Socialdemócratas, otra vez

La destitución de Mariano Rajoy a través de la moción de censura del Partido Socialista demuestra que la socialdemocracia aún tiene fortaleza política. Pedro Sánchez, el hombre al que un sector de poder del PSOE quiso dar por muerto, está más vivo que nunca. El nuevo presidente de España tiene un desafío: hacer políticas socialdemócratas y volver a posicionar a la izquierda plural y democrática en el centro de la escena política de cara al futuro.

La política grande, la que se hace con letras mayúsculas, tiene estas cosas. Un día te acostás derrotado por aparatos políticos, y al siguiente te despertás como presidente de gobierno. Un día te dormís asegurando que no pactarás con el “populismo”, y al otro te despertás recogiendo parte de su discurso. Un día, con la cara cansada y algunas arrugas más, te ves en tu lecho como si fuera el de muerte. Tenés un puñal con una rosa en la espalda, que clavaron tus propios compañeros de partido. Pero al día siguiente, mientras tomás el desayuno después de recuperar el poder, los mismos hombres y mujeres que te apuñalaron te sonríen de frente, como si nada hubiese pasado. Es la política, señores. La que hoy ha puesto a Pedro Sánchez al frente del gobierno de España.

Quien escribe estas líneas no está acostumbrado a levantarse con buenas noticias, al menos en lo que refiere a opciones ideológicas. Permítanle, entonces, que hoy se alegre. La socialdemocracia – tantas veces negada, vapuleada, insultada y maltratada –vuelve al poder en un país que, de un modo u otro, ella misma contribuyó a edificar. Tras su triunfo en la moción de censura frente a Mariano Rajoy – el líder del Partido Popular, de los recortes sociales y de una estructura política asolada por la corrupción –, Pedro Sánchez ha demostrado que el socialismo democrático estaba bastante lejos de tener una lápida en el Cementerio de La Almudena. El Partido Socialista Obrero Español, la fuerza política que construyó buena parte de la historia de la España moderna, la que fue clave en la transición de la dictadura a la democracia y la que modernizó a un país gobernado durante años por el nacionalcatolicismo franquista, vive y gobierna. No tuvieron suerte los apocalípticos de izquierda y derecha deseosos de enterrarla.

Tras su triunfo en la moción de censura frente a Mariano Rajoy, Pedro Sánchez ha demostrado que el socialismo democrático estaba bastante lejos de tener una lápida en el Cementerio de La Almudena.

El triunfo de Pedro Sánchez, a quien un sector de su propio partido intentó liquidar, es una buena noticia para la izquierda democrática europea. La crisis que azotó al país – y que aún continúa –, encontró al PSOE adoptando políticas erráticas y abriéndole la puerta del gobierno a los populares en 2011. Los socialistas vieron, además, el nacimiento de nuevas formaciones políticas. Podemos, intentando recoger el discurso de la indignación del Movimiento 15-M, y Ciudadanos, la fuerza política de Albert Rivera que pasó de calificarse “progresista” a mostrarse abiertamente cercana a la derecha. Entre las crisis internas, las fracturas y las divisiones, el PSOE parecía no poder salir del agujero. El PP, Podemos y Ciudadanos, celebraban. La política parecía pertenecerles. Excluir a la socialdemocracia del juego político le convenía a todos.

Pedro Sánchez aprendió a coquetear con la izquierda sin hacer concesiones al delirio. Y a ser adversario de la derecha, sin perder el sentido de la responsabilidad de Estado. Reconoció que España debe ser una “nación de naciones” y que, por lo tanto, Cataluña, debe ser reconocida como una de ellas. Pero en cuanto los golpistas del separatismo catalán pusieron unas urnas ilegales para separarse de España, se mostró como un constitucionalista. Apoyó las acciones del gobierno español frente al quiebre del Estado de Derecho, aun manifestando su desacuerdo con las erráticas formas de Rajoy. Al mismo tiempo, reintrodujo parte del discurso de la izquierda socialdemócrata en el PSOE y dejó sin demasiado margen a los repetidores seriales de Laclau y Chantal Mouffe, más cercanos a la política universitaria que a la gestión de la cosa pública.

Algunos quieren ver en Pedro Sánchez a un irredento revolucionario. Nada más lejos de ello. Y muy bien por él. Desmarcarse de las posiciones de la “derecha” del PSOE no implica transformarse en una suerte de “indignado” dentro de su partido. Es – o parece ser – un socialdemócrata de línea clásica. Un igualitarista apegado al Estado de Derecho. El PSOE supo ser eso en otro tiempo. El partido de Felipe González – hoy vapuleado con todo sentido por haberse convertido en lobista y en representante de la derecha partidaria opositora a Sánchezgobernó España con un programa que le permitió desarrollar un sistema público de pensiones, una salud y una educación universal, y que garantizó, al mismo tiempo, una legislación de derechos que tuvo, entre otros signos característicos, la del aborto. Es el Partido de José Luis Rodríguez Zapatero – que también es criticado por sus errores a la hora de afrontar la crisis económica –extendió la igualdad en España como ningún otro gobierno: la del matrimonio igualitario, la de dependencia y la de memoria histórica – para poner al franquismo en su lugar y recuperar la evocación a esos miles de cadáveres que todavía se encuentran en las cunetas – fueron señas de identidad de su mandato. Es el PSOE de Pedro Sánchez: el que con personalidades honestas y comprometidas como José Luis Ábalos, Margarita Robles, Cristina Narbona y Adriana Lastra, quiere volver a hacer políticas para los más débiles. El que quiere dejar atrás el país de la contabilidad ilegal del PP, el que quiere dejar atrás las tramas Gurtel y la prepotencia de una derecha ajustadora. –

