La vida después del trabajo

Para los antiguos, el trabajo era una tortura. Para los judeocristianos era un castigo de Dios. El capitalismo, en cambio, lo honró como una fuente de riqueza y de dignidad. Ahora, la automatización amenaza con destruir el trabajo tal y como lo conocimos. Es muy probable que el capitalismo 4.0 nos pague menos y nos haga trabajar peor. Mientras, el mercado de trabajo argentino se deslaboriza. ¿Cómo podemos transformar esa negatividad en una fuerza positiva? ¿El futuro es “planero”?

Ninguna civilización pensó tanto al trabajo como la capitalista. Los antiguos no tenían un concepto para él (τέχνη es muy específico; tripalium, un instrumento de tortura); para el judeocristianismo se trataba de un castigo de Dios. Fue el capitalismo el que lo honró como una fuente de riqueza, de identidad, de dignidad. Un culto que heredaron sus enemigos. György Lukács, quizás el más grande filósofo marxista de 1818 a la fecha, toma al trabajo como principio originario del desarrollo humano: de él surgen el lenguaje, el valor, la libertad y obligación de elegir, ergo, la ética, y el aspecto teleológico que vuelve  material y posible a lo ideal, ergo, la Revolución.

Sin embargo, el trabajo ya no está funcionando. Salarios estancados, inestabilidad y malestar hacen cada vez más difícil vincular al trabajo con algo más que la mera supervivencia. O el tripalium. Hoy hasta Alemania parece dudar: su prestigioso sistema educativo orientado al trabajo está en crisis desde que cada vez más jóvenes prefieren ir a la universidad aunque así tengan menos oportunidades laborales.

Quizás no se equivoquen: la automatización amenaza con reducir la cantidad de trabajo disponible. Es evidente que la robotización no va a desplazar a la humanidad ni hará funcionar al mundo por nosotros. Pero es muy probable que el capitalismo 4.0 nos pague menos y nos haga trabajar peor. El mercado de trabajo argentino se deslaboriza: desde 2016 la cantidad de monotributistas creció un 9,1% y ya la ley no los considera trabajadores.

El desafío una vez más es transformar ese temor en esperanza, esa negatividad, esa falta, en un futuro que nos pertenezca.

LOS PROFETAS DEL OCIO

Para fines del siglo XIX el temor ludita a las máquinas se había dispersado. Frankenstein dejó lugar al futurismo amable de Verne y Wells. En ese clima progresista algunos se atrevieron a pensar en un mundo en donde se pudiera trabajar menos.

En 1880 Paul Lafargue, yerno de Marx, redactó su Derecho a la pereza. Como suele ocurrir, es un libelo mucho más francés que marxista: la ley del valor brilla por su ausencia, la paradoja reemplaza a la dialéctica y un sarcasmo grosero enreda la prosa. Lafargue acusa a los obreros de dejarse lavar la cabeza con la cultura del trabajo de la patronal y el clero y, así, ocasionar crisis de sobreproducción. Más calmo, William Morris proponía una jornada laboral de 4 horas. La historia le daba la razón: al ritmo de la lucha de clases y la tecnología, el promedio semanal de horas trabajadas pasó de 80 en 1800 a 60 en 1900, y rozaria las 40 hacia 1970.

En 1930 Keynes proyectaba una semana laboral de 15 horas para 2030 y, más tarde, con la economía absolutamente estancada, su amigo y fan Bertrand Russell redondeaba la idea en su Elogio de la ociosidad. Allí entiende al ocio de las élites como un factor civilizatorio y a la tecnología como una oportunidad para extenderlo a las masas.

En 1930 Keynes proyectaba una semana laboral de 15 horas para 2030 y, más tarde, con la economía absolutamente estancada, su amigo y fan Bertrand Russell redondeaba la idea en su Elogio de la ociosidad.

