Guillermo Priotto: “El cambio climático muestra los límites de un sistema de desarrollo claramente inviable”

Guillermo Priotto, biólogo especializado en ecología y educación ambiental, repasa en este diálogo con La Vanguardia los elementos principales de lo que constituye la crisis civilizatoria actual; enfatiza en la necesidad de impulsar una transición hacia formas de producción que se inspiren en los ciclos de la naturaleza; rescata el papel de la ecología como disciplina científica que tiene mucho para aportar en este sentido; y reflexiona sobre la manera en la que la sociedad debería involucrarse en la discusión.

Guillermo, hace mucho que venís trabajando en temáticas que evidencian el agotamiento de una forma de producción, que destruye el ambiente, que destruye las relaciones humanas, que compromete el futuro de nuestra especie…

Lo primero que hay que decir es que estamos viviendo una auténtica transición de época. Estamos cambiando hacia otra cosa que aún tiene altos niveles de incertidumbre: no sabemos bien hacia donde vamos, pero parece claro que un cambio es necesario. Todos –y no temo generalizar– tenemos una clara percepción de que esto como está dado funciona mal, ya sea por contaminación, agotamiento en los recursos, enfermedades, sobreexplotación en términos laborales, transporte. Funciona mal. Creo que, con más o menos conciencia, nadie puede decir que éste es el mejor de los mundos en los que podemos vivir. Esa conciencia generalizada es una conciencia de crisis. Y esa crisis marca una fuerte fractura de transición hacia otra cosa. Esa otra cosa aún no sabemos cómo será, y ahí es donde aparece la necesidad de un cambio de paradigmas en términos cognitivos: pasamos de un conocimiento que pretendía ser cierto, definitivo, seguro, en el que creer, con fuerte esperanza hacia el futuro, hacia donde debemos ir… y hoy nos encontramos con que el conocimiento no es neutro, el conocimiento está condicionado por diversos intereses, tenemos esa clara percepción de que funciona mal y además tenemos la fuerte sospecha de que nuestros hijos, nuestros nietos y los que vendrán después, no necesariamente van a vivir mejor de lo que vivimos nosotros. Aún más: que no van a vivir mejor de lo que vivieron nuestros padres. En esa duda hay un quiebre profundo del optimismo propio de la modernidad que nos prometió que a través de métodos simples, en donde la razón era el principal medio, íbamos a lograr la felicidad. No funcionó como proyecto civilizatorio, hoy estamos padeciendo esa transición. Con el enorme desafío que implica aceptar la incertidumbre como parte del escenario a donde debemos ir. Y en nuestra cultura, basada en los principios de certeza, de justicia, de equidad, es bastante difícil aceptarla.

“No hay argumento ético que justifique que sólo puedan subsistir algunos como parte de la especie”.

Enrique Leff dice que la crisis ambiental no es como una crisis económica, algo pasajero o eventual, sino que es el resultado de la aplicación de nuestro conocimiento de la realidad y, en el fondo, de las limitaciones de ese conocimiento de la realidad.

Bueno, hay varias cosas para decir en torno a esto. En primer lugar, adhiriendo a lo que dice Enrique Leff, lo que sucede es una crisis civilizatoria, es el fracaso de un proyecto de la civilización occidental, moderna, blanca, patriarcal, cristiana, eurocéntrica, antropocéntrica, la que demuestra eminentemente que funciona mal. ¿Por qué funciona mal? Porque partió de concepciones falaces. Una de esas concepciones falaces es que los humanos somos capaces de saberlo todo, los humanos somos capaces de manipularlo todo, los humanos somos capaces de adelantarnos al futuro para manipularlo en función de nuestros propios intereses. Cuando digo los humanos lo digo en un sentido eminentemente antropocéntrico, porque queda excluida completamente toda la diversidad de vida que existe en el planeta. Somos nosotros, los humanos, los que estamos en condiciones de conocer, manipular y predecir. Y en eso la ciencia occidental jugó un papel preponderante, que constituyó ni más ni menos que nuestra forma de ser y estar en el mundo; es constitutivo en nuestra cosmovisión acerca de cómo nos relacionamos entre nosotros y con los demás seres. Eso está quebrado. Eso marca una inminente crisis en términos de inviabilidad porque no sabemos si eso es sostenible en el tiempo. O mejor dicho, sabemos que es insostenible en el tiempo: el planeta no soportaría mucho más si toda la humanidad consumiera a los niveles que se consume en los llamados países desarrollados.

Nuestra civilización se expandió en base a la explotación de los recursos no renovables, pero el conocimiento humano fue incapaz de considerar las consecuencias que generaba, y que alcanzan incluso al cambio climático, que nadie podía prever. Sin embargo, hace mucho sabemos que ése es el resultado, y nos cuesta asumirlo, porque nos obliga a cambiar. Entonces ¿cómo pensar la transición en lo que se refiere a lo productivo?

