El exitoso “soft power” israelí: de los evangélicos a los LGBTI

Mientras el eje Trump-Netanyahu impone un nuevo (des)orden mundial regresivo, Israel ha logrado ir mejorando su “marca país” de la mano del marketing y la diplomacia. Con una estrategia segmentada, la publicidad estatal abarca desde los evangélicos anti-“ideología de género”, así como un poderoso pinkwashing. 

La victoria de Netta Barzilai en el festival Eurovisión 2018 fue considerada por el premier israelí Benjamin Netanyahu una “bendición sobre Jerusalén” (con este resultado, además, el certamen va a ser organizado el año próximo en esa ciudad). Y en las calles, se celebró como una victoria mundialista. El contexto es especial: los festejos por los 70 años del Estado de Israel –según el calendario gregoriano– coinciden con la polémica mudanza de la embajada de Estados Unidos a Jerusalén, lo que violenta el statu quo internacional respecto de esta ciudad dividida, llena de sitios sagrados y atravesada por las cicatrices vivas de la guerra de 1967.

Los carteles que agradecían a Trump por “hacer grande a Israel” –parafraseando a Make America Great Again– junto a la presencia de la hija y el yerno del presidente norteamericano dejaron en claro la cercanía entre los gobiernos de Donald Trump y Netanyahu en medio de la escalada entre Tel Aviv y Teherán en el escenario de guerra sirio. El jefe de Estado israelí expresa una extrema derecha, en versión local, con un ministro de Defensa como Avigdor Lieberman, caracterizado en una columna en El País, como un “racista pragmático”. Es más, hoy uno de los aliados europeos de Israel es el húngaro antisemita y xenófobo Viktor Orbán, recientemente reelecto y embarcado en una campaña contra George Soros que replica al milímetro los tópicos antisemitas de los años 30. Recientemente, en su llamado a una alianza mundial contra la inmigración, Orban –quien ya había bregado por una contrarrevolución cultural en Europa– dijo que República Checa, Polonia, Croacia y Austria “viraron hacia posiciones patrióticas”. Al respecto, una columna en el Jerusalem Post se preguntaba: ¿Orban es un amigo o un enemigo? Algo más complejo en el tablero regional es el acercamiento Netanyahu-Putin: Rusia e Israel mantienen relaciones cercanas pese a que el Kremlin es aliado de los principales enemigos de Israel, recuerda una columna en El Periódico de Cataluña. “La sucinta reacción de Moscú a la reciente acción militar israelí en Siria, llamando a la negociación y evitando cualquier palabra que pudiera interpretarse como una condena, contrasta con la agresividad verbal desplegada por los principales portavoces rusos tras el ataque estadounidense, británico y francés hace solo unas semanas”. “Rusia e Israel pueden enorgullecerse del elevado nivel de nuestras relaciones, cooperación fructífera y contactos de negocios de gran alcance” dijo Putin en 2016. ¿Iliberales del mundo, uníos? Sí, pero no solo eso.

Diversos carteles agradecían a Trump por “hacer grande a Israel” –parafraseando a Make America Great Again – dejando en claro la cercanía entre los gobiernos de Donald Trump y Netanyahu en medio de la escalada entre Tel Aviv y Teherán en el escenario de guerra sirio.

Hungría, Austria –gobernada por un millennial de extrema derecha– y República Checa asistieron a los festejos por el cambio de embajada, en medio de una represión que provocó decenas de muertos; aunque algunos de ellos aclararon que eso no significa que trasladarán sus embajadas. Fue el “polémico” hijo veinteañero de Netanyahu quien en una oportunidad tuiteó, hablando de Estados Unidos, que teme más a los “matones de izquierda” que a la “escoria nazi”. Mientras que los nazis (supremacistas blancos) serían cosas del pasado, los movimientos como Black Lives Matter (las vidas negras importan) o diversas organizaciones “antifascistas” norteamericanos “son cada vez más fuertes”  señaló. La misma actitud asumió la Liga de Defensa Judía –un grupo violento de extrema derecha– en la manifestación contra el antisemitismo organizada en Francia en marzo pasado tras el asesinato de la anciana Mireille Knoll, sobreviviente del Holocausto. Mientras que agredieron verbalmente al dirigente de izquierda Jean-Luc Mélenchon, “protegieron” a la líder de la extrema derecha Marine Le Pen, mientras ambos eran expulsados de la marcha, en el marco de un debate, tanto dentro como fuera de la comunidad judía, sobre las dimensiones actuales del antisemitismo en Francia.

Frente a las críticas por sus posiciones crecientemente derechistas, Israel desarrolló un poderoso soft power que abarca a dos grupos opuestos: la población LGBTI y los evangélicos. Sobre cómo la política gay friendly del gobierno israelí –particularmente del ejército– sirvió para un cambio de imagen y una “puesta en valor” de la marca Israel, resulta particularmente revelador el libro del periodista y activista gay judío Jean Stern, Mirage gay à Tel Aviv [Espejismo gay en Tel Aviv]. Se trata de un caso muy exitoso de pinkwashing que contribuye a potenciar la imagen de democracia, progreso y modernidad que Israel busca proyectar frente al atraso de sus vecinos árabes pero también frente a los retrocesos democráticos internos en la era Netanyahu-Lieberman. E incluso sirve a los efectos propagandísticos de un ejército que, mientras comete violaciones de derechos humanos contra los palestinos, en una clave colonial y segregacionista, es una de las fuerzas armadas más inclusivas del mundo hacia las minorías sexuales.

