Trece narrativas digitales y ninguna flor

Un mapeo de las principales narrativas digitales contemporáneas. Entre la neutralidad de la red, el boton rojo de Facebook, y los criptopunks. Este es el lado B de Cybertton Woods.

Este artículo es el lado B de este otro, Cybertton Woods. Si allá se introduce el Trilema político de la era digital, aquí se lo utiliza para mapear 13 narrativas digitales y revisarlas con cierto nivel de detalle, atendiendo a las “conversaciones” que han mantenido entre sí. Elaboradas por las múltiples partes interesadas en la gobernanza del ciberespacio y la economía digital, dichas narrativas tienen el objetivo de seducir mentes y corazones a nivel global, cimentar un orden digital acorde a sus intereses, o al menos contribuir a comprender y explicar un poco mejor el mundo después y a partir de Internet. Aconsejamos empezar por el otro artículo, salvo que se conozca lo suficiente del tema o se disfrute armar una lectura propia, menos estructurada por quien escribe.

Sobre nuestra versión del trilema político de Dani Rodrik hemos mapeado las narrativas digitales creadas por actores políticos concretos desde los años 90. El resultado es una suerte de corte transversal de un árbol, donde cada narrativa asume la forma de un anillo (incompleto), con su propia solución parcial al trilema.

LOS FABULOSOS CRIPTOPUNKS

El movimiento criptopunk, difundido en los años 80-90, está en el centro del árbol. Todo comenzó aquí, incluso el neologismo “ciberespacio”, que en su versión original jugaba con la hibridación entre ciencia ficción y realidad. Pero cripto (en inglés, “cypher”) no viene de cibernética sino de cifrar, es decir, encriptar. El santo grial cypherpunk se compone de la informática, Internet y la encriptación. A partir de esas tres tecnologías, el movimiento cyberpunk o criptopunk se propuso conquistar el mundo, derribar sus fronteras e instituciones arcaicas, e instaurar una sociedad de iguales. El documento político más conocido de esta tradición es la Declaración de Independencia del Ciberespacio, publicado en 1996 por John Perry Barlow, tristemente fallecido hace tan sólo unos días. Más allá de su ingenuidad política, el texto plantea algunas cuestiones centrales para la gobernanza en una era digital, vinculadas a la relación entre privacidad y acción colectiva. Otro documento clave es el Manifiesto Criptopunk, de Eric Hughes, de 1993. El ensayo más acabado, sin embargo, es The Sovereign Individual: Mastering the Transition to the Information Age, de James Dale Davidson y William Rees-Mogg, publicado en 1995. La idea central es que la era informacional ha posibilitado que el fundamento último de la soberanía vuelva al individuo, tras haber permanecido cautivo en instituciones de gobernanza tradicional como los estados nacionales. En la última década esta narrativa anarco-liberal se ha ramificado en dos vertientes diferenciadas: la promovida por Wikileaks y la centrada en el movimiento cripto.

LA “BRECHA DIGITAL” O LA MADRE DE TODAS LAS GRIETAS

Hasta que salió a la luz que la grieta entre economías emergentes y desarrolladas (Túnez, 2005), la narrativa de la “brecha digital” fue el principal relato vinculado a la incorporación de sectores vulnerables a la era digital. Discursos más funcionalistas dieron operatividad a este enfoque: el programa One Laptop Per Child, creado en 2005 por el MIT, prendió fuerte en varios países, sobre todo en Uruguay, con su Plan Ceibal. No obstante, fue fuertemente cuestionado por muchos países en desarrollo, en particular entre las potencias emergentes que liderarían la agenda revisionista de la gobernanza digital, como China, India y Brasil. En esos países se implementaron programas similares, aunque orientados por los estados. De todos modos, la narrativa sobre la “brecha digital” sigue teniendo una enorme incidencia y ha logrado permear el sentido común de los hacedores de políticas. Sin ir más lejos, en la cumbre ministerial de la OMC celebrada hace poco en Buenos Aires, el concepto permeó casi todas las exposiciones vinculadas al potencial de la economía digital para favorecer la inclusión y el desarrollo. Y para seguir incrementando exponencialmente la cantidad de datos procesados por las plataformas digitales para predecir y manipular el comportamiento de los usuarios, claro.

