Jorge Dotti, lector de Bobbio

Jorge Dotti, probablemente la figura más relevante de la filosofía argentina contemporánea, falleció ayer a sus 71 años. A modo de primer homenaje, de los seguramente muchos que habrá, reponemos este gran artículo sobre la influencia de Norberto Bobbio en nuestro país, publicado en el libro “Socialismo & Democracia” (EUDEM, 2015). El texto fue publicado originalmente bajo el título “Bobbio en Argentina”.

 

1. El momento central de la recepción de Bobbio en nuestro país es el de la transición desde la dictadura militar al sistema constitucional en el primer lustro de los ochenta; o sea, durante el trabajoso, incierto y motivador afianzamiento de una convivencia democrática inédita entre nosotros.

En esos años del gobierno del doctor Alfonsín, entre los intelectuales ligados activamente a su política y los sectores ciudadanos que la respaldaban, pero no sólo en ellos, sino en un amplio espectro político de la izquierda democrática y en muchos estratos del campo intelectual concomitante, las ideas de Bobbio han jugado un papel destacado en el logro de una cultura democrática novedosa. No obstante las vicisitudes que esta forma de vida ha conocido en el tiempo transcurrido, ya tres décadas, y descontando que habrá de experimentar otras en el futuro, el hecho es que las instituciones republicanas gozan actualmente de una estabilidad notablemente superior a la que pueden mostrar en cualquier otro período de nuestra historia contemporánea.[1] El pensamiento de Bobbio ha jugado un papel destacable en el proceso de su afianzamiento. En este sentido, el influjo del pensador italiano ha sido harto importante y ha dejado huellas sólidas.

Ciertamente, hay una historia previa de su influjo en Argentina: la misma –excepción hecha de alguna traducción en los cincuenta- cubre el segundo lustro de los sesenta y el primero de la década siguiente. Pero fuera del espacio estrictamente académico o en algunos cenáculos intelectuales, Bobbio no recibe la atención que merecía (aventuraríamos que era opacado por la producción anglosajona, o la lectura que de ésta se hacía entre nosotros). En este sentido, el significado de esta primera recepción es la de ser el preludio a la del momento histórico democrático, a partir de 1983. En ese momento inicial, entonces, su peso teórico y práctico es mucho menor al que alcanzará luego, en las postrimerías de la dictadura, durante la instauración de la democracia (con el triunfo de Alfonsín en las urnas) y hasta la débacle del alfonsinismo, aproximadamente.

De todos modos, el comienzo de la recepción del pensamiento bobbiano transcurre bajo el torpe autoritarismo de la dictadura liberal-nacionalistoide de Onganía y sucesores, primero (1966-73), y la violencia tanto de formaciones guerrilleras y semejantes, como de los grupos encargados de la represión ilegal, organizados desde el gobierno peronista a partir del regreso de Perón, después. Se trata de una situación ominosa, cuyo estadio final está caracterizado por la impugnación hiperviolenta del orden estatal, que pone en práctica las incitaciones y convicciones de los alegatos revolucionarios, con su fuerte capacidad de convencimiento en América Latina, por un lado; por el otro, el correlato nefasto representado por las actividades represivas no constitucionales que el mismo gobierno peronista pone en práctica mediante escuadrones parapoliciales que prescinden de toda normatividad legal. La incapacidad y el poco convencimiento de las autoridades para atenerse a las posibilidades de la legítima autodefensa constitucional para enfrentar el accionar belicoso y sangriento de los grupos revolucionarios, la degradación de un estado de cosas amenazadoramente caótico, el fastidio y los temores generalizados conforman la antesala de lo que acontecerá a partir del 76.

En el estadio precedente a la instauración de la democracia, durante los años setenta, el enfrentamiento armado crece y luce incontenible, y el gobierno constitucional peronista comienza a practicar una represión violatoria de principios éticos y constitucionales básicos, sobre todo –insistimos- mediante la acción irrestricta de grupos parapoliciales alentados desde el gobierno peronista, que va camino a la crisis mostrando ineficacia y brutalidad. Con el golpe de 1976, el poder militar de facto que anula el que, pese a todo, de algún modo era un Estado de derecho acrecienta e intensifica esta represión con un práctica despiadada (torturas, desapariciones, hechos vergonzantes de variado tipo; en suma, un terror de pseudo-Estado bien conocido en todo el mundo).

