Volvieron

Un fantasma recorre Argentina, es el fantasma del Fondo Monetario Internacional. La imagen de uno de los sepultureros que nos reveló el 2001 fue puesta en cuestión. Hoy, el gobierno de Macri invoca, en un nuevo episodio de la serie de nuestra historia nacional, el espíritu de uno de nuestros fantasmas fundamentales.

La crisis del 2001 ha sido interpretada de diversas maneras a lo largo de estos años. Aquí proponemos una breve hipótesis de lectura con lazos entre el presente y el futuro: el estallido de diciembre de principios de siglo fue sin dudas el fin de un ciclo y el comienzo de otro, una ruptura drástica y desgarradora. Pero ese ciclo naciente, complejo, contradictorio y conflictivo, reveló dos incipientes herederos del crack de 2001 que se fueron desarrollando a lo largo de este siglo XXI. Los primogénitos de la crisis, una suerte de Rómulo y Remo posmodernos y sudamericanos, que emergen como enlaces entre la tradición y la novedad son, la política por un lado y la gestión por otro. Empecemos a desmenuzar todo esto.

También caló hondo en el inconsciente colectivo, sobre todo de los sectores populares y obreros, el rol del Fondo Monetario Internacional (FMI), que avaló el proyecto de reforma laboral aliancista.

La crisis más profunda de la historia de nuestro país estalló con un conglomerado de demandas insatisfechas y críticas desde prácticamente todos los sectores de la sociedad civil hacia el gobierno de la Alianza radical-frepasista conducida entonces por Fernando De La Rúa. Los desbarajustes económicos, políticos y sociales implementados con la llegada del neoliberalismo a la argentina en los 90 de la mano de Carlos Menem, continuaron con el gobierno de la Alianza. La sociedad había votado a un personaje de extensa carrera política como De La Rúa, ex Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y con buena imagen de gestión en un distrito históricamente radical y siempre adverso a las propuestas políticas de tinte nacional y popular. Pero ese voto también encauzaba las expectativas de una conducción política que hiciera gala de su honestidad a fin de erradicar la corrupción reinante durante los años del menemismo. Las expectativas se derrumbaron prontamente con los escándalos por las presuntas coimas en el Senado en el marco del proyecto de ley de reforma laboral. La sociedad había dicho basta a la “fiesta menemista”, pero aún parecía estar cómoda con la ley de convertibilidad de Domingo Cavallo. Hoy no hay duda alguna que todo salió muy mal y la crisis derrumbó al tibio gobierno de la Alianza, que terminó atrapado en internas entre un sector de la burguesía nacional y la burguesía dependiente de los negocios internacionales, y marcó a fuego en la piel y en la memoria de todos los argentinos aquellos amargos días. También caló hondo en el inconsciente colectivo, sobre todo de los sectores populares y obreros, el rol del Fondo Monetario Internacional (FMI), que avaló el proyecto de reforma laboral aliancista allá por septiembre del año 2000 sin poner en cuestión la forma en que se aprobó esa ley (la mencionada “ley Banelco”) e, inclusive, condicionó la ayuda económica al país a la sanción de la ley. Las cartas estaban echadas. Neoliberalismo o muerte. Finalmente, la taba cayó del lado opuesto al del neoliberalismo.

El helicóptero en el cual huyó De La Rúa, todo un símbolo de época, fue el cierre del bloque histórico iniciado con el golpe de estado perpetrado el 24 de marzo de 1976. Ese período, nacido en la hora más oscura de la historia nacional, instauró por la fuerza un régimen de acumulación concreto en consonancia con los criterios y expectativas de los grupos dominantes. La dictadura comenzó a diseñar los vectores políticos necesarios para la construcción y acumulación de poder, y así sentar las bases de un nuevo proyecto hegemónico que subvirtiera el modelo con regulación estatal vigente desde los años cuarenta. Si fue necesaria la violencia política, usurpar el gobierno, desaparecer personas, apropiar bebés, perseguir opositores políticos, fue porque el plan económico de la dictadura contaba con vocación refundacional y tenía como objetivo la reestructuración profunda de los resortes sociales de poder a través de un sistemático plan de férreas medidas disciplinarias, sostenidas en una brutal política de terror. Si el gobierno de Alfonsín fue una brisa política (leve) que recorrió brevemente los restos de una Argentina herida de muerte, no tuvo la fuerza necesaria para consolidar un proyecto político alternativo. Menem llegó al poder antes de tiempo, en el marco de una estrategia de desestabilización de los grandes jugadores de la economía que desató una fuerte crisis económico-política. Si el menemismo fue marcado por “la venta de (las últimas) joyas de la abuela”, en el contexto de un plan económico en línea con el Consenso de Washington (1989) imperante, las privatizaciones fueron el puntapié inicial de un período signado por la corrupción, la opulencia de la farándula política y los nuevos ricos (los ganadores del modelo neoliberal). La Alianza fue pura continuidad, a excepción del mensaje contra la corrupción, o, por lo menos, esa fue la apuesta de buena parte de la sociedad. La política estaba en segundo plano, subordinada a la economía.