ICT4D, O LOS SUPERAMIGOS DEL INTERGUBERNAMENTALISMO

De las críticas al discurso de la brecha digital surgió la narrativa “ICT4D” (tecnologías informacionales para el desarrollo), que hasta hoy sirve de lema para la ITU. El profesor de la Universidad de San Andrés Hernan Galperin señala que el enfoque del “digital divide” había descuidado el rol de los estados, así como a la necesidad de respetar ciertos márgenes de autonomía local para políticas de desarrollo endógeno, lo que sirvió de caldo de cultivo para el diseño de la ICT4D. Así, y paradójicamente, la narrativa ONLC terminó alumbrando cierto rol para el estado, tiñendo ese relato tan propio del cosmopolitismo digital con algunas notas del viejo roble de la soberanía estatal, aunque mediante una alianza estratégica con el sector privado. En cierto sentido, el relato ICT4D es el que da encarnadura técnica a esa narrativa clásica y polifuncional, tan utilizada por las potencias emergentes en materia de gobernanza de Internet desde el cambio de siglo: el intergubernamentalismo.

EL (TAN UNIVERSAL COMO INTRADUCIBLE) MODELO MULTISTAKEHOLDER

¿Cuál es el foro más legítimo para concentrar la gobernanza digital? La Cumbre de la Sociedad de la Información (2003-2005) dejó como resultado la querella entre los países (y empresas) partidarios de la ICANN y los partidarios de la ITU. Si la primera era cuestionada porque reconocía poco espacio para los estados, la segunda (y la ONU, de la que forma parte) era cuestionada por la baja participación de la sociedad civil y por los riesgos de “fragmentar” Internet en jurisdicciones estatales, o como mínimo, de burocratizar y relentecer su desarrollo. El resultado de la polémica fue el surgimiento de una de las narrativas más difundidas (y abarcativas) hasta hoy: el modelo “multistakeholder” de gobernanza digital. De imposible traducción al castellano, más allá de la fórmula muleta “multisectorial y pluriparticipativo”, supone una forma de gestión de asuntos globales que se ha probado eficaz en varios aspectos vinculados a Internet y al ambientalismo, pero su verdadero mérito está menos en la dinámica de toma de decisiones y más en su rol como constructora de consensos. Su audacia está en que pretende contener y equilibrar a los tres pilares del trilema, poniéndole un cierto límite a los estados nacionales –al considerarlos como una “múltiple parte interesada” más-, y dándole protagonismo a la sociedad civil, pero manteniendo la centralidad del sector privado. Mediante la creación del Foro de Gobernanza de Internet, el modelo “multistakeholder” fue encumbrado e introducido en la propia ONU, y hoy tiene sus capítulos locales y regionales en todo el mundo. En los hechos, no obstante, el revisionismo de los países emergentes sigue al acecho, aunque hoy el intergubernamentalismo de la ITU-ONU no logre salvarse del mal momento que atraviesa el multilateralismo. Como afirma Wolfgang Kleinwächter, lo que queda, más bien, es una diversidad de unilateralismos.