Pues bien, en este contexto de totalización de la violencia, el pensamiento de Bobbio comienza a configurarse como una alternativa que, por el momento, resulta extemporánea, inviable en términos pragmáticos inmediatos, pero cargada de desarrollo futuro. Se difunde en determinados ámbitos de reflexión e irá adquiriendo cada vez más importancia a lo largo de un proceso poco visible en la superficie de los acontecimientos, pero cuyos resultados políticos y jurídico-institucionales serán palmarios más tarde.

En el contexto de totalización de la violencia, el pensamiento de Bobbio comienza a configurarse como una alternativa que, por el momento, resulta extemporánea, inviable en términos pragmáticos inmediatos, pero cargada de desarrollo futuro.

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2. Es fundamentalmente sobre el final del segundo lustro de los setenta y sobre todo en los primeros ochenta, entonces, que Bobbio comienza a ser objeto de un estudio más intenso y de discusiones en espacios culturales por cierto acotados y sometidos a restricciones, pero cuyos animadores están motivados por la confianza en la próxima democracia que van diseñando en sus connotaciones teóricas, teniendo al pensador italiano como uno de sus referentes de peso.

Entre los no numerosos espacios de intensa actividad intelectual en vistas de una nueva democracia y que, por su naturaleza misma, son intrínsecamente políticos, un ámbito destacado de la recepción de Bobbio en la Argentina es la Sociedad de Análisis Filosófico. No es el único, pero algunos de sus miembros son juristas que también desempeñarán tareas muy significativas en el gobierno alfonsinista y en el espacio público, cuando se recomponga el orden constitucional. Un repensamiento más radical, respecto de la ideología precedentemente sustentada, tiene lugar en los foros de discusión de ese variado arco del pensamiento de izquierda que somete a crítica rigurosa la tradición revolucionaria y la lucha armada, pues busca articular una ideología democrática y socialista moderada, desde posiciones cuyo eje vertebrador se asienta en la valorización del Estado de derecho, el abandono de la ficción polimodal de la dictadura proletaria y, en general, en el rechazo de la violencia de inspiración marxista, nacional-populista y/o sus mixturas tercermundistas. Intelectuales y militantes de distinta proveniencia, acomunados en el registro de centro-izquierda, comienzan a dar una proyección teórica y práctica al pensamiento de Bobbio desde perspectivas y saberes más amplios que la ciencia del derecho, aun cuando esta actividad estuviera condicionada por las posibilidades que les ofrecieran (con las limitaciones y temores propios del clima dictatorial) los respectivos ámbitos de pertenencia: centros de estudio y docencia, espacios formativos de opinión, eventualmente también estructuras partidarias. Pensamos particularmente en el Club de Cultura Socialista, una entidad particularmente sensible a la cultura política italiana, como doctrina y como praxis, y por ende continuamente receptiva de los trabajos bobbianos, que comienzan a circular cada vez más ampliamente entre nosotros (pero, por cierto, tampoco es el único grupo que encara esta tarea imprescindible de revisión y actualización del pensamiento democrático). Destaquemos en este punto, que algunos de sus miembros solían exponer sus ideas y discutirlas con Alfonsín, quien transformó algunas de ellas en proyectos y prácticas efectivas.

El hecho, entonces, es que al comienzo de los ochenta Bobbio es un tema insoslayable y, aunque está presente en publicaciones de corte académico, una difusión teórico-política más amplia la alcanza en revistas de crítica cultural y política (como La ciudad futura y Punto de vista). Esto significa que las lecturas que se practican en todos estos ámbitos no estrictamente jurídicos liberan –por así decir- al pensador italiano del molde en el cual podía haber desembocado unilateralmente su recepción en términos definidos desde la ciencia jurídica. Amplían la circulación de sus planteos de una manera no previsible años antes.

Queremos significar con esto que la perspectiva amplia, propia de una recepción necesitada de pensar los fundamentos democráticos de un Estado post-dictatorial, supera todo peligro de que las ideas bobbianas quedaran circunscriptas, casi diríamos: comprimidas en el marco de una polémica epistemológica y política entre iuspositivistas e iusnaturalistas, discusiones que resultaban en alguna medida colaterales al imperativo del momento, a las exigencias existenciales que la situación imponía a todo esfuerzo de renovación espiritual e institucional del país. Los términos de una discusión que permaneciera en el interior de la filosofía del derecho, por importante que fueran las premisas y principios que de ella pudieran inferirse, no habrían alcanzado nunca la proyección y la capacidad de convencimiento necesarias para la transición a la democracia. El perímetro del campo de fuerzas en pugna en el último trienio dictatorial, es mucho más extenso e involucra planteos y abordajes más abarcadores.

