Un trilema político para el orden digital

¿Qué narrativas pueden aprovechar el espacio vacío dejado por la “neutralidad de red”, estandarte de la ciberdiplomacia de Estados Unidos desde los años 90? ¿Qué ocurrirá ahora que el “cosmopolitismo digital” está en crisis?

 

 

Así como el surgimiento del ciberespacio disminuyó las barreras de entrada para el desarrollo de capacidades ofensivas, también permitió que se universalizara la diplomacia pública. ¿Qué narrativas pueden aprovechar el espacio vacío dejado por la “neutralidad de red”, estandarte de la ciberdiplomacia de Estados Unidos desde los años 90? ¿Qué ocurrirá ahora que los diversos relatos cimentados en torno al “cosmopolitismo digital” están en crisis?

Para simplificar tanta complejidad, se propone un trilema político, se mapean 13 narrativas de actores concretos del ecosistema digital, y se indaga en el debate venidero, marcado por los casos testigos de China y de la Unión Europea. Ambos vienen a romper, aunque de modos muy distintos, con la “tradición” instaurada y promovida por Estados Unidos hasta ayer, que suponía encumbrar los relatos centrados en el cosmopolitismo digital. Sus curvas de aprendizaje, de todos modos, son muy diferentes. Si China ya ha consolidado el paradigma de “soberanía de la red”, la Unión Europea, a través de ciertas agencias técnicas y sin una política digital común, recién comienza a explorar los contenidos de una narrativa propia. Sin embargo, es posible proyectar sus contenidos y explorar su compatibilidad con lo que aquí llamaremos “Cybertton Woods”.

TRILEMA POLÍTICO DEL ORDEN DIGITAL

La propuesta es mapear en una sola infografía la diversidad de narrativas digitales existentes. Para lograrlo, partimos de una adaptación del clásico trilema político compuesto por Dani Rodrik en La Paradoja de la Globalización (2011). El resultado es nuestro trilema político de la era digital (aquí, las infografías podrán verse con mayor detalle).

Cada una de las tres combinaciones posibles condensa una suerte de gran relato. En la versión de Rodrik, son el “liberalismo embebido”, un equilibrio entre el estado soberano y la democracia de masas centrado en las instituciones de Bretton Woods, desplegado hasta los años 70; el “federalismo global”, una combinación entre democracia e hiperglobalización, sólo ensayada en la Unión Europea, mera proyección teórica en el sistema mundial; y la “camisa de fuerza dorada”, la combinación entre la hiperglobalización y el estado soberano que construyó el Consenso de Washington, y que hoy impera.

En nuestra versión del trilema también contamos con tres grandes relatos, que luego servirán de coordenadas para mapear las narrativas digitales elaboradas por actores concretos.

El primero, el cosmopolitismo digital, ha sido la solución más difundida hasta hace muy poco. En los 80 y en los 90, cuando la oruga Arpanet se convirtió en la mariposa Internet, fueron varios los que pensaron que se venía del fin de las odiosas fronteras físicas y políticas entre países, posibilitando una nueva gobernanza global centrada en la soberanía individual y la ciudadanía aumentada por las tecnologías digitales. Los principios ponderados aquí son la universalización de la conectividad, la sinergia entre progreso y cambio tecnológico, la pluralidad de la esfera pública, la transparencia de los actos de gobierno, la privacidad (vía encriptación), la descentralización de la red, el código no propietario, el emprendedorismo, la soberanía personal (sobre los datos) y la acción colectiva canalizada mediante organizaciones de la sociedad civil global.

El segundo relato es la soberanía de la red, un paradigma de gobernanza del ciberespacio centrado en el rol tutelar del Estado y su alianza estratégica con plataformas digitales locales y trasnacionales. Los principios ponderados aquí son la soberanía estatal (sobre los datos y la infraestructura crítica), la seguridad nacional, la confidencialidad de los actos del Estado, la centralización de las redes, la excepcionalidad de la decisión política, la autonomía tecnológica, la tutela de la esfera pública y la acción colectiva medida por instituciones estatales.