LA VIEJA Y QUERIDA NEUTRALIDAD DE LA RED

Esta narrativa, central para el sostenimiento de un orden digital liberal en el plano económico, pero también en el político, fue revisada en detalle en otro artículo reciente, publicado tras la decisión de la FCC norteamericana de repeler la normativa de la neutralidad de red. Allí sostuvimos que además de un estándar técnico sobre las redes y los paquetes que circulan a través de ellas, la neutralidad de red es una narrativa que prescribe una suerte de estándar internacional para la acción estatal en una era digital. Un estado con un rol discreto pero una misión fundamental: velar por la no discriminación de los paquetes fronteras adentro y mantener separadas a las dos deidades que conforman ese ecosistema, redes y contenidos. Irónicamente, el levantador de muros Donald Trump fue quien derribó la medianera invisible que dividía esos dos reinos, “liberando” al ecosistema digital de su falta de barreras de entrada. Monopolios u oligopolios que combinen ambas ofertas al fin podrán florecer (como Clarín-Telecom en Argentina, donde la neutralidad sigue siendo ley, por cierto). Y aunque es presumible que en el largo plazo el impacto sobre las ideas sea tan fuerte como el impacto sobre las reglas de juego, se nos promete un aliciente: las mejoras en la “experiencia del usuario”. Es que dentro de los “jardines amurallados”, se nos dice, la vista es preciosa. La neutralidad de la red, no obstante, no ha muerto en todo el mundo, sino tan sólo en su país de origen. Dar su caída por sentado en el resto del mundo sólo sería entregar una batalla que, en los papeles, ya se había ganado. Una narrativa complementaria merece mayor desarrollo, entonces: “Protege tu infraestructura legal”.

 LAS “LIBERTADES DE INTERNET” Y EL LEMA “NO ROMPAN INTERNET”, O LOS HERMANOS MACANA

La administración de Barack Obama (2008-2016), como señala Laura De Nardis, ensayó dos narrativas propias para lidiar con la incertidumbre creciente en torno al futuro del principal bien público global. Por un lado, la casi cosmopolita pero muy espartana narrativa “las libertades de Internet”, el caballito de Hillary Clinton durante la Primavera Árabe. Por el otro, el discurso multi-uso “no rompan la Internet”, elaborado para combatir dos polémicos proyectos de ley en Estados Unidos, pensados para darle un mayor enforcement a la normativa de propiedad intelectual: Protect IP y Stop Online Piracy Act (SOPA). Tras frenar ambas iniciativas, la narrativa fue reciclada por la diplomacia pública norteamericana para hacer frente a la “fragmentación” de Internet, impulsada en teoría por países no democráticos. Finalmente, hoy esa misma narrativa volvió a reciclarse para intentar salvar a la neutralidad de la red fronteras adentro. Si la primera narrativa de las libertades de Internet tiene su foco en la alianza entre los gobiernos de países democráticos y la sociedad civil de países no democráticos, el enfoque “salvemos Internet” propone una alianza entre países liberales, sociedad civil global y comunidades epistémicas. De ahí sus diferentes anillos.