Es que otro de los elementos falaces de este sistema de desarrollo es el criterio de crecimiento permanente. Esta crisis que decimos que es planetaria, que es civilizatoria, partió de un supuesto: que el planeta estaba vacío y que era vasto y que había que ocuparlo. Hoy lo que vemos es que el planeta está lleno y sobresaturado, y donde efectivamente ya no hay más espacio. Estamos operando en un planeta donde la escasez sustituyó a la riqueza y a lo ilimitado. Vivimos en un planeta finito, y el clima como tal muestra ese límite que nunca supimos predecir claramente. Hemos logrado un cambio de tal magnitud, por decir el cambio climático, de escala global. Lo que nos muestra ese sistema de desarrollo es que claramente es inviable. ¿Por qué? Es inviable porque no todos podemos vivir en las mismas condiciones que los que viven en los países más desarrollados, en los países centrales, en los países de mayor consumo. No hay para todos. Entonces este sistema solo funciona en la medida en que mantiene afuera a muchos. Así, para algunos la principal problemática ambiental a nivel mundial era la sobrepoblación humana. La población humana aumenta a un ritmo exponencial, si comparamos con la economía, la relación es de 4 a 20. Es decir que en el siglo XX la población se cuadruplicó, mientras que la economía se multiplicó por veinte. Ese crecimiento se sustenta sobre la explotación humana y sobre la explotación de los recursos naturales. Entonces ¿el problema es de índole de crecimiento poblacional, de la escasez de stock, o de un sistema de producción y consumo que sobrepasa los límites planetarios? Si aceptamos estas reglas de juego, necesariamente buena parte de la población queda afuera, y eso es un dilema eminentemente político y ético.

Nadie defiende la exclusión: lo que se nos quiere hacer creer, todavía, es que el crecimiento puede llegar a todos.

Entonces el problema claramente no es del tipo de crecimiento poblacional, que indudablemente va a haber un desborde de la capacidad de carga del planeta, pero es de índole distributivo. Me parece que ahí vamos hacia el corazón del problema, que tiene que ver con la noción misma de recursos naturales, lo que nos sitúa de vuelta en una concepción de tipo antropocéntrica: los recursos naturales son aquellos destinados a satisfacer nuestras propias necesidades, por lo tanto nosotros estamos en una situación de privilegio sobre los demás recursos. Y cuando decimos recursos, son las demás formas y manifestaciones de vida, no estamos hablando de una cosa exclusivamente, estamos hablando de otras formas de vida, de la cual somos parte. Uno puede decir desde una concepción sistémica, desde la concepción Gaia: “Bueno, el sistema en definitiva va a corregir las disfuncionalidades del planeta, y en todo caso los humanos a partir de ellos son un problema que el planeta sabrá resolver”. Ahora, desde el punto de vista ético es inadmisible que nuestros pares humanos queden afuera o determinar quiénes son los que van a sufrir. Eso nos interpela no solo desde un punto de vista ético, si pensamos en concepciones más ecocéntricas o biocéntricas, si no desde el punto de vista del desarrollo. ¿Es viable pensar un desarrollo que pueda prescindir de la naturaleza? ¿Es real y es posible que este sistema de desarrollo pueda funcionar de tal manera que se pueda desmaterializar, que pueda prescindir de la materia? ¿O que leyes tan básicas como las leyes de la oferta y la demanda puedan marcar cómo se sustituye un recurso por otro, simplemente porque ante la escasez uno aumenta o disminuye su precio en función de la demanda? Dejar libradas las grandes decisiones acerca del desarrollo a leyes tan simples es, por lo menos, riesgoso. Por eso creo, en términos generales, que hay que ir a otro modelo de desarrollo.

Si te interpreto bien, lo que estás diciendo es que, aun dentro de una concepción antropocéntrica, hay que revisar la forma en que producimos, porque nos lleva inevitablemente a una catástrofe. 