Al comienzo de la década de los ochenta, las incertidumbres que guían las lecturas argentinas de Bobbio evitan que su figura quedara limitada a la de un referente más en la polémica que los juristas de ascendencia kelseniana venían manteniendo desde hacía muchos años contra los apologetas de un derecho natural que entre nosotros había sido entendido, en la mayoría de los casos, como invocación (menos profunda que reiterativa) de fórmulas escolásticas –precipue tomistas-, generalmente con el propósito de justificar respuestas anticonstitucionales (en clave nacionalista y/o peronista en algunos casos, pero también liberal, en otros) al desorden imperante y al más o menos larvado bellum intestinum. Respaldar el porvenir democrático del país lleva a imprimirle modulaciones interpretativas a las ideas bobbianas que excedían los cánones de la fidelidad irrestricta a un modelo de ciencia jurídica.

Respaldar el porvenir democrático del país lleva a imprimirle modulaciones interpretativas a las ideas bobbianas que excedían los cánones de la fidelidad irrestricta a un modelo de ciencia jurídica.

Reconozcamos que la afortunada dilatación de la recepción de Bobbio como pensador realista y democrático que ha sabido interpretar magistralmente momentos clave del pensamiento político occidental (sobre todo el de la modernidad y del siglo XX), conlleva que se lo discuta de un modo proficuo en ámbitos filosóficos, sociológicos, politológicos y similares, cuyos participantes no necesariamente comparten el planteo disciplinario de los juristas analíticos, pero alientan el mismo anhelo democratizador que infieren del pensador italiano y las conclusiones que sacan de sus lecturas no han tenido menor importancia para la consolidación de la democracia en Argentina. No es aventurado suponer que inclusive tuvieron más que las de la ciencia jurídica stricto sensu.

Dicho de otro modo: si el canal receptivo de las ideas bobbianas hubiera sido exclusivamente el –excesivamente angosto- que desembocaba en la incorporación de las mismas al anaquel de las fuentes vienesas, anglosajonas y escandinavas de la cientificidad del derecho, se habría tratado de una lectura con sostenes textuales, pero de algún modo unilaterales y hasta tangenciales respecto del desafío central: sobre qué metafísica ético-política fundamentar la convivencia democrática y un orden republicano.

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3. Se nos permita reiterar algunas consideraciones ya hechas, intentando así explicitar nuestra lectura del tema.

El problema de la viabilidad o no de una democracia sensata y conforme al logos del Estado de derecho, que por ende supere, neutralice, deje definitivamente atrás los enfrentamientos precedentes, deviene más acuciante y más irresoluble con el crescendo de la violencia en los setenta y se agudiza con el terrorismo de un pseudoEstado (fórmula que utilizamos para no cometer el -a nuestro juicio- error de calificar como orden estatal lo que precisamente no es tal). Las discusiones teórico-doctrinarias conllevan el posicionamiento de autores y lectores, activistas y partidarios, frente a una dictadura militar que muchos habían temido y otros –no menos numerosos, tal vez más– habían esperado para poner fin a la polaridad belicosa entre la guerrilla y la represión ilegal desde el gobierno peronista, como si una presunta dictadura de corto plazo pudiera ordenar definitivamente nuestro país en conformidad a las enseñanzas de la racionalidad, el mercado y/o la historia (cánones y referentes invocados desde numerosas interpretaciones y expectativas).

Tales condiciones dificultaban la difusión y la eficacia democratizadora de un pensamiento que, como el de Bobbio, buscaba teorizar un dinamismo político y una fundamentación del Estado de derecho incompatible con la lógica de los extremos. Se comprende también que la quiebra golpista del orden constitucional en 1976 lleve a algunos de los iusfilósofos lectores de Bobbio a privilegiar el pensador del derecho, no sin cierto desequilibrio respecto del otro componente, el político, constitutivos ambos de esa dualidad de su pensamiento. Menos que la armonía entre estos componentes, que el filósofo italiano buscó siempre articular, para muchos juristas enrolados en el anti-iusnaturalismo resultaba prioritario fortalecer una comprensión desideologizada del derecho, perspectiva que fácilmente linda en argumentaciones neutralizadoras de lo político, pero que resulta comprensible si se atiende a lo que concretamente sucedía en un país donde la violación de las instituciones jurídicas, en su espíritu y en su actividad regulada constitucionalmente, la violencia terrorista, y la injustificable respuesta de un ilimitado e incrementadamente atroz terrorismo del pseudo-Estado conforman un proceso incontenible.

