El oso y el águila: el duelo de las superpotencias continúa

Estados Unidos y Rusia son por extensión territorial, poderío militar y capacidad económica dos de las más importantes potencias mundiales. Los conflictos entre ellos, con sus idas y vueltas, han marcado el ritmo de la diplomacia planetaria desde hace largo tiempo. En la actualidad vivimos un nuevo capítulo de este duelo de titanes. 

Hace dos siglos, Alexis de Tocqueville reflexionaba sobre la derrota inglesa ante la revolución americana y la napoleónica a manos del zar Alejandro, y anticipaba que el mundo llegaría a verse disputado por dos estados muy pujantes en ese momento: Rusia y Estados Unidos. En esa época comenzó a popularizarse también en Francia la idea de que Europa ya no se dividía en Norte y Sur, sino en Oriental y Occidental, y que el modelo de desarrollo debía ser la democracia norteamericana, esto se profundizó a medida que los intelectuales perdían la ilusión que en otro momento había despertado la monarquía ilustrada.

Un siglo después, el enfrentamiento tuvo finalmente lugar durante la llamada Guerra Fría, que se extendió durante media centuria. Oficialmente terminada al disolverse la Unión Soviética, la contienda siempre latente pareció disiparse a raíz del derrumbe de la potencia euroasiática. Una derrota ideológica por lo pronto, pero que le permitió a la OTAN extenderse durante el cuarto de siglo siguiente a buena parte de Europa Oriental.

Curiosamente las fricciones han vuelto, en una especie de segunda temporada.

Ahora ambos contendientes dicen sostener el capitalismo y la democracia pluripartidista, pero lo cierto es que en la práctica la victoria occidental ha sido limitada. Por un lado, las principales empresas rusas continúan siendo estatales (y no sería descabellado imaginar que algún occidental pudiera todavía tener el sueño de verlas privatizadas). Por otro, la oposición continúa siendo acosada desde el Kremlin. Por su parte, Estados Unidos vive una etapa de desconcierto político tras el triunfo del magnate Donald Trump y el desarrollo de su impredecible gobierno.

Más allá de eso, el oso y el águila han tenido algunos puntos concretos de choque, llegando en dos oportunidades al enfrentamiento armado.

El oso y el águila continúan transitando el camino que les fue trazado hace doscientos años y siguen enfrentándose.

La primera se remonta a 2011, cuando se desató la sublevación en Siria, donde Rusia poseía su única base militar fuera de la Comunidad de Estados Independientes, es decir fuera de su inmediata vecindad. Siria representa para Moscú el último bastión de su proyección global. Además, se encuentra en Medio Oriente, centro petrolero del planeta, y lugar estratégico para el transporte y la comunicación. De hecho, la rebelión contra su protegido Al Assad comenzó dos meses después de la firma de un consorcio que integraba a Irán, Irak y Siria en la construcción de un gasoducto (tarea para la que presumiblemente contratarían a Rusia), emprendimiento que se vio imposibilitado a raíz de la guerra. Washington apoyó –y aún apoya– a diversos grupos insurgentes, kurdos y árabes. La situación no parece decantar todavía nítidamente por un ganador.

El otro lugar donde se hace uso de violencia es Ucrania, país que actualmente está tironeado entre una autoridad central, apoyada por la OTAN y el FMI, y una milicia perteneciente a una región separatista rusófona, Donbáss. Esta última podría estar recibiendo apoyo desde el Kremlin, aun sin tener, hasta el momento, intenciones de anexarla.

Todo se inició a comienzos de 2014, cuando el gobierno cambió de manos en Kiev a consecuencia de una protesta civil, el Euromaidán, que se llevó algunos centenares de vidas. Rápidamente, las regiones más identificadas con Rusia iniciaron un movimiento secesionista, aunque no se llegó a las manos en Crimea, que había pasado a jurisdicción ucraniana durante la época soviética. Allí tiene su principal asiento la flota rusa del Mar Negro desde 1783, y al disolverse la URSS la base siguió bajo control de Moscú a cambio de un beneficio comercial. Pero el gobierno surgido tras el golpe empezó a hablar de cancelar el convenio, y Rusia simplemente decidió ocupar el resto de la península e izar su bandera, sin encontrar resistencia alguna. Occidente respondió luego con una serie de sanciones comerciales.