El tercer relato es de acuñación propia: “Cybertton woods”. Esta zona de promesas, como diría Gustavo Cerati, valora aquellas reglas de juego que les permitan a los estados nacionales sostener proyectos democráticos, sin desarticular las ventajas que ofrece la era digital, aunque postergando la hiper-globalización que se presenta como intrínseca a Internet. Los principios ponderados son la democracia pluralista, el estado de bienestar, la primacía del interés público, la inclusión digital, la defensa de la competencia, la autonomía tecnológica, el desarrollo territorial, cierta descentralización local de las redes, y el equilibrio entre la soberanía estatal y la soberanía personal.

Ahora bien, a diferencia de Bretton Woods -la ciudad norteamericana donde se celebraron los acuerdos de la posguerra que cimentaron el orden mundial, hoy en crisis-, no existe un lugar llamado Cybertton Woods. En principio, podría tener lugar en el propio ciberespacio, casi como un escenario del mítico Habitat, aunque probablemente nadie lo frecuentaría, pues parece terreno yermo para que surjan narrativas digitales exitosas. ¿O las últimas noticias venidas de Europa permiten pensar en otra cosa?

Cybertton Woods podría tener lugar en el propio ciberespacio, casi como un escenario del mítico Habitat, aunque probablemente nadie lo frecuentaría, pues parece terreno yermo para que surjan narrativas digitales exitosas.

¿EL FIN DEL COSMOPOLITISMO DIGITAL?

Si mapeamos sobre nuestro trilema a las narrativas digitales creadas por actores políticos concretos, obtenemos una suerte de corte transversal de un árbol, donde cada narrativa asume la forma de un anillo (incompleto), con su propia solución parcial al trilema.

Desde luego, cada narrativa interpreta a su modo los principios que componen su oferta. En un próximo artículo, “13 narrativas y ninguna flor”, se revisa con cierto nivel de detalle cada uno de los relatos mapeados. Para no abrumar al lector, aquí solamente se hace un vuelo de pájaro.

El primer dato del gráfico es cierto amontonamiento de narrativas en la cara derecha del trilema: el cosmopolitismo digital. En efecto, la tendencia histórica entre las narrativas digitales ha sido prescindir del estado westfaliano y encumbrar los otros dos vértices del trilema.

La diplomacia de los cypherpunks, de Wikileaks y de Bitcoin, o el discurso sobre la “brecha digital” y el lema multi-propósito “salvemos a Internet”, están inscriptos en esta línea. A su vez, ciertas narrativas ponen aquí un pie firme, aunque sus anillos se proyecten “más allá del muro”, abrazando en algún grado a la forma estatal territorial. Esto último ocurre con la diplomacia de Facebook, con el modelo “multistakeholder”, con el discurso de Hillary Clinton sobre las libertades de Internet, y con la vieja y querida neutralidad de la red. La revancha localista que llamamos “Construye tu propio ISP”, en cambio, envuelve a la forma estatal por abajo, a partir de la alianza entre comunidades y estados locales.

Al menos cuatro coyunturas críticas, en la que se politizaron las discusiones sobre Internet, mal hirieron el gran relato del cosmopolitismo digital, corriendo el suelo de todas estas narrativas particulares que cimentaban su hegemonía: la Cumbre de la Sociedad de la Información (2003-2005), que introdujo la larga puja entre intergubernamentalismo y gobernanza privada-pública de los recursos críticos de Internet; la Primavera Árabe (2010), que alertó a las potencias emergentes sobre los riesgos que genera la era digital en términos de orden político, más allá de ofrecer una mayor capacidad de vigilancia de la acción colectiva y la iniciativa privada; las filtraciones de Edward Snowden (2013), que despertaron al resto del mundo y terminaron de desquebrajar la legitimidad del orden centrado en la hegemonía informacional norteamericana; y, finalmente, el russiagate, que demostró el altísimo grado de exposición de la infraestructura crítica de cualquier país a los ataques cibernéticos, así como la fragilidad de los regímenes democráticos en una era de posverdad, big data y campañas de desinformación automatizadas.

A partir de estos procesos, hoy el pilar estatal atraviesa un revival que tiene a tanta gente inquieta como gente entusiasmada. Algo ya hemos dicho en otro artículo sobre el caso de China. Ese reverdecer no ha sido, por supuesto, en detrimento del pilar globalizador, sino de la democracia de masas. La cara izquierda del trilema, ese lado oscuro de la luna tan central para los orígenes de Internet, vuelve para lucirse, cansada de poner la otra mejilla.

