G-20, o el elogio a la irrelevancia

Argentina presidirá el G-20 este año. Mauricio Macri lo bautizó “uno de los mayores desafíos de nuestra historia”. Tanto nuestra historia como el desarrollo del foro bien podrían contradecirlo.

Un secretario de prensa de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) irrumpe en el centro de medios revoleando informes. Alterna inglés y español y ofrece a los periodistas, que comienzan a amontonarse, un reporte sobre el estado de las economías de sus respectivos países junto a un comunicado general. El reloj marca la una pasadas y esto ha sido lo más relevante en toda la mañana. Después de leer el comunicado a las apuradas, un colega del Financial Times rompe el silencio: “No tienen nada”. Todavía faltan unas horas más para la única conferencia de prensa del primer día, entre el ministro argentino Nicolás Dujovne y el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría. La atmósfera comienza a tensarse.

El lunes y martes pasados se llevó a cabo en Buenos Aires la primera reunión de ministros de Finanzas y presidentes de Bancos Centrales del G-20. Habrá más durante el año, y el foco está puesto en noviembre, cuando será la cumbre con jefes de Estado y Argentina oficie de anfitrión. Mauricio Macri lo bautizó “uno de los mayores desafíos de nuestra historia”. Tanto nuestra historia como el desarrollo del foro bien podrían contradecirlo.

El lunes y martes pasados se llevó a cabo en Buenos Aires la primera reunión de ministros de Finanzas y presidentes de Bancos Centrales del G-20.

Durante dos días, más de un centenar de periodistas de todo el mundo permanecieron confinados en el centro de medios, una suerte de galpón inmenso con todas las comodidades, a la espera de las conferencias de prensa o alguna fuente que les acerque algo para contar. Explican los más experimentados que antes no existía tanto hermetismo, que la prensa solía tener acceso a algunas de las reuniones y los ministros hablaban más. Los artículos, sin embargo, se escribieron igual, y contienen todo lo que ya se sabía de antemano. Ni una palabra más. El mundo se ha vuelto cada vez más incierto y estos eventos más predecibles.

Repasemos. Los ministros llegaron al encuentro con una agenda sugerida previamente por el anfitrión: futuro del trabajo, desarrollo de infraestructura y regulación de criptomonedas. El foro, sin embargo, cobraba relevancia por tratarse del primer evento internacional después de la medida de Donald Trump de arancelar la importación de acero (25%) y aluminio (10%). Ministro tras ministro felicitó a la Argentina por la organización del evento y por el rumbo de su economía, defendió las instancias multilaterales para resolver problemáticas globales y, por supuesto, al libre comercio. Bruno Le Maire, ministro francés, fue el elegido por la Unión Europea para brindar la respuesta del bloque y pedir por la exención a sus países, Dujovne hizo lo propio para Argentina en una reunión bilateral. Mnuchin, secretario del Tesoro de Estados Unidos, defendió las medidas y pidió por un comercio justo y recíproco, como lo viene haciendo Trump hace meses. Lo único en salirse del libreto fue un pedido al FMI por la creación de un fondo para refugiados venezolanos, llevado a cabo por el ministro brasileño Meirelles. China pasó, en este caso, desapercibida. El documento final, sin ningún tipo de polémica ya que debe ser aprobado en unanimidad, no cambia mucho respecto al anterior G20: las prioridades son las mismas, la economía global sigue recuperándose y la cuestión de las criptomonedas -llamadas “criptoactivos” por falta de consenso- se debatirá en el futuro.

La presidencia del G20 en manos de la Argentina tiene un significado limitado.

El lenguaje banal utilizado, la carencia de propuestas sustanciales y la poca trascendencia que tuvo la reunión de esta semana dan cuenta de, al menos, dos cuestiones importantes: las instancias multilaterales aparecen cada vez más fracturadas en este contexto global y, por consiguiente, la presidencia del G20 en manos de la Argentina tiene un significado limitado.

EL MUNDO DEL REVÉS

Las secuelas políticas de la crisis del 2008 ya no resisten al maquillaje. Donald Trump arremete contra la globalización y el libre comercio mientras India y China lo defienden en Davos. El Reino Unido votó para salir de la Unión Europea -quizás el modelo que cristaliza al discurso que hoy está en pugna- mientras sus dos países más importantes, Alemania y Francia, tienen en la oposición más votada cosmovisiones similares a las del club del Brexit. La circulación libre de personas y bienes sin fronteras ya comienza a sonar como una utopía mientras la crisis migratoria está lejos de haber terminado. La disputas ya no son solo entre regiones y países: ahora alcanzan a los ámbitos subnacionales, siendo Cataluña el ejemplo vivo.

El consenso de Washington está desintegrado y Trump no es la enfermedad sino más bien el síntoma. Ya no hay consenso, ni nadie que pueda esbozar alguna visión del mundo con otro centro de poder. No existen los consensos de Beijing, Moscú o Berlín -ahora que el mundo se ha vuelto más multipolar- precisamente porque ninguna potencia tiene la capacidad -o el interés- de destrabar la situación. A esto se refería el analista Ian Bremmer cuando acuñó el término G-0. Ya en el 2012 Bremmer advertía sobre la irrelevancia de foros como el G20, que aglutina un número demasiado grande de países para lograr algo sustancial y que funciona, según él, más como una aspiración que una organización. En un mundo donde Occidente ya no es el único interlocutor, una forma de adaptarse al nuevo orden bien podría ser una perspectiva regional, pero los ensayos en esta parte del globo brillan por su ausencia.

El consenso de Washington está desintegrado y Trump no es la enfermedad sino más bien el síntoma. Ya no hay consenso, ni nadie que pueda esbozar alguna visión del mundo con otro centro de poder.

En la jornada de la semana pasada, los ministros de Argentina, Brasil, México y Chile (invitado por el anfitrión) reafirmaron su respaldo al multilateralismo. Dujovne incluso se llevó anotadas las ventajas del libre comercio a las conferencias de prensa. América Latina no está dentro de las regiones del futuro: los capitales miran a Asia por su desarrollo y a África por su población (mercado). Esto no implica que la región deba quedar en el olvido, sino que obliga a recalibrar posiciones. Hasta ahora, después de los sucesivos cambios de gobierno, la visión sobre el mundo sigue otorgando a Occidente un peso que ya no tiene. El único país que puede cambiar de posición de cara a noviembre es México, si Andrés Manuel López Obrador resulta electo en julio.

Mientras Cambiemos grita “volvimos al mundo”, señalando indicadores como la organización del G-20, la coyuntura internacional, cada vez menos atravesada por eventos de este tipo, le responde: ¿A cuál de todos?

La presidencia del G-20 quizás sirva de algo: su creciente irrelevancia puede hacerle entender a muchos que el mundo cambió.

Juan Elman

Juan Elman

Periodista especializado en política internacional. Estudiante de Ciencia Política.

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