La bonanza de los años ‘60 vio nacer a la “sociología del ocio” de  Friedmann,  Dumazedier y Touraine. También a manifiestos como Alexandre le bienheureux, la película del ‘68 en la que Philippe Noiret encarna a un viudo que aprovecha la muerte de su autoritaria esposa para vivir en la cama, y así escandaliza a su pueblito obrero. Al año siguiente se estrenó La fiaca, con Norman Briski interpretando a un oficinista que se niega a ir al trabajo.

La crisis de los ‘70 casi lleva a la práctica los sueños de los ‘60. En 1974 el conservador Edward Heath trató de afrontar la crisis energética británica con una semana laboral de tres días. En 1980 André Gorz publicó su Adiós al proletariado. Montado sobre una lectura demasiado optimista de Touraine y Daniel Bell, Gorz celebraba la desindustrialización como abolición de la dependencia de las personas a su empleo, con todo el potencial emancipador que aún rebotaba desde mayo del ‘68.

El futuro llegó pero no como lo esperaban.

ARBEIT MACHT FREI

 

La brutal reestructuración capitalista de los ‘80, que segmentó al mercado laboral, liberó las finanzas, mundializó los procesos productivos y disparó al capital hacia el futuro, vino acompañada de una decimonónica retórica del trabajo duro como responsabilidad individual y única vía de salvación. En 1989 un experimento del psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi para la Universidad de Chicago rubricó la nueva filosofía. Preguntándole a 78 empleados diferentes cómo se sentían a lo largo del día, concluyó que eran más felices en el trabajo que en casa. Trabajando, dice Csikszentmihalyi, es más fácil “fluir”, dejarse absorber por la tarea, abstraerse del tiempo, el cuerpo y el ego, mientras aplicamos nuestras facultades al máximo. En casa, en cambio, dormimos o vegetamos frente a una pantalla.

Este nuevo viejo catecismo del trabajo, empero, se predicaba a una sociedad que nunca más recuperó el pleno empleo de posguerra. Las soluciones variaban. Mientras el malogrado premier socialista Lionel Jospin propuso una semana laboral de 35 horas flexibles, el New Labour recalcaba su compromiso en crear más y más empleo para enmendar el daño thatcherista.

El nuevo viejo catecismo del trabajo se predicaba a una sociedad que nunca más recuperó el pleno empleo de posguerra.

En Argentina, el 18% de desempleo posterior al Efecto Tequila fomentó un debate similar. El MST propuso reducir la jornada laboral; y el PO, repartir las horas de trabajo. El peronismo acabaría aprovechando el viento de cola sojero para reafirmar su histórico compromiso con el trabajo como herramienta de progreso individual y social.

LA VENGANZA DE RUSSELL

Aquí y allá la crisis de 2008 obligó a revisar ese laborismo. Aquí, el gobierno se apoyó cada vez más sobre un robusto sistema asistencial no-laboral que la siguiente administración eficientista no se atrevió a tocar. Allá, surgió una dispersa red de pensadores preocupados por pensar un futuro poslaboral. Paul Mason, David Graeber, Helen Hester, Nick Srnicek y Peter Fleming, entre otros, proponen aprovechar la tecnología que expulsa mano de obra para refundar una sociedad con más tiempo libre para la creatividad personal.

Algunos han criticado el imaginario austero y artesanal, casi reaccionario, que manejan algunos poslaboristas. Otros, como Frederick Pitts o Benjamin Noys, lo ven como la claudicación académica ante los conflictos irresueltos entre capital y trabajo.

Con todo, ya empieza el crujido fuera de la Academia. En una columna del Financial Times, Simon Kuper afirma que la recuperación del empleo luego de 2008 viene acompañada del reclamo de mayor tiempo libre o jornadas más cortas aún al precio de salarios más bajos, ya no solo en la welfarista Alemania (cuyo sindicato metalúrgico negoció una jornada de 28 horas semanales durante los dos primeros años de paternidad), sino incluso en los workaholicos Estados Unidos y Corea del Sur. Desde un rincón, el fantasma de Russell, pipa en mano, sonríe.