El 2001 cambió el orden de los factores. De un lado, de la mano de la ocupación de los espacios públicos, de movilizaciones multisectoriales e interclasistas, estaba la gente que no tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo, enarbolando el grito de “que se vayan todos”. Del otro, la clase política obediente de la economía, sus Excel, sus fórmulas e índices micro y macroeconómicos, que había sido identificada por la sociedad como la responsable de la crisis reinante (nota al margen para la responsabilidad de esa sociedad que levantaba el dedo acusador). La clase política, los dirigentes, expulsados del campo de la política y que huyeron simbólicamente con De La Rúa aquel 20 de diciembre inolvidable, eran dirigentes subordinados a los tecnócratas económicos: los rockstars del modelo neoliberal. El estereotipo de intelectual en el neoliberalismo es el técnico, apolítico, analítico, moderno, hiper-racional, que hace gala de sus habilidades discursivas para ofrecer su logos a un lego expectante que lo reconoce y le otorga legitimidad. Basta repasar los programas de televisión de la época para ver desfilar a economistas de todo tipo (generalmente liberales o neoliberales) explicitando las bondades de achicar el Estado, los beneficios de privatizar para modernizar los servicios públicos como en los países del “primer mundo”, las ventajas de flexibilizar el mercado laboral para bajar costos empresarios y favorecer la competencia y productividad de cada sector de la economía, y la reiterada confianza en los organismos internacionales de crédito como instrumentos válidos para financiar al gobierno. Domingo Cavallo, figura intelectual y política durante varias décadas de la historia reciente de nuestro país, constituye el ejemplo más ilustrativo. Esas figuras perdieron crédito ante una sociedad que ponía en cuestión, dentro del marco de las representaciones sociales de la época, la concepción ideológica escondida detrás de la postura presuntamente desideologizada que pregonaban los economistas. Así, esa narrativa neutral y posideológica se desmoronó, afectando fatalmente su legitimidad. A ellos y a los políticos adoradores de estos gurúes fue dirigido el grito de guerra de aquel entonces. La sociedad se había cansado de este tipo de dirigentes que la habían llevado al colapso: era el tiempo de la política.

El estereotipo de intelectual en el neoliberalismo es el técnico, apolítico, analítico, moderno, hiper-racional, que hace gala de sus habilidades discursivas para ofrecer su logos a un lego expectante que lo reconoce y le otorga legitimidad. Domingo Cavallo, figura intelectual y política durante varias décadas de la historia reciente de nuestro país, constituye el ejemplo más ilustrativo.

A partir de la crisis de los técnicos lo que se revitalizó fue la política, gran heredera del derrumbe neoliberal. A las recetas de los organismos de crédito internacional, sintetizados en el FMI, la sociedad consideró que había que oponerle un liderazgo eminentemente político. A partir de una mera oposición al regreso del máximo representante del neoliberalismo reciente, Néstor Kirchner fue elegido presidente en 2003. Si bien Menem había ganado la primera vuelta, a sabiendas que el voto negativo (“voto anti-Menem”) lo haría perder en la segunda vuelta, no se presentó (nueva nota al margen para esos 4.741.202 votantes que seguían apegados a las recetas y exponentes neoliberales a pesar de la crisis). El período 2003-2015 es el período signado por la política: heredera de la experiencia política reciente, el gobierno de Kirchner apuntaló un modelo de tintes nacional, popular y mercado-internista a fin de recuperar el tejido social destruido por sus antecesores. Es decir, una línea peronista-progresista e inicialmente transversal intentaba reconstruir un país destruido por la unión cívico-militar golpista, primero, y por expresiones peronistas y radicales ubicadas ideológicamente del centro hacia la derecha, luego. Los 25 años transcurridos desde 1976 a 2001 habían acabado y, luego de un interregno en 2002, en 2003 comienza un nuevo modo de acumulación opuesto al anterior. La política toma las riendas y los economistas pierden el centro de escena, la economía se convierte en un mero instrumento para objetivos políticos. La declaración final de la IV Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata en 2005 puso freno al Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y lo hirió de muerte, revitalizando el bloque naciente (Mercosur) y consolidando un grupo de países contra-hegemónicos en la región. La política gozaba de buena salud y ya nadie hablaba de los economistas. La ola antineoliberal parecía arrasar por América Latina. Sólo la cancelación de la deuda con el FMI trajo a las grandes portadas a los técnicos encargados de la negociación, pero siempre subordinado al liderazgo político del momento. Los tiempos habían cambiado. Con la política resurgió la militancia, sobre todo la militancia juvenil, se fortaleció la militancia universitaria, las actividades sindicales, barriales y en los distritos más humildes. El regreso de la política instauró un modelo de discusión permanente después de años de silencio y de gobierno de técnicos.