WIKILEAKS, ANTES Y DESPUÉS DE TRUMP

Heredera del movimiento criptopunk, esta narrativa comparte con la “generación Bitcoin” una agenda anarco-libertaria, integrada en cuanto al progreso tecnológico pero apocalíptica respecto a la vigilancia estatal. En el caso de Wikileaks, no obstante, este componente político es más explícito. Su narrativa es tan simple como potente: construir un mundo más transparente es posible. Al menos, en la medida en que transparencia y secreto estatal sean considerados antónimos perfectos. La espectacularidad de sus develaciones nos ha dejado con un mundo más sincero, pero también menos confiable y menos responsable por sus actos. Ante la violenta incertidumbre que ofrece el presente, lo único que parece firme es la gobernanza de los regímenes autocráticos que, por su mayor capacidad para surfear filtraciones de información sensible, se han convertido en el modelo a seguir en el mundo liberal. Porque la responsabilidad de los gobiernos ante sus ciudadanos es ínfima, y porque toda información no deseada puede desaparecer en un mar de campañas de desinformación. Donde más sólida se mostró la doctrina de Wikileaks (asentada en libros como Criptopunks y Cuando Google encontró a Wikileaks) fue en su dialéctica contra la alianza non sancta entre el Departamento de Estado norteamericano y Google. Su blanco predilecto, no obstante, han sido los dirigentes del Partido Demócrata, en general, y los Clinton, en particular, quienes han estado detrás del ecosistema digital desde los años 90. Tiene sentido que “desenmascarar” su cosmopolitismo inocuo haya sido una cruzada necesaria, pero Wikileaks parece haber quedado atado a ese tropismo. Distinto es el caso del propio Snowden, cuya “obra” pareciera envejecer mejor, no sólo por haber estado dispuesto a convertirse en paria en su propio país para denunciar la sociedad de vigilancia que hoy impera, sino también gracias a reflexiones medidas e intervenciones oportunas, vertidas a la prensa en cuentagotas. Por eso el desencanto con Assange tiene que ver menos con su personalismo y vanidad, retratados en el film Risk de Laura Poitras, que con la pereza para hacerse ciertas preguntas incómodas y centrales para el devenir del orden mundial. ¿Y si la transparencia fuera un antónimo perfecto del secreto de estado y un sinónimo incómodo de “desinformación”? Dicho más simple: ¿cómo contribuye Wikileaks a hacer un mundo no sólo más transparente sino también más democrático?

FACEBOOK, O POR QUÉ NO CONVIENE INCLUIR UN BOTÓN ROJO QUE DIGA “NO ME GUSTA ESTA DEMOCRACIA”

“Facebook stands for bringing us closer together and building a global community”, reza el manifiesto de Mark Zuckerberg, que se propuso construir la “infraestructura social” detrás de esa comunidad global. Aunque el texto tiene poco más que un año de antigüedad, hoy parece sacado del túnel del tiempo. Irónicamente, hasta hace poco parecía que Facebook iba a ser el campeón de la ciberdiplomacia. Con un comportamiento mucho más global que multinacional, capaz de domesticarse a medida si eso le permite volver a China (por ahora, no lo dejan), la empresa se posicionó como un socio estratégico tanto de la sociedad civil como de los gobiernos de países en desarrollo, en tanto se propuso reducir la “brecha digital”, llevar estatalidad donde no la había, y ofrecer una inclusión radical a la casi mitad de la población mundial que todavía no accede a Internet. De ahí que el anillo azul envuelva al trilema desde el cosmopolitismo digital, aunque con cierto alcance del pilar estatal. Sin embargo, el año 2017 fue el año en que Facebook entró en crisis. El descenso ya había comenzado en febrero de 2016, cuando la autoridad de telecomunicaciones de India rechazó la aplicación del programa Facebook Freebasics (versión gratuita pero limitada de los contenidos web), poniendo paños fríos a la apuesta por conquistar los mercados emergentes. La elección de Donald Trump en Estados Unidos hizo el resto. Su comportamiento monopólico frente a medios de comunicación tradicionales y emergentes, su liderazgo de lo que Shoshana Zuboff llama “capitalismo vigilante”, y su especulación con las noticias falsas arrojó a Zuckerberg del Edén. La comunidad global requiere una infraestructura social que no atente contra los órdenes democráticos, y Facebook todavía no ha encontrado el modo de compatibilizar su destino manifiesto con esa simple premisa.