CÓMO VIVIR SIN TRABAJAR

En 2009 perdí la mitad de mi trabajo. Un colegio no me reconoció las faltas por asistir a unas Jornadas de Historia y me despidió. En un principio me aterroricé: en ese momento yo alquilaba y había perdido más de la mitad de mi ingreso. Acomodé mis finanzas, ahorré menos y descubrí que vivía igual. En el tiempo que me sobraba leía, dibujaba y lo subía a un blog. Aún así, disciplinado por el 2001, terminé buscando más horas de clase.

En 2013 volví a perder horas, ahora en tres instituciones diferentes. Esta vez no fue solo el pánico, sino también el desánimo: el mercado laboral me gritaba en la cara que yo no servía para lo que me había preparado. Ya no iba a volver, así que usé el tiempo de sobra en escribir aquí, dibujar allá, editar acullá.

El mercado laboral me gritaba en la cara que yo no servía para lo que me había preparado. Ya no iba a volver, así que usé el tiempo de sobra en escribir aquí, dibujar allá, editar acullá.

Hoy me despierto dos días a la semana para tomar el tren de las 6:30 am; el resto, vivo en pantuflas, respondiendo mails y terminando encargos. El sueño fordista de especializarme en algo y ejercerlo full time se despedazó en este renacentismo lumpen de hacer un poco de todo. Como admite Hellen Helster, “post work is a lot of work”.

EL MALESTAR DEL TRABAJO

Pareciera que el futuro del trabajo es viajar para estar encerrado perdiendo el tiempo o quedarse en casa trabajando sin parar. El mundo de Russell se trastornó: mientras los asalariados semicalificados se quejan de la inutilidad de muchas de sus tareas, los freelancers y “creativos” sin horario se jactan y/o lamentan del poco tiempo libre que les deja una apretada agenda de compromisos. Una nueva marca de status posaristocrático: parecer siempre ocupado.

Mientras los asalariados semicalificados se quejan de la inutilidad de muchas de sus tareas, los freelancers y “creativos” sin horario se jactan y/o lamentan del poco tiempo libre que les deja una apretada agenda de compromisos.

El mismo Kuper reconoce que la reducción de la jornada laboral es un beneficio que no les interesa a los cargos creativos y bien pagos, y que no es una opción para los trabajadores poco calificados mal pagos. Basta empalmar esa diferencia con la polarización laboral que David Autor proyecta sobre la automatización para entender que aún en una sociedad poslaboral el trabajo de algunos (muchos) empeorará.

Phillip Brown ha llamado “taylorismo digital” a este proceso de descalificación y pauperización de los trabajadores por las nuevas tecnologías. Menos elegante, David Graeber prefiere hablar de “bullshit jobs”: trabajos sin sentido, poco calificados y peor pagados (niñeras, repartidores, paseadores de perros) que existen solo porque la otra mitad de la sociedad tiene poco tiempo.

La automatización puede llegar a mejorar nuestra vida pero seguro empeorará el trabajo y el ingreso de muchos. La brecha entre ambos mundos se debe cerrar por afuera del mercado.

LA RENTA BÁSICA UNIVERSAL

La idea de una renta universal ronda Occidente desde hace rato, su última versión a la fecha es Utopía para realistas, el best seller del joven historiador holandés Rutger Bregman, casi simultáneo con el fallido lanzamiento del experimento en Finlandia y Suiza. Su propuesta no difiere mucho de la clásica Una vía capitalista al comunismo, publicada en 1986  por el filósofo flamenco Philippe van Parijs. Ambos se cuidan de no repudiar a la economía de mercado, proponen un salario universal e incondicional para cada persona por el solo hecho de existir, lo fundamentan en el principio de justicia y lo comparan con la abolición de la esclavitud y el sufragio universal.

La militancia global de la renta básica es imprecisa y ecuménica al punto de reclutar desde un comentarista del Financial Times como Samuel Brittan hasta anticapitalistas que creen en una “justicia cósmica”, pasando por el posibilismo gradualista. Incluso un par de premios Nobel de Economía y parte de la burguesía digital de Silicon Valley mostraron algún interés.

