Ejercicio teórico-práctico sobre la economía política nacional en el gobierno de Macri

¿Cuáles son las principales características económicas del gobierno de Macri? ¿A qué sectores benefician? ¿Realmente tienen futuro?

Los predictores económicos son todos temerarios y hacen un acto de fe sobre  la infalibilidad de sus modelos. Pero, en general, nunca predicen bien: deben saber que en economía, que ello ocurra, es una casualidad. En nuestra opinión la economía no es una ciencia predictiva. Nos parece que menos arriesgado y más correcto es referir el comportamiento de las principales variables macroeconómicas en definidos escenarios en términos cualitativos o rangos cuantitativos, como ordenes de magnitud de referencia.

La desinflación ocurre a cuenta gotas y siempre menos de lo vaticinado. Hace unos meses se cambió la meta, subiéndola al 15% para el 2018 y como poco se hizo para instrumentar su cumplimiento, se reconoce, incluso dentro del propio gobierno, que se la puede estimar en el orden del 20-23%. Pareciera más una inflación inercial y de costos, limitada por el dólar barato y una leve recuperación del consumo, vía endeudamiento tanto privado como público. ¿Importa? Al gobierno quizá no demasiado en ese nivel, al decir de un economista afín, bajo el supuesto modelo “perdurar”, es decir, sostenerse económica y políticamente para ser reelecto en el 2019.

Lo mismo se piensa para el crecimiento económico: mantener el estancamiento que viene soportando el país en el largo plazo. O sea, alta inflación y bajo crecimiento: estanflación. Una recuperación del PBI del 2,83% o del 2,97% o del 3,51% son no sólo anhelos (lo que está bien), sino estimaciones cargadas de incertidumbre y sus predictores lo saben. También saben que, aun con una capacidad ociosa del 35% según dicen, existe una brecha entre el producto real y el potencial que permitiría un crecimiento o, mejor dicho, recuperación económica, la que se estaría dando levemente en los últimos meses y en sectores concentrados y poco expansivos. El punto aquí es la sostenibilidad de este crecimiento. Siendo en base a consumo y endeudamiento, sus bases no son genuinas como lo serían con base en las exportaciones y la inversión en bienes de capital e infraestructura.

El modelo elegido por el gobierno de Macri es consistente, en última instancia, con su ideología de derecha. Pedirle que lo cambie es pedirle que reniegue de los valores e intereses que prioriza.

La realidad muestra lo difícil que es hacer crecer el producto bruto y lo poco que se logra tiene una distribución regresiva. Un simple ejercicio con la ecuación de la demanda agregada sirve para encontrar el porqué, recordando que el producto bruto es igual al consumo más la inversión más el gasto público más las exportaciones menos las importaciones.

Con los salarios reales disminuyendo o, en el mejor de los casos estancados, el consumo privado no tiene como crecer, antes bien, cambia la estructura del gasto familiar y aumenta el endeudamiento. Como coloquialmente se dice: cambié el jamón cocido por la paleta. Pero, paradójicamente, con el gasto social se sigue favoreciendo a las clases bajas, mientras que con la disminución de los subsidios y el consiguiente aumento de tarifas y combustibles, se perjudica a las clases medias en términos relativos más que a las clases altas. Estas, a su vez, se han beneficiado con baja en la presión tributaria que los afecta (reducción de retenciones, blanqueo de capitales, etc.).

Con las altas tasas de interés positivas en términos reales, el nivel del tipo de cambio real y sin expectativas de rentabilidad en el largo plazo, las inversiones productivas tanto públicas como privadas, se han amesetado en el orden del 15-17% del PIB, valores insuficientes para crecer a los ritmos anhelados, más aun si se mira la inversión en equipos durables y en sectores enclaves (minería) o de bajo efecto en el largo plazo (construcción). El flujo de capitales externos seguirá siendo preferentemente especulativo. La jugada del gobierno de utilizar el sistema de participación público privada (PPP), es una apuesta altamente aleatoria y de compleja operatoria.

Con  la necesidad de un ajuste en el gasto público, tendiente a disminuir el déficit fiscal, el consumo público y las transferencias económicas se verían afectadas. Ello no ha ocurrido en los niveles requeridos, según el “modelo”: en verdad, el déficit primario en % del PIB ha venido aumentando desde el 2012 y el déficit financiero lo ha hecho mucho más, por lo que se mantiene la necesidad de financiarlo, antes con emisión y deuda interna, ahora con endeudamiento externo….mientras haya, lo que depende de un contexto internacional que nos es ajeno.

