Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es palabras.

¿Cuánto importa el carácter verificable de aquello que dicen los discursos políticos? ¿Cuál es el sentido de la denuncia moral, de la indignación escandalizada por el carácter mentiroso del discurso adversario? 

“Se puede decir lo falso sin mentir, pero también se puede decir la verdad con la intención de engañar, es decir mintiendo. Pero no se miente si se cree en lo que se dice, aún cuando sea falso. […] cualquiera que enuncie un hecho que le parezca digno de ser creído o que en su opinión sea verdadero, no miente, aunque el hecho sea falso”

Derrida, Historia de la mentira: Prolegómenos

 !¿La verdad impotente no es tan desdeñable como el poder que no presta atención a la verdad?”

Hannah Arendt, Verdad y política

 

Una de las formas mas habituales de polemizar en el debate político es denunciando que los dichos del adversario son falsos. Que el otro miente, engaña, oculta o falsea la realidad, que lo suyo es puro relato, “puro verso”, “alquimia”. Hasta se suelen oponer datos duros, estadísticas, experiencias o ejemplos que contrarrestan el “relato” del adversario y refuerzan la idea de que el discurso del otro es engañoso porque no se ajusta a la realidad. Es decir, a aquello que vemos todos los días, a lo que sabemos por experiencia propia o a través de los datos –más o menos creíbles– de los que disponemos.

El macrismo hizo del par verdad/mentira el clivaje que le permitió trazar una frontera con el kirchnerismo. Y, llamativamente, es también el eje polémico que actualmente emplea la oposición para cuestionar al gobierno.

El macrismo hizo del par verdad/mentira el clivaje que le permitió trazar una frontera con el kirchnerismo. Y, llamativamente, es también el eje polémico que actualmente emplea la oposición para cuestionar al gobierno.

Tomemos por ejemplo el caso del índice de pobreza publicado hace algunas semanas por el INDEC, según el cual la pobreza había bajado durante el último semestre del año 2017, llegando a tocar el piso más bajo en varias décadas. Con precauciones y matices, la mayoría de los especialistas parecen coincidir en que el dato está metodológicamente bien construido y no tiene “trampas” en un sentido técnico. Sin embargo – y como siempre –, en las calles y las redes proliferaron las sospechas acerca de su veracidad.

  • Están sosteniendo lo insostenible. Con la variación de ingresos en los últimos 2 años y los precios de tarifas y alimentos es IMPOSIBLE que haya bajado la pobreza. No sigas defendiendo lo que es absolutamente contrario al sentido común.
  • En 2003 Néstor asumió con una pobreza 58% medida con una canasta menos exigente q la actual
  • Cuando hay tantas variables en juego, la estadística pierde sentido. Este indicador del índice de pobreza debe tener un valor medio y una desviación tan grande que invalida el metodo, alquimia pura.
  • Macri diciendo que bajó la pobreza y se viene otro tarifazo, su relato no concuerda o que me van a decir que aumento el sueldo? No me rompan los huevos.

Este tipo de frases se multiplicaron: ese fue el tono dominante de los políticos y los ciudadanos de a pie. La “política de la sospecha” parece buscar un alivio en el refugio de la verdad, de alguna verdad. Basta con observar la práctica de una organización como chequeado.com, cuyo afán por el contraste sistemático y riguroso de los discursos con los datos duros parece querer revelar de una vez para siempre la adecuación de los dichos a los hechos, zanjar ese debate, clausurar la incertidumbre y resolver la cuestión de lo verdadero, lo dudoso o lo falso de un determinado discurso. Para ello basta con chequear, con corroborar y contrastar lo que ya está ahí, disponible y a la mano. ¿Pero qué son esos datos, esas cifras, esos números a los que se recurre? ¿No son también discursos que vehiculizan, ellos mismos, históricas e ideológicas capas de definiciones, denominaciones, determinaciones?

Es fundamental aclararlo: no se trata de hacer un elogio idealista de los discursos por sobre los hechos, ni de sostener una posición anti-empirista (tan mecanicista como la que le otorga primacía a los hechos sobre las palabras) según la cual “todo es discurso”. Tampoco de ubicarse en el paradigma posmoderno y eficientista del “todo vale” según el cual “si funciona, conviene”. Podrán ser verosímiles pero no por ser eficaces (por generar adhesión, por ser convincentes e incluso por asegurar votos) los discursos políticos son verdaderos. O, en todo caso, no es eso lo que les otorga legitimidad.