Pero ahí tenemos un problema de percepción. ¿Percibimos realmente que esa catástrofe puede suceder? ¿Somos realmente conscientes de que el cambio climático existe? ¿Somos conscientes de los efectos que eso produce? ¿Va alterar nuestra forma de consumo? ¿Va a generar impactos de eventos climáticos extremos? Y si sucede, ¿no lo podemos corregir mediante obras de infraestructura? Es decir: seguimos operando con una lógica que da por sentado que en definitiva se va a resolver a través de la ciencia y la tecnología. Y eso es engañarnos. Porque un cambio diferente, implica un esfuerzo humanitario para el cual –creo– todavía no estamos preparados. Estoy convencido de que debemos aprender de cómo funciona la naturaleza. ¿Por qué? La naturaleza es una empresa que nos puede demostrar su éxito a través de la continuidad en el tiempo: cuatro mil millones de años de continuidad de lo vivo en el planeta. Detengámonos a pensar en esta escala temporal: cuatro mil millones de años, hagamos el ejercicio por un momento e imaginemos qué implica esa escala temporal. En esa escala temporal todo se corrige, todo pasa, y en definitiva lo puntual –que puede ser una especie u otra– en definitiva no importa. Entonces lo que propongo sería un “antropocentrismo humilde”, es decir reconocer humildemente que debemos aprender de lo más complejo, es justamente de ese proceso de lo vivo de donde debemos nutrir nuestra forma de conocimiento para poder pensar y proyectar nuestro desarrollo. Esa continuidad en el tiempo implicó adaptarse a permanentes cambios y transformaciones, algunas muy grandes, con extinciones masivas, pero ¿qué nos enseña ese proceso de transformación? Que la evolución funciona sobre la base de adaptación a los permanentes cambios, que sabe y puede operar con las contingencias y con el azar, y que el azar, incluso, ayuda a aumentar la diversidad de lo vivo. Si contrastamos esa concepción de cómo funciona lo vivo y lo comparamos con el funcionamiento de nuestro sistema de desarrollo, nuestro sistema humano, ¿qué nos encontramos? Que nuestro sistema humano es lineal, no es cíclico como funciona la naturaleza, por lo tanto produce excluidos y produce desechos, y además no podemos responder ante las contingencias. ¿Cuáles son las únicas alternativas que tenemos para responder a esas contingencias? Y, cuando ocurre una catástrofe, la financiamos económicamente para solventar los gastos que eso produjo. Si hubo muertos, es un dato más que pasará. Entonces nuestro sistema de desarrollo indudablemente está completamente escindido de uno de los principios fundamentales que el ambientalismo viene a traer, que es la centralidad de la naturaleza para repensar nuestro desarrollo.

“Debemos ir hacia un sistema de desarrollo que funcione como funciona la naturaleza: con diversidad, en ciclos, se adapta a las contingencias de los cambios, se diversifican y no produce desechos”.

Si queremos sobrevivir debemos aprender más de la naturaleza. Por eso decías eso de “antropocentrismo humilde”, porque no nos da lo mismo que se extinga la especie humana…

Claro. Debemos ir hacia un sistema de desarrollo que funcione como funciona la naturaleza. Y cuando digo naturaleza digo ecosistemas, y lo que nos enseña el ecosistema es que: son diversos, que funcionan en ciclos, que se adaptan a las contingencias de los cambios y que se diversifican. En la medida en que nosotros no tengamos la inteligencia suficiente para copiar a la naturaleza, difícilmente podamos solo como humanos subsistir. Y cuando digo subsistir, digo subsistir todos. No hay argumento ético que justifique que sólo puedan subsistir algunos como parte de la especie.

Como biólogo especializado en ecología ¿cuál es el rol de la ecología en tanto disciplina científica en esta necesaria discusión?

La ecología es una ciencia paradigmática desde su definición misma como tal. Es la única ciencia que se define en función del estudio de las interacciones. Nuestro sistema cognitivo, nuestra forma de conocer, está situada en la cosa, en lo evidente, trata de identificar cuáles son sus características y cualidades para poder diferenciarla de otras y después ordenarlas. En cambio, la ecología justamente se preocupa de lo que no es evidente, en lo que está “entre”, ahí me parece que la ecología es una ciencia que tiene muchos para aportar al saber ambiental. Además agrego que cada vez más estamos en lo “inter”. Hoy ya no hay más ciencia pura, sino que vemos ciencias que están hibridadas y articuladas con otras formas de saber, y nosotros tendemos cada vez más a pensar en términos relacionales. ¿Por qué? Porque en verdad el conjunto no se resuelve mediante el estudio de las partes que lo componen, sino del reconocimiento de las interacciones que hacen que aparezcan propiedades que son emergentes que no le pertenece a ninguna de las partes. Más allá de cuán conscientes somos de esa perspectiva de existencia, creo que todos vamos hacia eso, por eso hoy lo “inter” no nos asusta, y es más, nos motiva. Vamos a una concepción que tiende a mezclar, juntar, entrelazar, que es propio del concepto mismo de contexto, lo que está entrelazado. Y la ecología política, al igual que la economía ecológica, es una concepción que se basa en esos principios, y la educación ambiental también. Nuestra tarea insustituible y necesaria es unir lo que históricamente ha sido separado. Si las ciencias exactas, las ciencias naturales y las sociales, y la sociedad fueron como entes separados, nuestra tarea es unir una cosa con la otra. Entonces cuando decimos “el desarrollo debe ser inspirado, basado en cómo funcionan los ecosistemas”, estamos uniendo sociedad, desarrollo, las ideas de progreso con naturaleza, ecosistemas. Es una tarea enorme que debemos hacer y que implica, de vuelta, un cambio civilizatorio profundo. Es un desafío para el pensamiento y para la acción completamente novedoso para las herramientas y las elementos que nos dio la modernidad como entidad histórica en donde se privilegiaron determinadas formas de saber y de dominio que hoy claramente se muestran insustentables. Me parece que ahí tenemos enormes desafíos. Y digo, pensamiento y acción como única cosa, que van juntas necesariamente, una mera praxis que se inspira o se basa en la necesidad de que esto, así como está, funciona mal. Debemos transitar hacia un cambio profundo y sustancial que tiene que ver con vivir en un mundo en el que todas las vidas sean posibles. Tenemos que superar la idea de producción para ir hacia la idea de reproducción, ¿Qué es reproducción? Reproducción de lo vivo, esa es nuestra tarea más inminente y nuestro desafío ético más elevado al cual debemos aspirar los que estamos comprometidos para un estilo de desarrollo y consumo diferente.