Frente a las críticas por sus posiciones crecientemente derechistas, Israel desarrolló un poderoso soft power que abarca a dos grupos opuestos: la población LGBTI y los evangélicos.

Todo esto generó un éxito del turismo gay a Tel Aviv –con su imagen de sea, sex and fun– al tiempo que –escribe Stern– las viejas rutas sexuales en busca de “orientalismo” otrora dirigidas hacia Marruecos y otros destinos árabes, hoy más riesgosos por el auge islamista, se redirigieron hacia Tel Aviv. Pero lo que muestra Stern es que este “espejismo” fue producto de una política de Estado –tanto del nacional como del local de Tel Aviv– con mucho dinero puesto en marketing (en ocasión de Eurovisión también fue explotada esta faceta gay friendly de Israel, incluso en la red Grindr) y en viajes de diversos referentes LGBTI invitados para diversos eventos. Es el temor a la amenaza islamica –a veces real, a veces imaginaria y teñida de islamofobia patológica– que acercó a parte de la población gay europea a la extrema derecha, como el Frente Nacional en Francia, Alternativa para Alemania, que a su vez se volvieron más abiertas a la diversidad sexual. Y es la lucha contra el islam lo que termina construyendo puentes entre Le Pen y Netanyahu… pero como vimos, también con Putin. “Rusia e Israel tienen el mismo enemigo; el terrorismo islámico, sin peros ni condicionantes” dijo el comentarista progubernamental ruso Nikolay Pakhómov.

El temor a la amenaza islamica –a veces real, a veces imaginaria y teñida de islamofobia patológica– acercó a parte de la población gay europea a la extrema derecha.

Pero, al mismo tiempo, la marca Israel resulta muy atractiva en el mundo evangélico –en expansión en América Latina– que ve en el Israel actual a el Israel bíblico, lo que termina construyendo puentes a priori impensados entre grupos militantes contra la denominada “ideología de género” y el país que hace de la apertura gay-friendly su marca de fábrica (aunque por supuesto, lo que ocurre en las playas y los bulevares de Tel Aviv, vidriera  del Israel “moderna” hacia el mundo,  es anatemizado en muchos barrios de Jerusalén y otras ciudades donde domina une población religiosa conservadora y ultraconservadora en auge). El propio Netanyahu lo dijo en EEUU en 2017 frente a la Christians United: “Los cristianos evangélicos son los mejores amigos de Israel”. Y es común ver pastores evangélicos latinoamericanos con banderas de Israel. “Es una lucha de civilizaciones. Es una lucha de sociedades libres contra las fuerzas del Islam militante”, dijo Netanyahu. “Quieren conquistar Oriente Medio, quieren destruir el Estado de Israel, y luego quieren conquistar el mundo”. Son estas vías del evangelismo popular las que explican el éxito de la curiosa canción “En tus tierras bailaré (Israel)”, protagonizada –“juntas por primera vez”– por figuras de la cumbia “chicha” como la Tigresa del Oriente, Delfín Quihspe y Wendy Sulca. Y son numerosas las agencias de viajes que hace turismo evangélico a Israel, en el que se mezcla la Tierra santa con el actual Estado.

A menudo surgen voces que denuncian que las críticas a la política oficial israelí encubren viejas o nuevas formas de antisemitismo, incluso entre la izquierda. Eso puede existir, especialmente entre estos izquierdistas que añoran el estalinismo y ven en el asesino Bashar al Assad un baluarte de la lucha antiimperialista. Cuando ocurre, hay que denunciar los casos concretos, pero sin generalizar o estigmatizar sin pruebas a grupos enteros. La propaganda de la derecha sionista pretende ver a “nuevos antisemitas” por todos lados, excepto, curiosamente, en las filas de sus amigos de extrema derecha europeos o estadounidenses obsesionados con Soros y el “mundialismo apátrida”.

A menudo surgen voces que denuncian que las críticas a la política oficial israelí encubren viejas o nuevas formas de antisemitismo, incluso entre la izquierda. Eso puede existir, especialmente entre estos izquierdistas que añoran el estalinismo y ven en el asesino Bashar al Assad un baluarte de la lucha antiimperialista.

Pero la realidad es que hace unos años que el establishment de seguridad israelí ha identificado como la más grande amenaza para la legitimidad de Israel a los jóvenes judíos estadounidenses educados (los mismos que votaron masivamente por el socialista judío Bernie Sanders), futuros miembros de las élites estadounidenses y cada vez más disgustados por la radicalización sin pudor de la política colonialista y segregacionista israelí y la derechización extrema de la sociedad. Cuando incluso paladines del liberalismo antipopulista latinoamericano como Mario Vargas Llosa se unen a estas denuncias de la dupla Netanyahu-Trump y del nuevo (des)orden global regresivo que quieren poner en pie, el chantaje espurio al supuesto antisemitismo de cualquier crítica a Israel cae por el peso de su propia deshonestidad.

Pablo Stefanoni

Pablo Stefanoni

Pablo Stefanoni es periodista, economista y doctor en Historia. Actualmente se desempeña como Jefe de Redacción de la Revista Nueva Sociedad (Fundación Friedrich Ebert). Fue director de Le Monde Diplomatique-Bolivia y miembro del consejo editorial del semanario Pulso. Su último libro, escrito en coautoría con Martín Baña, es "Todo lo que necesitas saber sobre la revolución rusa" (Paidós, 2017)

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