriben tu guión.

Durante décadas, en España los gobiernos se formaban o bien por mayoría absoluta del PP o del PSOE, o bien porque uno tenía mayoría relativa y conseguía el apoyo de los partidos nacionalistas vascos o catalanes, que aseguraban estabilidad nacional a cambio de más autonomía. Esto se quebró en 2016, cuando el PSOE tuvo que abstenerse para permitir un gobierno del PP apoyado por Ciudadanos. Fue un gran trauma para el socialismo, que ya había salido mal parado del gobierno de Zapatero en 2011, al punto de que le costó la secretaría general a Pedro Sánchez. La crisis del PSOE fue fundamental para el auge de Podemos, heredero del movimiento “indignado” del 15M. Podemos representó el intento de romper el bipartidismo a través de un discurso nacional-popular, que descolocaba las posiciones tradicionales buscando reapropiarse de la noción de Nación (resignificada por los morados como Patria) tradicional de la derecha para reunirla con la de Pueblo, correspondiente a la socialdemocracia (aunque en España no se dice “Pueblo” sino “sectores populares”, pues la cultura política es predominantemente liberal-institucional).

El decisivo apoyo de Podemos al PSOE en la moción de censura muestra los límites de ese intento nacional-popular del partido de Pablo Iglesias, pues restaura el eje centroizquierda-centroderecha en detrimento del arriba-abajo (el Pueblo contra la casta), pero a la vez abre el camino para una colaboración entre dos sensibilidades que se diferencian más por su visión del pasado de España que por su programa político, ambos en definitiva de corte socialdemócrata.

Todo el éxito del nuevo gobierno radicará en la capacidad de entendimiento entre PSOE y Podemos, y de éstos con los nacionalistas vascos y catalanes —esta coalición sumó diez diputados más que los que tuvo Rajoy en 2016—. El mayor riesgo para ello es la cultura de partido de Estado de los socialistas, que los inclina a la moderación, y la cultura por momentos de vieja izquierda de Podemos, que lo lleva a preferir la denuncia testimonial de la inconsecuencia socialista y, así, a colocarse por fuera de la responsabilidad de gobierno. Aunque Podemos haya irrumpido con un discurso nacional-popular —sin tradición en la cultura política española— de inspiración peronista, es el PSOE, merced a su capacidad para mantener una vinculación duradera con los sectores populares, el auténtico “peronismo español”. Por el contrario, es Podemos quien en ocasiones tiende a repetir, con su crítica a la socialdemocracia, el ademán de la izquierda argentina cuando objeta al peronismo su anemia ideológica y su frugalidad política.

Aunque Podemos haya irrumpido con un discurso nacional-popular —sin tradición en la cultura política española— de inspiración peronista, es el PSOE, merced a su capacidad para mantener una vinculación duradera con los sectores populares, el auténtico “peronismo español”.

Sánchez ha iniciado la partida nombrando a Josep Borrell como ministro de Exteriores. Veterano del PSOE, ministro de Felipe González y catalán, Borrell fue el primero que batió contra pronóstico —como Sánchez en mayo del año pasado— al candidato del aparato en unas internas hace veinte años. Luego no duró como Secretario General, pero continuó activo y recientemente ha sido una de las caras visibles del anti-independentismo catalán, llegando a coincidir en manifestaciones multipartidarias a favor de la unidad de España con ministros del gobierno de Rajoy, con antiguos comunistas y con la dirección de Ciudadanos. El nombramiento de Borrell responde a la necesidad de Sánchez de contrarrestar el significado del apoyo recibido por la formación de Puigdemont, el PdeCat —antigua CiU— en la moción de censura, ante las acusaciones de la derecha españolista de vender la unidad nacional a cambio de llegar a la Moncloa.

La primera reacción de la derecha (PP y Ciudadanos) ha sido cuestionar la llegada de Sánchez al gobierno a través de una moción de censura como un atajo contrario a la soberanía popular. Resulta paradójico que un partido conservador como el Popular, cuya dinámica interna verticalista y caudillista no permite a sus afiliados elegir directamente a sus líderes, rechace a la vez los mecanismos parlamentarios para resolver las crisis del —en la práctica— presidencialismo español. El PP y Cs, que se autodenominan “constitucionalistas” para combatir lo que gustan amontonar como “separatismos” (el de ETA y el catalanista), objetan los dispositivos constitucionales para canalizar las crisis de gobierno. Pese a ello, la primera encuesta tras la moción indica que la mayoría aprueba la moción, cree que Sánchez lo hará mejor que Rajoy y prefiere un gobierno que incluso agote la legislatura (julio 2020) antes que elecciones anticipadas. Según esta encuesta, para la ciudadanía las prioridades políticas son la cuestión social (lucha contra la precariedad laboral y el desempleo, contra la pobreza y la desigualdad, mejora de las jubilaciones) y la cuestión nacional (conflicto catalán), así como la lucha contra la corrupción.