CRIPTO HACKTIVISTAS, ESOS JACOBINARIOS ENCADENADOS A LA LIBERTAD MEDIANTE BLOCKCHAIN

La primavera de las criptomonedas ha hecho que se ponga el foco en la dimensión económica del fenómeno Bitcoin, pero la apuesta de fondo, articulada con mayor o menor robustez según la voz que se escuche, es fundamentalmente política. Es cierto que el paper de Satoshi Nakamoto, que dio origen en 2008 a la revolución en marcha, no incluye referencia política alguna, pero estas se desprenden de las alocuciones de sus referentes o de los proyectos que apelan a dicha invención. Por ejemplo, el objetivo de la interesante ONG Earth Democracy es crear mediante tecnologías como blockchain “a borderless, peer-to-peer democracy”. Esta épica de un mundo “sin fronteras” es un rasgo típico de las narrativas ancladas en el cosmopolitismo digital. El aspiracional de máxima es eliminar los intermediarios tradicionales como estados y bancos para construir una red de “pares” descentralizada, basada en la soberanía personal, que gestione sus asuntos de una forma autónoma y transparente. Ambos tipos de instituciones (“legacy institutions”) se han valido del problema de la desconfianza entre las personas y sociedades para erigir sus imperios. Con blockchain, se nos dice, el problema de la desconfianza al fin comienza a resolverse. Pero no es preciso haber nacido entre el siglo XV y el XVII para ganarse la sospecha de los hacktivistas. Nuevos jugadores como Facebook acarrean riesgos similares, sostiene este post de Earth Democracy, y es cierto. Claro que a nivel local la pelota del fin de la historia analógica no dobla: el Partido de la Red, incubadora local de aquella ONG global, integra la alianza Cambiemos, donde milita por la incorporación del voto electrónico (aunque con otro nombre, y convertido en una narrativa propia: la Boleta Única Electrónica). En cualquier caso, lo fundamental es que, en una época donde el cosmopolitismo digital languidece, esta narrativa está en pleno crecimiento y, en cierto sentido, sostiene el atractivo del ideario liberal digital con desarrollos tecnológicos y conceptuales novedosos, incluso si resultara que Bitcoin es efectivamente una burbuja.

EL INSPORTABLE ENCANTO DE LA SOBERANÍA DE LA RED 

El paradigma de soberanía de la red, elaborado por Rusia y perfeccionado por China, combina la securitización de la esfera pública y la proyección de cierta autonomía estatal en el plano tecnológico, lo que lo vuelve muy atractivo tanto para países no democráticos como para países en desarrollo. En otro artículo revisamos algunas de sus características, y advertimos que el fin de la neutralidad de la red en EEUU abonaría el terreno para la difusión del modelo chino. La ciberdiplomacia de Beijing viene levantando el perfil de forma sostenida desde la Primavera Árabe, cuando China identificó su dependencia tecnológica frente a plataformas como Facebook o Google como un error estratégico intolerable. Hace poco celebró la cuarta edición de la World Internet Conference, donde reunió a los jugadores del ecosistema digital global y bajó sus líneas para el futuro. Vale la pena leer el reporte del estado del arte mundial. Esta narrativa es la única, además de la centrada en la ITU, que pone el foco en los estados. Si pone un pie en Cybertton Woods es en virtud de su defensa de la redistribución de riqueza, la primacía del interés público, la inclusión digital y el desarrollo territorial, pero su núcleo reside en la alianza con el sector privado local y el trasnacional (donde corresponda). Esa mixtura da forma a su singular capitalismo de vigilancia en un estado socialista. Hasta hace muy poco, el referente de su ciberdiplomacia era Lu Wei, bautizado en su momento de gloria como el “zar de Internet”. Como Ícaro, voló muy cerca del sol, y tras desaparecer por meses de la vida pública, se supo hace algunas semanas que había sido procesado por corrupción. Occidente todavía se relame con la crónica de su caída, y tiene sentido: de alguna forma, la biografía política del creador de la doctrina china para el ciberespacio resume a la perfección los riesgos de un orden digital basado en el control, la centralización, la “tutela” de la esfera pública y el “crédito social” a la Black Mirror. Ahora, el canciller digital de China no es otro que Xi Xinping, quien aprendió que el premier chino más poderoso desde Mao no puede delegar el cargo de negociador frente a las plataformas.

EUROPA, ¿CAPITAL DE CYBERTTON WOODS?

