Dos caras de una misma moneda: extractivismo y conservación

A pesar de que el modelo extractivista y la acción conservacionista de la biodiversidad suelen presentarse como antagónicos, ambos comparten rasgos comunes y fundamentos acerca de la naturaleza y de su relación con la sociedad.

Las problemáticas ambientales en la actualidad nos enfrentan a múltiples y disímiles muertes de mundos: en Minas Gerais (Brasil) una ciudad entera, con su historia y sus afectos, es sepultada bajo el lodo residual producido por la megaminería; en Jáchal (Argentina) un río de vida se transforma en una solución cianurada; del otro lado del mundo, Fukuyima (Japón) se amuralla para contener los silenciosos e invisibles avances de la radiación que promete un futuro temible.

Frente al avance de esas muertes, han emergido diferentes voces y actores sociales. Entre ellas, la voz de la “conservación” se ha filtrado en diversos ámbitos e instituciones como ONGs y organizaciones gubernamentales, así como en las diferentes ciencias.

En nuestra investigación, de la que aquí se realiza una síntesis, analizamos los supuestos que subyacen en las formas predatorias del ambiente –en particular en el modelo extractivista en América Latina– y en los discursos y las prácticas hegemónicas vinculadas a la conservación, específicamente en la biología de la conservación. Nuestra hipótesis es que, a pesar de que el extractivismo y la conservación de la biodiversidad suelen presentarse como antagónicos, ambos comparten pilares fundamentales, y deben ser entendidos como complementarios, esto es, “dos caras de la misma moneda”.

LA CONSERVACIÓN ¿FRENTE AL EXTRACTIVISMO?

Desde su colonización, la historia latinoamericana estuvo caracterizada por una explotación y extracción de bienes naturales, que situó a América a los ojos de Europa, como una fuente inagotable de recursos. Sin embargo, en las últimas décadas se consolidó una nueva modalidad denominada “extractivismo”, la cual ha sido la principal fuente de divisas para generar un “crecimiento” económico en dichos países. Siguiendo a Gudynas podemos caracterizar al extractivismo como aquellas “actividades que remueven grandes volúmenes de recursos naturales, [que] no son procesados (o lo son limitadamente), y pasan a ser exportados”. Sin embargo, esta caracterización omite en su definición algunos aspectos centrales del extractivismo, tal como su alto impacto socio-ambiental. A la vez, el extractivismo o modelo extractivo-exportador presenta diversas formas, tales como megaminería, agroindustria, pesquería industrial o fracking, entre otras.

En una dirección similar, Svampa sostiene que uno de los rasgos centrales del actual estilo extractivista es la gran escala de los emprendimientos, lo cual “nos advierte tanto sobre la gran envergadura en términos de inversión de capitales (en efecto, se trata de actividades capital-intensivas, y no trabajo-intensivas); el carácter de los actores involucrados y la concentración económica (grandes corporaciones trasnacionales); la especialización productiva (commodities), así como de los mayores impactos y riesgos que dichos emprendimientos presentan en términos sociales, económicos y ambientales”.

La lógica extractivista tiene como algunas de sus consecuencias la degradación ambiental profunda y de corto plazo, considerando contaminación de aire, tierra y agua, mortalidad de diversas formas de vida, deforestación, etc.; la extracción de “recursos” naturales a gran escala –generalmente en manos de grandes empresas o grupos económicos–, la expulsión de comunidades locales en pos del “desarrollo” y el deterioro de las condiciones de vida de los que aún habitan esas regiones. Otro resultado de dicha política económica ha sido la pérdida de diversidad biológica o biodiversidad, entendida como extinciones de especies, reducción de poblaciones silvestres, deforestación, pérdida y degradación de ecosistemas, etc., vinculada al cambio de uso de suelo.

A la migración dada desde las zonas rurales a las ciudades por los diferentes tipos de extractivismo, se reconocen tendencias similares en el caso de las prácticas conservacionistas.