Sólo que, más allá de la mayor o menor (in)compatibilidad de la visión bobbiana del derecho con la lógica deóntica y el normativismo de la filosofía analítica del derecho, y más allá también de sus aportes teóricos específicos a la polémica en contra de las ambigüedades y debilidades conceptuales del iusnaturalismo, las circunstancias históricas mismas conllevan la necesidad de ampliar los ejes de lectura y las pautas receptivas de los escritos bobbianos. Que sus ideas no quedaran sometidas al dinamismo de las confrontaciones entre quienes son habitualmente etiquetados (en rigor, inadecuadamente) como meros “positivistas” o bien (de un modo indiferenciado) como “iusnaturalistas”, y que de esta manera no sufrieran un tipo de reduccionismo interpretativo, perjudicial para su incidencia en el repensamiento de los fundamentos del republicanismo a fundar tras la dictadura, es un resultado del cruce entre la riqueza temática y la envergadura filosófica de las mismas, por un lado, y, por el otro, de las exigencias del contexto argentino de entonces: ante todo, la de dilucidar cuestiones teóricas y programáticas, con vistas a una práctica consecuentemente renovadora. Cuestión que deviene perentoria cuando comienza a vislumbrarse el cierre de un ciclo trágico de nuestra historia contemporánea.

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4. La recepción argentina de Bobbio, plural y heterogénea, pero unificada en la aspiración democrática común, se acelera a medida que se perfila el horizonte posdictatorial. En los años ochenta, entonces, sus textos adquieren la identidad de referentes clásicos en las reflexiones de los actores de un progresismo que quiere motivar como nunca antes se había logrado la conciencia cívica de los argentinos. De aquí que el Bobbio que se lee mayoritariamente por entonces es el admirador del realismo político, y es la misma situación histórica de nuestro país que sea en este foco teórico de su pensamiento que converja la vertiente más estrictamente jurídica, el otro componente esencial de sus ideas.

La recepción argentina de Bobbio, plural y heterogénea, pero unificada en la aspiración democrática común, se acelera a medida que se perfila el horizonte posdictatorial.

La filosofía política del pensador de un socialismo democrático ocupa la atención de lectores cada vez más numerosos. Podríamos entender que ello obedece a que las enseñanzas de Bobbio fortalecen y complementan visiones diversas, en la medida en que ellas coincidan en la necesidad de que se conforme un ethos republicano y se profundice la legitimación del esperado Estado democrático. Esta función que van cumpliendo las ideas bobbianas las inserta como componente insoslayable de la nueva democracia. Tal como se refleja en las traducciones publicadas a partir de entonces y de difusión rápidamente creciente, la recepción sigue una suerte de movimiento bidireccional que produce una conjunción entre intelectuales de proveniencia variada, muchos de ellos con compromisos prácticos y una actividad política bien concretos en la refundación democrática del país bajo condiciones novedosas respecto de las que distinguieron los inicios de los precedentes gobiernos constitucionales, instaurados luego de regímenes de facto (ninguno de los cuales es, sin embargo, identificable sin más con el de 1976-1983, lo cual a su vez distingue este recomienzo republicano respecto de los anteriores).

Insistamos: la necesidad doctrinaria más imperiosa es repensar la legitimidad de una democracia que supere de manera definitiva un ciclo histórico nefasto. Y esta necesidad de solidificar una república liberal-democrática, pero a la vez comprometida con la justicia social en términos diversos a los ensayados por las políticas neoliberales de la dictadura, tiene su campo de prueba en un esfuerzo de pensamiento y, consecuentemente, en una responsabilidad práctica coherente con los principios que las elaboraciones teóricas van proponiendo como sostén filosófico –metafísico, no epistemológico- de la democracia.