Para neutralizar las críticas sobre su legitimidad de origen, Sánchez ha nombrado el primer gabinete de la historia española con más mujeres (11) que hombres (6), en el cual éstas ocuparán los ministerios clave (Economía, Defensa, Educación, Justicia, etc.). Es un gabinete de expertos sin ser un gobierno técnico —ese oxímoron italiano—, pues la mayoría de ministros proviene del PSOE y su entorno. También ha convocado a figuras bien vistas por la derecha —como el juez Grande Marlaska, que ocupará la cartera de Interior— y personalidades populares como el astronauta Pedro Duque (Ciencia). Sánchez muestra así comprender el consejo maquiaveliano según el cual quien llega al poder mediante la fortuna, y rápidamente, o afronta el riesgo de poner los cimientos tras ocupar el edificio, o no arraiga y cae. La primera reacción social y mediática ha resultado favorable a su operación.

Por su parte, Mariano Rajoy anunció el martes 5 que abandona la presidencia del PP y la política, y que se mantendrá neutral en la sucesión partidaria. Ésta deberá resolverse en un congreso extraordinario durante el verano europeo. Esto puede favorecer al PSOE, cuyo objetivo es gobernar al menos un año, a fin de convertir las próximas elecciones generales en un plebiscito sobre su gestión. La incógnita es qué hará el nuevo líder del PP, que todo apunta a que será el actual presidente de la Junta de Galicia desde 2009, Alberto Núñez Feijoo. Es probable que la lucha con Ciudadanos por la hegemonía de la derecha lo lleve a endurecer su discurso en clave nacionalista española contra “la amenaza catalana”. También asoma amenazante Vox, pequeño partido que combina neoliberalismo y nacional-catolicismo anti-inmigración, tema que todavía no ha logrado dominar la agenda pública, pero que al calor de la crisis puede volverse relevante. Probablemente, una oposición dura de la derecha, que pivote sobre “la irrenunciable unidad de España ante el separatismo catalán” opere como invencible coagulante de socialistas y podemitas. Los votantes de este último partido son los más entusiastas con la moción de censura, según la citada encuesta.

Estos intentos de Iglesias de supervisar al gobierno y controlar su integridad ideológica, en verdad, no hacen más que abonar el relato de la derecha. Tomar examen a la luz del día al gobierno socialista no parece el mejor modo de afianzar el gobierno.

Por su parte, Podemos ha tenido gestos positivos, que buscan borrar antiguos enconos (el “sorpasso”, la “cal viva”, votar contra Sánchez en marzo de 2016), si bien no desprovistos de toda ambigüedad. El sector liderado por Íñigo Errejón aboga por una “competencia virtuosa” con el PSOE, en la que ve la posibilidad de construir una nueva mayoría transformadora inspirada en los movimientos nacional-populares latinoamericanos. También Pablo Iglesias parece inclinado a no chocar con el PSOE. Colaboró decisivamente para que los nacionalistas vascos terminaran apoyando a Sánchez. Invitó al PSOE en su discurso parlamentario durante la moción a sumar para “ganar juntos las próximas elecciones” generales. Pero a la vez algunos de sus más cercanos colaboradores han exigido públicamente a Sánchez que apruebe medidas concretas en su primer consejo de ministros, y el propio Iglesias ha mostrado su descontento con el hecho de que ningún podemita haya estado entre los primeros nombramientos de Sánchez. Estos intentos de Iglesias de supervisar al gobierno y controlar su integridad ideológica, en verdad, no hacen más que abonar el relato de la derecha. Según éste, el acuerdo entre socialistas y Podemos sólo buscaba quitar a Rajoy del gobierno, sin ningún programa de gestión (de ahí que se hable de “gobierno Frankenstein”) y, más aún, ambas formaciones estarían esperando el momento de devorarse mutuamente, lo cual sólo podría traer inestabilidad y poner en riesgo la supuesta recuperación económica lograda por el PP. Tomar examen a la luz del día al gobierno socialista no parece el mejor modo de afianzar el gobierno. Se trata de construir un diálogo constante sin renunciar al programa, pero a la vez con un tacto exquisito para saber cuándo y cómo exigir al gobierno en público. Podemos no debería olvidar que el bloque de la derecha se ha complementado mejor merced a Ciudadanos, el partido “nuevo” que pese a ser el gran perdedor en este nuevo escenario, conserva atractivo electoral por su perfil “centrista y moderno” y ha demostrado tener pocas exigencias para sostener al PP allí donde gobierna.

Un gobierno socialista apoyado por Podemos tiene la gran posibilidad de reimaginar qué significa hoy ser una fuerza transformadora. Cerraría así del mejor modo el círculo del reencuentro de España con Europa. Deberá hacerlo con herramientas nuevas en una situación inédita, cuyo rasgo inicial es la debilidad, y su horizonte es la emoción y la ingenua pero necesaria inquietud palpitante que suscita lo nuevo. La izquierda tendrá éxito si logra reencontrarse con el antiguo oficio noble y delicado de la política.

Javier Franzé

Javier Franzé

Doctor en Ciencia Política. Docente e investigador en la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado "El concepto de política en Juan B. Justo" (CEAL, 1993) y otros libros sobre teoría política e historia conceptual.

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