Esquirlas de los Oscar

Los Oscar tienen tantos detractores como seguidores. Pero de cada entrega siempre quedan esquirlas. Una semana después, los ganadores y los perdedores siguen siendo los mismos. Benditos sean los ojos que miran…y las palabras que pueden seguir ponderando y criticando.

Los rituales suelen definirse como aquellos actos cuya única condición de posibilidad es la repetición. Producen una operación sobre la cadena de acontecimientos imponderables de la vida diaria, en la que se reconfigura lo cotidiano bajo normas que sólo tienen validez dentro de la gramática del ritual. Validez inmanente, en cierto modo, que se esfuma -y hasta puede ser contradecida- una vez finalizado el acto. Todo ritual exige, así, un conjunto de elementos que van a dar forma a su liturgia, sea esta religiosa, deportiva, cultural o parte de las más profunda e inconfesable intimidad.

Para una porción de nuestra clase media semi-ilustrada, asumir que se es miembro celebrante del ritual anual que representa la entrega de los premios Oscar de la Academia de Cine de Hollywood, emerge como un acto conflictivo que pertenece a la liturgia de esa inconfesable intimidad. Para otra porción, autopercibida dentro de la categoría ‘intelectual’ -subcategoría ‘a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo’- el ritual se reduce a ser objeto de un rechazo explícito que deje bien en claro la gambeta del desmarque ante la frivolidad mainstream y, a su vez, la renovación de la membresía ante la cofradía de la cultura ‘seria, de calidad, de verdad’. Habría, sin embargo, una tercera porción, en la que el atractivo del ritual dispara la posibilidad de ignorar el conflicto de la primera, modular el rechazo de la segunda y, no exenta de un esnobismo inescapable y transversal a todas las porciones, entregarse al ritual en un acto liberador de la liviandad estética más cruda. Como si se permitiera participar del carnaval cultural que desatan las grandes ligas de la industria del cine una vez al año, sin prestar tanta atención a la máscara ni al antifaz porque, en definitiva, el descontrol es breve y puede que no tenga consecuencias mayores una vez restablecido el orden.

Para una porción de nuestra clase media semi-ilustrada, asumir que se es miembro celebrante del ritual anual que representa la entrega de los premios Oscar, emerge como un acto conflictivo.

Sea cual fuere el caso, abstraerse del mundanal ruido es un acto impracticable en el contexto de la urbe contemporánea, por lo que la validación que otorga Hollywood a determinadas obras y productos culturales nunca pasa desapercibida, sea vista como un ritual anacrónico y frívolo o -en el mejor de los casos- como un acontecimiento digno de observar, en todo lo que tiene de manifiesto cultural para este deshilachado occidente.

En este sentido, la liturgia que se desplegó el pasado 4 de marzo en Los Ángeles cumplió con creces su función configuradora y sacrificial del ritual. Fue aburrida hasta el paroxismo; asesinó cualquier atisbo de emoción asociada a la enormidad del arte que supone celebrar; destruyó la poca intención autoparódica que tiene la corporación; tensó las cuerdas de la corrección política superando su propia marca; y, también, dejó unas cuantas perlas. Veamos, entonces, los ganadores y perdedores de Mejor Película, la categoría más relevante.

LAS NOMINADAS

Call me by your name: el sopor romántico del verano, una Italia suspendida en la historia, el esnobismo intelectual de la clase ilustrada, un durazno, la eroticidad de la palabra y de la música, el descubrimiento brutal de la pasión. En definitiva, el amor como rito de pasaje al yo futuro, como ensanchamiento de la vida. Una cosa ridículamente bella y muy pretenciosa que se sostiene por la potencia interpretativa de Timothée Chalamet, cuya escena final (junto con la del diálogo con el padre) puede que pase a la historia por ser una visión acabada de la soledad humana ante el dolor. Por esto, termina siendo tan demoledora como bella. Aún así, ni Luca Guadagnino logra que Hollywood muestre desnudos frontales masculinos sin rasgarse las vestiduras.

Darkest Hour: esperable pieza de bandera, en la que la marca cinematográfica de Joe Wright (sus excesos barrocos y trágicos) brilla por su ausencia y todo está configurado para que se empatice con ‘el imperio más bueno del mundo’, quitándole a la figura de Winston Churchill la enorme complejidad histórica que tiene. Eso sí, Gary Oldman vale su peso en oro y por eso se lleva el premio a Mejor Actor.

Dunkirk: la mejor de las nominadas en cuanto a su valor inmanente. Fotografía exquisita, música maravillosamente insoportable; la gestión de una economía narrativa emocionante y sobria que rompe los esquemas convencionales de la temporalidad y, en un gesto paradojal, limpia el cielo para que emerjan todas las modulaciones de lo humano en tiempos de guerra. Su pase de magia está en superar las aristas chauvinistas para universalizar la épica y la pusilanimidad en un lenguaje que no tiene nada de nostálgico. Puede que sea el mejor Christopher Nolan rehaciendo lo mejor del género bélico; la guerra total sin una sola gota de sangre.

Get Out: un muy buen capítulo de Black Mirror convertido en largo. El slash del final revitaliza un guión más que digno y un enorme protagónico. Tiene bordes delirantes pero terminan siendo funcionales al conjunto. Si está nominada por su género (thriller psicológico) es muy correcta. Si lo está por el cupo de temática negra, Mudbound es infinitamente superior.