Es en esta dimensión y en este espacio público donde tiene lugar el momento central de la recepción de las principales idea de Bobbio en torno a lo político y el derecho. Es en este momento de nuestra historia que resulta adecuadamente valorado el pensador de la tradición política occidental, el teórico de un socialismo liberal antidogmático y respetuoso del pluralismo, el defensor de la necesidad de que el principio democrático (“una cabeza, un voto”) y el liberal (la limitación del poder) no entren en contradicción ni entre sí ni con las exigencias de una justicia social (objeto de decisiones de carácter público) que debe imbricarse con la justicia jurídica (objeto de decisiones judiciales del Estado). En los ochenta, entonces, los textos de Bobbio devienen un referente clásico de las reflexiones y discusiones entre los actores intelectuales y políticos de un progresismo que busca vigorizar la conciencia cívica de los argentinos: el alfonsinismo y la izquierda reformista que lo acompaña y lo nutre en una de las vetas ideológicas del pensamiento bobbiano.

Bobbio es el teórico de un socialismo liberal antidogmático y respetuoso del pluralismo.

En esos años plenos de incertidumbres y temores ante las aún recurrentes amenazas del pasado, este proceso de concretización y puesta en acto del pensamiento bobbiano se desarrolla en ámbitos institucionales del Estado y en los centros generadores de discursos en la sociedad civil. Las ideas de nuestro pensador cumplen, de este modo, un rol central en el entrecruzamiento y la amalgama de teorías y prácticas que tienen lugar en el pensamiento y la acción del progresismo reformista; una categoría, ésta, rica en ambigüedades, pero a la cual las coordenadas históricas de entonces obligan –si así cabe expresarnos- a conformar un cuerpo de ideas orgánico y, a su modo, unívoco: ante las recurrentes situaciones de crisis que jalonan ese período, las ambigüedades teóricas  pierden su problematicidad y las divergencias se enervan.

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5. A mi entender, este momento de la presencia de Bobbio en Argentina está regido por la primacía de lo político, tal como los hechos lo imponen a quienes ocupan posiciones destacadas en la política y en el nuevo espacio público. De aquí que el Bobbio que se lee mayoritariamente en la Argentina post-dictatorial sea el admirador del realismo. La situación histórica se encarga de hacer que converja en este foco teórico de su pensamiento la vertiente jurídica, el otro componente esencial de sus ideas.

Los juristas que habían receptado prevalentemente al cientista del derecho pasan a desempeñar cargos con poder decisorio en el orden constitucional restablecido, fundamentalmente en el Poder Judicial y en las universidades, y deben enfrentar cuestiones que ponen en evidencia la función trascendental de lo político en el derecho, en el sentido de vivenciar cómo esa peculiar actividad de síntesis que desarrolla el juicio prudencial al tomar decisiones relega la de inferir analíticamente a un segundo plano desde la perspectiva de la política y del derecho, como actividades y como saberes. Resultan, así, fieles al credo básico del jurista italiano[2].

Pero tanto o más importante para la difusión y arraigo de Bobbio en los discursos vertebradores del imaginario político y jurídico de una Argentina en pleno proceso de democratización es la función de renovación ideológica que su pensamiento cumple en gran parte de la izquierda (mayoritariamente no peronista o directamente antiperonista) que somete a crítica el revolucionarismo -cualquiera fuere el grado de ruptura con el marxismo y su tradición que ello llevará consigo- y busca reformular ideales y prácticas a la luz de esas exigencias y compromisos que la democracia in fieri afortunadamente imponía. Sencillamente porque la cuestión central de esta revisión era reconocer que el sentido de la juridicidad del Estado de derecho no sólo no queda dilucidado con la improductiva remisión a superestructuras, sobredeterminaciones y categorizaciones semejantes, sino que es intrínsecamente constitutiva de todo régimen de convivencia que aspire al respeto de la dignidad humana. De aquí –cabe reiterarlo- el rol de las ideas de Bobbio en este repensamiento autocrítico que llevan a cabo los sectores de izquierda que adoptan e intentan poner en práctica el otrora denostado reformismo.

A modo de resumen, pues, digamos que la articulación política entre política y derecho es el punto de intersección de los discursos provenientes de profesionales del derecho, en un caso, y de la filosofía y las así llamadas ciencias sociales, en el otro. El espacio aplicativo de esta renovación en curso, que todos comparten, es variado. Acontece tanto en las actividades estatales a través de las cuales el alfonsinismo buscó fundamentar y fundar efectivamente el nuevo orden democrático (señalo tan sólo la tarea del Poder Judicial en el ámbito de los derechos humanos), como también en la actividad de idéologues que cumplían algunos intelectuales con las figuras del primerísimo nivel de gobierno (comenzando por el Presidente Alfonsín). quienes prestan oído a estos asesores. Pero asimismo en las prácticas de enseñanza y de escritura que se desarrollan en instituciones pedagógicas (especialmente las universitarias y centros de estudio) y en diferentes medios formativos de la opinión pública.