Pese a la gravedad de las advertencias que hacés, tenés razones para ser optimista, algo que me parece valioso para abordar esta temática. Hablás de un clima de época que ves como favorable hacia una salida de las actuales formas de producción. Quisiera que te detengas un poco en esto.

 Claro que tengo razones para ser optimista, primero porque confío en la potencialidad de todas las cualidades que nos hacen humanos, de la razón a la sensibilidad, de la intuición a la creatividad desbordante que los humanos tenemos. Confío en que esa inteligencia, que necesariamente tiene que ser integral, no permita evolucionar como humanidad e ir hacia estadios superiores y más inteligentes en términos convivenciales entre nosotros, y también con todas las demás formas de vida. Optimista también porque vivimos tiempos de libertades inéditas, en los que la diversidad toma toda su fuerza de expresividad y también porque más que nunca tenemos la oportunidad de cuestionarlo todo, de dudar de todo. Una vez desacralizada la ciencia cómo única fuente de verdades y certezas, pasamos de ese pretendido mundo de objetividad neutra, para ir hacia el lugar de las subjetividades y los valores como factores determinantes del comportamiento humano. Agrego también que en esto que vemos, una auténtica crisis civilizatoria, sentimos, nos provoca complejidad y nos saca del lugar de las certezas y las seguridades, nos interpela fuertemente para que lo que hagamos sea ya de una generosidad extrema, es decir, dar sin esperar a cambio. Lo que hagamos para superar las injusticias sociales y la devastación de la naturaleza y los ciclos vitales del planeta ya no serán beneficios para nosotros exclusivamente sino, y principalmente, para quienes más amamos, esos seres que ya están, y son los niños, nuestros hijos, y los que los seguirán a ellos. Actuar en ese sentido es un verdadero acto de justicia que de nosotros depende y en ello confío.

“La libertad es demasiado importante para dejarla en manos solo de los liberales; la igualdad es demasiado importante para dejarla en manos solo de las izquierdas; y el ambiente es demasiado importante como para que quede solo en el interés de los ambientalistas”.

Dejé para el final la pregunta que me resulta, personalmente, la más inquietante: ¿cómo se imbrica todo este debate, tan complejo como apasionante, con la cuestión de la democracia? O en otras palabras: ¿De qué modo se involucra a la sociedad en estas discusiones?

Si la máxima cartesiana fue “pienso, luego existo” hoy es “participo, luego existo”, en tiempos de redes, de hibridaciones, de mixturas, de búsquedas y de miedos, no queda otro camino que no sea una verdadera democracia de participación directa. Porque de lo que se trata es del Poder, por lo tanto, y dado lo que está en juego es de importancia vital, diría que la igualdad es algo muy importante para dejársela solo en manos de las socialdemocracias o a las izquierdas políticas, que la libertad no se la puede delegar al liberalismo y menos aún al neoliberalismo y que el ambiente no puede quedar solo en manos o en el interés, de los ambientalistas. Una tríada que lo sintetiza todo y por lo que debemos darnos generosamente mediante la participación y la coherencia: igualdad, libertad y cuidado ambiental.

 

QUIÉN ES 

Guillermo Priotto es licenciado en Ciencias Biológicas egresado de la Universidad Nacional de Río Cuarto (1997). Especialista en Ecología y en Educación Ambiental, tiene numerosos trabajos publicados sobre la temática y coordina diferentes carreras referidas a la Educación Ambiental y el Desarrollo Sustentable. Ha sido coordinador de posgrados y postítulos en Educación Ambiental.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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