Pero el modelo inaugurado en 2003 comenzó a tener dificultades y, como prácticamente todas las experiencias progresistas, tuvo que tomar decisiones que pusieron en crisis su columna vertebral y, si bien se enfrentó a sectores económicos poderosos, fue permeable con otros más afines: quedarse a mitad del río, sin llegar ni a una orilla ni a otra es una cuenta pendiente de todo proyecto político de carácter reformista. La corrupción política había regresado a las grandes tapas de los diarios y sectores de la burguesía agrícola tradicional se configuraron en claros oponentes del modelo proto-industrialista de los Kirchner. El lockout agropecuario de 2008, a partir de la 125, se configuró como el suceso político del momento que enfrentaba, en teoría, dos modelos de país. Lentamente, el gobierno del Frente Para la Victoria fue adoptando medida represivas, logrando alinearse con el nuevo clima de época que empezaba a gestarse y que se vislumbraba en un sistema político que se corría nuevamente hacia la derecha. Mientras las dificultades ganaban minutos en los mass media, en aquella ciudad de Buenos Aires que había cobijado a De La Rúa antes de ser presidente de la Nación, ahora guarecía a un outsider, hijo de uno de los empresarios más influyentes del país vinculado a la “patria contratista” de décadas pasadas: en la ciudad germinaba el otro heredero de 2001, la gestión.

Si los sectores populares y obreros habían aclamado la vuelta de la política, los sectores vinculados a la pequeña, mediana, pero sobre todo la alta burguesía desconfiaban (como siempre) de los políticos y encontraron en Mauricio Macri un nuevo representante. Con origen empresarial, Macri se presentaba como el estandarte de la buena gestión, eficiente, eficaz y moderna, pero sobre todo poco ideologizada. La derecha volvía a apostar por lo que había dado buenos resultados en el pasado, pero era necesario reformularlo. Podía ser similar al pasado, pero no idéntico, y ahí el concepto de la gestión apolítica fue la piedra de toque.

La ciudad que siempre se vio distante de los dirigentes peronistas sirvió de base, junto con la gestión de Macri como presidente de Boca Juniors, para la entrada en la política grande de un nuevo actor, ajeno a la política, multimillonario y con una propuesta radicalmente opuesta al gobierno kirchnerista. Claramente olía a neoliberalismo reciclado, pero ese tufo era bien disimulado por sus dirigentes.  El discurso de la gestión fue acompañado por un lenguaje moderno y evangelizador que complementó la despolitización de la propuesta que resultó triunfante en 2015. Victoria que poco a poco fue reviviendo los fantasmas del neoliberalismo menemista pero aggiornado a los tiempos que corren y, en parte, capitalizando los errores de la experiencia anterior. La estrategia electoral se vertebró sobre la base de una moderna campaña política en redes sociales, que jugaron un rol fundamental en la construcción de un relato superestructural, y solapó las propuestas políticas de la nueva coalición. Eso no fue un impedimento para el triunfo electoral que traería aparejado el regreso de los economistas a las grandes ligas, más bien todo lo contrario. Con ellos, y con el gobierno del Frente Cambiemos (que como la Alianza de 1999 incluye a la UCR), comienza tal vez un nuevo modelo de acumulación financiera similar al período previo a 2001. Así, la economía vuelve a invadir todos los aspectos de la discusión política y reaparecen todos los términos propios de la bonanza financiera de tiempos pasados, como las letras del tesoro, bonos de todo tipo, las estrellas del momento como las LEBACS y los BOTEs (acrónimo sencillamente elocuente), los negocios vinculados a la renovada bicicleta financiera, la información cotidiana sobre el precio del dólar, las cantidades de reservas del BCRA, las intervenciones monetarias para bajar el precio de la divisa norteamericana o la no intervención para “dejarla correr”, la fluctuación de las tasas, el tristemente célebre índice de riesgo país, y conceptos como carry trade y overshooting propios del mundo de las finanzas.

