La hora de Pedro Sánchez

España tiene nuevo gobierno. Con un PP hundido en la ignominia de la corrupción, el PSOE aprovechó su oportunidad. Pedro Sánchez, el presidente socialista que ya nadie esperaba, tiene en sus manos el desafío de dar vuelta la página.

La política europea, en particular en los países con sistemas parlamentarios, está acostumbrada a cierta dinámica que nos resulta extraña en estas latitudes. Escenarios políticos fragmentarios, cambiantes, de alineamientos inestables, son la regla y no la excepción. Esta inestabilidad endémica, cuyo caso extremo siempre ha sido (y todavía es) el italiano, está sostenida sobre un vigor institucional notorio y por unas capacidades estatales disociadas, al menos parcialmente, de los avatares de las disputas por el control del gobierno. España había escapado a esa tendencia hasta no hace mucho, “el régimen del 78” –como lo han llamado sus detractores– consagró un sistema signado, en especial tras la caída en desgracia de la UCD en 1982, por un bipartidismo sólido y un modo de gobierno poco necesitado de acuerdos coalicionales. Esa característica, que ya agonizaba desde hace algunos años, dio sus últimos estertores en estas horas, cuando la moción de censura presentada por la bancada socialista obtuvo los votos necesarios y dio fin al gobierno de Mariano Rajoy.

Hace algunas semanas, en el popular programa catalán de humor político Pòlonia, el personaje de Pedro Sánchez, interpretado por Pep Plaza, se quejaba –en un sketch que simulaba un backstage– ante unos supuestos productores por su ausencia en todos los episodios transmitidos desde febrero de 2018. El gag de esa breve escena remarcaba, entre otras cosas, la falta de protagonismo de Sánchez en la política española, sus indefiniciones con respecto al asunto catalán, su oportunismo, y, sobre todo, su seguidismo al gobierno del Partido Popular y su papel deslucido como primera fuerza de la oposición. Ante la pregunta “¿Qué tengo que hacer para salir en el Polònia?” que espetaba el personaje de Sánchez, la productora sentenciaba “¿Ha probado con ser oposición?”. Mientras el personaje caricaturizado huía ante esa respuesta, el verdadero ha decidido dar un paso al frente, quizá cuando nadie lo esperaba.

El Partido Socialista Obrero Español, que supo detentar holgadas mayorías en su país, se encontraba desde hace algunos años sumergido en una crisis que parecía no tener fin, en consonancia con la realidad de gran parte de las fuerzas socialdemócratas del viejo continente. El desenlace catastrófico del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, incapaz de dar respuesta a la crisis desatada en 2008 y de enfrentar los efectos del estallido de una “burbuja” que él mismo había contribuido a montar, sumió al PSOE en una crisis interna que tuvo su punto más alto en el conato interno que derrocó al entonces secretario general Pedro Sánchez –el mismo Pedro Sánchez– y habilitó, mediante la abstención y luego de dos turnos electorales, la investidura de Mariano Rajoy como presidente.

El Partido Socialista Obrero Español, que supo detentar holgadas mayorías en su país, se encontraba desde hace algunos años sumergido en una crisis que parecía no tener fin.

Desterrado y humillado tras el desaire de sus propios compañeros, Sánchez comenzó tibiamente una atípica campaña para recobrar ese lugar que le había sido quitado de manera irregular, y lo hizo en un proceso de activación de las bases partidarias y contrario a las cabezas de los poderes territoriales del partido, “los barones del PSOE”. Luego de una dura campaña, en la que fue atacado con virulencia tanto por sus contrincantes internos como por los poderes mediáticos (con el diario El País a la cabeza) y los líderes de otras fuerzas, Sánchez logró una victoria que parecía imposible meses antes: el que iba de punto le ganó a la banca. El triunfo, sin dudas resonante, le dio un espaldarazo al madrileño, pero no resolvía per se la situación crítica en la que continuaba sumido su partido: debilitado electoralmente, en un piso histórico de representación parlamentaria, y surcado por una grieta interna que lejos estaba de cerrarse con los resultados de la elección.

Sánchez tomó una serie de decisiones, que a la postre se demostrarían fundamentales, para navegar esos mares tumultuosos. En primer lugar, conformó un equipo de trabajo compuesto mayoritariamente por sus dirigentes más leales (el valenciano José Luis Ábalos y la asturiana Adriana Lastra a la cabeza), para evitar que se repitiera un escenario similar al que le había costado su cabeza, y los dotó de un protagonismo significativo, habilitado en gran medida porque el propio Sánchez había renunciado a su banca en el Congreso tras negarse a acompañar con su abstención la investidura del PP. En segundo lugar, Sánchez optó por una estrategia de diálogo con absolutamente todos los sectores: un equilibrio difícil de sostener, pero que dejaba un juego abierto. De ese modo, el PSOE asumió una posición de dura oposición al PP en materia económica y social, quizá sobreactuada para tapar el escándalo que había representado la abstención, pero apoyó en términos general al gobierno de Rajoy, con objeciones parciales, en su política frente a la situación en Cataluña y, en particular, en la activación del artículo 155 de la Constitución que habilitaba la intervención. Acordó con Unidos Podemos una agenda de temas de oposición, pero se mostró contrario a la moción de censura presentada por esta fuerza de manera unilateral en junio de 2017. Esa misma táctica, de tensión y acuerdos parciales, sostuvo con casi todos los actores partidarios: “ni sellar alianzas ni derrumbar puentes” parecía ser la consigna.