En el primer artículo, Cybertton Woods, sostuvimos que no era una locura afirmar que desde el viejo continente se están delineando los contenidos de la primera narrativa mainstream que busca resolver el trilema digital postergando los intereses de las grandes corporaciones. Un primer vector es la política anti-monopólica del Comisionado Europeo para la Competencia, a cargo de Margrethe Vestager. Pensando en el hipotético contenido de una narrativa digital de cuño europeo, los principios delineados por el Comisionado en su documento “Competencia para tiempos cambiantes” aportan algunos elementos interesantes. Un segundo vector es la política de defensa del consumidor y los estándares de privacidad (y soberanía) de los datos que Europa viene exigiendo, construyendo y negociando. El proceso comenzó en octubre de 2015, cuando el Tribunal Europeo de Justicia declaró inválida una decisión según la cual Estados Unidos sí garantizaba un nivel de protección adecuado de los datos personales. Luego vinieron el nuevo acuerdo con Estados Unidos (Privacy Shield); la nueva regulación de protección de datos (General Data Protection Regulation, o GDPR), que entrará en vigor desde el 25 de mayo de 2018; y el acuerdo entre la Comisión Europea y Facebook, Google y Twitter, para modificar sus “términos y condiciones de servicio”. Hacemos propio un interrogante sumamente lúcido de George Soros: ¿y si Europa puede darse el lujo de avanzar en esta dirección precisamente porque no tiene unicornios propios?

CONSTRUYE TU PROPIO ISP: LA REVANCHA LOCALISTA Y COMUNITARIA

Hemos dejado para el final a nuestra favorita, la cenicienta digital. El nombre de esta narrativa está todavía en veremos (el nuestro no es más que un muleto), pero su contenido está bastante claro. De lo que se trata es de apostar a la descentralización local de las redes para no depender de la infraestructura propietaria de los servidores de Internet. La exposición más acabada de sus fundamentos fue aportada por Luca Belli en un paper de 2017: “La autodeterminación en red (network self-determination) debería ser vista como el derecho a asociarse libremente para definir, de una forma democrática, el diseño, el desarrollo y la gestión de la infraestructura de red como bien público, para que todos los individuos puedan buscar, compartir y recibir información e innovación de un modo libre” (la traducción es propia). Aunque esta narrativa existe hace tiempo, fue la caída de la neutralidad de la red en Estados Unidos la que generó las condiciones para su despegue global. Por eso, si bien se trata de un relato periférico y emergente, su peso, complejidad y difusión han de crecer con el tiempo. Lo interesante es que si bien se trata de un relato cuyas raíces están bien ancladas en el cosmopolitismo digital –podría decirse que la descentralización en el campo de los fierros ocupa una posición semejante a la encriptación en el nivel de los datos-, recurre a algún tipo de colaboración con la forma estatal local. La autonomía individual, comunitaria y estatal-local pueden converger, y han de hacerlo si pretenden resistir y diferenciarse (con lo primero no alcanza) en la era de la “mano invisible automatizada”. Ahora bien, como afirma Tulia Falleti, si la globalización ha tenido como correlato territorial la descentralización política, fiscal y administrativa, este ha sido un proceso contradictorio, pues al mismo tiempo que empoderó a la sociedad civil contribuyó al despliegue de políticas neoliberales y la desarticulación del estado de bienestar. Si bien es hora de que la revancha localista tenga su capítulo digital, sería ingenuo esperar alguna ayuda de las fuerzas estructurales de carácter local que alienta la globalización, pues su componente ideológico sería bastante diferente, sino opuesto.

 

Gonzalo Bustos

Gonzalo Bustos

Licenciado en Ciencia Política y Magíster en Procesos de Integración Regional, ambos títulos obtenidos en la Universidad de Buenos Aires. Ha realizado cursos de posgrado y especialización en Planeamiento y Administración Estratégica (UBA) y en Pensamiento Sistémico para el Planeamiento Estratégico (ITBA). Actualmente cursa el Doctorado en Ciencias Sociales de la UBA.

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