A modo de sinécdoque ilustrativa de este entrecruzamiento fructífero de elaboraciones doctrinarias y prácticas efectivas, donde Bobbio es una figura central del sistema de referencias renovador, me limito a recordar a dos intelectuales de fuste y actores fuertemente comprometidos: Genaro Carrió y Juan Carlos Portantiero[3].

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6. A la luz de lo señalado, no dudamos que la incorporación de Bobbio a la cultura argentina es definitiva, más allá de los vaivenes en la fortuna que puedan tener sus escritos en nuestros ámbitos intelectuales y pedagógicos.

Sobre la presencia por así decir operativa de los mismos en la realidad de la política, la pregunta es de más difícil respuesta. En todo caso, está ligada a la viabilidad histórica del progresismo argentino no ya como mero grupo de opinión, por amplio y rico en planteos, críticas y proyectos que pueda ser, sino como actor con poder.

La caída del alfonsinismo significó que el liberalismo real en nuestro país pudo recién entonces, con el peronismo liderado por Menem, conocer su primera concretización democrática, consensuada y (¿paradójicamente?) más brutal en su fuerza desquiciadora de gran parte de las condiciones y expectativas institucionales y societales precedentes. El apoyo masivo que respaldó al menemismo durante mucho, demasiado tiempo, tuvo entre sus graves consecuencias también la crisis de la articulación entre teorías y prácticas que he esquematizado.

Para ser más precisos: el clima espiritual del menemismo colocó en posiciones defensivas y de oposición a esa ideología renovadora (uno de cuyos componentes centrales había sido el pensamiento de Bobbio) a la defensiva: es desplazada de espacios mediáticos clave por la contra-ofensiva publicística del liberalismo y, simultáneamente vuelve a ser jaqueada por los corifeos del marxismo auténtico y las izquierdas revolucionarias, revigorizadas por el incontenible crecimiento de la miseria y la marginalidad durante el menemismo.

Ante esta realidad, las categorías rectoras del pensamiento de Bobbio mantienen su vigencia en instituciones de formación y de investigación académicas en el ámbito de los saberes sociales, y –en un grado mucho menor- en cierta franja del periodismo de opinión. En el primer caso, la interpretación que Bobbio propone de los clásicos del pensamiento político deviene un soporte pedagógico indispensable y sus trabajos son bibliografía imprescindible en los cursos de filosofía política y ciencias sociales. Ello no significa, empero, que su influjo decante en la formulación de proyectos viables y capaces de suscitar una adhesión políticamente significativa, ni que sus ideas estén inmunizadas de la banalización que la mayoría de nuestros actores políticos imprime a las nociones que, con descarnado pragmatismo, reciclan como fórmulas programáticas destinadas al impacto exitoso sobre la opinión pública[4].

Las categorías rectoras del pensamiento de Bobbio mantienen su vigencia en instituciones de formación y de investigación académicas en el ámbito de los saberes sociales, y –en un grado mucho menor- en cierta franja del periodismo de opinión.

Naturalmente, en los ámbitos judiciales persiste un campo de aplicación de las ideas de Bobbio, en la medida en que los funcionarios responsables que las conozcan, procedan en su profesión respetando las convicciones que ellas puedan haberles inspirado, confirmado o reforzado. Pero durante el menemismo (y hasta la actualidad) es en algunos cursos de estudios superiores y en algunos foros de discusión y publicaciones de la izquierda moderada donde encuentran su vigencia –como veneros de ideas y repensamientos- las sugestiones hermenéuticas y los principios ético-políticos de Bobbio, aun cuando –o precisamente gracias a que- ambos elementos puedan ser evaluados críticamente y sometidos a formulaciones actualizadoras.

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7. No es fácil responder a la pregunta sobre la posibilidad de una revitalización de su pensamiento en términos de la recuperación de una eficacia análoga a la que tuviera durante los primeros años de la democracia instaurada en 1983.