El gobierno macrista dio diversos pasos en su gestión que significaron fuertes golpes a los sectores más vulnerables de la sociedad (aumentos de tarifas, inflación), se tomaron medidas que favorecieron directamente a los sectores más pudientes (quita de retenciones a sectores como el agro o mineras) y produjo, a pocos días de asumir, una fuerte devaluación (34% en diciembre de 2015) que significó una fuerte transferencia de recursos de abajo hacia arriba. No obstante, quizás el primer quiebre que golpeó a la sociedad y le trajo recuerdos del pasado noventista se dio con la reforma previsional que significó, ni más ni menos, un recorte a los jubilados y pensionados. Paradójicamente, un sector que había dado un fuerte apoyo a Macri y que constituyó uno de sus pilares fundamentales para obtener el triunfo en las urnas.

El gobierno de Cambiemos dio un paso trascendental y se enfrentó al mayor fantasma de la sociedad argentina desde el estallido del 2001: regresó a pedir un crédito al Fondo Monetario Internacional. Rompió un tabú del siglo pasado.

Pero el gobierno de Cambiemos dio un paso más trascendental, y se enfrentó al mayor fantasma de la sociedad argentina desde el estallido del 2001: regresó a pedir un crédito al Fondo Monetario Internacional. Rompió un tabú del siglo pasado. Se enfrentó a un fantasma muy poderoso, cuando nadie esperaba que lo hiciera. Con un método cuasi conductista forzó el enfrentamiento, ahora en 2018, con un fantasma demasiado presente en el imaginario social de los argentinos, incluyendo a todos los espacios del espectro político. Los fantasmas de Anne Krueguer o Anoop Singh sobrevuelan una argentina que todavía tiene las cicatrices del pasado reciente. En un intento de deconstruir la imagen demonizada que la sociedad tiene del FMI e introducirla dentro del lenguaje edulcorado y optimista sobre el cual se edificó el relato gubernamental, la estrategia comunicacional propuesta fue la de dar a conocer un “nuevo FMI”, una suerte de “FMI con rostro humano”, diferente al sufrido hace no tantos años.

Ante semejante apuesta del gobierno, quedan preguntas en el aire ¿era necesario volver al FMI, no había otra alternativa? ¿está preparada la sociedad para este impacto? ¿los sectores que apoyaron y apoyan al gobierno de Macri están de acuerdo con esta decisión? ¿es la última ficha de un gobierno que no logra acomodar el déficit fiscal, el desbalance de la balanza comercial o bajar la inflación, algo que consideraba sencillo antes de asumir? ¿el neoliberalismo 2.0 de Macri, aprendió de los errores del neoliberalismo de los 90? ¿estamos recorriendo paso a paso un sendero que nos conduce a un nuevo 2001? ¿errores en el manejo de la política macroeconómica o hay una estrategia? ¿Cuál es el verdadero plan? ¿hay plan? ¿a quienes incluye? ¿Quiénes quedan afuera? Son algunas preguntas que nos hacemos frente a un espejo que en el presente ve repetir el pasado. Un espejo donde asoma un fantasma que conocemos, aunque nos quieran convencer de que no, sí que lo conocemos. Y lo conocemos bien. Podremos dejarnos adormecer por el canto de la sirena y despejar nuestra mente de los temores asociados al Fondo, pero nuestro cuerpo también tiene memoria y no se deja seducir tan fácilmente por la melodía que escuchan todos. Simplemente desconfía ante el regreso de un fantasma aterrador.

No tenemos respuestas a estos interrogantes, ojalá los tuviéramos. Por el contrario, tenemos más interrogantes. Lo que sí sabemos, y no hay ningún tipo de duda al respecto, es que volvieron.

Leandro Rossi

Leandro Rossi

Es Licenciado en Ciencia Política (UBA) y Diplomado en Estudios Avanzados en Política y Economía y Cultura y Sociedad (IDAES-UNSAM). Actualmente cursa la Maestría en Ciencia Política (IDAES-UNSAM).

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