El triunfo de Pedro Sánchez abre un nuevo camino para la izquierda plural y democrática. Ahora, los que estaban dispuestos a desarrollar el sorpasso – es decir, a desbancar al PSOE en el liderazgo de la izquierda, obligándolo a asumir un programa político que no le es propio-, tienen dos alternativas: o acompañar el barco socialdemócrata o hundirse en las aguas calientes del sectarismo. Quizás a Podemos le corresponda el lugar histórico de la izquierda comunista occidental: el de la crítica a la socialdemocracia, pero sin renunciar a acompañarla cuando representa la casa común de la izquierda. Su papel positivo es ese: tensionar a la socialdemocracia para hacer que no olvide su compromiso histórico con los más débiles y para que sea, siempre, claramente distinguible de la derecha. Pero su rol nocivo es el otro: el de querer superarla para concretar un proyecto inexplicable y, en ocasiones, muy parecido a unos que ya se conocieron en el pasado.

Los que estaban dispuestos a desarrollar el sorpasso – es decir, a desbancar al PSOE en el liderazgo de la izquierda, obligándolo a asumir un programa político que no le es propio-, tienen dos alternativas: o acompañar el barco socialdemócrata o hundirse en las aguas calientes del sectarismo.

La socialdemocracia comandada por Sánchez tiene muchos desafíos que cumplir. El primordial es conseguir que su mandato, que está obligado a convocar a elecciones, sirva como transición para convertirlo en oficialismo en el futuro. Pero ya puede comenzar a actuar. Debe demostrar que se puede gobernar para los más perjudicados con honestidad y decencia. La tarea es compleja: cuenta con un apoyo parlamentario todavía débil y tiene que hacerse cargo de unos presupuestos típicos de la derecha conservadora. Además, debe enfrentar la crisis social con una batería de políticas socialdemócratas que pongan a la movilidad social ascendente nuevamente en el escenario. Y debe comenzar a abrir el debate sobre un nuevo marco constitucional adaptado a los nuevos tiempos. Uno que entienda la nueva España democrática y social que reclaman los ciudadanos. Es una tarea tan importante como aquella que desarrollaron los padres de la actual Constitución española, esa que proviene del mal llamado “régimen del 78”, caracterización funesta que ha utilizado Podemos para despreciar la España de las libertades que permitió dejar atrás la funesta dictadura franquista y que solo fue habilitado por el esfuerzo del liberal Adolfo Suárez, el comunista Santiago Carrillo y el socialista Felipe González -.

Su gobierno tiene, además, que demostrar la pericia y la prudencia de la socialdemocracia para resolver el desafío catalán. Hay un buen signo: Josep Borrell podría ser parte de su gabinete. Y Borrell es exactamente eso: catalán, español, europeo y socialista. Un hombre apegado a la igualdad y al Estado de Derecho. La mejor defensa contra los separatistas – que algunos trasnochados quisieron ver como izquierdistas – fue su discurso en la manifestación “TotsSomCatalunya”. Ahora, el independentismo catalán cuenta con un presidente de la Generalitat a su medida: el racista Quim Torra, un bravucón de segundo grado, un supremacista que demuestra lo que representa verdaderamente el independentismo catalán. Esperemos que las izquierdas lo comprendan definitivamente y que no sostengan que “es racista…pero de los nuestros”.

Sánchez puede desplegar una batería de políticas socialdemócratas para resolver la urgencia social que el ajuste del PP dejó tras la crisis. Y puede avanzar en una solución del conflicto catalán en el que los separatistas – que ahora muestran su rostro racista – deben perder posiciones.

Pedro Sánchez puede encarar una socialdemocracia sin complejos. Solidaria e igualitarista y apegada a la democracia y al Estado de Derecho. Es lo que, al menos, se espera de él. El triunfo de su moción de censura es la demostración de que los socialdemócratas, a los que muchos querían dar por muertos, siguen siendo la alternativa más clara a las derechas. Ahora, deben gobernar con un programa propio. Sánchez ya demostró que puede ganar con un programa digno dentro de su partido. Ahora tiene la oportunidad de demostrar que puede hacerlo para toda España. Salud.

Mariano Schuster

Mariano Schuster

Jefe de Redacción de La Vanguardia y editor en Nueva Sociedad (www.nuso.org). Es columnista del suplemento ideas del diario La Nación y colaborador de Panamá Revista.

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