Rusia a las urnas: todos los caminos conducen a Putin

Este domingo 18 de marzo, en el aniversario por la anexión de Crimea, Vladimir Putin busca revalidar su mandato tras el gobierno más importante desde que llegó al poder. Gobernará hasta 2024. Con la elección asegurada, se plantea el siguiente interrogante: ¿Es posible imaginar una Rusia sin Putin?

“En Rusia uno no puede elegir a sus padres, a su género y tampoco a su presidente”.

Ksenia Sobchak sonríe ante las cámaras de CNN. Hija de Anatoly Sobchak, alcalde de San Petersburgo en los años 90 y mentor de Vladimir Putin, es la cara visible de la oposición en estas elecciones. Al menos de los que fueron admitidos a presentarse. Con pasado como presentadora de televisión, es la preferida por el Kremlin para representar el discurso pro Occidente, cosmopolita y liberal. Todo indica que Ksenia Sobchak no va a superar el 5% de los votos.

Hay pocas situaciones donde a los periodistas que escriben sobre política se les perdona la omisión de condicionales. Una es esta: Vladimir Putin será reelecto como presidente de Rusia. La campaña puede no ser importante -el ganador no participa de ella y la discusión de fondo es inexistente- pero estas elecciones sí lo son. Llegan después del gobierno más importante de Putin desde su llegada al poder, a comienzos del 2000. Medirán la confianza de los rusos en su líder, más por la participación que por los votos a obtener, como también la del movimiento opositor real, que se aglutina en las grandes ciudades y llama al boicot. Nada de lo que suceda en Rusia puede ser ajeno a Occidente. Y quizás precisamente por esto, por la centralidad que recuperó el país en el escenario global, sea tan difícil realizar la tarea que la gran mayoría de rusos hoy quiere postergar: la de imaginar una Rusia sin Putin.

EXTENDER EL LEGADO

Cerca del poder pero lejos del pueblo en su mandato como Primer Ministro (2008-2012), Putin calculó mal los efectos de su vuelta en 2012. Horas después del discurso en el que Dmitri Medvédev se despidió de sus aspiraciones a un segundo mandato, un sentimiento de descontento comenzó invadir las redes sociales. Protestas masivas se organizaron en Moscú y dos meses antes de las elecciones, las Pussy Riot, un grupo protesta integrado exclusivamente por mujeres, saltaron a la escena. Para ese entonces ya era claro que un movimiento desconocido para el Kremlin, con fuerte presencia en internet y lejos del aparato de propaganda oficial, se estaba gestando. Uno de sus referentes era Alexei Navalny, un abogado que había comenzado a exponer algunos casos de corrupción estatal al final del gobierno de Medvédev, y que caía bien en los jóvenes. El Kremlin temía por su primavera árabe.

Putin ganó las elecciones del 2012 con el 63% de los votos y no tardó en emitir señales de su regreso. Disolvió todos los tipos de manifestaciones, volvió atrás con la apertura a la competencia electoral en las regiones y clausuró los avances que había hecho su antecesor en materia de diálogo con Occidente, particularmente con Obama. En cuestión de meses, la presidencia de Medvédev había sido borrada de la historia.

Putin ganó las elecciones del 2012 con el 63% de los votos.Disolvió todos los tipos de manifestaciones y clausuró los avances que había hecho su antecesor en materia de diálogo con Occidente.

Y Putin llenó el vacío rápidamente. El país logró salir de la recesión producto de la crisis del 2008 y la caída de precios de las commodities;  los salarios volvieron a subir. En 2014, Rusia anexó Crimea, abriendo una disputa diplomática y militar con Ucrania, la Unión Europea y Estados Unidos. La anexión quedó formalizada tras un referéndum y las sanciones impuestas tuvieron un alcance limitado. Tras la participación y victoria parcial en la guerra de Siria, el país ahora goza de una posición inmejorable en el conflicto de Medio Oriente. Acuerdos nucleares se alcanzaron con Irán y China. Gobiernos afines se instalaron en varios países de Occidente, siendo Estados Unidos el caso más resonante, donde Putin es acusado de haber interferido en el resultado.

Hoy el Kremlin no se siente amenazado. No espera grandes protestas o complicaciones. Es cierto: Alexei Navalny, su competidor más popular, está vetado por una condena judicial que él considera de carácter político, pero su movimiento ha perdido trascendencia. El objetivo está puesto en obtener 70% de votos con un 70% de participación, siendo esto último la principal preocupación. Los rusos no suelen salir a votar, y si bien el apoyo a Putin es abrumador -más del 70% según la mayoría de encuestas- la aprobación del gobierno no se manifiesta de la misma forma. Para contrarrestar la situación, el Kremlin activó una operación: chequeos gratuitos de cáncer estarán presentes en las zonas de votación del interior y los jóvenes concursarán por la mejor selfie de la jornada electoral. Es probable que Putin no supere la mitad de las votos en las ciudades pero arrase en el interior. La atención está puesta en cómo votará Crimea, que participará de una elección presidencial por primera vez desde su anexión. Todo régimen necesita legitimarse.

El aumento en la calidad de vida luego de la turbulencia de los años 90 y el rol de Rusia en el mundo son las dos cuestiones que más rápido afloran a la hora de explicar la popularidad de Putin. “Ha sabido aglutinar los intereses de los rusos y sobre todo les ha hecho recobrar esa dignidad que habían perdido durante la época de Yeltsin. Putin ofrece estabilidad” explica el analista español Carlos Puente Martín, consultado por La Vanguardia.