Otro punto de colisión es de carácter financiero. Esto se remonta a la crisis que viviera Estados Unidos en 2008. Fue un acontecimiento sin precedentes, y desde entonces el nivel de endeudamiento federal aumenta más rápidamente. Dicha situación sólo es posible porque las calificadoras de riesgo, que guían al sistema financiero occidental, no le rebajaron la nota a pesar de las palpables irregularidades en las cuentas públicas y privadas. Es decir que el sistema está protegiendo a Estados Unidos (y a Europa occidental) a costa del resto del mundo, al calificar hoy, por ejemplo, a Brasil –inmerso en una crisis institucional– con una cifra semejante a la del año 2000, a pesar de que el tamaño de su economía ha variado sustantivamente y las situaciones distan mucho de ser equivalentes.

Por ello, justamente, Rusia se resiste a colaborar. Es uno de los estados menos endeudados del orbe: disconforme con su calificación, sólo se endeuda en rublos y con sus propios bancos. Esa obstinación ha generado desde hace algún tiempo cierta irritación entre políticos y banqueros occidentales. De hecho, medios oficiales como Russia Today cultivan el arte de defenestrar al dólar, sugiriendo constantemente la posibilidad de un ordenamiento financiero mundial que no lo tuviera en su centro.

Además, los rusos son en general críticos de la actitud de Occidente ante la llamada “primavera árabe”. Señalan que, igual que en Siria, el apoyo de la OTAN a la insurgencia en Libia y Yemen ha desestabilizado esos países, convirtiéndolos en estados fallidos.

Ahora bien, está claro que Trump, si bien expresa al bloque ganador, es un factor que socava el progreso político conquistado por los americanos durante la posguerra.

Por un lado, Trump rompe con la meritocracia casi universalmente inherente al sistema democrático, y llega a presidente sin haber ocupado previamente ningún puesto público. Esto muestra que la población no se siente tan cómoda con su dirigencia profesional, que algo sucede. Además, tiene una propuesta atomizadora, proponiendo barreras migratorias y arancelarias. Bajo su dirección, el águila ya no pretende expandirse por el mundo. Tampoco pretende guiarlo como antes, adoptando posturas excéntricas sobre cuestiones como el cambio climático y el estatus de Jerusalén. Sí permanece, en cambio, la reafirmación del poder militar, así como una postura fuerte en relación a Corea del Norte, Irán y Venezuela (con la que disiente, siguiendo nuestro argumento, con la posición rusa).

El triunfo de Trump también desató una serie de dudas sobre la democracia norteamericana – que no se vivía desde el affaire Florida en las elecciones que enfrentaron a George Bush y Al Gore- a raíz de las sospechas en torno a la transparencia de la campaña. Hay acusaciones desde varias partes. Se afirma que el Comité Nacional Demócrata decidió favorecer a uno de sus precandidatos. También se dice que el ganador final resultó ayudado por una subrepticia campaña en las redes sociales ejecutada desde Rusia, con quien propiciaba cierta détente, y que contrató a una agencia de propaganda británica que utiliza métodos poco leales. Como fuere, la unidad política muestra una grieta, un estallido de desconfianza.

Medios oficiales como Russia Today cultivan el arte de defenestrar al dólar, sugiriendo constantemente la posibilidad de un ordenamiento financiero mundial que no lo tuviera en su centro.

Del otro lado, en cambio, Putin, un político muy experimentado, acaba de lograr su cuarto período al mando de la Federación Rusa, ganando con un amplísimo margen y aún mayor contundencia. Hay que decir que allí la democracia también está lejos de ser perfecta, ya que hay diversas restricciones a las manifestaciones en la calle y más de un político opositor ha sido impedido de presentarse a elecciones. El oso tampoco es un paladín del pensamiento liberal en temas como la diversidad sexual.

Sin embargo, tras un liderazgo de casi dos décadas durante las que mejoraron sensiblemente los parámetros económicos de su país, Putin llegó a recibir el año pasado la histórica visita del rey de Arabia Saudí, así como la del primer ministro israelí. Washington ha perdido también influencia en países como Turquía, Pakistán y Filipinas. Y se presiente cierto equilibrio de fuerzas en el terreno diplomático a partir de la mejor relación que Beijing tiene con Moscú en los últimos años.

Al igual que Trump, Putin tampoco tiene una retórica expansiva y sostiene que el mundo actual es intrínsecamente multilateral. Personalmente se respetan, incluso se profesan cierta amistad. Sin embargo, el oso y el águila continúan transitando el camino que les fue trazado hace doscientos años y siguen enfrentándose, ahora también por un espía envenenado.

Tocqueville supo adivinar la contienda, pero no se animó a predecir su desenlace. Sólo nos queda esperar los acontecimientos.

Christian Gebauer

Christian Gebauer

Profesor de Filosofía y analista internacional.

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