Con el peso argentino apreciado y un tipo de cambio administrado (esto es nuevo en el modelo, antes era de flotación) y la apertura al comercio exterior orientada por el dogma del libre cambio se genera un déficit de la balanza comercial (exportaciones menos importaciones) cercano a los 8.500 millones de dólares en el 2017, a lo que se suma el inmanejable déficit en cuenta corriente que superó los 30.000 millones de dólares. Ello produce un efecto negativo sobre la demanda agregada en el corto plazo, por ende, sobre el crecimiento del producto y, al mismo tiempo, pone en acción un “modelo” de desarrollo en el largo plazo, consistente con los intereses de clase que el gobierno defiende (el sector financiero, los grandes grupos exportadores de commodities y los capitales industriales concentrados). Las políticas de apertura y comercio exterior sugieren una estrategia de inserción internacional en ese sentido: la importación de bienes manufacturados que afecta a la industria nacional, un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea y el Mercosur con efectos parecidos y una tímida reacción sobre el proteccionismo que afecta nuestras exportaciones de biocombustibles, acero y aluminio.

Pero todo ello no es casualidad, sino efectos de un modelo económico que enfatiza la estabilidad primero y el crecimiento después, en teoría, porque en la práctica, debieran saberlo, las decisiones en la coyuntura están condicionando, con sus efectos en el mediano y largo plazo, las características que asumirá el crecimiento y su estructura. Más aun cuando sus inconsistencias instrumentales (producto de la descoordinación interministerial) generan efectos contradictorios que inciden en la trayectoria económica: el gasto publico primario tiende a disminuir con cambios en su estructura de destino, pero el gasto público financiero tiende aumentar, por la suba de los intereses de la deuda; el endeudamiento deberá continuar aumentando mientras no se resuelva el déficit fiscal y se tendrá que ir renovando mientras el mercado lo acepte; no habrá ingreso genuino de divisas en tanto no mejoren las exportaciones y haya importaciones inteligentes; con el tipo de cambio real bajo se generan una distorsión en los precios relativos (salarios bajos en pesos y altos en divisas). Seguimos siendo muy vulnerables a la economía y finanzas internacionales.

En el denominado Plan Productivo Nacional dejó sentada sus prioridades sectoriales y la orientación de sus políticas. Se enfatizan las ventajas comparativas (¡¡otra vez como en el siglo XIX!!) alentando las inversiones extranjeras directas en minería y pesca, sectores considerados más dinámicos junto con el agropecuario.

El destino final no hace falta inferirlo, sino que está dicho. En el denominado Plan Productivo Nacional, el gobierno nacional dejó sentada sus prioridades sectoriales y, en consecuencia, la orientación de sus políticas. Se enfatizan las ventajas comparativas (¡¡otra vez como en el siglo XIX!!) alentando las inversiones extranjeras directas en minería y pesca, sectores considerados más dinámicos junto con el agropecuario. Los sectores de baja competitividad estarían destinados a desaparecer y/o reconvertirse, no recibiendo ni protección ni defensa, como las maquinarias agrícolas (excepto equipos de siembra), los textiles, calzado, juguetes, etc. Se alentarían si aquellos sectores de mediana competitividad como la informática, la biotecnología, el turismo receptivo, etc. La instrumentación de la búsqueda de la estabilidad macro en el corto plazo y las políticas de comercio exterior, son consistentes con este planteo de largo plazo que contiene enclaves productivos y dominio de los capitales extranjeros concentrados. Cabe preguntarse: Quién generará empleo de calidad en esta estructura productiva futura? Los servicios? ¿Cuál será el nivel y la distribución funcional y personal del ingreso?

No se le puede pedir peras al olmo, decía mi abuela. Vale para los modelos económicos. Cada modelo económico contiene un enfoque teórico acerca de la economía capitalista (apologético o crítico) y una concepción del mundo, pocas veces explicitada, identificada por sus principios, valores e intereses. El modelo elegido por el gobierno de Macri es consistente, en última instancia, con su ideología de derecha. Pedirle que lo cambie es pedirle que reniegue de los valores e intereses que prioriza. Por eso lo políticamente e intelectualmente correcto es analizar las inconsistencias de su modelo y alertar sobre el destino a que conduce su aplicación.

Nada es fácil, hay que reconocerlo, en la economía de un país que se consumió la bonanza y no es capaz de definir su rumbo, donde, además ni sus propios ministros confían en el futuro venturoso que pregonan. A dos años y medio de su mandato, no se pudo ni podrá alcanzar la inflación de un dígito (hubo errores en el diagnóstico?), ni aumentar el producto bruto per cápita (será por eso que se habla de estar logrando un crecimiento invisible?), ni alcanzar la utópica pobreza cero, aunque se alegran de haberla bajado en el segundo semestre del 2017 y no está mal. Pero no se dan cuenta, o sí, de que toman un indicador bidimensional (ingresos familiar vs canasta básica de alimentos), para explicar un fenómeno multidimensional y complejo (necesidades básicas insatisfechas NBI), que obligaría a un activo papel del Estado.

 

Fuente de los gráficos: INDEC

Ángel Sciara

Ángel Sciara

Docente e Investigador de la Universidad Nacional de Rosario. Contador y Magíster en Desarrollo Económico. Fue ministro de economía de la Provincia de Santa Fe.

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