Y no se trata tanto de qué ofrece sino a quién. Alexander Titov, profesor de Historia Rusa contemporánea en la Universidad de Queens, dialogó con La Vanguardia sobre las actitudes que se manifiestan en la sociedad después del colapso de la Unión Soviética. “Los rusos le tienen miedo al cambio, desconfían de él. Ese es el problema de la oposición, a la que se la acusa de querer destruir todo en lugar de proponer algo mejor. Tampoco tienen lugar las ideologías en la sociedad rusa: no hay socialismo o comunismo, por más de que haya un Partido Comunista. Una parte de la clase media urbana se asume como liberal, pero la mayoria esta desideologizada en varios sentidos. La única ideología en la que todos acuerdan y que atraviesa la sociedad es el nacionalismo”.

“Los rusos le tienen miedo al cambio, desconfían de él. Ese es el problema de la oposición, a la que se la acusa de querer destruir todo en lugar de proponer algo mejor” – dice Alexander Titov.

Una sociedad conservadora y poco movilizada podría ser una ventaja para cualquiera que esté en el poder y un impedimento al que quiera tomarlo, pero la brecha es aún más profunda cuando se tienen en cuenta las preocupaciones que afectan a los rusos. “Hay consenso en la mayoría de las políticas: más inversión en defensa, salud e infraestructura. Además, no hay un cambio trascendental que la mayoría desee, como en los años 90 fueron la puja por la democracia y la economía de mercado. No sucede algo así hoy” señala Titov.

Mientras se respiran aires de continuidad, Putin asumirá como presidente a los 65 años, con mandato hasta 2024. Aunque hoy no esté permitido por la constitución, no se puede descartar una nueva reelección. Pero todos los liderazgos tienen fecha de vencimiento.

DESPUÉS DE PUTIN, ¿QUÉ RUSIA?

Todo escenario político en Rusia tiene un apodo, una forma de conocerlo. Los analistas etiquetaron como “el problema del 2008” al conflicto de la sucesión. Se terminaba el segundo mandato de Putin y una sensación de intranquilidad invadía las paredes del Kremlin. No había sucesor a la vista, Putin no había dado señal alguna y la constitución impedía una nueva reelección. Después de descartar a un par de primeros ministros y de coquetear con algunos empresarios de su confianza, Putin dejó únicamente a dos competidores, el ministro de defensa Sergei Ivanov y Dmitri Medvédev, siendo este último el que prevaleció.

El problema de la sucesión volverá a estar sobre la mesa, con una diferencia: en ese entonces estaba claro que Putin iba a regresar, en este caso no. Tendrá 71 años cuando su mandato termine. Si decide elegir un sucesor, una nueva competencia se va a librar, sin ningún favorito claro ya que nadie quiere desafiar a Putin mientras este gobierne. Si busca la reelección, deberá cambiar la constitución, que tuvo su última modificación a finales del gobierno de Medvédev.

Puede ser temprano para diagnosticar el final de Putin, ¿pero es incluso imaginable?

Antes de ensayar una respuesta, hay que considerar otro problema que va a cobrar protagonismo en el próximo gobierno. Se dice que Putin es, entre los líderes de las potencias, el que mejor sabe jugar con una mano débil. Es cierto. Rusia no tiene el capital de Estados Unidos. No cuenta con la población de India o China. No puede alcanzar a Japón en recursos humanos ni a Corea del Sur en capacidades tecnológicas. Putin es consciente de esto, y por eso sus propuestas para los próximos años incluyen una fuerte inversión en infraestructura y recursos humanos, con foco en las familias para aumentar la tasa de natalidad; el reagrupamiento hacia el vasto territorio que el país todavía tiene desocupado y que cada vez más empiezan a ocupar los chinos; y la continuación de las medidas para reemplazar su cadena de provisiones. Económicamente, Rusia está por detrás de sus competidores en el escenario internacional. ¿Podrá Putin mantener el mismo estatus si no consigue revertir la situación? ¿Qué pasaría con un líder con menos credenciales?

Rusia no tiene el capital de Estados Unidos. No cuenta con la población de India o China. No puede alcanzar a Japón en recursos humanos ni a Corea del Sur en capacidades tecnológicas. Y Putin lo sabe.

Para Titov, en tanto Putin pueda garantizar las condiciones para que la economía siga estable, es posible imaginar una Rusia sin él ya que las tendencias, sobre todo en política exterior, se manifiestan a largo plazo. “Existe un rango de opciones, para cualquiera que esté a cargo, que pueden ser menos antagónicas con Occidente como lo es hoy. Eso es posible, pero no es un rango muy ancho: hay una estructura de largo plazo que empuja a los líderes del Kremlin en la misma dirección que Putin”.

“Yo pienso que después de Putin habrá alguien muy parecido, con ideas muy parecidas, pero con una sociedad y un sistema político más abiertos” dice Carlos Puente Martín. Advierte, sin embargo, que el régimen de mano dura podría volver ante cualquier tipo de amenaza exterior.

En Rusia, la amenaza exterior está siempre presente, tanto la real como la producida por el discurso oficial. El domingo 18 de marzo, sus ciudadanos acudirán a las urnas para enviar un mensaje a cualquiera que busque instaurarla.

Ellos, al menos por seis años más, se sienten a salvo.

Juan Elman

Juan Elman

Periodista especializado en política internacional. Estudiante de Ciencia Política.

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