La militancia global de la renta básica es imprecisa y ecuménica al punto de reclutar desde un comentarista del Financial Times como Samuel Brittan hasta anticapitalistas que creen en una “justicia cósmica”.

Quedan por resolver los aspectos técnicos. En primer lugar, cómo financiarla. Jerome Glenn calcula que para 2030 las nuevas tecnologías van a reducir el costo de vida al punto de hacer viable una renta básica. Incluso propone una batería de impuestos 4.0 para financiarla, desde la tasa Tobin a cargas a los robots y la contaminación, todo bajo la supuesta abolición los paraísos fiscales.

PARÁSITOS DEL CAPITAL DESBOCADO

En segundo lugar, qué efecto tendría la renta básica sobre el mercado de trabajo. Karl Polanyi acuñó el concepto “trampa de la pobreza” para estudiar el efecto de la Ley Speenhamland de 1795, un subsidio que los trabajadores ingleses percibían en su parroquia local independientemente de su salario: los patrones pagaban salarios ínfimos confiando en que el subsidio los complementaban, los pobres trabajaban lo mínimo posible confiando en lo mismo y no emigraban para no perder el subsidio, la productividad caía y eso justificaba salarios aún más bajos. Esta escalada podría haberse detenido con la negociación sindical, pero ésta fue obturada por las Leyes Antiasociación de 1799.

Un precursor vergonzante de la renta universal, Milton Friedman, propuso una solución: el “impuesto negativo sobre la renta”. Un subsidio para todos los ciudadanos con ingresos por debajo de algún nivel mínimo, sean desocupados u ociosos voluntarios, que iría disminuyendo en proporción al aumento en sus ingresos. Para Friedman, su idea ahorraba los costos administrativos del Estado de Bienestar y no afectaba el interés en trabajar del subsidiado, porque cualquier trabajo remunerado significaría un aumento en su renta neta. Barry Goldwater y Richard Nixon se entusiasmaron con esta idea que, muchos calculan, hubiera  abaratado la mano de obra. La renta básica no es incompatible con el capitalismo más desbocado, más bien se necesitan.

La renta básica no es incompatible con el capitalismo más desbocado, más bien se necesitan.

Todos seremos planeros tarde o temprano. Puede ser que la automatización y la renta básica nos depositen en un futuro bastante parecido a la Cuba pseudocomunista del siglo XXI: con su dinámica industria de servicios yuxtapuesta a una sociedad macilenta de empleados indolentes y gente sentada en la puerta de su casa, todo sostenido más o menos por el Estado. Seremos, al decir de Steven Shaviro, parásitos en el cuerpo de un Capital ya fuera de control social.

Que sea peor o mejor que eso está en nuestras manos.

WE CAN WORK IT OUT

A fines del siglo XX André Gorz decía que la abolición del trabajo era un proceso ya en marcha, la manera de administrarlo sería el principal problema político de las décadas venideras. Desde entonces aceptamos muchas veces la extorsión de mantener el trabajo a cambio de trabajar peor. O la versión ilustrada de no ir trabajar a cambio de trabajar más. Quizás sea momento de cambiar de estrategia.

En 2020 se cumplen 120 años del laborismo inglés y 75 del argentino. Una forma de actualizar el legado de Keir Hardie y Cipriano Reyes sería crear un poslaborismo que movilice a todas las organizaciones de la fuerza de trabajo realmente existente (en uso o no) para instalar sus necesidades en la agenda y garantizarle una forma de vida digna en las condiciones del capitalismo actual. Gran parte de ese trabajo ya está hecho, solo basta ver alrededor. Podemos solucionarlo.

Alejandro Galliano

Alejandro Galliano

Licenciado en Historia y periodista. Es co-editor de Panamá Revista y colaborador de revista Crisis. Se desempeña como dibujante bajo el seudónimo de Bruno Bauer. En twitter es @bauerbrun.

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