CE RÉCIT N’EST PAS UN RÉCIT: EUROPA, VOLVÉ QUE TE PERDONAMOS

Parece que otro fantasma recorre Europa: el fantasma del revisionismo del ecosistema digital. Y aunque sea muy pronto para afirmarlo, quizá pueda decirse que desde el viejo continente se están delineando los contenidos de la primera narrativa que quiere resolver el trilema digital postergando los intereses de las grandes corporaciones. A esta altura (y profundidad) del siglo XXI, ¿es eso siquiera posible? Si el lector todavía no perdió la fe, ¿me creería también que quien tiene una excelente respuesta a esa pregunta es George Soros?

Parece que otro fantasma recorre Europa: el fantasma del revisionismo del ecosistema digital.

Dos líneas de acción permiten sostener esta sospecha: su nueva política de competencia y su nueva política de privacidad de los datos. Dos formas de envolver a gigantes como Google.

Un primer vector es la política anti-monopólica del Comisionado Europeo para la Competencia, a cargo de Margrethe Vestager. Pensando en el hipotético contenido de una narrativa digital de cuño europeo, los principios delineados por el Comisionado en su documento “Competencia para tiempos cambiantes” aportan algunos elementos interesantes. Y sí, hay charla TED disponible.

Un segundo vector es la política de defensa del consumidor y los estándares de privacidad (y soberanía) de los datos que Europa viene exigiendo, construyendo y negociando en el último tiempo. El proceso comenzó en octubre de 2015, cuando el Tribunal Europeo de Justicia declaró inválida una Decisión según la cual Estados Unidos sí garantizaba un nivel de protección adecuado de los datos personales. Luego vinieron el nuevo acuerdo con Estados Unidos (Privacy Shield); la nueva regulación de protección de datos (General Data Protection Regulation, o GDPR), que entrará en vigencia el 25 de mayo de 2018; y, la semana pasada, el acuerdo entre la Comisión Europea y Facebook, Google y Twitter, para modificar sus “términos y condiciones de servicio”.

Sobre el convenio con las plataformas, Martín Becerra sostiene que se trata de un “acuerdo sin precedentes” que “desbarata la prédica ‘anarcocapitalista’ que impugna la soberanía de los estados a la hora de representar los intereses de la sociedad ante los actores dominantes de la economía digital”. De nuevo, esa sangría del relato del cosmopolitismo digital.

Becerra va más lejos al afirmar que el nuevo estándar europeo es el “el primer reconocimiento público de la capacidad de intervención regulatoria por parte de un poder político fuera de Estados Unidos a este nivel”. Habría que agregar, no obstante, el caso de la ley de ciberseguridad china, vigente desde agosto de 2017. Allí también los privados debieron aceptar las nuevas reglas de juego, para lo cual resultó clave el trabajo previo (y posterior) de la ciberdiplomacia de Beijing, cada vez más consistente. Si se la mide con la misma vara, la narrativa europea arranca de muy atrás.

Es hora de cerrar. ¿Recuerda el lector la pregunta disparadora de las exposiciones neodesarrollistas de Mariana Mazzucato? ¿Por qué no hay unicornios europeos?, desafiaba. ¿Por qué no hay empresas europeas como Google, Facebook, Tencent o Alibaba? Ahora esa pregunta se resignifica a la luz de otra, hecha por George Soros en un artículo imperdible: ¿y si Europa puede darse el lujo de avanzar en esta dirección precisamente porque no tiene unicornios propios? El retraso como ventaja estratégica, como dijeran Alexander Gerschenkron o Alvin Tofler, ¿entonces? Linda forma de acallar las voces que sólo entienden el progreso como modernización y la regulación como legado. Acaso ya no alcance con ser posestatista para ser cosmopolita.

Gonzalo Bustos

Gonzalo Bustos

Licenciado en Ciencia Política y Magíster en Procesos de Integración Regional, ambos títulos obtenidos en la Universidad de Buenos Aires. Ha realizado cursos de posgrado y especialización en Planeamiento y Administración Estratégica (UBA) y en Pensamiento Sistémico para el Planeamiento Estratégico (ITBA). Actualmente cursa el Doctorado en Ciencias Sociales de la UBA.

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