Por conservacionismo, entendemos al conjunto de investigaciones asociadas a prácticas, realizadas desde la biología de la conservación o ecología.

TRES SUPUESTOS, TRES FORMAS DE VIDA

Al indagar los discursos provenientes de artículos científicos enmarcados en la biología de la conservación desde la década de 1990 en adelante, en primer lugar buscamos cuál es la mirada hegemónica sobre la conservación pero a la vez intentando recuperar aquellas otras miradas están en pugna.

CARÁCTER GLOBAL

Las promesas del extractivismo son promesas para “todos”, promesas para la Humanidad, con mayúscula. Por ejemplo, en el artículo “Alimentar a la humanidad: aciertos del último medio siglo”, García Olmedo propone que la agroindustria es una solución necesaria para alimentar a la Humanidad. En la misma dirección, diferentes autores señalan que las prácticas extractivistas son imprescindibles para sostener un modo de vida específico, que constituye el imaginario de éxito y felicidad planteado desde el Norte global para la humanidad. De este modo, el carácter global se vincula con cierta homogeneización dada a partir de la idea de una humanidad, de un futuro común, en el cual la tecnociencia resolvería estos problemas comunes.

En cuanto al conservacionismo, lo primero a señalar es que la globalidad es constituyente del campo científico, acentuado en las ciencias naturales, uno de los campos especializados menos limitado a fronteras nacionales. Desde fines del Renacimiento, las ciencias naturales han venido consolidando aspectos globales, como la lengua utilizada en las publicaciones, las colaboraciones internacionales, el financiamiento internacional y su pretensión universalista, entre otros. Estos aspectos se profundizan en la biología de la conservación, que asume como objetivo resolver una problemática que también asume un orden global: la pérdida de biodiversidad como problemática global se asocia con lo humano como poblador global, presentándose un desafío a escala planetaria.

Esta forma global, que en el extractivismo divide el globo en términos de Norte y de Sur, en la conservación genera una división binaria entre países con altas tasas de biodiversidad (los cuales suelen corresponder con la categoría de ‘subdesarrollo’), respecto de los países ‘industrializados’ y de baja biodiversidad. Así vemos que lo global trae tras de sí lo homogéneo. Pero también al vacío, como veremos a continuación.

LO VACÍO

Veamos la imagen de un campo cultivado con soja transgénica. A nuestro alrededor veremos un horizonte verde, el llamado “desierto verde”: hectáreas de plantación homogénea regulada por maquinaria. Quizás veamos algunos pocos operadores, uniformados, indistinguibles. En el caso de la megaminería, la montaña se vuelve un pozo profundo y, nuevamente, lo que se mueve son sólo máquinas.

Escenarios similares se dan en el caso de la pesca industrial, del petróleo, de la ganadería por feed-lot. Los extractivismos sólo son posibles en territorios vacíos. Conllevan pues una expulsión de comunidades locales, en vistas de que son incompatibles con el habitar. En reemplazo de los humanos, lo tecnológico toma lugar: las grandes extensiones de estos proyectos están diseñadas de modo tal que su manejo es exclusivo a través de maquinaria específica. Esto implica que sólo puedan ser coordinados y dispuestos por grandes grupos económicos (que tampoco viven en el área de la explotación). A diferencia de los paisajes heterogéneos habitados por pequeños campesinos con diversos tipos de cultivos, en donde se vive en la tierra que se labra o donde se labra la tierra que se vive –paisajes aún frecuentes en México, Perú, o en el noroeste argentino–, los paisajes del extractivismo brillan por la ausencia de diversidad y población local. De este modo los territorios escogidos por el capital son considerados como “socialmente vaciables”, o “territorios sacrificables”.

Estos paisajes sin habitantes son parte de un proceso sistemático de vaciamiento. La población rural argentina pasó en 1960 de un 26% de la población total hasta tan sólo un 8% en 2015. Esta tendencia se reproduce a escala global, pero en el caso de América Latina se reconoce un aceleramiento.