Esta cuestión no es sino una faceta del mismo problema. Si lo planteamos al nivel más general y con una proyección que excede la realidad actual de nuestro país, la dificultad que mentamos es la de la capacidad de traducir en una acción de gobierno exitosa ciertos principios del progresismo de izquierda, el reformismo o como se lo quiera llamar, en las condiciones del capitalismo globalizado, de la ilimitada violencia posmoderna y, sobre todo, de la crisis filosófica (si en verdad no se trata directamente del fenecimiento) de no pocas de las premisas metafísicas sobre las cuales se apoya esa ideología.[5] En el plano internacional, entonces, los problemas están ligados a las condiciones globales, donde campea la correlación entre un economicismo cuestionable que determina el dinamismo de la globalización; la oquedad de fórmulas universalistas, que cubren con sus connotaciones formales cualquier tipo de acción, aun la más violentas e inhumanas, que se tomen en nombre de ellas, y, en conexión con esto último, el carácter global de la violencia contemporánea, indiscriminada e ilimitada.

En lo relativo a las condiciones argentinas durante los gobiernos kirchneristas, gobiernos cuyo núcleo propagandístico, doctrinario y práctico puede ser caracterizado como populismo posmoderno, un corpus retórico más que ideológico que recicla motivos vetustos y los amalgama con otros de plena actualidad, es incompatible (en todas y cada una de sus marcas identitarias, tanto ideológicas y/o meramente retóricas, como sobre todo en las acciones bien concretas de las autoridades y sus allegados), con el pensamiento de Bobbio, particularmente con la dignidad política y jurídica de sus ideas y conductas, la carga ética de su mensaje y la sobria seriedad de sus opiniones y sugerencias.

La cuestión en juego sigue siendo, empero, típicamente bobbiana: qué puede y qué debe exigírsele a un Estado de derecho digno de tal nombre en la situación nacional e internacional contemporánea. Que siga ofreciendo motivos integrables en otros modelos igualmente paradigmáticos y así los enriquezca es una posibilidad que está ligada al sentido que puede mantener la idea de justicia que Bobbio defendía y la visión del orden estatal democrático y justo en que, pese a todo, perseveró en depositarle su confianza.

 

 

[1] Tiempo después de la escritura de este trabajo, debo agregar ahora que tengo mis dudas sobre el futuro de la estabilidad mentada, a la luz de mi interpretaciòn de la polìtica del Poder Ejecutivo actual (nota agregada en marzo de 2015).

[2] Tuve el honor de ser el traductor de dos conferencias de Bobbio en Argentina, en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y en el Teatro San Martín, a las cuales asistió un elevadísimo número de intelectuales y estudiosos de proveniencia profesional e ideológica variada. De una tercera, anterior a ambas y que tuvo lugar en SADAF, fui parte del (algo escaso) auditorio. Recuerdo que en esta ocasión, la primera observación de Bobbio fue la sorpresa que le causaba la asociación entre “análisis” y “filosofía” evocada por el nombre de la institución huésped. Esta observación fue seguida por un rechazo expreso del carácter filosófico de la “filosofía analítica”. Acertadamente, los miembros de SADAF evitaron abrir una discusión al respecto: el propósito de la visita era otro.

[3] Para este panorama de figuras y publicaciones, me permito remitir a A. Filippi, La filosofía de Bobbio en América Latina, FCE, Buenos Aires, 2002. En pp. 59-60, el autor reproduce una carta que yo le había enviado y donde aludo –también brevemente– a esta cuestión; más en general, véanse las consideraciones de Filippi en pp. 57-65.

[4] Inclusive no me sorprendería encontrar en la profusa discursividad de Menem (prescindiendo del fárrago, la ignorancia y los logrados retruécanos) conceptos que sus ideólogos pueden haber recabado de textos bobbianos. Prescindo, sin embargo, de intentar la búsqueda.

[5] Nuestras dudas al respecto son profundas. Una reflexión filosófica sobre lo político nos lleva a otras conceptualizaciones y sobre todo a otros presupuestos metafísicos o, para ser más precisos, teológico-políticos.

Jorge Dotti

Jorge Dotti

Fue un reconocido intelectual argentino. Experto en filosofía política, Dotti colaboró en numerosas publicaciones y obtuvo diversas distinciones a su labor académica. Entre sus libros se destacan "El mundo de Juan Jacobo Rousseau" (1980), "Dialéctica y derecho. El proyecto ético-político hegeliano" (1983), y "Carl Schmitt en Argentina" (2000). Fue, además, un estudioso de la obra de Juan B. Justo. Formó parte del Club de Cultura Socialista y fue uno de los principales animadores de los debates de la Argentina de la transición democrática.

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