Esa misma táctica, de tensión y acuerdos parciales, sostuvo con casi todos los actores partidarios: “ni sellar alianzas ni derrumbar puentes” parecía ser la consigna.

El PSOE comenzó a recuperarse en las encuestas pero a un ritmo acompasado, acorde a la prudencia de sus dirigentes. Mientras sus adversarios sufrían vertiginosos ascensos y abruptas caídas, el PSOE se mantenía expectante, aunque para muchos estuviera paralizado. Pero en la política, sobre todo en escenarios de fragmentación e inestabilidad, todo se trata de oportunidades y, en el mejor sentido del término, oportunismo. Y Sánchez esperó esa oportunidad y, como buen oportunista, no la dejó escapar.

La sentencia de la mega-causa Gürtel –por financiamiento ilegal– fue el corolario de una serie de reveses para un Partido Popular rebosante de casos de corrupción. El descrédito, en el que ya estaba sumido desde hacía tiempo, quedó ratificado, de manera pública y notoria, por vía judicial. Esa resolución fue el toque de diana que necesitó el PSOE para desatar su estrategia, una estrategia que lo llevaría del ostracismo a recuperar, luego de algunos años aciagos, el gobierno español. Un golpe de muñeca maestro de Pedro Sánchez, una jugada arriesgada, ambiciosa y sumamente efectiva. Aunque sustentada, vale aclarar, por un trabajo de largo aliento basado en la prudencia y el diálogo (encabezada en gran medida por su alfil José Luis Ábalos). Desensillados hasta que aclarara, cuando aclaró no titubearon.

Pero no hay que perder de vista que el triunfo está sostenido sobre una base de acuerdos sumamente precarios. Los votos conquistados por la moción socialista fueron conseguidos en gran medida por la ignominia que exuda el Partido Popular, un voto por la negativa, unidos por el espanto: un voto por “el saneamiento democrático” esgrimieron algunos.  Esto es claramente así en el caso de las fuerzas independentistas, vitales para la resolución favorable de la votación, que detestan al PP y a Rajoy, y sólo un poco menos a los socialistas. El gobierno de Sánchez tiene por delante un desafío enorme para descomprimir la situación catalana, cuya deriva y profundidad lo hacen un escollo más que difícil de superar. La reactivación de la tradicional agenda federalista del PSOE parece un buen comienzo, pero a estas alturas parece poca cosa.

Distinto es el caso de Unidos Podemos que, tras años de un discurso vocinglero y agresivo contra el PSOE, apoyó la moción de censura con cierto beneplácito. Las palabras de su portavoz, Pablo Iglesias, marcan un nuevo tiempo: “Usted ha dicho que tenemos que ir a elecciones generales, yo creo que tenemos que ganarlas juntos”. Seguramente, en una banca alejada y en silencio, Íñigo Errejón sonrió. El gran acuerdo de las izquierdas parece un escenario posible y para muchos deseable, pero no habría que apresurarse. Los años de disputa y desconfianza no son sencillos de desterrar sin más, y en política, más que en ningún ámbito, hay sumas que restan, al menos en materia electoral. El trabajo será arduo.

El gran acuerdo de las izquierdas parece un escenario posible y para muchos deseable, pero no habría que apresurarse. Los años de disputa y desconfianza no son sencillos de desterrar sin más.

En el bando contrario al PSOE quedó el alicaído PP, que deberá entrar en una etapa de saneamiento interno, y el ascendente Ciudadanos. La fuerza liderada por Albert Rivera se había convertido, quizá de un modo paradójico, en garante de la precaria gobernabilidad del PP y, al mismo tiempo, un cazador al acecho de los votos que este partido perdía a cada paso. La intención de C’s es convertirse en el relevo de las fuerzas de derecha españolas que siempre han gozado de gran apoyo electoral, pero lo ha hecho a costa de licuar el discurso regeneracionista con el que salió a la luz hace algunos años. Los socialistas por su parte, que siempre mantuvieron un buen diálogo con esa fuerza, intentarán asociarlos a la debacle del Partido Popular, forzarlos a un relevo pero sin beneficio de inventario.

El socialismo llega al gobierno de forma inesperada y con una legitimidad exigua, su investidura viene acompañada de una serie de demandas difíciles de conciliar y la presión mediática de convocar prontamente a elecciones. El desafío del PSOE es realizar una transición ordenada, aplacar los rumores de inestabilidad que arrecian, y pensar una estrategia electoral a partir de las oportunidades que ofrece el ser oficialismo. La figura de Pedro Sánchez se consagra frente al desprecio de algunos y la subestimación de muchos. Una historia de redención política que, a pesar de todo, recién comienza.

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP). Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es editor de La Vanguardia Digital.

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