Al no haber habitantes no hay afectividades ni experiencias que se vinculan con ese territorio, y así un campo de soja se torna en una mera relación de producción por hectárea.

Así, a la migración dada desde las zonas rurales a las ciudades por los diferentes tipos de extractivismo, se reconocen tendencias similares en el caso de las prácticas conservacionistas. Por ejemplo, los parques nacionales o áreas protegidas en general, son lugares que se vacían de comunidades humanas bajo la justificación de proteger a la Naturaleza. Las áreas protegidas se constituyen a partir de la expulsión de comunidades locales y se tornan espacios que sólo pueden ser visitados –nunca habitados– por una sociedad que vive, naturalmente, en las ciudades. La aceleración de los procesos emigratorios de lo rural a lo urbano, ha sido uno de los correlatos fundamentales de los extractivismos.

LA COSIFICACIÓN

La pregunta que nos interesa aquí es ¿cómo se piensa a aquella Naturaleza destinada a la explotación o a la conservación? Sostenemos que tanto el conservacionismo como el extractivismo transforman a la Naturaleza en una “cosa”. En el caso del extractivismo esta reificación aparece a simple vista: un bosque –plagado de interacciones, especies, afectos, historias– se transforma en un campo de soja. Un campo de soja es un espacio destinado a obtener commodities. Al no haber habitantes (ni, por ende, afectividades ni experiencias) que se vinculan con ese territorio, un campo de soja se torna en una relación de producción por hectárea. Luego de que el bosque se haya transformado en plantación industrial, el destino de ese viejo territorio estará estipulado según movimientos financieros que desde una racionalidad instrumental (y abstracta, dictaminada desde “ningún lugar”), determinarán las futuras metamorfosis del espacio.

Por otro lado, en el conservacionismo si bien se plantea el valor intrínseco de lo vivo en sí –lo cual parece contraponerse a la idea de una Naturaleza como “cosa” a explotar– esta valoración tiene algunos matices que conviene analizar. El valor intrínseco se adjudica a entidades abstractas, como las especies y ecosistemas, mientras que en los ecosistemas “naturales” se vincula con las categorizaciones de especie endémica (natural de un ecosistema dado) y exótica (sea introducida voluntariamente o no).

Desde aquí es que la biología de la conservación se orienta discursivamente a destacar la importancia del manejo de ciertas especies endémicas y en peligro de extinción (como es el emblemático caso del oso panda) para permitir su supervivencia, mientras que por otro lado promueve el manejo de especies exóticas, cuyos individuos, en algunos casos, son tratados mediante el llamado “rifle sanitario”. Estos discursos que promueven la transformación del entorno, olvidan el lugar de los individuos (sean humanos o no humanos), eliminando afectos y relaciones por fuera de una funcionalidad orientada a conservar o explotar.

CIERRE Y APERTURA

Al comparar las tres dimensiones en las que el extractivismo y el conservacionismo comparten fundamentos comunes respecto a la naturaleza y su relación con la sociedad (lo global y el carácter uniforme de lo humano, la desterritorialización y el vaciamiento, y finalmente los procesos de cosificación), los acercamos íntimamente. Al hacerlo, observando sus fundamentos comunes, su lógica compartida, cabe preguntarse qué otras formas de pensar el cuidado del ambiente escapan a esta lógica. Y con ese norte quizás repensarnos de manera singular, heterogénea, llenos de vida y vida verdadera  –nunca “cosa”– parecen ser algunos de los pasos necesarios a realizar.  Eso será motivo de otra nota.

 

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Este texto es una versión resumida del “¿Caras de una misma moneda? Conservación de la biodiversidad y extractivismo en América Latina. Gabriela Klier y Guillermo Folguera. Letras Verdes. Revista Latinoamericana de Estudios Socioambientales. N.° 22, septiembre de 2017, pp. 182-204.

Gabriela Klier y Guillermo Folguera

Gabriela Klier y Guillermo Folguera

Integrantes del Grupo de Filosofía de la Biología (UBA-CONICET).

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