Indudablemente, los discursos tienen materialidad, tienen efectos y son en sí mismos hechos, actos y prácticas que configuran y dan forma a la realidad.  Los datos, las experiencias, los ejemplos y las prácticas a los que habitualmente se alude para contrarrestar la supuesta falsedad de los discursos son, ellos mismos, también discursos, representaciones e interpretaciones sobre las cosas del mundo. Los debates interminables acerca de la composición del índice de la pobreza dan prueba de ello. Como señalan los especialistas, ese índice constituye un modo de definir la pobreza entre otros posibles, y de su definición discursiva (de las variables e indicadores que lo componen) se desprenderá una cifra de pobreza u otra, lo que habilitará disputas interpretativas acerca del mejoramiento o empeoramiento de las condiciones de vida en un determinado periodo.

Los datos, las experiencias, los ejemplos y las prácticas a los que habitualmente se alude para contrarrestar la supuesta falsedad de los discursos son, ellos mismos, también discursos.

El hecho de que los datos constituyan discursos no supone, sin embargo, que cualquier dato valga por igual: las condiciones de producción de esos “datos-discursos”, el hecho de que surjan de un proceso más o menos democrático, más o menos transparente, más o menos representativo, les otorga mayor o menor legitimidad y credibilidad. Los discursos son productos materiales y, en esa medida, tienen condiciones de elaboración colectivas que inciden en su validez.

Aun así, algo del orden de la experiencia permanece y resiste: quedan los pobres. Quedan los niños revisando los tachos de basura, quedan las madres amamantando en los pasillos del subte, quedan las familias durmiendo en las plazas, quedan los cuerpos con frío, el hambre, los cartones, las zapatillas rotas, la materialidad ¿intransferible? del sufrimiento diario de los pobres. Quedan los pobres más allá y más acá de los discursos sobre la pobreza. Materialidad sufriente resistente a la narración que sin embargo, en tanto “verdad fáctica” (tomo la expresión de Hannah Arendt), debe ser defendida, visibilizada, narrada en vistas a construir un suelo común.

¿Cuál es la relación que la palabra política mantiene con esas experiencias, con esos hechos, con esos datos? ¿Qué puede decir de verdadero la dirigencia política sobre la pobreza? Se trata de preguntas ético-políticas –pero también estratégicas–, que apuntan a urdir un modo de intervención en el espacio público capaz de sacudir y trastocar las evidencias vehiculizadas por los discursos. En esa línea, ¿cuál es el sentido (esto es, el significado y la dirección) de la denuncia moral, de la indignación escandalizada por el carácter mentiroso del discurso adversario? ¿A qué y a quién se dirige esa denuncia? A la presunta falsedad de un dato se le puede oponer otro dato, una experiencia, un caso, pero ellos serán también pasibles de ser cuestionados. Y en esa prolongación infinita el problema se clausura y se agota, porque ya no se tratará de comprender la pobreza sino de invalidar la posición del otro y de legitimar la propia.

¿Cuál es el sentido (esto es, el significado y la dirección) de la denuncia moral, de la indignación escandalizada por el carácter mentiroso del discurso adversario?

Se puede hablar de la cuestión de la pobreza sin decir ninguna mentira pero tampoco ninguna verdad sobre ella, y eso es lo que ocurre cuando esa cuestión es enunciada de forma instrumental, interesada, usurera. Se puede oponer la vaguedad de los discursos a la contundencia de los datos, y la discusión se tornará un diálogo de sordos y se anulará la pregunta acerca de esa “verdad fáctica” que nos interpela. Tal vez sea en la recuperación colectiva de aquella facticidad singular –muchas veces resistente a su puesta en discurso– por la vía del testimonio, de la narración, de la palabra auténtica (esto es, una palabra dirigida a otro, no tomada como medio sino como fin), donde sea posible tejer una trama de sentidos comunes y compartidos.

Ana Soledad Montero

Ana Soledad Montero

Socióloga, Doctora en Letras, especialista en análisis del discurso político. Investigadora del CONICET y profesora en la Universidad Nacional de San Martín. En twitter es @monteraux

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