Lady Bird: un coming-of-age que se suma a la proliferación del género manufacturado casi en serie y, en muchísimos casos, sin densidad alguna en los últimos años. Amén de que ya está bien de decirle a los adolescentes y millenialls cómo debe ser su juventud, lo que propone Greta Gerwig se articula alrededor de un vínculo madre-hija como construcción de la subjetividad femenina, en la que la relevancia masculina queda desdibujada. Lo vale por esto y por la madre (Laurie Metcalf) que es fabulosa, no por mucho más.

 

Phantom Thread: ¿cabe hoy alguna pregunta más sobre los límites y fronteras del amor? Paul Thomas Anderson prueba que sí a través de dos bestias (Vicky Krieps y Daniel Day-Lewis) que alimentan su conexión vampírica con el odio que nos generan como personajes. Obra sutil, estallada de belleza y complejidades y hasta con pequeños ángulos feministas, abre su primera capa a una interpretación de corte psicoanalítica que rápidamente le queda chica. Un esforzado procedimiento estético que habla de la progresión operativa del amor, cuando logra integrar las obsesiones neuróticas del ente humano en su modo de afectividad profunda.

The Post: consagración de Steven Spielberg en hacer películas con amigos para los amigos. Un episodio fascinante de la historia editorial norteamericana (la filtración de los archivos del Pentágono sobre la guerra de Vietnam) que se reviste de una lluvia de Stevia en polvo para edulcorar cuestiones de una actualidad nuclear, como los límites de la libertad de expresión, el empoderamiento de la mujer en las altas esferas de decisión, la cultura patriarcal que sólo espera de ella el cumplimiento de las órdenes, entre otras. La visión maniquea de Spielberg, que en otras ocasiones supo camuflar o sortear mucho mejor, fagocita una narrativa cansina por su corrección. Meryl Streep, cyborg eterno y maravilloso, borda un papel que sólo ella logra hacer complejo.

Three billboards outside Ebbing, Missouri: el mejor guión original de la lista (nominada asimismo en esta categoría, que finalmente ganó Jordan Peele, guionista y director de Get Out). Un pase de magia denso, violento y humano (sea lo que sea que esto signifique), cuya narrativa hace una operación de fracking en la napa de la crudeza tosca y brutal del interior profundo norteamericano. Muy lejos de los lugares comunes del cine redneck, la dinámica especular que construye el guión entre los personajes de Frances McDormand (galardonada con enorme justicia como Mejor Actriz), Woody Harrelson y Sam Rockwell (se llevó Mejor Actor de Reparto y lo queremos mucho) progresiona hacia una reducción de las tragedias personales para dar lugar a una ternura empática y auténtica porque es simple. Lo vale por todo, pero también por reivindicar la lucha solitaria de todas esas madres que han logrado salvarse de la violencia machista, pero que han perdido a sus hijas.

Ganadora: The shape of water Guillermo del Toro se lleva Mejor Película y Mejor Director por esta cinta que, sin duda alguna, no es su mejor obra. Se suma así a la cofradía de hombres blancos mexicanos ganadores en Hollywood (Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu), lo cual deja en claro que no fue por cupo latino la cosa. Estéticamente bella, con una gran fotografía y una banda sonora correcta no logra profundizar en el núcleo narrativo de lo que propone; la posibilidad del amor entre y para lo que es considerado diferente por lo cánones sociales. Del Toro hace una autoexplotación efectiva y efectista que sólo llega a rascar la superficie de su pretensión ética. Michael Shannon está, como siempre, fenomenal y Rusia, como siempre, es mala muy mala. Punto para la eroticidad que logra emanar la criatura anfibia (sí, otro anfibio) y poco más.

Dos (de muchas más) perlas más para finalizar. La primera es que, después de haber sido nominado 14 veces a lo largo de 23 años, Roger Deakins se lleva el premio a Mejor Dirección de Fotografía por el trabajo demencial que hizo en Blade Runner 2049. Documentalista de origen, rompe todo lo que hizo en más de 40 años de carrera, para experimentar técnicamente y darnos algo como lo que hizo en la remake más polémica de los últimos años; por fin. La segunda es que la actriz transexual Daniela Vega, protagonista de la chilena Una mujer fantástica (que se alzó con el premio a Mejor Película de habla no inglesa), presentó uno de los premios de la noche, ahí parada desde Latinoamérica con su fabuloso vestido, frente a todos los carcamanes de una industria poderosísima que todavía escribe gran parte del léxico cultural de esta parte del mundo.

Con sus cupos a cuestas, su corrección política, su banalidad y su desangelado corazón, los Oscar vuelven a ritualizar la palabra valorativa de un campo cultural que tiene que asumir, por fuerza y no sólo por estrategia, los cambios que se están produciendo en la gramática social de occidente. Ser testigos de la reconfiguración de su liturgia, por más micro y lenta que sea, sirve para hacer un gesto autorreflexivo y situado en nuestro lugar que está, a su vez, repleto de rituales. Porque las manifestaciones culturales humanas tienen bien adentro una densidad que existirá siempre, por mucho que la conflictuemos. Por eso Hollywood: te amamos, te odiamos, danos más.

Flora Vronsky

Flora Vronsky

Flora Vronsky es licenciada en Letras, en Filosofía y magíster en Gestión Cultural. Es colaboradora de diversas revistas culturales.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios